Sobre el combate

por Juan Hoppichler
Fotografía en contexto original: the observer

MARJA, AFGHANISTAN - SEPTEMBER 23: Army MEDEVAC helicopter crew members with Dustoff Task Force Shadow of the 101st Combat Aviation Brigade help Marines carry a severely wounded Marine to a helicopter on September 23, 2010 near Marja, Afghanistan. The Marine later died of his injuries. (Photo by Scott Olson/Getty Images)

MARJA, AFGHANISTAN – SEPTEMBER 23: Army MEDEVAC helicopter crew members with Dustoff Task Force Shadow of the 101st Combat Aviation Brigade help Marines carry a severely wounded Marine to a helicopter on September 23, 2010 near Marja, Afghanistan. The Marine later died of his injuries. (Photo by Scott Olson/Getty Images)

La falacia hobbesiana del hombre como lobo para el hombre no es más que la argumentación del Poder para que le dejemos ser Poder. Somos malos y destructivos, nos dice, y sin calabozos y diezmos nos devoraríamos los unos a los otros. Basta ver las guerras: ¡qué malo es el ser humano!¡en cuanto le dejas ametralla prisioneros!¡empala niños!¡hacen falta más restricciones o esto es el apocalipsis!¡Bendito sea el Poder!

La lectura de Sobre el combate conmueve. Y lo hace precisamente por las simpatías que despierta el supuesto mal que denuncia. Es un libro escrito por un teniente coronel en la reserva del ejército estadounidense, Dave Grossman, y es un análisis de todas las deficiencias que el soldado tiene a la hora de matar. El autor, especialista y asesor sobre el tema, plantea lo que hay que hacer para aumentar la eficacia asesina de los ejércitos y las contrapartidas que esto tiene. En la introducción dice que su libro es manual en West Point y que es la lectura de cabecera de los generales destacados en Iraq y Afganistán.

Toda la primera parte es un recorrido histórico en el que demuestra que matar a los semejantes no está en la naturaleza humana; un soldado no es más que un tipo cualquiera al que le han puesto un uniforme y le han dicho “a por ellos”. Para conseguir que mate hay que emplear adoctrinamientos y sanciones apabullantes. La inmensa mayoría de los soldados se pasan las guerras intentando no lastimar a nadie. El hombre uniformado no ha perdido su moralidad y tiene las reticencias que tendríamos nosotros: “¿por qué matar a alguien que no me ha hecho nada?”. Desde tiempos de Napoleón hasta nuestros días, sólo el 2% de la población, los llamados psicópatas, disfrutan reventando cabezas, el 98% restante tiene que ser ferozmente empujado a hacerlo.

El condicionamiento moderno empezó a raíz de un informe llamado “Hombres contra el fuego” del General S.L.A. Marshall, donde viene a decir que el soldado americano de infantería fue incompetente en la II Guerra Mundial. Sólo entre el 15% y el 20% estaban dispuestos a disparar contra los alemanes. Pudieron vencer porque tenían superioridad material, pero sus soldados no demostraron agresividad. Las divisiones eran demasiado grandes y con pocos oficiales, por lo que era fácil escaquearse. Las bayonetas -que ya ni se ponen en los fusiles por ser un gasto económico absurdo- casi nunca se utilizaban por escrúpulos, no falta de oportunidades. Grossman insiste en que el cine nos ha dado una imagen falsa de esta guerra. Ni de lejos todos los soldados aliados eran intrépidos; ni todos los alemanes perros rabiosos, por cierto, ya de hecho las estadísticas de ineficiencia eran similares entre las potencias del Eje.

Por ello los militares transformaron los ejércitos. En Corea se incrementó el en control sobre el soldado, mucho más fácil ahora con las mejoras tecnológicas. La propaganda deshumanizó mucho mejor al enemigo. La historia de la guerra es la historia de las mejoras para condicionar al hombre y que supere su resistencia innata a matar a sus hermanos, dice Grossman. En Corea hasta el 50% de los soldados llegaron al campo de batalla dispuestos a disparar.

Y luego llegó Vietnam.

Jóvenes melenudos forzados a ser asesinos. Toda la maquinaria pauloviana al servicio de transformar en bestias a jóvenes pacíficos. Los oficiales, la propaganda y el planteamiento mismo de la batalla (conseguir “distancia emocional”, que el soldado no vea las caras de los que va matar, bombardeos, evitar el cuerpo a cuerpo, gases…) se orientaban principalmente en evitar situaciones delicadas. Al principio funcionó, fue todo un éxito, y hasta el 90% de los soldados llegaban a la jungla predispuestos a disparar. Y lo hicieron. Era el punto álgido del condicionamiento, pero también la última guerra en la que se utilizaron levas. Porque se originó un problema que nadie esperaba y que centra la segunda parte del libro: los daños psicológicos que causa obligar a un hombre a matar a otros. Vietnam ha sido la guerra que más traumas ha causado precisamente porque fue la primera en que todos los soldados mataron. Una vez pasaba el éxtasis bélico, volvían a casa con sus conciencias destrozadas. Fue una llamada de atención. Al ciudadano de a pie puedes convertirlo en un asesino dedicando impagables esfuerzos, pero una vez pase el condicionamiento, se dará cuenta de lo que ha hecho. Y se desestabiliza. Por ello a partir de entonces los ejércitos tuvieron que ser exclusivamente profesionales.

En las guerras actuales, sin embargo, tampoco se está mejorando mucho. En Iraq y Afganistan hay desplegados docenas de miles de soldados. Una cifra absurda para combatir enemigos en clara inferioridad, pero es la única manera de garantizar la victoria. Los soldados siguen ingeniándoselas para no disparar a nadie.

Sobre el combate, en definitiva, resulta un libro de esos que desenmascaran las narraciones del Poder. Interesante y de fácil lectura, cuando lo terminamos salimos a la calle y vemos a nuestros vecinos un poco menos enemigos, más humanos, sin siluetas lobeznas.

Coda española. Aquí la inquina ibérica se supone que arreció en la Guerra Civil. Que si guerra entre hermanos, que si barbaridades generalizadas en ambos lados. En el maravilloso Desertores de Pedro Corral se niega toda la visión que nos imponen de la contienda. La inmensa mayoría de los españoles no cometieron crímenes. Es más, evitaron combatir. No creían en la guerra y más de tres millones de varones en edad militar se las apañaron para no alistarse -frente a los dos millones en total que sí fueron obligados a hacerlo. No hay un mal intrínseco en los españoles. Esa es la excusa del Poder que fue quien provocó el enfrentamiento. Aquí los pocos dispuestos a acuchillar a su vecino lo están tras haber sido emponzoñados por los políticos, pero la mayoría son gente de paz.

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2 respuestas a Sobre el combate

  1. Marisol dijo:

    Pues lo pido para la librería, gracias

  2. Rick dijo:

    El bien y el mal son olas que se entrecruzan. Con una peculiaridad: la ola del mal es siempre más arrolladora. Para viajar de Rousseau a Lenin no hay billetes de vuelta.

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