Conversación bajo el eclipse

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: elespectador

Todavía no era de noche cuando hemos cerrado nuestros respectivos chiringuitos y nos hemos ido a tomar una caña.

Es la nuestra una de esas amistades que la vida te regala cuando menos te lo esperas, a una edad en la que te has llevado tantos palos que ya no te fías de nadie. Pero, aunque somos muy distintas, tenemos tantas cosas en común que era inevitable que acabáramos hablando de esto, lo otro y lo de más allá.

Estamos divorciadas, tenemos dos hijos cada una, más o menos de la misma edad; nuestros exmaridos murieron hace tres años, somos autónomas y peleamos con Hacienda, proveedores, distribuidores, clientes y la Seguridad Social; somos huérfanas de padre, ambas tenemos madres que son “ídolas” de nuestros hijos, y a las dos la vida nos ha enseñado que estamos vivos aquí y ahora. Mañana no sabemos.

Así que nos hemos ido a tomar unas cañas a una terraza bajo el eclipse.
Mientras la luna estaba en el probador, hemos hablado de sexo.
De cómo lo vivimos nosotras.
De cómo lo viven nuestras amigas.
De cómo debieron de vivirlo nuestras madres.
De cómo lo estarán viviendo nuestras hijas.
De cuánto nos gustan los hombres así, en general.

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Shorts

por Loopy De Loop
Fotografía en contexto original: laverdad.es

Entrar en el Metro de Madrid me hace sentir como un zorro en un gallinero.
Como el lobo Denis tras la mordedura del mago de Siam.

Para deleite de mi vista y mi imaginación, un rebaño de potenciales presas hormiguea por andenes, escaleras y vagones, Con ojo experto, elijo a una de las usuarias de esa bendita tendencia de moda: el short. Con aire distraído, me coloco justo detrás de una presunta lolita con un modelo míni que deja una generosa porción de terso melocotón a la vista y la sigo escaleras mecánicas arriba, disfrutando de una panorámica que eleva mi libido a niveles de hace cuarenta años.

Entro en el vagón y me siento frente a ella para tener una visión de conjunto mientras simulo mirar la pantalla de mi móvil. Morena, melena ondulada con brillos de henna, boca golosa; bajo la camiseta de tirantes, sin sujetador, peras de agua, “caídas hacia arriba” cantaban Los Toreros Muertos. De color miel los ojos, fijos en la pantalla del móvil en el que teclea al ritmo de la cumbia electrónica que escapa de los auriculares.

Acecho con impunidad su afán digital. Me siento a su lado y, con sonrisa desvalida de analfabeto tecnológico, le pregunto si sería tan amable de instalarme en mi nuevo Iphone la aplicación Spotify (que acabo de desinstalar). Un poco contrariada dice, vale, y comienza a manipular mi terminal con aire de suficiencia. La distancia corta me permite aspirar su olor, mezcla de colonia floral y sudor hormonado. A los pocos minutos me devuelve el teléfono. Ya lo tienes. Cara de asombro y eterno agradecimiento por mi parte. Entonces ella se levanta.

-¡Ah, tú también bajas en ésta! ¿Me dejas que te invite a algo por tu asistencia técnica? ¿Un café, un helado, una horchata…? Está a punto de negarse cuando mi mirada directa a los ojos, algo a lo que no está acostumbrada, despierta su curiosidad. Acepta. Entramos en el Starbucks y exclama mirándome los pies: ¡Llevas unas All Star!
Le digo que es el mismo modelo que usaba en los 60 y se ríe. Mientras ocupamos una mesa, me pregunta con un guiño si en los 60 Converse fabricaba modelos para bebés.
No sé, contesto, en mayo del 68 yo era universitario.
No pareces tan vie…mayor, dice sorprendida.
Es gracias a mis genes: a mi madre y a mí nos tomaban por hermanos.
Tienes mejor tipo que mi padre, observa, un cuarentón que no tiene tiempo de ir al gimnasio.
Yo tampoco voy, pero hago 20 minutos diarios de ejercicios Hiit en casa.
¡Vaya, un yayo-fit!, exclama entre divertida y apurada por si me ofendo.
No entro al trapo. ¿Qué te pido?
Frappuccino de mango para ella y café etíope para mí.
En la cola pienso en los salvajes de la burundanga. A mí no me pone una zombi.
Vuelvo a la mesa con las bebidas, deja de pulsar el móvil y dispara.
¿Estás casado? Viudo, miento, ¿no te vas de vacaciones?
Me cuenta que ella y una amiga están a la caza de vuelos baratos a Ibiza en Internet.
Necesitarás el permiso de tus padres…
¡Que estoy en segundo de periodismo!, protesta. 18, calculo. Legal.
¿Y tú?
Desde que murió mi mujer viajo poco porque no me gusta hacerlo solo. Por cierto, me recuerdas a ella cuando era mi novia.
Dejo de mentir y me tiro a la piscina de miel en sus ojos.
Me encantaría ir de viaje contigo.
Alarma, risas.
Estás loco.
En el destino que elijas, suite de 5 estrellas con dos dormitorios. Todos los gastos por mi cuenta.
¿Qué tendría que hacer?, pregunta con recelo.
Portarte como una amiga cariñosa que comparte mis placeres de vacaciones.
¿Con derecho a roce?
Si te apeteciera (ya haré yo que te apetezca, pienso); ya sabes: sólo sí es sí.
Mientras valora mentalmente pros y contras, le echo más carne al asador.
Como supongo que te gustará la marcha de fiestas y discotecas, que yo sólo aguanto un rato, podrías quedarte alguna noche después de que yo me vuelva al hotel; si ligas y el chico me gusta, podrías invitarlo a nuestra suite.
¿Eres bisexual?
No, voyeur.

“Próxima estación Moncloa correspondencia con línea tres…”
La mía.
Salgo del vagón dejando a la chica abducida por su terminal. Me acerco a las escaleras mecánicas ojeando otro short tras el que colocarme. Stairway to heaven.

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Domestofobia: avanzando en la destrucción del hombre

por Marisol Oviaño

(Las negritas que he puesto en los extractos del artículo de Barbijaputa son mías)

En su afán por dejar al hombre sin refugio, el feminismo subvencionado ya está estableciendo el próximo objetivo: convertir en maltratadores a los hombres que NO pegan a sus mujeres. Incluso lo han bautizado con uno de esos rimbombantes nombres con los que van imponiéndonos su neolengua: domestofobia.

