Carta de una trabajadora autónoma a Pablo Iglesias

Yo no creo que entraras en la vida política para enriquecerte, probablemente tu intención era salvar al pueblo y alcanzar la gloria, nada más. Pero es evidente que, intencionadamente o no, la política te ha enriquecido.

Cuando te auparon al prime time televisivo para encarrilar el descontento ciudadano, muchos de mis conocidos, incluso los que habitualmente pasan de política, se enamoraron de ti. A mí, que sabía mucho de crear cibermesías revolucionarios y ya te conocía de la época en la que hacías bolos por Intereconomía, sólo me parecías un niñato que no sabía de qué va la vida. Como cualquier adolescente de clase alta.

El Estado se encargó siempre de que nada te faltara: tu madre es abogada de un sindicato mayoritario y tu padre, inspector de trabajo; sus buenos sueldos asegurados de por vida. Y a pesar de que podían, de sobra, haberte pagado la carrera, estudiaste con becas. Ni siquiera a la hora de buscar empleo te pareciste a la gente que dices representar. No tuviste que luchar para encontrar un puesto de trabajo, no tuviste que hacer decenas de entrevistas, no tuviste que competir con otros. Pasaste de alumno a profesor interino en la misma universidad en la que estudiaste, sin hacer oposiciones, elegido a dedo por tu camarilla. Tampoco tuviste que invertir gran parte de tu dinero en procurarte una vivienda como el común de los mortales, porque tenías casa gratis, una VPO que tú o tu madre habíais heredado. No tuviste que buscar trabajo, no tuviste que pagar casa y, por no tener, ni siquiera tenías hijos. A tus casi cuarenta años, no habías tenido que superar ni una sola de las pruebas que a los demás suele ponernos la vida.

Llegaste dónde estás aupándote en otros, como la señorita Nopunto, que era mayor que tú y tenía más experiencia en los tejemanejes políticos. Fue un caso de maestra y discípulo de manual: en cuanto tocaste poder, la cambiaste por otra camarada más joven. Más tersa. Como harían el 99% de los tíos en tu situación. Como es de ley, porque para eso están los maestros: para que los alumnos vuelen solos y enseñen a otros.

Hace unos meses, nos anunciasteis que ibais a ser padres, y me alegré mucho, porque por fin ibas a saber de qué va la vida.
A un bebé no puedes hacerle un escrache para que se calle.
A un bebé no puedes darle un mitin para que no enferme.
A un bebé no puedes relegarlo al gallinero del Congreso.
Un bebé te enseña que no eres el centro del universo, y que harás todo lo posible por protegerlo.

Yo misma me fui a un chalet (adosado, eso sí, tenía pueblo llano a ambos lados) cuando mis hijos eran pequeños. Lo recomiendo. No recomiendo tanto el casoplón que os habéis comprado, habéis cometido el típico error del urbanita: creer que vivir en un chalet es lo mismo que vivir en un piso pero con más espacio. Cuando llevéis un tiempo allí, os daréis cuenta de que un chaletazo es como una amante exigente, un pozo sin fondo de gastos y tareas.

Pero el problema no es que te hayas comprado una casa con lago muy cara de mantener. El problema es que el emprendedor de ese proyecto familiar que ahora eres, el tipo que ha firmado una hipoteca de 600.000 euros en una zona en la que tienes chalets por 300.000, se compadece poco con el revolucionario adolescente que arrastró a las masas hace siete años.

A mí todo esto me da un poco igual, porque nunca creí que tú pudieras mejorar mi vida en nada. Sin embargo, me llama la atención con qué torpeza habéis soliviantado a muchos de vuestros votantes y habéis dado tanta munición al enemigo. Por supuesto, habéis salido en tromba a defenderos, pero creo que estáis errando el discurso. No deberíais hablar de mayordomos del poder ni de conspiraciones de la derecha, pues nadie os ha puesto una pistola en la cabeza para que os hipotecarais. Si dijerais la verdad, la mayoría de la gente que ha superado la adolescencia os entendería.

Y la verdad es que habéis madurado.
Que vais a tener dos hijos, Y, como todos los padres, queréis que vuestros hijos se críen en una casa agradable en un barrio agradable.
Que, después de darle muchas vueltas, os habéis dado cuenta de que alquilar es tirar el dinero y, puesto que habéis llegado a la política para quedaros, habéis decidido hipotecaros a treinta años (no estaría de más que nos contarais cómo habéis conseguido unas condiciones hipotecarias tan ventajosas).
Que, puestos a buscar un sitio tranquilo, habéis descubierto que La Navata es mucho más bonito que Vallecas.
Que entre la gloria revolucionaria y la comodidad burguesa, habéis elegido esta última.
Que, tras dejar atrás los ideales de la adolescencia, sois como quienes nunca os votaremos.

