el vendedor del maletín sorpresa

por hijadecristalero
Fotografía en contexto original: eljocarreco

vendedor

Raro es el día que no intentan venderme un trolex, colonias de imitación, bisutería, libros autoeditados, jabones artesanales, calendarios pintados por gente sin brazos… Cada vendedor que entra en mi lugar de trabajo me proporciona una información valiosísima.

Tengo un cliente, ingeniero jubilado de 83 años, que asegura que la de ingeniero es la profesión más importante, porque ellos idean y fabrican todo lo que hace falta para la vida moderna.
Pero se equivoca.
Tan importante como el ingeniero es el vendedor: sin vendedores no habría progreso.

El de hoy tendría cerca de cincuenta años, iba de traje, llevaba maletín y era gitano y español. Los calés que pasan por aquí sólo venden plantitas que llevan en una bandeja de vivero, y sus mujeres –ellas van por un lado y ellos por otro- se ofrecen a leer la buenaventura y pretenden cobrar la voluntad por una ramita de romero. Aquí, en un pueblo en el que quien más quien menos tiene su hilera de plantas aromáticas: los comerciantes gitanos que yo conozco no parecen aficionados a estudios de mercado o al I+D. Pero este de hoy era diferente.

– Hola, buenos días –ha saludado con una profesionalidad y un respeto que hacían juego con su traje oscuro.
– Buenos días – he contestado quitándome las gafas de ver de cerca, dándole a entender que hacía un alto en el camino para escucharlo.
– Perdone que la interrumpa- ha dicho poniendo el maletín sobre la mesa de manera ostentosa-, pero es que quizá le interese un producto muy bueno que estoy vendiendo.
– No tengo un duro. Pero ¿qué es? –he preguntado con curiosidad, deseando que abriera de una vez el maletín.
– Cuchillos de cocina–ha respondido muy serio.

Caray. El tipo va por ahí con un maletín lleno de cuchillos… Me moría de ganas de verlos. Y él, adivinando que había despertado mi curiosidad, ha abierto los cierres con eficiencia ejecutiva. No he querido que se hiciera ilusiones.

– No puedo comprarlos. Pero los veré encantada.
– Son de esos de cerámica que no hace falta afilar –ha dicho girando el maletín abierto hacia mí.

Los cuchillos iban en la caja original, aunque cuando te fijabas, te dabas cuenta de que estaba muy ajada: la habían abierto y cerrado muchas veces. No soy experta en embalaje de cuchillos de cocina, pero había esperado una caja más sobria: tenía demasiados colorines. Aunque no me ha dado mucho tiempo a pensar en ello, porque él ya estaba abriéndola y yo quedándome con la boca abierta.

No tenía ni idea de que había cuchillos de colorines; rojos, verdes, azules, amarillos, morados… y el descubrimiento me ha dejado en estado de shock. Él ha aprovechado mi sorpresa para coger el más grande de todos, quitarle el protector que llevaba en la punta y acercármelo. Si en ese momento alguien se hubiera parado delante del escaparate, habría creído que el hombre de traje acababa de acuchillarme: la hoja era tan roja como el mango. Él ha debido darse cuenta de lo que yo estaba pensando, le ha dado la vuelta y me lo ha ofrecido cogiéndolo por la hoja.

Cada vez que me pongo música para cocinar, sueño con el día en que pueda renovar mis cuchillos. Y lo he cogido.
Aunque parecía un buen cuchillo me ha dado repelús.
Yo quiero que la hoja del cuchillo con el que voy a cocinar brille como un espejo, refleje lo que corta y advierta con su frío reflejo del daño que puede hacer. En la cocina, el color lo ponen los alimentos; ellos son las estrellas, el cuchillo sólo es un humilde servidor. Y a esos humildes cuchillos de cocina habían dejado su austero uniforme para vestirse de nuevos ricos.
Además, un cuchillo es, entre otras cosas, un arma. Un arma que está en todas las cocinas del mundo, ese lugar por el que transitan tantos niños. Y los alegres colores hacen que los cuchillos parezcan inofensivos juguetes.

– Muy bonito –he dicho devolviéndoselo-. Pero ya te he dicho que no tengo un duro.
– El juego vale 250 euros –ha dicho señalando algo en la caja, se supone que el precio, que sin gafas yo no podía ver –Pero te lo dejo en 30.
-No puedo, estamos a fin de mes.

Ha hecho un gesto de fastidio Todavía tenía el cuchillo en la mano, no era el momento de hacerle todas las preguntas que me bullían: ¿cómo se le habrá ocurrido ponerse a vender cuchillos? ¿Va a comisión o sólo está vendiendo algo que ha conseguido en una liquidación de existencias? ¿Tiene más cajas o solo esa? Pero mejor no hacerle perder el tiempo: no me ha costado mucho imaginar el hartazgo que tiene que tener un hombre que va de pueblo en pueblo con un maletín tan pesado.

– Venga, te los dejo en 25- ha resoplado agitando el cuchillo rojo en el aire-. Y así me voy a mi casa. O lo vendo o lo tiro.
– Hombre, intenta venderlo –he dicho yo sin perder de vista el cuchillo mientras volvía a guardarlo-. Pero no a mí: he tenido que pedirle 7 euros a mi hijo esta mañana para comprar el pan, un pollo y papel higiénico.

Ha comprendido entonces que no tenía nada qué hacer, y ha cerrado primero la caja y luego el maletín con un gran suspiro.

– Lo siento en el alma. Espero que tengas más suerte la próxima vez.

Ha hecho un gesto de resignación a modo de saludo y ha seguido camino con su traje, su maletín y sus cuchillos.

——

Para ilustrar este artículo he buscado fotografías de cuchillos de cerámica, y he encontrado que están- o han estado en muchas páginas de oferta. Probablemente su historia daría para escribir una novela.

A 22,95 €

A 24 euros

A 99 euros

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