La victimización de la mujer no tiene fin porque la estrategia es muy efectiva: convierten todas las diferencias entre hombres y mujeres en agresión a la mujer. Y la táctica resulta infalible, pues tienen a su servicio a la inmensa mayoría de los medios. Así, casi todas las semanas introducen términos y conceptos nuevos en nuestras vidas: sororidad, micromachismo, heteropatriarcado, manspreading

Pronto empezaremos a oír hablar de la domestofobia: las altavozas del NWO ya han empezado a inyectar el concepto en nuestros inconscientes. Así lo hace, por ejemplo, este artículo de Barbijaputa sobre sexo doméstico. En un tono entre guasón y amenazador, medio en serio medio en broma, podría estar anticipando qué cosas acabarán considerándose violencia de género.

Barbijaputa, ese ángel que cuida y da voz a todas las mujeres, nos cuenta que infinidad de chicas jóvenes le preguntan: “¿cuántas veces es lo normal acostarte con tu novio?” (que debe ser lo que preguntan las beatas a sus confesores). Y, como es un ser de luz, intenta dar respuesta a tan compleja pregunta.

Ella/él/elle siempre utiliza un tono de mujer de vuelta de todo. Sin embargo, leyéndola tengo la sensación de estar ante alguien que no sólo no conoce el placer, sino que siente una profunda repugnancia por el sexo. (Mientras escribo estas líneas, la palabra pecado me sobrevuela como un helicóptero de la policía de la moral).

Esta Elena Francis del empoderamiento pontifica sobre el sexo desde la ignorancia y obviando que es un tema en el que intervienen, como mínimo, dos personas. Y le dice a las chicas jóvenes que no hay que tener en cuenta al hombre:

El hombre no tiene más necesidad que la mujer de mantener relaciones sexuales por ser hombre.

La guerra contra el hombre y la familia es, también, la guerra contra la biología. Y Barbijaputa no sólo niega las diferencias biológicas entre los sexos, sino que despoja al hombre de toda humanidad y lo convierte en un despiadado opresor que no pide más sexo porque tenga necesidades diferentes a las nuestras, sino porque el sexo es su arma para tenernos bajo su bota.

Muchos hombres, en especial estos que presionan y hacen sentir mal a sus compañeras por no decir sí cada vez que ellos quieren, entienden el sexo como un método de control y una forma también de reafirmar su masculinidad. Da igual que en una semana no hayan sentido deseo, en sus cabezas suena la alarma de “Eh, ha pasado una semana y yo no he follado”. Alerta: masculinidad en peligro e interés de sus parejas en ellos en declive… y aquí viene la presión.

No sé con qué clase de amebas se relacionará esta mujer/mujero/mujere, pero yo no conozco ningún hombre que no se excite al menos una vez al día: el bamboleo de una chica joven con minifalda y tacones, el escote de la interventora del banco, la melena de la de contabilidad… O el poderío del culo del albañil, el pechazo del mensajero, la barriga peluda del nuevo en el gimnasio…  En todo lo que escribe, Barbijaputa pone en evidencia que no sabe cómo “funcionan” los hombres. Y, lo que es peor, tampoco le interesa. El hombre no tiene sentimientos ni necesidades distintas de las nuestras, sólo quiere hacernos daño. Hay que acabar con él.

Yo, que debo de tener más experiencia de la vida que Barbijaputa, explicaría a las jóvenes que los dos sexos son diferentes. Para empezar, a ellos les resulta mucho más difícil que a nosotras mantener relaciones sexuales, porque las mujeres somos más selectivas. En cambio, ellos necesitan menos para disfrutar; a nosotras nos lleva un tiempo de aprendizaje encontrarle la gracia al asunto. A mí, por ejemplo, de jovencita no me gustaban los chicos de mi edad, porque sabían todavía menos que yo, eran torpes y no aprendía nada de ellos. En cambio, los mayores me trataban con delicadeza y me enseñaban a disfrutar de cada momento.

Yo no podría responder de manera universal a la pregunta de “¿cuántas veces es lo normal acostarte con tu novio?”, porque hay tantas respuestas como personas. A lo mejor tu novio es un enfermo que quiere hacerlo diez veces al día, o a lo mejor tú te pones muy tensa cada vez que os vais a la cama y deberías decirle que vaya despacito y que te enseñe, o a lo mejor eres frígida.

Pero Barbijaputa no se para en detalles. Si no te apetece acostarte con tu novio, la culpa es de él.

Muchas de las chicas y mujeres que siguen enredadas en ese no saber o no entender, que piensan que tienen un problema con el sexo (no así sus parejas, claro), que creen que pueden ser frígidas por la presión a la que son sometidas, sólo tiene un problema: su pareja.

Y es este párrafo el que me hace sospechar que la insistencia de los hombres para mantener relaciones sexuales, e incluso el mero intento de tratar de hablar con la novia para ver cuál es el problema, algún día podría ser constitutiva de delito:

Caras largas ante un no, resoplidos, silencios incómodos en el “mejor” de los casos. Cargar con culpas a la mujer, conversaciones tensas donde se pone el foco del “problema” en ella, que es la que no quiere, violencia psicológica o física en el peor de los casos. Porque muchos hombres “solucionan” este conflicto presionando hasta que consiguen lo que quieren, es decir, muchos acaban violando a sus parejas.

Así las mujeres ya no tendrán que fingir dolor de cabeza, bastará con que amenacen a su novio con ir a denunciarlo al cuartelillo. A fin de cuentas, según dice, el sexo no tiene ninguna importancia en la vida de pareja:

Rechazar mantener relaciones una o veinte veces jamás debe convertir ese momento en un conflicto en la pareja.

O, mejor dicho: sólo la tiene para él.

Y si lo crea, si un hombre se pone tenso, o siente su ego machito dañado, el problema lo tiene él, no ella. Que el sexo sea la vara de medir de muchos hombres para valorar sus relaciones sentimentales es no saber mantener relaciones sanas e igualitarias.

Y cierra este edificante artículo reclutando jóvenes confusas e inexpertas para enviarlas a luchar contra el hombre:

Es vital que todas abracemos el feminismo para dejar de ponernos a nosotras mismas como foco del conflicto, y empecemos a problematizar las conductas de los hombres que entienden el sexo como controles rutinarios de su poder y de su masculinidad.

