Nosotros, los Reyes

por Robert Lozinski
Fotografía en contexto original: nigeldickinson

Cuando un rey muere en su lugar aparecen muchos reyezuelos. Es una especie de ley.
Hace más de un mes murió Florin Cioaba que se había proclamado a sí mismo Rey de los Gitanos. Antes de enterrarlo se celebró el traspaso de la corona. Como el rey tuvo dos hijos, hubo un pequeño lío que la madre solucionó a su manera de madre: le quitó el juguete –perdón, la corona- al mayor y se la dio al menor y para que el mayor no se enfadara se improvisó rápidamente otra que por culpa de las prisas salió un poco regular.

Luego se gritó “¡El Rey ha muerto, vivan los Reyes!”, que es lo que se grita en estos casos, y se procedió al entierro que se desarrolló con gran fasto y lujo gitanos, oraciones, lágrimas y lanzamiento de dinero al público.

Un pura raza moreno, con sombrero redondo, negro y de ala ancha, aprovechó la ocasión para mandarle a través de las cámaras y con una sonrisa de navaja en el rostro un saludo a un compadre suyo del sur recordándole una antigua deuda. En directo y sin cortarse un pelo el hombre. Este se integra sin la ayuda de Europa, onegés ni de la madre que lo parió.

¡Qué debate se montó en seguida en todas las televisiones! ¡Que los gitanos son muy gitanos! ¡Vaya bochorno de espectáculo que ofrecieron a todo el mundo! ¡Que ha de haber una ley que prohíba el uso de los símbolos de la realeza –cetro, corona y demás- por fulanos ajenos a la casa real, única y auténtica!

A mí los zíngaros que quieren ser reyes no me molestan. Así es su especie, enamorada de todo lo que brilla. Los que me tocan los badajos son los piojos mayoritarios que chupan directamente de las arterias por donde fluye el dinero de todos. Esos que brotaron como hongos tras la muerte del dictador Ceausescu; barones regionales, caciques, todo tipo de líderes del fraude. Esos que no ostentan coronas pero tienen palacios, limusinas y opíparas cuentas bancarias. Y en materia de títulos tampoco se cortan en absoluto, llamándose con descaro a sí mismos reyes del asfalto, de la energía o del grano. Según lo que les ha sido consentido robar a cada uno.

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Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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