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Tras leer la sentencia de la manada

por Marisol Oviaño

Desde que se hizo pública la sentencia judicial por el caso de la manada, se han sucedido las manifestaciones en su contra, las redes sociales claman como si a los cinco acusados los hubieran absuelto, y a mi WhatsApp llegan mensajes que piden mi apoyo para inhabilitar a los jueces del caso.

Yo, al contrario que la jauría, no sé si fue violación o abuso.
¡Pero es que eres mujer y tienes una hija!
También tengo un hijo y, aunque dudo mucho que algún día se viera en situación semejante, querría que tuviera un juicio justo.
De modo que, para opinar con criterio, he dedicado unas cuantas horas a leer la sentencia, cosa que sospecho no ha hecho prácticamente nadie de los que andan clamando venganza.

Quizá haya algunos jóvenes que acudan a San Fermín por su amor a la tauromaquia. Pero no nos engañemos, casi todos lo hacen para lo que llaman desfasar. Esto es, beber y drogarse. Y cuando la gente bebe y se droga, suele hacer cosas que no haría serena. Recalco esto porque no podemos obviar que la noche de autos los seis implicados iban hasta arriba de alcohol, e imagino que también de drogas.

Los cinco condenados no son unos chavales inocentes que en una noche de borrachera han cometido una estupidez. El historial de algunos de ellos está salpicado de antecedentes penales, incluso por futbolísticas riñas tumultuarias, lo que nos puede dar una medida de su catadura intelectual y moral. El hecho de que en sus conversaciones de WhatsApp ya hablaran de que esperaban hacérselo con una chica los cinco juntos -para gustos, los colores- y el juicio pendiente por abusos a otra chica a la que toquetearon y grabaron cuando estaba inconsciente, tampoco habla en su favor. Personalmente, me parecen gentuza y espero que, si les encuentran culpables también de esta agresión, los jueces apliquen la máxima dureza de la ley por reincidencia.

Ella era una cría, estaba borrachísima y probablemente fumada, pues declaró que creyó que entraban en el portal a hacerse un porro. Toda la acusación se basa en que ella dice que cuando estuvieron en la plaza sólo hablaron de las cosas habituales entre desconocidos; ellos, por el contrario, afirman que estuvieron hablando de practicar sexo en grupo los seis juntos. Es la palabra de ella contra la de los otros cinco.

A medida que he ido leyendo la sentencia, he tenido la sensación de que esta se ha escrito bajo la presión de las manifestaciones feministas, pues se da validez de prueba a cuestiones intangibles e imposibles de probar, como son las sensaciones que se le atribuyen a la denunciante. Pero no he encontrado nada que pudiera llamarse pruebas. Los hechos probados son que ella se acercó a ellos, que se marchó con ellos por su propia voluntad e incluso les acompañó a buscar un hotel.

No hay evidencias de que la obligaran a nada, en los vídeos de las cámaras de seguridad se la ve caminando con ellos tan tranquila, el empleado del hotel al que acudieron a buscar una habitación para follar sólo vio una alegre pandilla en la que todos iban medio ciegos, ella misma reconoce que se besó con uno de ellos, y por las descripciones de los vídeos que grabaron los condenados, no se puede afirmar que aquel sexo sórdido no estuviera consentido. Duran apenas unos segundos, y en uno de ellos ha quedado constancia de la siguiente conversación:

Pág. 63.
“¿Quieres que te la meta?, – “Sí”. – “pal fondo, vale.”.

Podemos especular sobre las razones por las que contestó afirmativamente, pero los jueces tienen que dictar sentencia en función de las pruebas. Y aunque la jauría grite ¡No es no!, las pruebas dicen que antes de penetrarla, uno de ellos le preguntó si quería ser penetrada y ella contestó que sí.

Esa sensación de que no había pruebas de nada, se ha acrecentado cuando he leído el voto particular del magistrado Ricardo Javier González, mucho más detallado y preciso que la sentencia propiamente dicha. Del voto particular se desprende, entre otras cosas, que la víctima ha ido cambiando su testimonio para que fuera encajando en la acusación.

(pág. 179 y 180))
“En primer lugar, que, comparadas las declaraciones prestadas por la denunciante ante la Policía Municipal y el Magistrado-Juez instructor con su testimonio ofrecido en el acto del juicio oral, se podría predicar de este último cualquier cosa menos firmeza o matización, pues fue tal la falta de sintonía entre las unas y el otro que cabe afirmar, con rotundidad, como ya se ha venido a anticipar en este voto particular, que lo realmente acontecido en el plenario ha sido una verdadera rectificación o retractación de la denunciante respecto de lo manifestado en sus primeras declaraciones, y que motivaron, como ya se ha expuesto también, el curso del procedimiento.

