La batalla perdida de Wert

por hijadecristalero
Fotografía: gratisjuegos

Una de las pocas noches que salió este invierno, mi primogénito tuvo un accidente con el coche de un amigo. Por suerte, todos salieron ilesos; pero el vehículo quedó siniestro total y él dio positivo en el control de alcoholemia, en el límite de la legalidad. Le quitarán el carnet unos cuantos meses y le pondrán una multa. Y también se ha comprometido a pagar la mitad del coche del amigo. Ya tenemos ahí unos 2.500 euros, tirando por lo bajo. En su defensa hay que decir que desde el primer momento se ha hecho responsable de su deuda, no ha intentado cargármela a mí, sabe que yo no tengo dinero para pagar sus errores. Ya pago los míos y los de su padre.

Pero bueno, trabajando aquí y allá podría ahorrar para pagarlo: el juicio tardaría en salir y su amigo no tenía ninguna prisa en cobrar. Mi hijo tuvo entonces una genial idea que no admitía discusión: enclaustrarse y no salir hasta que acabara el curso.

Yo le dije que no era un buen plan: tenía que estudiar mucho para conseguir la beca y necesitaría airearse de vez en cuando. Pero cada vez que le sugería que saliera a dar una vuelta, me cerraba la boca con su verdad, incontestable como un dogma de fe: “Si no salgo, no gasto”. De nada sirvió que le dijera que había actividades que no le costarían nada: montar en bicicleta, correr, echar un partido con los amigos… sólo salía de casa para ir a clase o hacer algún recado.

A mí me parecía que no estaba estudiando todo lo que debería, sé por experiencia que cuando crees tener mucho tiempo para estudiar, estudias menos que cuando te ves agobiado. Ni siquiera en las vísperas de exámenes alteraba su rutina: series en el ordenador, siesta diaria, rato de consola, rato de tocar la guitarra, los simpsons, el telediario de las nueve, futboleros…

– Me da la sensación de que te estás relajando demasiado y no estás estudiando todo lo que deberías –aventuraba yo.
– Todos los años dices lo mismo, y todos los años saco buenas notas –gruñía él.
– Ya, pero ningún año consigues que te den la beca –seguía yo, erre que erre-. O porque no te enteras de que tenías derecho a beca, o porque te enteras pero se te olvida echar algún papel. A ver si este año no te la van a dar por exceso de confianza en ti mismo…
– Qué pesada eres –bufaba huyendo a su guarida.

Aun así, parecía que las iba aprobando todas, algunas con más de seis, una con un siete…
Pero el otro día, poco antes de marcharse al que yo creía que sería el penúltimo examen, me confesó que en realidad era el último, porque no pensaba presentarse a una asignatura.

Al principio me dio unos argumentos que me habrían hecho reír si no me hubieran cabreado tanto: que si ni estudiando la habría aprobado, que si no he tenido tiempo… Pero como ninguna de las excusas colaba, acabó comparándose indignado con otros a los que les habían quedado cuatro, cinco, seis , siete, ocho…

Mi hijo sabe que en cualquier otra familia habría sido considerado un héroe por haber aprobado todo excepto una asignatura, sólo tiene que mirar a su alrededor: muchos de sus compañeros pueden hacerse viejos estudiando porque ahí están papá y mamá, dispuestos a pagar matrículas de facultad, coches y lo que haga falta. De sus amigos, él es el único que va a curso por año, el único que trabaja cada vez que puede, el único que se paga los estudios, el único que de vez en cuando tiene que arrimar algo de lo poco que gana a la economía doméstica… Los adultos le tienen por un hijo ejemplar.
Y lo es.

-¿Es que no ves que todos los demás son peores que yo?
– ¡Pues claro que son peores! Y ¿sabes por qué?
– ¿Por qué?
– Porque a ellos sus padres no les exigen nada. Tú eres mejor porque a ti se te exige.
– Vete a la mierda, mamá.

En los últimos días he hablado mucho con él, según sus propias palabras: “esto está siendo Vietnam”. No me preocupa tanto el hecho de que se haya dejado una asignatura –todos somos humanos -, como que no quiera extraer ninguna lección de todo esto y se niegue a admitir que rendirse no era la única opción. Pero a pesar de que mis charlas eran su Vietnam, seguía echando balones fuera.

– ¿Ves cómo el problema es el dinero? Si tuviéramos dinero, no sería un drama que yo no me hubiera presentado a una.
– Para mí siempre será un drama que te rindas antes de intentarlo –contesté-, te habría echado la bronca igual aunque tuviera ahorrado para pagarte la facultad. No es un problema de dinero, es un problema de que te exiges muy poco a ti mismo. ¿Vas a rendirte cada vez que te encuentres una dificultad en el camino? Porque ahora era sólo un examen, pero en la vida hay dificultades mucho peores.
– Y yo te digo que el problema es el dinero –insistió.

Comprendí que por ahí no iba a conseguir nada. Necesitaba buscar un punto de vista nuevo, un lugar desde donde él viera lo mismo que yo.

– Si el problema fuera el dinero, habrías estudiado. Lo tenías todo planeado ¿te acuerdas?: te has tirado cinco meses en pijama para ahorrar y asegurarte la beca. Y sólo has cumplido una parte del plan: ahorrar dinero. Ya sabías lo que tenías que hacer para que te dieran la beca, y no lo has hecho. Y al final, si no te becan, tu plan te habrá costado diez veces más que lo que has ahorrado en cinco meses sin salir. El problema es que lo que has hecho sólo te perjudica.

Y por primera vez en muchos días, no me contestó.

—-
hijadecristalero es autora de Historia de un desclasamiento

Esta entrada fue publicada en Educación, General, Lecciones de la vida y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La batalla perdida de Wert

  1. Miguel dijo:

    Yo hice la carrera con beca para matrícula, material y transporte. Las reglas del juego estaban muy claras: aprobar cada año todas o no se renovaba la beca y a la puta calle -porque nadie me pagaría la matrícula, el material y el transporte-.

    Aprobé todas cada año, con una media de 6,7.

    Por otra parte, en mi opinión, el problema en España no es dar más o menos becas, con más o menos notas, sino hacer una reforma radical de la Universidad, reduciendo drásticamente las licenciaturas -las de humanidades son un insulto al sentido común- y ajustando el número de plazas a las necesidades reales del mercado de trabajo y las dimensiones del país.

    Yo lo habría agradecido, aunque eso pudiera haber supuesto no tener beca ni carrera, porque tuve beca y carrera que fueron una inversión mal enfocada en todos los sentidos.

    Lo pasemos bien, eso sí, a costa del presupuesto.

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