Su nula empatía hacia el hombre le impide plantearse que a ellos les resultaría muy fácil hacer lo mismo; esto es, convertir las diferencias entre hombre y mujer  en agravios al hombre. Así, la falta de deseo de algunas mujeres podría ser vista como una herramienta de ellas para someterlos, y  ellos podrían  empezar a problematizar las conductas de las mujeres que entienden el sexo como controles rutinarios de su poder y de su feminidad.

Llamadme loca, pero a mí todo esto me suena no sólo a linchamiento del hombre por ser hombre, sino a pura demonización de las relaciones sexuales. Empezaron a hablándonos de la cultura de la violación, y mucho me temo que no tardarán en subir un peldaño más y empezar a arengarnos contra la cultura de la penetración.

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Una mamada consigue más que mil madres histéricas detrás de una pancarta

por Marisol Oviaño
(El titular de este artículo es una cita de Inar de Solange en Seduciendo a dios)

Fotografías en contexto original: navarra

Algunos sólo verán en estas imágenes una performance pacífica y festiva de mujeres que luchan por sus derechos.
Yo sólo veo al Santo Oficio.
O al Daesh.
A algo que volverá a encerrarnos a las mujeres bajo siete llaves, con lo que nos ha costado llegar hasta aquí…


(Podéis ver todas las fotos pinchando aquí)

Veo a estas mujeres empoderadas, airadas y disuasorias y me pregunto si no han aprendido nada de la revolución sexual. Vestirse de negro, cubrirse la cara, enarbolar antorchas, tocar el tambor, colgar carteles amenazantes, humillar un muñeco masculino… ¿El propósito es atraer hombres a la causa o acojonarlos?

Yo diría que lo segundo. No se me ocurre mejor manera de alejar a los hombres que intentar conquistarlos dando miedo como hombres (pero sin tener su fuerza física). Y las mentes pensantes de la ideología de género lo saben; el objetivo no es atraerlos a la causa, sino convertirlos en el enemigo.

Estas alegres muchachas van a conseguir que los hombres no se atrevan a tocarnos ni con un palo. Y todas acabaremos como estas mujeres de Bilbao, que se han casado consigo mismas.
¿Es esto lo que queremos la mayoría de hombres y mujeres?

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Tras la libertad condicional de la manada

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: tribunavalladolid

A raíz de la puesta en libertad provisional de la manada, las feministas vocingleras y subvencionadas han vuelto a poner en marcha su maquinaria de destrucción y han sacado a sus huestes a la calle. De comparsas, muchas mujeres de buena voluntad que creen lo que les han contado: que a una pobre niña la violaron un guardia civil, un militar y otros tres maromos. Que los cabrones de los jueces les han puesto en libertad porque resulta que, también, la Justicia española es patriarcal. Y que mañana cinco hombres te violan a ti o a tu hija y a los violadores no les pasará nada.

Los de la manada han estado casi dos años en la cárcel y, hasta que hable el Supremo, están condenados a nueve; a eso las feministas lo llaman impunidad. Probablemente sólo se verían desagraviadas si los quemáramos vivos en un auto de fe en plaza pública. Pero como saben que todavía no es el momento, han desatado en Sevilla una caza del hombre al más puro estilo de las películas de viejo oeste americano.

Si eres mujer y no quieres que la jauría te ladre, tienes que estar de acuerdo en que la culpa de todo es del hombre y, en consecuencia, unirte a la cacería. Pero yo no sólo no estoy de acuerdo, sino que, además, creo que esta histeria colectiva nos impide ver el problema de fondo que hay tras este caso: la educación que están recibiendo nuestros jóvenes.

No hay más que ver la barriada sevillana de la que salieron los cinco tenores para saber que no han estudiado en caros colegios privados, y que en sus casas no debe de haber un solo libro. Probablemente sean hijos de ese sistema educativo en el que se ha despojado al profesor de toda autoridad; en el que la disciplina, el esfuerzo, la constancia y las buenas maneras han sido proscritos por fascistas. Este sistema educativo que les adoctrina en un yolovalguismo en el que sólo hay derechos y ninguna obligación, les pinta la vida como una feria del hedonismo y les promete que el sexo sólo es una actividad lúdica que no tiene consecuencias.

¿Y la muchacha, que vive en uno de los pueblos con la renta per cápita más alta de España, qué educación ha recibido? ¿Nadie le previno nunca sobre los peligros de la noche, el alcohol, las drogas y los desconocidos? Probablemente no. Cuando mi hija tenía 14 años, en nuestra casa se quedaron a pasar la noche muchas de sus amigas. Y casi ninguna madre (o padre) llamaba para, primero, preguntar si a mí me parecía bien el plan y, segundo, para asegurarse de que la niña no iba a estar toda la noche en la calle. Los padres no tenían ningún control sobre ellas. Tampoco sobre los hijos.

Así que, como madre, me pregunto: ¿qué les han enseñado sus padres a los seis protagonistas de este caso? ¿Qué ejemplo han visto en sus casas? Aunque soy consciente de que en estos tiempos, en los que los jóvenes están 24 horas al día conectados a las redes, quizá el ejemplo paterno tenga menos peso que antes. Entre otras cosas porque todo el mundo, papá y mamá también, está conectado a su pantallita y nadie habla con los otros miembros de la familia.

El otro día había un escalofriante artículo en El Mundo sobre la facilidad con la que los niños acceden al porno, ya se habla de la generación pornonativa. El porno funciona como todas las drogas: al principio una dosis te lleva al séptimo cielo, pero al final necesitas estar poniéndote todo el día simplemente para no sentirte mal. Y si eres consumidor de porno desde pequeño, difícilmente podrás mantener relaciones emocionales sanas con los demás.

Los medios de comunicación, especialmente los que se llenan con los bolsillos con telebasura, no son ajenos a esta degradación, pues ellos colaboran intensivamente a convertir el sexo en un producto de consumo más. Es reseñable que precisamente esas cadenas sean las que más azuzan el feminismo radical contra sus propios telespectadores. Porque…¿cuál creéis que debe ser el programa favorito de los miembros de la manada? ¿Las películas europeas de la 2 o HMyV de Tele5?