En segundo lugar, que las rectificaciones de lo declarado respecto a lo denunciado no solo afectan a los hechos nucleares de la acción delictiva imputada a los acusados, sino también a otros aspectos, ciertamente más circunstanciales y accesorios, pero que encajaban mal con los datos que la investigación fue revelando a lo largo de la instrucción y que tras esas rectificaciones encuentran sin duda mejor acomodo con los datos objetivos que la investigación aportó al sumario; algo que, en razón a que ningún motivo se ha ofrecido para justificar un cambio de tal calidad entre lo que se denunció y lo que se declaró en juicio, abona la duda de cuál sea la verdadera razón de tan llamativa rectificación, tanto de lo esencial como de los aspectos accesorios de la misma.

Pág. 182
“Existen sin embargo dos versiones contradictorias respecto al hecho de que tales relaciones fueran consentidas o forzadas; la de la denunciante que afirma que las relaciones sexuales mantenidas fueron sin su consentimiento y que en todo momento fue ajena a las intenciones de los acusados de mantenerlas, y la versión de estos que
afirman unánimemente que, ya en la conversación que mantuvieron en el banco de la Plaza del Castillo, los seis convinieron mantener sexo en grupo. De este modo, la determinación acerca de la existencia de consentimiento o no por parte de la denunciante se erige en el thema decidendi de este proceso”.

Pág. 184
“La sentencia mayoritaria concluye, en este aspecto, que la denunciante ha mantenido de modo sustancial la versión acerca de cómo se desarrollaron los hechos, y, si bien detecta, expone y reconoce que, “en algunos extremos” se ha apartado de su versión inicial expresada en el momento de presentar su denuncia y ratificarla posteriormente ante el juez instructor, minimiza y niega cualquier trascendencia a dichas modificaciones reduciéndolas a la categoría de simples “puntualizaciones” o “matizaciones”, para terminar afirmando que su relato goza de plena persistencia en la incriminación. Frente a ello, considero que la denunciante ha incurrido en tan abundantes, graves y llamativas contradicciones que las modificaciones introducidas en su relato durante el acto del juicio oral constituyen auténticas retractaciones y ello hasta el punto de considerar quebrada la persistencia de su relato de manera insalvable. Lo declarado en juicio por la denunciante ha dejado sin sustento alguno el eje sobre el que se inició y desarrolló todo el proceso, alumbrando ahora un relato que configura un desarrollo de los hechos radicalmente distinto al que ha sido objeto de investigación, consideración, acusación y defensa”.

Pág. 185
“El hecho de que su versión en juicio haya resultado radicalmente opuesta en muchos aspectos a lo que manifestó en aquel momento (y también en instrucción) no puede tratar de salvarse, como se pretende en la sentencia mayoritaria, so pretexto de “las circunstancias personales de abatimiento, confusión, tensión y agobio en que fueron
prestadas, especialmente la primera, muy poco después de haber sido asistida en el Complejo Hospitalario de Navarra”; menos aún cuando en el plenario, a preguntas de su propio letrado, la denunciante manifestó expresamente que mantenía su denuncia sin añadir ninguna aclaración acerca de las evidentes contradicciones entre lo que allí
consta y lo que estaba declarando en juicio”.

Pág. 188
“En efecto, no puedo compartir el modo en que la sentencia mayoritaria desdeña todas aquellas manifestaciones de la denunciante que entorpecen el argumentario sobre el que fundamenta el juicio sobre su credibilidad, pretextando, reitero, aquella situación de “abatimiento, confusión, tensión y agobio” de sus primeras declaraciones, al tiempo en que, sin embargo, da por buenas aquellas manifestaciones suyas que sí lo favorecen, obviando que aquellas y estas, necesariamente, se habrían prestado bajo el mismo estado emocional, sin que, por lo demás, se trate de justificar siquiera por qué se desechan las unas y se aceptan las otras”.

No entraré a valorar la opinión de Ricardo Javier González sobre los vídeos que grabaron los condenados porque, a juzgar por las descripciones, cualquiera puede ver en ellos lo que quiera ver.

Tampoco valoraré las periciales psicológicas, aunque también hay en ellas cuestiones que me hacen dudar de la veracidad del testimonio de ella, que ni siquiera se había enterado de que eran cinco hombres y no cuatro, como dijo en su primera declaración.

En la sentencia se achacan sus contradicciones y sus “no recuerdo” a la confusión propia del shock en el que se hallaba. Pero es que esas contradicciones y esa pérdida de memoria selectiva (en alguna ocasión afirma que no recuerda de qué hablaron, pero que sabe que no hablaron de sexo) también encajan perfectamente en un cuadro de borrachera. De esas en las que cuando te despiertas al día siguiente y te acuerdas de lo que hiciste –o lo que es peor, te lo cuenta un amigo porque tú no te acuerdas de nada-, te quieres morir. Y lo que sí es un hecho probado es que ella estaba como una cuba.

