Amenaza tormenta

por Marisol Oviaño

Las nubes han ido llegando a lo largo del día, sin prisa, como quien está seguro de su superioridad. Durante la tarde se han ido amontonando unas sobre otras como si las hubieran encerrado en un redil demasiado pequeño, y ahora reinan amenazadoras sobre el pueblo.

El cielo negro, el viento y este olor a tormenta que no acaba de caer, me retrotraen a los veraneos de mi infancia. A Bustarviejo,un pueblo de la sierra de Madrid. Allí vivíamos en la ladera de una montaña, y los truenos retumbaban en nuestra casa con un ruido ensordecedor. A veces el aguacero te pillaba montando en bici y tenías que refugiarte con tus amigos bajo algún chamizo o en alguna casa abandonada. O te sorprendía en la piscina del pueblo. Y entonces nos daban una moneda para echar un futbolín.

En aquella época las tormentas rompían la monotonía de la feliz libertad de aquellos días de cazar lagartijas, de buscar renacuajos en las charcas, de ponernos gusanitos de luz en la mano, de destrozar pantalones tirándonos por las torrenteras, de contar historias de miedo en la calle de arriba, o en la de abajo, o en la de enmedio; de coger moras al final de agosto, de ir a todas partes en bicicleta.

Qué distintos aquellos veranos de éste, en el que ya ni espero que Montoro nos devuelva lo que nos debe antes de Navidad, y apostaría el cuello a que pasaremos las vacaciones en un gran hospital.

Cuando he cerrado la trinchera proscrita, el viento me ha revuelto el pelo. Y he apretado el paso para llegar a casa a tiempo de sentarme a ver el espectáculo. Hoy ha sido el último examen, cuando abro la puerta el gato sale a recibirme . Hacía meses que no me encontraba con este silencio a estas horas. Sin consolas, ordenadores, móviles, televisiones, guitarras eléctricas o acústicas. Sin nadie que interrumpa el flujo de mis pensamientos. Sólo se oye el viento. El gato se sube a la barra de la cocina para vigilar mis movimientos mientras dejo el bolso y cojo una cerveza. Después me ha seguido a la terraza, y se ha acomodado en mi regazo cuando me he sentado a disfrutar de la furia del cielo, del ruido de mar que hace el viento entre las hojas de los árboles, del olor a tormenta que no acaba de caer.
De volver a ser niña.

Pero no va a llover.
Hay demasiado viento y ha refrescado bastante.
Hace esa temperatura a la que las mujeres mayores se echan una rebeca por los hombros.
Yo todavía no tengo frío.

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