Diarios neerlandeses, 9

por Claudio Molinari Dassatti

9

Abordamos el tren a Holanda al día siguiente. Las ventanillas solo enmarcaban imágenes de llanuras barrosas y árboles deshojados, ramas caídas, troncos partidos. Los mismos paisajes desolados de la Primera Guerra, carentes de color y abundantes en desamparo, pero con esa vaga calidez sepia propia de la fotografía profesional. Habremos pasado por Ambéres y Breda y Rotterdam, calculo.

A Amsterdam Centraal llegamos en plena noche. Del canal emanaba una bruma helada hasta entonces desconocida para mí; las calles empedradas relucían por la llovizna. Estas imágenes no son un intervalo de descripción, las tengo grabadas. Entramos a un hostal cercano a la estación. Los tres holandeses que fumaban en el salón hablaban muy bien inglés; todos los holandeses hablan bien inglés. Mi novia no.

-Yes –fue lo único que dijo.

Aun así los nativos festejaron su dominio del idioma. Ventajas de la belleza.
Igual que en el Sound Café, las luces azuladas y el jazz también llenaban ese ambiente. O sea que es probable que yo esté repartiendo mi recuerdo entre dos sitios y dos tiempos. O que ambos sitios fuesen idénticos en su ambientación y mi mente conectara de modo automático los factores ‘luz azul’ y ‘jazz’. De la misma manera en que uno teclea r-o-m-a y en la búsqueda aparecen en pantalla palabras similares, como Romario, aroma o romero.


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