Eres una cría, tienes dieciocho años, ninguna experiencia de la vida y has ido a San Fermín a desfasar. En el bullicio te has perdido de tu amigo y, animada por el alcohol que te corre por las venas, los porros que te has fumado y la borrachera colectiva, vas hablando con distintos grupos de gente a los que no conoces de nada. En un momento dado, te acercas a unos chicos que están sentados en un banco y empiezas a hablar con ellos. Estás completamente desinhibida, y cuando te hablan de practicar sexo en grupo con ellos, les sigues el rollo y te las das de mujer experimentada que puede con lo que le echen. Después, te vas con ellos por tu propio pie, y cuando te quieres dar cuenta del lío en el que te has metido, es demasiado tarde para dar marcha atrás. Todo se acaba, ellos se marchan como los cerdos que son, te sientes humillada y sucia y no acabas de comprender qué es lo que ha pasado. Estás todavía borracha y confusa, no te acuerdas bien de cómo han sucedido las cosas ni puedes pensar con claridad. Y cuando descubres que además te han robado el móvil, te vienes abajo. Entonces sales a la calle, te sientas en un banco y rompes a llorar.
A partir de ahí, todo se precipita.
Algo que debía haber sido íntimo va a estar en boca de todos; para empezar, de tus propios padres. Y a ver con qué cara les dices que estabas borracha y drogada, y que te fuiste a las tres de la madrugada con cinco desconocidos.

No hay pruebas de que sucediera esto, pero tampoco de que sucediera lo contrario. Desde el principio se vio que era un caso muy complejo en el que había que dejar trabajar a los jueces. Sin embargo, pasándose por el forro la presunción de inocencia de los acusados, las feministas del todos somos Juana se han encargado de condenarlos antes del juicio y de lanzar a la jauría contra los magistrados tras la publicación de la sentencia.

Después de leerla, mi sensación es que si esos hijos de la grandísima no se hubieran llevado el móvil, nunca habríamos oído hablar de este caso.

Ellos son unos malnacidos, unos seres despreciables para los que las mujeres sólo somos un cacho de carne, y espero que en la cárcel reciban su misma medicina. Especialmente el guardia civil y el militar, que se supone que trabajan para proteger a la ciudadanía. Los cinco merecen que todo el peso de la ley caiga sobre ellos, pero no hay ninguna prueba de que fuera violación tal y como se describe en el Código Penal. Los jueces se limitan a aplicar la ley,por eso les han condenado a nueve años de prisión cada uno. Pero los agitadores de la calle han reaccionado exactamente igual que habrían hecho si los hubieran absuelto.

¡No es abuso, es violación!, grita la jauría.
Tal vez haya que cambiar la ley, dicen voces más calmadas.
Pero, ese cambio ¿no vendría a convertirnos a todas las mujeres en seres menores de edad que no pueden responsabilizarse de sí mismas?

Luz Sánchez-Mellado cuenta en El País que preguntó en Twitter qué decir a sus hijas después de la injusta sentencia, y se indigna por algunas de las respuestas obtenidas: “Que no se metan en un portal con cinco tíos, me contestaron muchos señores y alguna que otra señora. Se me heló la sangre y me hirvió al mismo tiempo con este terrorífico consejo que, a la vez que victimiza y culpabiliza a todas las mujeres, privándolas de su derecho a hacer lo que les dé la real gana, criminaliza a todos los varones”.

Percibo en su artículo esa perplejidad que experimentan los buenistas cada vez que la realidad contradice su idealización del mundo. Todos tenemos derecho a pasearnos libremente por donde nos dé la gana, pero hay barrios a los que mejor no llevar un Rolex y un teléfono de 600€; porque el derecho a que no te roben no evita que haya ladrones.

“Y, tanto como me niego a aceptar que las mujeres no puedan meterse donde quieran y con quien quieran, me niego a pensar que todos los hombres sean violadores y/o abusadores sexuales en potencia”.

Ese negarse a aceptar resume el infantilismo de un importante sector de la población. Los derechos no son un superpoder que nos pueda proteger de todos los peligros. No podemos educar a nuestras hijas como si vivieran en un mundo sin peligros, no podemos decirles: “Sal, emborráchate, drógate y vete con desconocidos, que no va a pasarte nada”. Decirle a una hija que tenga cuidado con lo que hace y con quién se junta (algo que, por otra parte, también es válido para los hijos), no es acusar a todos los hombres de violadores. Sólo es sentido común.