Los demás medios tampoco están libres de pecado, pues todos dedican una sección a propagar la buena nueva de la ideología de género. Todos dan un eco desmesurado a cada posible caso de agresión sexual, como en el caso de la chica que ha sido presuntamente violada en la noche de San Juan . El objetivo es el acoso y derribo del hombre, y ningún medio pone el dedo en la llaga, ninguno se pregunta qué hace una niña de 15 años a las cuatro y media de la mañana en la playa. Sé que habrá quien tergiverse mis palabras y diga que yo estoy afirmando que las chicas que estén en la calle de madrugada merecen ser violadas. Pero sólo estoy diciendo algo de sentido común: una madrugada de alcohol y drogas no es el lugar más indicado para un adolescente de quince años, me da igual que sea hombre o mujer.

La educación pública tampoco es que ayude demasiado. Hace un par de años años di unos cursos de redacción eficaz en el instituto de mis hijos. Los profesores habían seleccionado a 12 alumnos, todos ellos buenos estudiantes que tenían problemas para expresarse por escrito. Me sorprendió descubrir que la mayoría creían que el aborto está recogido en la Declaración de los Derechos Humanos y, lo que más preocupó, que algunos sólo lo veían con un método anticonceptivo más. ¿Si me quedo embarazada? Pues aborto y solucionado.

Así que tenemos la tormenta perfecta: padres que no educan a sus hijos, acceso al porno desde la infancia, medios de comunicación que banalizan el sexo y un sistema educativo que no funciona. Pero quienes hoy se rompen las vestiduras por este caso no quieren que hablemos de qué tipo de sociedad estamos construyendo: hacerlo supondría admitir que el sistema educativo que ellos han promovido es un fracaso y que hay que rehacerlo de arriba abajo. Pero os apuesto lo que queráis a que se limitarán a proponer más horas de formación de perspectiva de género en la educación pública, como ya lo están pidiendo para los jueces.

Echarle la culpa al hombre no sólo es lo más fácil. Es, además, lo único que garantiza que las asociaciones feministas vuelvan a hacer caja. Que esta histeria colectiva no nos haga olvidar que, detrás, hay un inmenso negocio que sólo beneficia a una minoría de mujeres -las que viven de ello- y nos perjudica a todos.

 

Ver artículo anterior: Tras leer la sentencia de la manada
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En defensa del hombre

por Marisol Oviaño


 

Rebosa masculinidad.
Llegó a mi guasap hace un par de días y, desde entonces, con la excusa de escribir este artículo, lo habré visto cinco o seis veces.
Llamadme rara: después de 13 años de durísima monoparentalidad, todavía me gustan los hombres. A pesar de que creo que ya no le gusto a ninguno.

Soy la prueba viviente de que se puede sacar una familia adelante sin padre, pero no es una opción que recomiende. Os aseguro que a casi ninguna mujer le gustaría vivir como yo. Voy a la peluquería dos o tres veces al año, jamás salgo de vacaciones, no puedo permitirme el lujo de ir a comer con los amigos salvo que me inviten, no sé lo que es ir de compras, discuto con el casero, con el inquilino, con la agencia tributaria, con la seguridad social, con el banco, con los proveedores, atiendo a los clientes, diseño el producto, lo produzco, organizo las campañas de marketing, doy clase, corrijo deberes, escucho a mis alumnos adolescentes, limpio el escaparate, hago la compra, cocino, plancho y, por supuesto, hago todo lo que puedo para que mis hijos reciban su dosis de amor incondicional. O, como diría mi amiga Carmen, amor infinito.

Cuando la familia corre a cargo de uno solo, todo es mucho más difícil. Porque te toca asumir todos los roles y no tienes hombro en el que apoyarte, ni mano que te acaricie. Sin embargo, yo no puedo quejarme, porque soy una privilegiada: amo mi profesión, mis hijos estudian, trabajan y colaboran en las tareas y los gastos de la casa y, cuando entre todos no llegamos, la abuela nos rescata. Nos mantenemos a flote gracias a la red familiar.

Como divorciada sin pensión, cumplo todos los requisitos para tener sitio reservado en la primera fila de las manifestaciones de feministas subvencionadas. Y, sin embargo, cuando las veo gritando a las puertas de los juzgados, siendo todas Juana, siento el pánico cerval de quien ve pasar a galope a los bárbaros que acabarán con la civilización.

El hombre no es el enemigo a batir.
El hombre es el compañero con el que construir esa organización sin la que no sobreviviríamos: la familia. El individuo sin familia está inerme ante el Estado totalitario y la igualmente totalitaria multinacional. El individuo sin familia está solo en su habitación de hospital y no tiene quién dé de comer a su perrito, que morirá de hambre en su minipiso.

Pero hacia eso vamos.
A una sociedad en la que hombres y mujeres sean enemigos y todos vivamos solos, sin más propósito en la vida que trabajar y consumir.
Por eso no puedo entender este feminismo que no lucha para que las mujeres lo tengamos más fácil, sino para que los hombres lo tengan más difícil.
No puedo entender un feminismo que va contra la biología y se niega a aceptar que hombres y mujeres somos complementarios.
No puedo entender un feminismo que no sólo no ayuda a las mujeres en lo que realmente necesitamos, sino que, además, detrae recursos de nuestros impuestos para sembrar la cizaña entre nosotras y los hombres.
No puedo entender un feminismo cuyo objetivo es el acoso y derribo de la familia.
No entiendo un feminismo que no lleve la maternidad como bandera.

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Una llamada perdida

por Robert Lozinski

Fotografía en contexto original: as

Nicușor se tiró sonámbulo por la ventana de su piso en una cuarta planta. Las ramas de un árbol atenuaron su caída y le salvaron de la muerte.

Había combatido en las tropas internacionales de Angola. Su vida había corrido peligro muchas veces: habría podido pisar una mina, contraer malaria, ser mordido por bichos venenosos o haberse encontrado en el camino de una bala perdida. Pero, a pesar de todo, estaba contento porque recibía un buen sueldo y en Bucarest tenía una esposa joven y bella a quien recordaba con cariño y con la ilusión de que ella también le echara de menos.

