Pongamos que hablo de Madrid

por Marisol Oviaño
Fotografía de Ignacio Gil en callejeandomadrid

madrid

Durante mucho tiempo, Madrid y yo fuimos la misma cosa.
Pero hace quince años, y a regañadientes, me marché de allí para que mi marido no tuviera que pasarse la vida en la carretera y mi familia tuviera mejor calidad de vida. Él me vendió el cambio con las mismas palabras que utilizaba con la gente que le compraba las casas. Pero a mí no me impresionaban las dimensiones del adosado, ni la piscina comunitaria, ni el silencio que lo cubría todo cuando caía la noche.

Fue el cielo.
Los primeros días me los pasaba mirando por la ventana, dejando que la vista se engolfara en cirros, cúmulos y estratos, aprendiendo las rutinas de aquel azul interminable. A la caída de la tarde salía con los niños a pasear por el campo y trepábamos a las rocas, donde yo me sentaba sin nostalgia a ver atardecer, lila y rojo, sobre Madrid.
Poco a poco, y sin darme cuenta, me adapté a la vida del pueblo. Pero siempre creí que lo hacía por él. Por los niños. Por la familia. Que mi sitio estaba en Madrid. De hecho, el día que di un portazo con el ordenador bajo el brazo, fui a emborracharme de asfalto. Y allí me quedé dos semanas. Escribía, escribía, escribía, escribía, escribía. Después salía de Campamento rumbo a la calle Ballesta para tomarme unas cañas con el hombre en la sombra, “Me voy a venir a vivir a Madrid”.

Pero mis hijos, que sufrieron lo inenarrable con la paulatina y ridícula desaparición de su padre, buscaron refugio en sus amigos y las costumbres que les hacían sentirse seguros. No estaban preparados para marcharse de aquí. Y aquí nos quedamos.

En el pueblo soy feliz. Me gusta ir andando a trabajar. Ver árboles y atardeceres desde el salón. Que la gente me salude por la calle. Pararme a charlar con el frutero, el dueño del Babel, el barrendero que barre la calle cantando mantras. Tomarme una caña con los amigos sin necesidad de quedar con ellos. El cielo. El silencio. La tranquilidad.

Pero Madrid y yo sabemos que siempre seré de allí.

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