Diarios neerlandeses, 14

por Claudio Molinari Dassatti

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El vuelo de Ryan Air aterrizó en un aeropuerto del que no recuerdo absolutamente nada. Quizá por haber tomado un centenar de vuelos y saber que son todos iguales, o quizá por haber fumado y bebido hasta reducir mis neuronas hasta lo indispensable de la narrativa y la interpretación del idioma.

Mi periplo comenzó al subir al autobús que me llevaría al centro de Bruselas. Lo que más me ha impresionado en mis viajes han sido las extraordinarias distancias de nada que separan las zonas pobladas. El paisaje belga es una llanura embarrada con un manto de cielo gris que cubre un llano barriento. Es difícil diferenciarlos pues en ninguno de los dos se percibe el menor movimiento.

Perdidas en la vastedad o amontonadas en aldeas, se ven casas de madera y ladrillo rodeadas de extensiones interminables de aburrimiento, existencialismo y tristeza. Sería por este corto trayecto que pronto comprendería por qué las cervezas locales eran tan fuertes: nadie desea mantener la consciencia plena ni el pensamiento conectado en este páramo.

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