Su madre le había dado un consejo muy sabio: que el dinero que ganaba se lo enviase a ella. Sin embargo, Nicușor, muy joven, muy enamorado y muy orgulloso de su condición de soldado, prefirió mandárselo a la mujer que amaba, que en aquellas circunstancias de sangre, desesperación y muerte debía parecerle especialmente hermosa. Pero la muchacha recibía esos miles de dólares y se gastaba hasta el último céntimo en pasarlo bien en compañía de otros hombres.

Nicușor se enteró de todo y se volvió loco. Y a su regreso a casa lo ingresaron en el Hospital Militar. Su locura recibió el nombre científico de depresión severa o algo así.

Como todo fármaco moderno, la medicina que debía tomar tenía efectos secundarios y podía provocar pensamientos suicidas. Es decir que podia matarse de repente, sin desearlo de verdad, sin habérselo propuesto nunca antes, como hizo aquella noche. No llegó a matarse en aquel intento frustrado de volar como los pájaros sino que se golpeó la cabeza, que ya tenía bastante dañada, se rompió en trocitos la pierna izquierda y se fracturó un brazo. Y cuando recobró la lucidez, no podía explicarse qué había pasado, ni por qué.

Su cama estaba al lado de la mía y por las noches, avergonzado y disculpándose mil veces, me pedía ayuda para cualquier cosa, sobre todo cuando llamaba a la enfermera y ella no venía a limpiarle y a meterle otro calmante más fuerte que el anterior. Pero ya no había calmante más fuerte, sencillamente porque no se había inventado. Salvo la propia muerte, claro.

Una noche me dijo que le gustaban con locura las savarinas (es decir babá al ron) y que al salir del hospital lo primero que haría, sería comerse unas cuantas. Más tarde le trasladaron a otra planta. A mí me operaron, en otro hospital, y me dieron el alta. No he vuelto a verlo desde entonces.

Llegaron las vacaciones y, como hago todos los años, me fui a Moldova para pasar el mes de agosto con mis padres. A finales del verano vi una llamada perdida en mi teléfono. Era de Nicușor. Pero no le llamé. Preferí olvidarme de todo lo que me recordaba mi propia enfermedad.

Han pasado ya cuatro años y aún me siento incómodo. Me siento incómodo por no haberle llamado, por no haber hablado con él. Me he quedado con esa duda y me molesta no haberla resuelto: ¿por qué me habría llamado? ¿Qué quería decirme? Para tranquilizarme preferí pensar, con el egoísmo de la esperanza –todo lo bueno que deseamos a otros, en realidad lo esperamos para nosotros mismos- que me habría llamado para decirme que se había curado. Y para invitarme a disfrutar juntos las savarinas que tanto le gustaban.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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La hoguera de las vanidades y el hotelito

por Miguel Pérez de Lema

Recordamos que Savonarola agitó la Italia del Renacimiento clamando contra la corrupción y la opulencia, convocando a sus seguidores a arrojar a la “hoguera de las vanidades” los objetos de lujo, y que al final fue él quien acabó purificado en las llamas de la inquisición.

Pablo Iglesias no tendrá un fin tan espantoso pero tampoco recordado dentro de 500 años como un ejemplo de rectitud moral. Pertenece a otra categoría, más leve, más contemporánea, la de los simuladores. Su vida pública será más larga que la del monje furioso, pero su recuerdo será tibio, y breve, en consonancia con los tiempos que corren.

Todo Pablo Iglesias es un juego de “como si”. Un actor. Puede que bastante bueno. Pero que nunca ha comido lentejas con chorizo sin chorizo, ni ha tenido que elegir entre pagar la luz o quitarse de cualquier otra cosa, casi tan necesaria. Me parece probable incluso que nunca haya intimado con una de esas personas que se acuestan con ganas de que nunca amanezca.

Culparle de ello es una imbecilidad en la que no sabríamos caer, pero confundir la representación con la realidad es igual de estúpido. Para Pablo Iglesias, que no es estúpido, no existe un conflicto real entre lo que representa y lo que en realidad es, porque tiene plena consciencia de que son dos cosas diferentes. Y no puede aceptar la idea de que para los demás sí exista el conflicto.

Pablo Iglesias podría haber irrumpido con el mismo discurso que empleó, sin disfraz, sin actuación, pero probablemente no habría tenido éxito. Disfrazarse de pobre para representar a los pobres con mayor credibilidad es una mentira útil, que retrata al comediante, pero quizá retrata más al público que asiste a la comedia cuando esa comedia es la vida real. Su propia vida.

Pablo Iglesias podría haberse presentado como quien de verdad es, una persona afortunada, miembro de pleno derecho la clase media, y futuro heredero de una pequeña fortuna inmobiliaria, que no obstante defiende los intereses de los menos favorecidos que él. Pero ¿habría funcionado?

Deberíamos preguntarnos por cómo son sus seguidores. ¿Cuántos de ellos son clase media acomodada como él, cuántos son pobres y viven la realidad de la ficción que él representa, y finalmente, cuántos son como él y se disfrazan igual que él? De los tres tipos de seguidores, los últimos, los que tienen una identificación plena con su líder, puede que sean los más recalcitrantes.

El problema, no obstante, existe. Cuando el comediante no sólo se disfraza de pobre sino que desacredita a los que son igual que él, pero no se disfrazan, y finalmente se le cae la máscara, se produce un extraordinario efecto dramático.

No sabemos cómo acabará Pablo Iglesias. Pero sí sabemos que Savonarola no se compró un hotelito.

Todo se pierde. Todo el mundo, al final, te acaba decepcionando.

Solo los niños están a salvo de esta verdad, que dolorosamente acaban aprendiendo con los años. Bueno, no sólo los niños, también los idiotas, pero estos nunca aprenden.

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Carta de una trabajadora autónoma a Pablo Iglesias

Yo no creo que entraras en la vida política para enriquecerte, probablemente tu intención era salvar al pueblo y alcanzar la gloria, nada más. Pero es evidente que, intencionadamente o no, la política te ha enriquecido.

Cuando te auparon al prime time televisivo para encarrilar el descontento ciudadano, muchos de mis conocidos, incluso los que habitualmente pasan de política, se enamoraron de ti. A mí, que sabía mucho de crear cibermesías revolucionarios y ya te conocía de la época en la que hacías bolos por Intereconomía, sólo me parecías un niñato que no sabía de qué va la vida. Como cualquier adolescente de clase alta.

