Diarios neerlandeses, 8

por Claudio Molinari Dassatti

8

Pernoctaríamos apenas una noche en casa de Frederik y su mujer. Por eso de Bruselas recuerdo poco, las calles que subían y bajaban, los cielos grises y el Sound Café, un bar con luz azul de nevera y ambiente de congelador donde oímos tocar a un trío de jazz. Es curiosa la memoria pero más curioso es el olvido. Hoy recordé a una mujer de hace una década que hasta ahora no había dejado marca alguna en mi vida.

De regreso a la casa de mis amigos, nos detuvimos a mirar el escaparate de un edificio neo modernista. Probablemente una escuela de lutieres. La exhibición mostraba versiones estrambóticas de instrumentos clásicos. Recuerdo perfectamente un contrabajo con diapasón cilíndrico y cuerpo de cajón peruano, un instrumento de los Apalaches, de los que utilizaban esos barbudos con alambiques dedicados al whisky ilegal.

De modo automático pensé: si en Bruselas no hiciese tanto frío nadie se encerraría durante meses o años a inventar chirimbolos como esos. Quizá, en vez de al surrealismo, Magritte se habría dedicado a los paisajes, a los desnudos o a los boles de fruta. Quizá esa es la razón de que no haya mención en la historia de grandes maestros de la pintura caribeña. La vida es un trabajo y registrarla son dos, pero hacerlo bajo un calor aplastante ya son tres.


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