Mucho ruso en Rusia

Miguel Pérez de Lema

Hay también una forma personal, psicologista, de observar los movimientos históricos y de sobrevolar el drama de la política con la distancia y el criterio de un lector de novela experto. La pataleta constante de los nacionalismos en España tiene una explicación -entre otras muchas, señora- sentimental, de hijo pródigo no reconocido, de hermano mayor con síndrome de príncipe destronado que se afana por llamar la atención y rompe la lámpara del comedor llevándose un sopapo en lugar del achuchón que tanto desea. Si algo nos falta en este patio es inteligencia emocional.

Si miramos  al mundo lo honrado es tirar de tópicos, porque no sabemos nada del mundo. Por eso hay que ver muchos youtubes de caídas de borrachos, gatos pianistas, japonesistas locas, y muy poco o nada de informativos fules y analistas geopolíticos. Creemos que Internet es ante todo la ventana absoluta abierta al casticismo global en estado puro, en bruto, y sin filtro. Y creemos que hay una decantación del “espíritu nacional” en esa acumulación de imágenes chuscas que van caracterizando unos usos, unas costumbres, unas taras peculiares en cada país.

¿Qué sabemos de Rusia en este arrebato de viejo imperio que quiere demostrar que sigue manteniendo su vigor? Muy poco. Vemos la Rusia institucional como a un macarra maduro atragantado de Viagra, que no nos apetece nada, y vemos, sí, por la red una Rusia tremendista, hiperreal, ultraviolenta, borracha y dinamitera en sus youtubes y liveleaks, que se acaban afiliando a nuestra propia alma carpetovetónica, tan lejana, tan distinta, pero íntimamente unida bajo tierra por las fínisimas raicillas de lo absurdo, lo feo, lo no homologable a la Europa homologada que nos humilla, nos teme y nos desprecia.

El aleph ruso que se cuaja en la suma de instantes nos cifra, literariamente, el carácter de un personaje desesperado, que sometido siempre a la sevicia del poder hace de la vida un disparate en defensa propia. Y en ese juego, en ese caos, nos encontramos.

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