El Estado se encargó siempre de que nada te faltara: tu madre es abogada de un sindicato mayoritario y tu padre, inspector de trabajo; sus buenos sueldos asegurados de por vida. Y a pesar de que podían, de sobra, haberte pagado la carrera, estudiaste con becas. Ni siquiera a la hora de buscar empleo te pareciste a la gente que dices representar. No tuviste que luchar para encontrar un puesto de trabajo, no tuviste que hacer decenas de entrevistas, no tuviste que competir con otros. Pasaste de alumno a profesor interino en la misma universidad en la que estudiaste, sin hacer oposiciones, elegido a dedo por tu camarilla. Tampoco tuviste que invertir gran parte de tu dinero en procurarte una vivienda como el común de los mortales, porque tenías casa gratis, una VPO que tú o tu madre habíais heredado. No tuviste que buscar trabajo, no tuviste que pagar casa y, por no tener, ni siquiera tenías hijos. A tus casi cuarenta años, no habías tenido que superar ni una sola de las pruebas que a los demás suele ponernos la vida.

Llegaste dónde estás aupándote en otros, como la señorita Nopunto, que era mayor que tú y tenía más experiencia en los tejemanejes políticos. Fue un caso de maestra y discípulo de manual: en cuanto tocaste poder, la cambiaste por otra camarada más joven. Más tersa. Como harían el 99% de los tíos en tu situación. Como es de ley, porque para eso están los maestros: para que los alumnos vuelen solos y enseñen a otros.

Hace unos meses, nos anunciasteis que ibais a ser padres, y me alegré mucho, porque por fin ibas a saber de qué va la vida.
A un bebé no puedes hacerle un escrache para que se calle.
A un bebé no puedes darle un mitin para que no enferme.
A un bebé no puedes relegarlo al gallinero del Congreso.
Un bebé te enseña que no eres el centro del universo, y que harás todo lo posible por protegerlo.

Yo misma me fui a un chalet (adosado, eso sí, tenía pueblo llano a ambos lados) cuando mis hijos eran pequeños. Lo recomiendo. No recomiendo tanto el casoplón que os habéis comprado, habéis cometido el típico error del urbanita: creer que vivir en un chalet es lo mismo que vivir en un piso pero con más espacio. Cuando llevéis un tiempo allí, os daréis cuenta de que un chaletazo es como una amante exigente, un pozo sin fondo de gastos y tareas.

Pero el problema no es que te hayas comprado una casa con lago muy cara de mantener. El problema es que el emprendedor de ese proyecto familiar que ahora eres, el tipo que ha firmado una hipoteca de 600.000 euros en una zona en la que tienes chalets por 300.000, se compadece poco con el revolucionario adolescente que arrastró a las masas hace siete años.

A mí todo esto me da un poco igual, porque nunca creí que tú pudieras mejorar mi vida en nada. Sin embargo, me llama la atención con qué torpeza habéis soliviantado a muchos de vuestros votantes y habéis dado tanta munición al enemigo. Por supuesto, habéis salido en tromba a defenderos, pero creo que estáis errando el discurso. No deberíais hablar de mayordomos del poder ni de conspiraciones de la derecha, pues nadie os ha puesto una pistola en la cabeza para que os hipotecarais. Si dijerais la verdad, la mayoría de la gente que ha superado la adolescencia os entendería.

Y la verdad es que habéis madurado.
Que vais a tener dos hijos, Y, como todos los padres, queréis que vuestros hijos se críen en una casa agradable en un barrio agradable.
Que, después de darle muchas vueltas, os habéis dado cuenta de que alquilar es tirar el dinero y, puesto que habéis llegado a la política para quedaros, habéis decidido hipotecaros a treinta años (no estaría de más que nos contarais cómo habéis conseguido unas condiciones hipotecarias tan ventajosas).
Que, puestos a buscar un sitio tranquilo, habéis descubierto que La Navata es mucho más bonito que Vallecas.
Que entre la gloria revolucionaria y la comodidad burguesa, habéis elegido esta última.
Que, tras dejar atrás los ideales de la adolescencia, sois como quienes nunca os votaremos.

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Tras leer la sentencia de la manada

por Marisol Oviaño

Desde que se hizo pública la sentencia judicial por el caso de la manada, se han sucedido las manifestaciones en su contra, las redes sociales claman como si a los cinco acusados los hubieran absuelto, y a mi WhatsApp llegan mensajes que piden mi apoyo para inhabilitar a los jueces del caso.

Yo, al contrario que la jauría, no sé si fue violación o abuso.
¡Pero es que eres mujer y tienes una hija!
También tengo un hijo y, aunque dudo mucho que algún día se viera en situación semejante, querría que tuviera un juicio justo.
De modo que, para opinar con criterio, he dedicado unas cuantas horas a leer la sentencia, cosa que sospecho no ha hecho prácticamente nadie de los que andan clamando venganza.

Quizá haya algunos jóvenes que acudan a San Fermín por su amor a la tauromaquia. Pero no nos engañemos, casi todos lo hacen para lo que llaman desfasar. Esto es, beber y drogarse. Y cuando la gente bebe y se droga, suele hacer cosas que no haría serena. Recalco esto porque no podemos obviar que la noche de autos los seis implicados iban hasta arriba de alcohol, e imagino que también de drogas.

Los cinco condenados no son unos chavales inocentes que en una noche de borrachera han cometido una estupidez. El historial de algunos de ellos está salpicado de antecedentes penales, incluso por futbolísticas riñas tumultuarias, lo que nos puede dar una medida de su catadura intelectual y moral. El hecho de que en sus conversaciones de WhatsApp ya hablaran de que esperaban hacérselo con una chica los cinco juntos -para gustos, los colores- y el juicio pendiente por abusos a otra chica a la que toquetearon y grabaron cuando estaba inconsciente, tampoco habla en su favor. Personalmente, me parecen gentuza y espero que, si les encuentran culpables también de esta agresión, los jueces apliquen la máxima dureza de la ley por reincidencia.

Ella era una cría, estaba borrachísima y probablemente fumada, pues declaró que creyó que entraban en el portal a hacerse un porro. Toda la acusación se basa en que ella dice que cuando estuvieron en la plaza sólo hablaron de las cosas habituales entre desconocidos; ellos, por el contrario, afirman que estuvieron hablando de practicar sexo en grupo los seis juntos. Es la palabra de ella contra la de los otros cinco.