Justo lo que no encuentro en el artículo de Sánchez-Mellado. Hemos convertido el sexo en una mercancía más, como si no tuviera ni importancia ni consecuencias. Les decimos a las nuevas generaciones que las diferencias biológicas entre hombres y mujeres son imposiciones del heteropatriarcado y les hacemos creer que el sexo es igual para todos. Pero no vemos manadas de mujeres a la caza de un hombre que follarse entre todas. Hombres y mujeres vivimos la sexualidad de distinta manera, eso es lo primero que Luz debería decirles a sus hijas.

Y con esto no estoy diciendo que los hombres sean todos violadores. Tampoco creo que todas las mujeres sean cleptómanas, por poner un ejemplo. Pero, por nuestro propio bien, las mujeres tenemos que asumir que la libertad implica que seamos responsables de nuestros actos. Porque no siempre tendremos la suerte de cruzarnos con lobos buenos como estos

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Abyecto como un cura vasco

por Miguel Pérez de Lema

Otra vez. La iglesia católica y sus jerarcas vascos han estado y siguen estando alineados con ETA. Incluso ahora, que la banda lanza su último comunicado, los obispos refuerzan el mensaje con el suyo, a las pocas horas. Y ambos lo hacen para librar la última batalla que les queda, cautiva y desarmada la bestia, pedir beneficios para unos criminales que no han dado muestras de arrepentimiento ni han abandonado la banda.

No, los obispos no reconocen su culpa. Para un católico, el reconocimiento de la culpa requiere tanto pedir perdón como hacer todo lo posible para reparar el daño causado. Si sólo se pide perdón lo que se hace es un chantaje emocional a la víctima. Un doble daño.

La iglesia católica tiene la oportunidad de ser católica y, quizá, ser perdonada, por su relación con el terror. Y para eso tendría que confesar todos sus pecados. Informar detalladamente de todas las acciones y omisiones de sus miembros en beneficio de los terroristas y en perjuicio de las víctimas, desde el desprecio y la ausencia de compasión por las víctimas hasta los posibles encubrimientos de los criminales. Confesar todo lo que saben, sobre todo teniendo en cuenta que quedan muchos crímenes sin resolver.

Pero no lo harán. La iglesia católica es otra de las instituciones que nuestro régimen ha privilegiado injusta y desproporcionadamente, y de las que no ha recibido ninguna lealtad. Ahora, con los obispos vascos jugando a adaptarse al nuevo escenario sin ETA, pero todavía haciendo obscenos equilibrios, tenemos a los obispos sediciosos de Cataluña tomando el relevo del odio a España.

Eso debe cambiar.

Ni un euro más. Fin del concordato. Estado laico y enseñanza pública.

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Putin y el aislamiento de Rusia

por Robert Lozinski

El aislamiento de Rusia es cultural. Los rusos se aíslan de todos también por razones de seguridad geopolítica, de integridad territorial y de pureza espiritual. Todo lector recuerda profundamente la última frase de “El Idiota” de Dostoyevski que dice: “Europa es una pura fantasía y nosotros, en esa Europa, somos también una fantasía”.

¿Por qué quiere Rusia aislarse? Porque el ruso no acepta ninguno de los valores que propone Occidente. Al ruso le basta con lo que tiene: un país enorme, fuerte y rico, aunque muy poca de esa riqueza se encuentre en sus propios bolsillos. El hombre occidental es incapaz de entender el hecho de que se puede estar orgulloso de algo que no aporta beneficios personales.

Vladimir Putin ha ganado las últimas elecciones con el 76% de los votos. Occidente explica esta victoria colosal a su manera: el control total del estado por un solo hombre, la falta de una democracia real.

Conociendo un poco este pueblo, habiendo crecido y habiéndome educado a su lado, podría decir que para un ruso lo ruso es lo más importante. Y Putin lo representa; representa todo lo ruso, todo el espíritu de esta nación. Putin ofrece una imagen de firmeza, la imagen de un líder que sabe lo que hace mientras que la oposición no logra transmitir un mensaje claro. A los liberales en Rusia no los quieren; nunca los han querido demasiado. Con el liberalismo se inició en Rusia, según Dostoyevski, la época sin Dios, la época en que todo estaba permitido. El liberalismo occidental, para el escritor ruso, era fuente de pecado, de desobediencia a la autoridad y de desorden social. Y a Dostoyevski en Rusia se le cree y se le tiene en mucho. Los rusos tienen a sus propios escritores, pensadores, pintores y compositores a los que escuchan, a los que creen y a los que aman. Y tienen asimismo a sus propios santos, a los que adoran. Durante mi último viaje a España con un grupo de alumnos estuvimos en Toledo. Una familia rusa resumía su visita a la Iglesia del Cristo de la Luz con la frase “Kakieta ijnie sveatye”, que en español significaría: “nuestros santos son mejores que los suyos”.

