Diarios neerlandeses, 4

por Claudio Molinari Dassatti

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En París todo era carísimo, así que hicimos lo que hace cualquier turista sin tendencias suicidas: caminamos. Recorrimos Notre Dame y la orilla del Sena, donde nos detuvimos a mirar libros y pinturas mediocres. Visitamos el Musee d’Orsay, el Louvre y el Pompidou. Los dos hitos: Odilon Redon y la colección de cerámica del Louvre. La torre Eiffel y Montmartre tampoco están mal.

Pero lo que más me gustó fue el Bistrot du Curé, una casa de comidas regentada por monjas dedicadas a alimentar a las putas, a los malvivientes de Pigalle y a nosotros. El local ya no existe, hoy en su lugar seguramente hay un Zara.

Acabamos la jornada en el barrio árabe, picoteando unas papas fritas más aceitosas que las de España, mundialmente conocida por la grasitud. A nuestro paso, los jóvenes árabes nos seguían con mirada recelosa. Pese a haber nacido allí nunca serían considerados del todo franceses, ni por los franceses ni por nosotros.

Sus mayores, en cambio, ignoraban nuestra presencia del mismo modo que ignoraban a Francia. No había en sus rostros contradicción alguna. Al contrario que sus hijos, ellos sí sabían lo que era perder el hogar, la tierra. Por eso, aunque hubieran crecido en medio de privaciones y cabras y arena jamás iban a admitir a este país de infieles en su corazón.


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