Conversación entre un moro ateo y una católica no practicante en el día del Señor

por Marisol Oviaño

Me gusta bajar los domingos a por el pan, el ambiente en el pueblo es totalmente distinto al del resto de la semana. Es el día de las caras nuevas: las de quienes viven en las urbanizaciones de las afueras y trabajan en Madrid, las de los que se acaban de instalar en el pueblo y sólo conocen los bares de la zona peatonal, las de los forasteros que han venido a pasar el día aquí… Las terrazas suelen estar llenas de familias con niños y la gente está más relajada y parece feliz, como si sólo fuéramos figuración de una comedia romántica. Da gusto andar entre tanto buen rollo.

Pero hoy estoy un poco griposa y mis hijos comen fuera, no faltan ingredientes para una gran comida, solo tengo que ir a por el pan; así que limito mi paseíto dominical a los cincuenta metros que me separan de “La infanteña”. A pesar de que sólo es la una, ya no les quedan barras normales, y pido una de candeal relamiéndome: son mi vicio, pero demasiado caras para comerlas a diario. A la vuelta, paso por la trinchera proscrita para encender el radiador del aula como hago todos los domingos. (Quienes me leéis, ya sabéis que paso las tardes dominicales escribiendo aquí).

Cuando estoy cerrando la puerta, me encuentro en la calle con H., que viene de comprar el pan como buen jubilado. Asiste a uno de mis talleres desde hace un par de años y, aunque cuando hablamos de política siempre discrepamos, nos llevamos muy bien: ambos somos amantes del buen vino y tenemos sentido del humor. Él, además, una luminosa sonrisa, que enciende cuando me uno a sus pasos.

— ¿Qué? —sonrío guasona a modo de saludo— ¿Ya te han mandado a hacer la compra?
Con idéntica guasa, H. levanta los dos brazos, para que quede constancia de las bolsas que carga.
—¡Y mi mujer en el campo, dando un paseo!
—Para que luego se quejen las feministas.
—La mía, encima, tiene un marido moro —dice desorbitando los ojos de manera cómica—. ¡La que liarían si me vieran en mi pueblo!
—Bueno, convengamos que tú no eres un moro típico —contesto sacando las llaves de mi portal—. Si todos fueran como tú, otro gallo nos cantaría.

Los dos nos echamos a reír y nos despedimos.
Y ahora, mientras cuajo una tortilla de alcachofas, pienso en las ironías de la vida.
Tiene gracia que sea un moro ateo el que me esté ayudando, sin saberlo, a recobrar una astillita de fe en el ser humano.

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