A medida que he ido leyendo la sentencia, he tenido la sensación de que esta se ha escrito bajo la presión de las manifestaciones feministas, pues se da validez de prueba a cuestiones intangibles e imposibles de probar, como son las sensaciones que se le atribuyen a la denunciante. Pero no he encontrado nada que pudiera llamarse pruebas. Los hechos probados son que ella se acercó a ellos, que se marchó con ellos por su propia voluntad e incluso les acompañó a buscar un hotel.

No hay evidencias de que la obligaran a nada, en los vídeos de las cámaras de seguridad se la ve caminando con ellos tan tranquila, el empleado del hotel al que acudieron a buscar una habitación para follar sólo vio una alegre pandilla en la que todos iban medio ciegos, ella misma reconoce que se besó con uno de ellos, y por las descripciones de los vídeos que grabaron los condenados, no se puede afirmar que aquel sexo sórdido no estuviera consentido. Duran apenas unos segundos, y en uno de ellos ha quedado constancia de la siguiente conversación:

Pág. 63.
“¿Quieres que te la meta?, – “Sí”. – “pal fondo, vale.”.

Podemos especular sobre las razones por las que contestó afirmativamente, pero los jueces tienen que dictar sentencia en función de las pruebas. Y aunque la jauría grite ¡No es no!, las pruebas dicen que antes de penetrarla, uno de ellos le preguntó si quería ser penetrada y ella contestó que sí.

Esa sensación de que no había pruebas de nada, se ha acrecentado cuando he leído el voto particular del magistrado Ricardo Javier González, mucho más detallado y preciso que la sentencia propiamente dicha. Del voto particular se desprende, entre otras cosas, que la víctima ha ido cambiando su testimonio para que fuera encajando en la acusación.

(pág. 179 y 180))
“En primer lugar, que, comparadas las declaraciones prestadas por la denunciante ante la Policía Municipal y el Magistrado-Juez instructor con su testimonio ofrecido en el acto del juicio oral, se podría predicar de este último cualquier cosa menos firmeza o matización, pues fue tal la falta de sintonía entre las unas y el otro que cabe afirmar, con rotundidad, como ya se ha venido a anticipar en este voto particular, que lo realmente acontecido en el plenario ha sido una verdadera rectificación o retractación de la denunciante respecto de lo manifestado en sus primeras declaraciones, y que motivaron, como ya se ha expuesto también, el curso del procedimiento.

En segundo lugar, que las rectificaciones de lo declarado respecto a lo denunciado no solo afectan a los hechos nucleares de la acción delictiva imputada a los acusados, sino también a otros aspectos, ciertamente más circunstanciales y accesorios, pero que encajaban mal con los datos que la investigación fue revelando a lo largo de la instrucción y que tras esas rectificaciones encuentran sin duda mejor acomodo con los datos objetivos que la investigación aportó al sumario; algo que, en razón a que ningún motivo se ha ofrecido para justificar un cambio de tal calidad entre lo que se denunció y lo que se declaró en juicio, abona la duda de cuál sea la verdadera razón de tan llamativa rectificación, tanto de lo esencial como de los aspectos accesorios de la misma.

Pág. 182
“Existen sin embargo dos versiones contradictorias respecto al hecho de que tales relaciones fueran consentidas o forzadas; la de la denunciante que afirma que las relaciones sexuales mantenidas fueron sin su consentimiento y que en todo momento fue ajena a las intenciones de los acusados de mantenerlas, y la versión de estos que
afirman unánimemente que, ya en la conversación que mantuvieron en el banco de la Plaza del Castillo, los seis convinieron mantener sexo en grupo. De este modo, la determinación acerca de la existencia de consentimiento o no por parte de la denunciante se erige en el thema decidendi de este proceso”.

Pág. 184
“La sentencia mayoritaria concluye, en este aspecto, que la denunciante ha mantenido de modo sustancial la versión acerca de cómo se desarrollaron los hechos, y, si bien detecta, expone y reconoce que, “en algunos extremos” se ha apartado de su versión inicial expresada en el momento de presentar su denuncia y ratificarla posteriormente ante el juez instructor, minimiza y niega cualquier trascendencia a dichas modificaciones reduciéndolas a la categoría de simples “puntualizaciones” o “matizaciones”, para terminar afirmando que su relato goza de plena persistencia en la incriminación. Frente a ello, considero que la denunciante ha incurrido en tan abundantes, graves y llamativas contradicciones que las modificaciones introducidas en su relato durante el acto del juicio oral constituyen auténticas retractaciones y ello hasta el punto de considerar quebrada la persistencia de su relato de manera insalvable. Lo declarado en juicio por la denunciante ha dejado sin sustento alguno el eje sobre el que se inició y desarrolló todo el proceso, alumbrando ahora un relato que configura un desarrollo de los hechos radicalmente distinto al que ha sido objeto de investigación, consideración, acusación y defensa”.

Pág. 185
“El hecho de que su versión en juicio haya resultado radicalmente opuesta en muchos aspectos a lo que manifestó en aquel momento (y también en instrucción) no puede tratar de salvarse, como se pretende en la sentencia mayoritaria, so pretexto de “las circunstancias personales de abatimiento, confusión, tensión y agobio en que fueron
prestadas, especialmente la primera, muy poco después de haber sido asistida en el Complejo Hospitalario de Navarra”; menos aún cuando en el plenario, a preguntas de su propio letrado, la denunciante manifestó expresamente que mantenía su denuncia sin añadir ninguna aclaración acerca de las evidentes contradicciones entre lo que allí
consta y lo que estaba declarando en juicio”.

Pág. 188
“En efecto, no puedo compartir el modo en que la sentencia mayoritaria desdeña todas aquellas manifestaciones de la denunciante que entorpecen el argumentario sobre el que fundamenta el juicio sobre su credibilidad, pretextando, reitero, aquella situación de “abatimiento, confusión, tensión y agobio” de sus primeras declaraciones, al tiempo en que, sin embargo, da por buenas aquellas manifestaciones suyas que sí lo favorecen, obviando que aquellas y estas, necesariamente, se habrían prestado bajo el mismo estado emocional, sin que, por lo demás, se trate de justificar siquiera por qué se desechan las unas y se aceptan las otras”.

