Diarios neerlandeses, 45

por Claudio Molinari Dassatti
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El bulevar en el que nos encontrábamos, y que según mis investigaciones satelitales es la Stille Weerkade, estaba desierto salvo por un par de clientes del restaurante chino de la esquina. En la puerta de calle, armados de sendos vasos de vino y con menos interés en el arte que en mi amiga Papita, hacen tiempo dos holandeses.

Imran, un ser alto y amarronado, y Supertoff, un rubio blancuzco, alto y desgarbado, con sombrerito y cara de loco. Imran es artista, escritor, comisario de exposiciones, pirata, lanzador de galgos (ligón, en peninsular). El loco es loco. Imran es más apuesto e inmediatamente atrae el interés de mi amiga. También es medio marroquí y se dedica a obtener becas y dinero del gobierno holandés y llevárselo a Marruecos, por lo que inmediatamente atrae mí interés.

Para no quedar fuera de la conversación, Supertoff nos explica su último proyecto: un domo geodésico portátil donde al visitante se le conectaban un par de electrodos. Estos captan su ritmo cardíaco y cerebral y una computadora emite proyecciones calidoscópicas personalizadas sobre la superficie cóncava del domo. Le sonreímos y lo ignoramos hasta dejarlo fuera de la conversación. Los seres humanos a veces somos así.

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