Mariconadas a mí

Por Juan Hoppichler

Rorschach3

Charlie me dice que ha quedado con su padre, que están intentando retomar la relación y que si puedo acompañarle. Extraña situación ésta: necesita que vaya con él porque teme alterarse y volver a golpear al viejo.
Vamos hasta Leganés. Encontramos a don Onofre en uno de esos innúmeros bares de carajillo mañanero y derrota.
Intercambiamos saludos y nos sentamos los tres junto a la ventana.

Padre e hijo casi no se miran. El aire es plúmbeo.

-¿Sabes que mi hijo quiere que vayamos a un loquero juntos?- me espeta don Onofre.

Reconozco sorprendido que lo desconocía.
Charlie me cuenta que no me había dicho nada, pero que sí, que ya que su padre me respeta, quería que yo tratara de explicarle que un psicólogo podría irles bien.
Bebo un sorbo de café despacio y afectadamente, miro por la ventana unos segundos, y empiezo un perorata improvisada sobre la necesidad de introspección, sobre que lo que reprimimos aparece como síntoma y otros lugares comunes del psicoanálisis.
Cuando termino don Onofre me mira con mueca despreciativa.

-¡Lo que hay que hacer no darle vueltas a la cabeza! ¡Ésta es la realidad!-exclama mientras aporrea la mesa.

Y ahí se acaba el intento de llevar a don Onofre a terapia.

(Este es un buen ejemplo de lo que Sartre llamaría “espíritu de seriedad”, en la que personas autoetiquetadas como realistas y maduras aceptan su realidad y la circundante como una fatalidad inmutable, y es más, hacen bandera de esa aceptación. Don Onofre es alguien cuya esposa agonizó con depresión y ansiedad durante años, hasta que se tomó veinte orfidales, y cuando el médico le interrogó, respondió sin mentir: “le juro doctor que yo pensaba que mi mujer era normal, feliz”. Don Onofre, el hombre de verdad, es aquél que se pasó años buscando ebrio peleas por todos los bares de Leganés en los que aún no estaba vetado, para terminar las jaranas en casa apaleando a su hijo y por fin vencer a alguien. Este ínclito profeta del espíritu de la seriedad, insistimos, es que viene ahora a advertirnos que el autoanálisis y la introspección son superfluos).

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