Cartman, Trump y la neurosis

Miguel Pérez de Lema

Todas las sociedades necesitan un bufón para aliviar su neurosis. El comediante en Grecia y en Roma, y el bufón medieval, tenían el derecho de decir a los poderosos en público aquello que nadie más se atrevía a decir. Señalaban las contradicciones, miserias, y errores de las instituciones intocables. Esa era su higiénica función, la catarsis de la comedia que aliviaba la neurosis de su sociedad.

En la España contemporánea carecemos absolutamente de esta figura. De un régimen autoritario y censor se pasó a un régimen de pesebrismo y control económico de los medios de comunicación y del espectáculo. El humor blanco y timorato del franquismo dio paso al humor sectario de trinchera. La libertad siguió pendiente, la neurosis no remitió y sólo aumentó la mala leche y el mal gusto. Pero como somos de naturaleza individualista padecemos muy lateralmente la neurosis como sociedad y la represión escapa por sus conductos individuales.

En Estados Unidos sí quedan bufones. Y libertad. Y sociedad civil reconocible. Su industria del espectáculo, su cultura, funciona en el mercado libre, a pesar de los códigos de la corrección política. Y tienen “Saturday Night Live”, “Los Simpsons”, y sobre todo tienen “South Park”, con el desopilante gordito racista Cartman. Un icono de la incorrección que engancha con el subconsciente de lo que queda de la América wasp.

Pero estos bufones no son suficientes para aliviar su grave neurosis porque las contradicciones, miserias y errores de sus instituciones son profundas y siguen creciendo. Ni siquiera Cartman alivia la neurosis americana porque el hombre blanco de la América interior sigue asustado, engrasando su rifle de asalto, mientras cierra la fábrica del pueblo, y comprueba que el mundo donde creció ya no existe. Y por eso, ahora, el papel de Cartman lo hace el candidato a la presidencia.

-Una cosa de locos.

-Sí, señora, de eso estamos hablando.

Cuando Cartman lloraba al ver su parque acuático lleno de “minorías” que “siguen y siguen viniendo”, era divertido porque era verdad y estaba tocando el gran tabú de la sociedad norteamericana, dejándole una válvula de escape al “malestar de la cultura” del que hablaba Freud.

Por supuesto Cartman está concebido como un personaje negativo y los creadores de South Park están muy lejos de hacer apología del racismo. Pero en un entorno donde el racismo y la xenofobia están en la raíz genuina de millones de norteamericanos que viven reprimidos, negándose a sí mismos la posibilidad de verbalizar su fobia profunda a “las minorías”, la sola existencia de Cartman supone una extraordinaria válvula de escape para la neurosis. La risa como liberadora del inconsciente sirve para que afloren los traumas y se relativicen.

Pero algo sigue yendo mal, y cada vez peor, cuando los disparates de Cartman llegan a la carrera presidencial. Trump es también un gordito racista, y apela al humor en sus mítines, pero tiene poca gracia. Da más bien miedo porque no viene a liberar al blanquito asustado permitiéndole que de vez en cuando suelte un comentario racista. Trump parece que va en serio y en lugar de poner una válvula en la olla lo que pretende es subir el fuego a tope para que explote en un brote de histeria.

Nosotros, que somos mestizos, nos quedamos con Cartman.

 

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