Se habla mucho últimamente del intento de asesinato con un gas venenoso del espía ruso Serguei Skripal y de su hija en Londres. Se acusa de ello a los servicios de inteligencia rusos y al mismo Vladimir Putin. En cualquier país occidental una noticia así provocaría un gran alboroto, pero en Rusia esto no ocurre. Allí nadie cuestiona lo que hacen las fuerzas de seguridad del estado. Y Vladimir Putin representa este estado, es el Presidente-Estado.

Occidente acusa a Putin de desencadenar con su política una nueva guerra fría, lo que hace que las discrepancias entre Rusia y las democracias occidentales parezcan aún más profundas. Y eso asusta a la población, ya que ningún ruso quiere volver al pasado soviético. Putin lo entiende muy bien y sabe que lo que tiene que lograr es ofrecer a los rusos condiciones de vida occidentales en su propio país, y que las promesas de convertir Rusia en una nación independiente y fuerte ya no son suficientes.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Lo injusto como sublimación de lo justo

por Miguel Pérez de Lema


Tener un adolescente en casa sirve. Es durillo pero ilustra y ayuda a tener una perspectiva amplia, flexible, y clemente de las cosas. Por ventura, el adolescente tiene querencia natural por lo progre, esa es su bondad específica, y por lo aprovechado, esa es la tierna cara oscura de toda “ociosa juventud”, que cantara el poeta.

Así las cosas, nos pega en la cara el ladrillazo de la contienda política a cuenta de la prisión permanente revisable, y sobe el ruido mediático en pro de la injusticia que supone relegislar para favorecer a los peores y más peligrosos criminales, se suma el reproche de nuestros adolescentes cercanos, armados de ideas gregarias, que nos juzgan con dureza cuando les avisamos de que la cárcel no es una universidad, y las condenas no son un plazo lo más breve posible para licenciarse, sino una herramienta para castigar el mal. Tanto pecas tanto pagas.

El progresismo necesita llevar el agua a su molino. Pase lo que pase, lo que cuenta no es la realidad, real, concreta, comestible, ni el sentido común. Lo importante es su capacidad para intervenir. Y en este asunto, la justicia, también.

Si el sentido común nos dice que la prisión permanente revisable, aunque escasa, es la única medida que tenemos para que con los crímenes más graves no se cumplan condenas injustamente breves y desproporcionadas al delito, que además son un peligro porque muchas veces dan al criminal la ocasión de cometer nuevos crímenes, el progresismo se siente en la necesidad de dar una vuelta a esa idea. De intervenirla. Y todos a una se pertrechan de sus miradas de desprecio, sus consignas mediáticas y sus adolescentes reprochadores para extender su chapapote.

El adolescente tiene la sana irresponsabilidad natural del perdón a quien no lo merece, y la programación progresista para defender lo indefendible, para que todos sus posibles errores sean responsabilidad de otro y para que alguien, quien sea, apechugue con los gastos. Y eso le hace, además, mejor persona porque así se lo han dicho. Es un monstruito adorable.

Sería sencillo aceptar que lo justo es lo justo, esto es, penas de cárcel proporcionales a la gravedad de los crímenes que se cometan. Pero eso dejaría al progresismo sin intervenir y llevar la cuestión en la dirección que ellos digan, la que sea, cuanto más arbitraria y descerebrada mejor, así la demostración de poder es más apabullante.

Lo justo y sensato son poca cosa, y lo injusto es su sublimación. Lo injusto es mejor porque se le ha dado una vuelta y viene del lado correcto, del bueno, del lado fetén. Y el que diga lo contrario eunfacita.

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No somos iguales

Hoy, día de la Mujer, volvemos a colgar este vídeo en homenaje a todas aquellas mujeres que están a favor de la igualdad pero que no han sido abducidas por la ideología de género.

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Un niño drogadicto y dos cachorros de puma

por Robert Lozinski

Fotografia en contexto original: dondeviven


Hace poco vi en un documental a un niño jugando con dos cachorros de puma. Hubiera sido una imagen hermosa, casi idílica, si tanto al niño como a los pumillas la humanidad no los hubiera tratado miserablemente: el muchacho era un menor drogadicto y los animalitos se quedaron sin madre porque la habían matado los cazadores furtivos. Los tres, animales y niño, formaban parte de un proyecto de salvación conjunta dirigido por un voluntario que luchaba contra la destrucción total de la selva tropical de Bolivia.

