Tarde de lluvia

Por Leucotoe
Fotografía, Nacho Gil en Madrid Street Photography

lluvia nacho

Tengo 49 años, a estas alturas ya sólo manejo el lenguaje de las flores, los perros y las palabras sencillas.

Hoy ya sé que el amor no es fusión pero tampoco ancla. Tal vez, un milagro, circunscrito al tiempo, que presupone sentirse compañera en algunas tormentas, no todas. El amor es probablemente una abstracción que se materializa en formas insospechadas de cotidianidad.

También, que la maternidad también es un cuento de hadas para que las vírgenes no tengan miedo, y que un hijo es más del mundo que del azar de un embarazo fortuito. Que todo se escapa, se escurre entre mis dedos; que el tiempo es la materia de los sueños pero los sueños también son importados. Entre rebelde y mansa, prefiero lo primero sólo por la chulería de estrellarme en el silencio de mi individualidad, que es lo único que tengo.

Si el mundo fuera de los pragmáticos, no habría una sola gota de genialidad ni de magia; pero si el mundo fuera de los genios, sería un infierno de palabras -trampa.
Si tenemos alma, es quizá una conexión más neuronal que espiritual, una forma de ADN emocional asociado a la personalidad y a cómo interpretamos el mundo cuando lo veíamos desde la altura de los enanos en un mundo gigantesco.
Despertar es volver a nacer y nacer duele quizá más que morir, cuando nos desvanecemos en la nada y en el recuerdo de aquellos que nos conocieron y amaron.

Tengo casi 50 años; unos padres que empezarán pronto a dejar de serlo y un hijo que aún se desteta a base de mordiscos. A estas alturas cronológicas, no me reconozco en el espejo. pero he aprendido a suavizar la luz de mi propio reflejo y a comprar la crema suavizante de pelo de un color diferente al del champú por razones obvias; dentro de la ducha, no veo.

Aún creo en el poder transformador de la literatura. Y en que aquí hemos venido para dejar algo mejor de lo que nos hemos encontrado; plántese un libro, escriba un árbol; respecto a los hijos, son desde muy pronto sus propios jardineros.

En este preciso instante vital, confieso que nada me gusta más que una tarde de chimenea y lluvia, con un buen libro entre las manos y, a poder ser, un poco de conversación.

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