Diarios neerlandeses, 41

por Claudio Molinari Dassatti

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En la planta baja nos recibe una fuente de vino tinto, otra bebida incomprensible, otro desperdicio de volumen. El espacio superior está casi vacío, salvo por un holandés de melena blanca y traje de tres piezas negro y una rubia fértil y carnosa. Detrás, una serie de tallas: una colección de objetos conceptuales en madera rústica. Es la expo que habría hecho Bruce Nauman de haber nacido en la Edad de Piedra.

Él holandés, alemán en realidad, es el dueño; la rubia, que va de negro pero lleva un escote de camarera de la Oktoberfest, es la directora. Él seduce a las mujeres y ella a los hombres, ambos intentan vender obra. Por más que esto parezca arte solo se trata de poder y de sexo. Nosotros llenamos los vasitos de plástico con vino y nos paseamos entre las tallas. Son figuras de caballos, bustos, cabezas de pájaros, letras esculpidas. Las estanterías sobre las que se apoyaban están hechas con ramas unidas con tarugos y cuñas.

Bajamos las escaleras y en el espacio inferior, sobre caballetes y zócalos, se despliegan cientos de frisos de iglesia y templos griegos o romanos moldeados en escayola. También hay una guirnalda de cabezas de pato luminosas y, naturalmente, un vídeo. Gente no había.

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