Hay personas en este mundo que dedican su vida a la lucha contra la destrucción de la naturaleza (o de lo que aún queda de ella). Son causas personales cuyo esfuerzo no puede tener éxito porque la mayoría ya no entendemos la necesidad de su existencia. Creemos que es la ciudad la que nos ofrece lo que nos hace falta; creemos que las peras crecen en cajas, que el árbol es sólo un adorno de color verde, que la tierra es una superficie asfaltada, que así debe ser el mundo. Ni se nos ocurre pensar que hay también otros mundos, miles de mundo con seres vivos. No se nos ocurre que, para estos seres, allá donde vivan, la vida también es importante. La que importa es nuestra vida y para disfrutar más, y más, y más de nuestra existencia destruimos las vidas de otros. Entramos a saco, quemando, cortando y matando.

En Bolivia desaparecen a diario decenas de hectáreas de selva tropical junto con los bichos que la habitan. El gobierno mira para otro lado, y a los bolsillos bien grandes de algunos pocos fluyen ríos de pasta. La isla del Madagascar la están quemando para que haya más campo donde pueda pastar el ganado, y árboles tan maravillosos como el baobab ya casi han desaparecido. En Rusia la Taiga siberiana cae bajo las sierras mecánicas, que cortan troncos de pinos seculares de considerable altura como las guadañas cortan los tallos finos de la hierba. En Rumanía las montañas están cuidadosamente rapadas como si de testas se tratase. Las talas se notan desde el espacio como unas heridas abiertas. Las lluvias se llevan hacia abajo la tierra que sepulta las casas de los que no han hecho nada para detener la barbarie.

La irresponsabilidad del hombre no tiene límites; destruye en poco tiempo lo que él no ha creado, lo que sería incapaz de crear y lo que ha tardado millones de años en crearse.

El hombre del documental que me había llamado la atención hablaba con pena de lo que pasaba a su alrededor y de su fracasado proyecto. Con pena pero también con simpatía mezclada con una especie de resignación profética: él ha hecho todo lo que ha podido para prevenirlo. ¿Y tú? ¿Qué has hecho tú?

Porque un niño drogadicto jugando con dos cachorros de puma huérfanos podría ser la imagen perfecta del destino al que vamos: es muy posible que no haya salvación para nadie.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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¿Han empezado ya a matarnos?

 

Miguel Pérez de Lema

Convendría saberlo. Sería bueno que alguien lanzara un bando donde se dijera claramente que el baile ha empezado.

La alarma, en mi caso, saltó cuando una estudiante de periodismo de 20 años al ver la noticia del fallecimiento de Víctor Laínez, lo justificó afirmando que “era un nazi”. La estudiante no sabía nada de Víctor Laínez, el de los tirantes, pero lleva dos años asistiendo casi a diario a la Universidad Autónoma de Madrid, donde se “oyen cosas” y eso parece suficiente para haberse contagiado del virus del odio, la autosuficiencia, y la maldad.

Víctor Laínez no era un nazi.

Víctor Laínez era ese hombrecillo pintoresco que deambula por todos los cascos viejos de las viejas ciudades, un poco vencido, un poco borracho, un poco excéntrico, que no se metía con nadie y daba color al vecindario. A Víctor Laínez lo mataron por la espalda. Le tumbaron de un golpe mortal por la espalda, y por si acaso, le patearon luego la cabeza en el suelo.

Es muy probable que el proyecto fallido de ser humano que lo asesinó estuviese convencido de que era un nazi que merecía morir porque llevaba unos tirantes con unos colores prohibidos. Los colores de la bandera española. A esto hemos llegado.

Un país donde un extranjero deja paralítico a un policía y se hace un falso documental para desacreditar a la justicia y a la policía y ensalzar al criminal, con apoyo de políticos y periodistas, y donde ese mismo extranjero ejecuta después a un paisano por llevar la bandera nacional, y las estudiantes de 20 años lo justifican, es un país en el que uno tiene que preguntarse si todavía es posible la concordia.

Lo prudente sería tratar este asunto con falsa inocencia y no trazar la línea que conecta los puntos sobre el papel y que dibuja el camino hacia el horror. Hacer como que no llevamos años soportando el discurso del odio, lamentando el adoctrinamiento de unos jóvenes a los que previamente se ha embrutecido, viendo venir a los trepas del odio. Sí, miremos hacia otra parte. Incidentes aislados. Algo habría hecho…

Pero en el fondo no podemos dejar de hacernos la pregunta. En serio. ¿Han empezado ya a matarnos?

 

 

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Los lobos buenos

por Loopy De Loop

Milán Kundera define coqueteo como “promesa de coito sin garantía de cumplimiento”. Algo de eso hubo en un episodio de mi historial como músico de Rock&Roll.

Tocábamos a trío el viernes y el sábado en un pub durante las fiestas de Logroño. La primera noche, el teclista y yo decidimos reservar energías para el concierto del sábado y, prudentes, nos volvimos al hotel en el que compartíamos habitación. No hizo lo mismo el batería, que se fue de marcha con un grupo de fans. No supimos más de él hasta las cuatro de la tarde del día siguiente; el teclista y yo nos disponíamos a echar una siesta después de una buena degustación de gastronomía riojana, cuando nuestro compañero irrumpió en el dormitorio acompañado de dos preciosas y jóvenes gemelas.

