Rispidismo

por Miguel Pérez de Lema
Imagen en contexto original: eqvm

Las chicas parecen enfadadas. Tienen 20 años y todas las gracias del cielo las adornan. Pero su gesto es displicente, su mirada dura, su apariencia desaliñada, sus hábitos insanos y su conversación soez. Parecen mineros galeses preparando una huelga. ¿Qué puede incomodarlas?

Estas princesas de la era virtual y del supuesto neo feminismo desconocen casi todo lo que existe excepto su propia incomodidad, quizá por eso son tan tajantes repitiendo consignas para darse un poco de aplomo, sin lograrlo, y corren el riesgo de acabar siendo neuróticas abraza árboles, gritonas de pelo azul, funcionarias despóticas, adoradoras de gatos castrados, o cualquier otra extravagancia solitaria, fea y triste.

Pero todavía no. Aun están en un punto de equilibrio natural perfecto en el que su permanente rabieta y su actitud desagradable solo les añade aun más encanto, más riesgo, y más poder de atracción.

Y sin embargo sufren. Sienten que algo no va bien dentro de sus almas y no les parece que vaya a mejorar. ¿Y si el problema estuviera en otra parte?

Estas princesas ríspidas están militando, sin tampoco saberlo, en un movimiento diferente al feminismo, lo femenino en ellas es claro y potente y no necesita más reivindicación que la luz del sol para someter a sus vasallos. Ellas en lo que están combatiendo es en el rispidismo.

Hacen del mal gesto una estética completa y puede que algunas de ellas no se den cuenta a tiempo de que, como les dijo Claudel, en tanto que jóvenes “tiene el deber de la alegría”. Cuando su edad sea el doble de la que tiene hoy, la mitad de ellas estarán en manos de la industria farmacéutica y seguirán sin haber comprendido nada.

Pero por ventura la otra mitad, posiblemente, llegaran a la madurez habiendo comprendido que el conflicto que las atormentaba no era con el padre sino con la madre, y una vez que lo asuman se convertirán en mujeres extraordinarias.

Esto es lo que uno comprende, casi con estupor, haciendo una relectura actual de la clasificación de conflictos psicológicos femeninos elaborada por Jung en los años 50.

Entre los 4 tipos de complejos maternos de las hijas, Jung destaca el de “la defensa contra la madre”. Y afirma que “su lema es cualquier cosa con tal de que no sea como mi madre. (…) Una hija así sabe bien qué es lo que no quiere pero en general no tiene ninguna idea clara respecto de su propio destino. (…) Todos los procesos instintivos tienen que hacer frente a inesperadas dificultades: o la sexualidad no funciona, o no quiere tener hijos, o los deberes maternos le resultan insoportables o la exigencia de la vida matrimonial en común le provocan impaciencia e irritación. (…) La madre como familia o clan provoca fuertes resistencias o falta de interés respecto de todo lo que se llama familia, comunidad, sociedad, convención y cualquier otra cosa por el estilo. La resistencia a la madre como útero se manifiesta a menudo en los trastornos en la menstruación, dificultades en la concepción, horror frente al embarazo, hemorragias durante el embarazo, partos prematuros, vómitos durante el embarazo y otros fenómenos semejantes. La madre como materia ocasiona impaciencia con los objetos, torpeza en el manejo de herramientas y de vajilla y también descuido y falta de gusto en el vestir. De esta defensa contra la madre resulta a veces un espontáneo desarrollo de la inteligencia que tiene por fin crear una esfera en la cual no aparezca la madre. Este desarrollo es el resultado de necesidades propias y no se hace en consideración al hombre a quien se quiere impresionar o al que se trata de atraer con el espejismo de la camaradería espiritual; su fin es destruir el poder de la madre por la crítica intelectual y el conocimiento superior o mostrarle todas las tonterías y faltas que comete y todos los claros que presenta su cultura. Junto con el desarrollo de la inteligencia van tomando perfil las características masculinas en general. (…) En tanto fenómeno patológico esta mujer es una compañera desagradable, exigente y poco satisfactoria, puesto todos sus esfuerzos consisten en resistirse frente a todo lo que surge de la causa natural primera. Pero en ningún lugar está escrito que la creciente experiencia vital no pueda enseñarle algo mejor y que en consecuencia comience por abandonar la lucha contra la madre en el sentido personal y estrecho. En el mejor caso será enemiga de todo lo oscuro, confuso, ambiguo. Atenderá en cambio a lo seguro, claro, racional y lo pondrá en primer plano. Superará a su hermana en objetividad y su juicio será más independiente de la pasión. Puede convertirse en amiga, hermana y consejera competente de su marido. Para ello la capacitan sobre todo sus aspiraciones masculinas, gracias a las cuales puede tener para la individualidad del hombre una comprensión humana y situada más allá de todo erotismo. Entre todas las formas de complejo femenino de lo materno esta es la que mejores probabilidades tiene de hacer algo exitoso de su matrimonio en la segunda mitad de su vida.

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