No entraré a valorar la opinión de Ricardo Javier González sobre los vídeos que grabaron los condenados porque, a juzgar por las descripciones, cualquiera puede ver en ellos lo que quiera ver.

Tampoco valoraré las periciales psicológicas, aunque también hay en ellas cuestiones que me hacen dudar de la veracidad del testimonio de ella, que ni siquiera se había enterado de que eran cinco hombres y no cuatro, como dijo en su primera declaración.

En la sentencia se achacan sus contradicciones y sus “no recuerdo” a la confusión propia del shock en el que se hallaba. Pero es que esas contradicciones y esa pérdida de memoria selectiva (en alguna ocasión afirma que no recuerda de qué hablaron, pero que sabe que no hablaron de sexo) también encajan perfectamente en un cuadro de borrachera. De esas en las que cuando te despiertas al día siguiente y te acuerdas de lo que hiciste –o lo que es peor, te lo cuenta un amigo porque tú no te acuerdas de nada-, te quieres morir. Y lo que sí es un hecho probado es que ella estaba como una cuba.

Eres una cría, tienes dieciocho años, ninguna experiencia de la vida y has ido a San Fermín a desfasar. En el bullicio te has perdido de tu amigo y, animada por el alcohol que te corre por las venas, los porros que te has fumado y la borrachera colectiva, vas hablando con distintos grupos de gente a los que no conoces de nada. En un momento dado, te acercas a unos chicos que están sentados en un banco y empiezas a hablar con ellos. Estás completamente desinhibida, y cuando te hablan de practicar sexo en grupo con ellos, les sigues el rollo y te las das de mujer experimentada que puede con lo que le echen. Después, te vas con ellos por tu propio pie, y cuando te quieres dar cuenta del lío en el que te has metido, es demasiado tarde para dar marcha atrás. Todo se acaba, ellos se marchan como los cerdos que son, te sientes humillada y sucia y no acabas de comprender qué es lo que ha pasado. Estás todavía borracha y confusa, no te acuerdas bien de cómo han sucedido las cosas ni puedes pensar con claridad. Y cuando descubres que además te han robado el móvil, te vienes abajo. Entonces sales a la calle, te sientas en un banco y rompes a llorar.
A partir de ahí, todo se precipita.
Algo que debía haber sido íntimo va a estar en boca de todos; para empezar, de tus propios padres. Y a ver con qué cara les dices que estabas borracha y drogada, y que te fuiste a las tres de la madrugada con cinco desconocidos.

No hay pruebas de que sucediera esto, pero tampoco de que sucediera lo contrario. Desde el principio se vio que era un caso muy complejo en el que había que dejar trabajar a los jueces. Sin embargo, pasándose por el forro la presunción de inocencia de los acusados, las feministas del todos somos Juana se han encargado de condenarlos antes del juicio y de lanzar a la jauría contra los magistrados tras la publicación de la sentencia.

Después de leerla, mi sensación es que si esos hijos de la grandísima no se hubieran llevado el móvil, nunca habríamos oído hablar de este caso.

Ellos son unos malnacidos, unos seres despreciables para los que las mujeres sólo somos un cacho de carne, y espero que en la cárcel reciban su misma medicina. Especialmente el guardia civil y el militar, que se supone que trabajan para proteger a la ciudadanía. Los cinco merecen que todo el peso de la ley caiga sobre ellos, pero no hay ninguna prueba de que fuera violación tal y como se describe en el Código Penal. Los jueces se limitan a aplicar la ley,por eso les han condenado a nueve años de prisión cada uno. Pero los agitadores de la calle han reaccionado exactamente igual que habrían hecho si los hubieran absuelto.

¡No es abuso, es violación!, grita la jauría.
Tal vez haya que cambiar la ley, dicen voces más calmadas.
Pero, ese cambio ¿no vendría a convertirnos a todas las mujeres en seres menores de edad que no pueden responsabilizarse de sí mismas?

Luz Sánchez-Mellado cuenta en El País que preguntó en Twitter qué decir a sus hijas después de la injusta sentencia, y se indigna por algunas de las respuestas obtenidas: “Que no se metan en un portal con cinco tíos, me contestaron muchos señores y alguna que otra señora. Se me heló la sangre y me hirvió al mismo tiempo con este terrorífico consejo que, a la vez que victimiza y culpabiliza a todas las mujeres, privándolas de su derecho a hacer lo que les dé la real gana, criminaliza a todos los varones”.

Percibo en su artículo esa perplejidad que experimentan los buenistas cada vez que la realidad contradice su idealización del mundo. Todos tenemos derecho a pasearnos libremente por donde nos dé la gana, pero hay barrios a los que mejor no llevar un Rolex y un teléfono de 600€; porque el derecho a que no te roben no evita que haya ladrones.

“Y, tanto como me niego a aceptar que las mujeres no puedan meterse donde quieran y con quien quieran, me niego a pensar que todos los hombres sean violadores y/o abusadores sexuales en potencia”.

Ese negarse a aceptar resume el infantilismo de un importante sector de la población. Los derechos no son un superpoder que nos pueda proteger de todos los peligros. No podemos educar a nuestras hijas como si vivieran en un mundo sin peligros, no podemos decirles: “Sal, emborráchate, drógate y vete con desconocidos, que no va a pasarte nada”. Decirle a una hija que tenga cuidado con lo que hace y con quién se junta (algo que, por otra parte, también es válido para los hijos), no es acusar a todos los hombres de violadores. Sólo es sentido común.

Justo lo que no encuentro en el artículo de Sánchez-Mellado. Hemos convertido el sexo en una mercancía más, como si no tuviera ni importancia ni consecuencias. Les decimos a las nuevas generaciones que las diferencias biológicas entre hombres y mujeres son imposiciones del heteropatriarcado y les hacemos creer que el sexo es igual para todos. Pero no vemos manadas de mujeres a la caza de un hombre que follarse entre todas. Hombres y mujeres vivimos la sexualidad de distinta manera, eso es lo primero que Luz debería decirles a sus hijas.

Y con esto no estoy diciendo que los hombres sean todos violadores. Tampoco creo que todas las mujeres sean cleptómanas, por poner un ejemplo. Pero, por nuestro propio bien, las mujeres tenemos que asumir que la libertad implica que seamos responsables de nuestros actos. Porque no siempre tendremos la suerte de cruzarnos con lobos buenos como estos

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