Los tres mostraban síntomas de haber empalmado la noche y el día con copas, rayas y/o otras sustancias. Y tras una breve y confusa presentación, propuso que continuáramos la fiesta todos juntos. En nuestro modesto hotel no había ni minibar ni servicio de habitaciones, y cuando nos recuperamos de la sorpresa inicial, bajé a buscar unas copas. Animados por ellas, el teclista y yo fuimos entrando en calor a la par que subía la temperatura ambiente. Hasta tal punto, que una de las gemelas acabó revolcándose con el batería en una cama, mientras en la otra nos preparábamos para lo que prometía convertirse en un menáge a trois.

Pero, de repente, su hermana interrumpió la faena con el batería para recriminarle su indecencia, tratándola de puta por montárselo con dos tíos a la vez. Cuando se enzarzaron en un demencial “y tu más” en ropa interior, se esfumó de golpe la sensación de estar haciendo realidad una de mis recurrentes fantasías eróticas. .
Me vestí sintiéndome manipulado, frustrado y cabreado, y salí de la habitación mientras en mi cabeza resonaba la versión cañí de la elegante definición de Kundera: “calientapollas”. Calificación que se corroboró cuando mis colegas reconocieron que ninguno de los dos había consumado.

El teclista había convencido a su pareja de buscar intimidad en la habitación del batería, que estaba vacía. Pero cuando estaban desnudos y en la cama, la chica mantuvo una actitud tan pasiva – mi amigo la atribuyó al cansancio y la resaca-, que la libido de él se vino abajo.

Recordando en estos días lo que pudo haber sido algo más que otra anécdota de sexo, droga y rock&roll, intuyo que, más allá de que el alcohol y los estimulantes inhibieran en ellas la impronta maternal sobre “lo que buscan todos los hombres”,
había también en su actitud algo de la fascinación, mezcla de miedo y atracción, que todos sentimos al borde de un precipicio. Y también algo del morbo de la transgresión.

De manera insensata exploraron sus límites, se asomaron al lado salvaje poniéndose a prueba a sí mismas… y a nosotros.
Tuvieron suerte: éramos lobos buenos.

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Porkeyolovalgo

Miguel Pérez de Lema

¿Vienen estas chicas feministas de segunda generación y su feismo descarnado y obvio a superar de una vez para siempre el misterio sinuoso de lo femenino? En absoluto. Su precaria y escasa contribución es la contraria. Añadir más confusión, más inaprensibilidad, más misterio, más estupor a lo femenino, aunque probablemente no lo sepan.

Porque lo femenino es siempre algo más, es todo lo que digamos sobre ello más otra cosa, y sobre todo es esa otra cosa. Es lo oscuro de la concavidad, que desaparece cuando se ilumina. Es el silencio que se rompe cuando se nombra. Es lo sólido y lo líquido, pero esencialmente es lo gaseoso.

Y ahora, también, quiere ser lo soez.

Pero mucho cuidado con querer atrapar este pez con las manos. Puede presentarse con esta forma de hoy, con el pelo sucio, atrozmente limitado, pero en esta forma de lo femenino está también, inevitablemente, la intuición de todo lo demás, su hueco, su posibilidad y todas las tentaciones del mundo.

Vemos claro que acatar lo que proclama este feminismo borde no supondría concederle ni el principio de lo que pide, por no hablar de lo que desea, que es el primer y último misterio de la creación ¿qué quieren las mujeres?

Algo sabemos con certeza, quieren atención. Pero la atención a lo femenino, nuevamente, no tiene códigos estables, ni normas clarificadoras. Es siempre un juego con reglas nuevas. Por eso decimos que esto de ahora, bien mirado, no es sino una nueva mano de la eterna partida, quizá la jugada más compleja y llena de ocultas sutilezas de ese ser femenino que se obstina en desear al mismo tiempo y con la misma fuerza una cosa y su contraria.

Cómo no ver, serpenteando agazapadas por debajo de la máscara, las mismas inseguridades, la misma llamada de atención, ni sentir, en otro tono, esos infrasonidos con los que lo femenino necesita enloquecer al mundo y perpetuar la especie.

Ahora, lo nuevo para estas chicas airadas parece que es el descubrimiento del coño. Lo femenino reducido a la casquería, la parte por el todo. La simplificación definitiva. Pero cuidado con creer que atendiendo a las consignas se obtendrá alguna clave válida. Todo lo contrario. Una capa más de maquillaje, un velo más en la danza de los siete velos, un nuevo vericueto en el laberinto.

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