guerra sin cuartel

por Marisol Oviaño

hospital

Alejandro nos dejó a la puerta del hospital a las 7:05 y se fue a casa: más tarde tendría que abrir la trinchera proscrita.
Diez minutos después, Eude y yo ya estábamos en la habitación. Ayudé a mi hija a ponerse el camisón que le habían dado y doblé primorosamente su ropa, como si de ello dependiera el éxito de la angiografía.

No sabíamos a qué hora se la llevarían, y Eude se metió en la cama y se quedó dormida. Mejor, así la espera se le haría más corta. La experiencia me ha enseñado que pensar en esas situaciones es contraproducente y mi hija me necesitaba fuerte, de modo que me puse a leer.
A las 8:30 llegó mi madre.
A las 9:30 vinieron a buscar a Eude, y su abuela y yo la acompañamos por los largos pasillos. La celadora dejó la cama de mi hija a la puerta del quirófano –no se llama así, pero no sé qué nombre le dan- de neuroradiología. Primero un hombre de bata verde –probablemente el anestesista-, después una enfermera, y por último tres médicos, hablaron con ella para tranquilizarla y que aquello pareciera un poco más humano. Todos le preguntaron: “¿Te han explicado bien qué es lo que te vamos a hacer?” (poner anestesia local, entrar con una cámara por la ingle y llevarla hasta el cerebro para grabar un vídeo de su maraña vascular). Y ella, en los últimos ramalazos de la adolescencia y asustada por lo que la esperaba, contestó lo mismo las tres veces: “Bueno”. Firmé el consentimiento y nos despedimos de ella.
Las 9:45.

Mi madre y yo nos sentamos en la sala de espera que había al lado, no había nadie más. Charlamos un poco, yo saqué “Hablar solos” de Andrés Neuman; y la abuela, su cuadernillo de sudokus. Estoy segura de que no acabó ninguno, no dejó de balancear la pierna en ningún momento. Yo sí me sumergí en la lectura, que ha sido mi gran aliada cada vez que alguno de mis hijos estaba ingresado; y además debía entrenar mi paciencia y practicar la disciplina mental: la angiografía sólo es una prueba diagnóstica, la intervención posterior durará muchísimo más.

A las 10:43 cerré el libro y comencé a dar pequeños paseos desde la sala de espera hasta la línea roja en la que pone: “Sólo personal autorizado”, para que Eude me viera en cuanto la sacaran al pasillo. A las 11:05 dije: “Ahora ya sí que empiezo a ponerme nerviosa”. Posiblemente sólo habrían pasado quince minutos cuando la enfermera salió y anunció: “Ya está”. Mi madre y yo corrimos junto a la cama de mi pequeña, que me miró muy enfadada.

– Me habían dicho que no dolía nada y me han hecho mucho daño -protestó.

El médico todavía no había salido a hablar conmigo, y mi madre se fue con Eude a la habitación mientras yo me quedaba esperando. Las noticias no fueron tan halagüeñas como los facultativos y nosotras habíamos esperado: ellos estaban seguros de que había que intervenir, pero no podrían cerrar todo el aneurisma; tenían que reunirse para ver qué y cómo lo iban a hacer.

Cuando fui a la habitación y se lo dije a Eude, se enfadó muchísimo. Ella había decidido arriesgarse pensando que después de la embolización el problema quedaría resuelto para siempre, y la noticia de que sólo podrían hacerle un arreglo parcial hizo que se sintiera estafada. Tras el cabreo inicial, empezó a venirse abajo; pero mi especialidad es hacer de la necesidad virtud, y no me costó mucho hacerla reír. Entonces empezó a llegar la gente que la quiere.

Yo ya le había dicho mi hija que no me parecía buena idea que sus colegas fueran a verla en pandilla, pero están en esa edad en la que se mueven en manadas, y cinco de ellos aparecieron en la habitación. Habían ido allí para demostrar a Eude que la quieren, pero ella tenía que estar muchas horas en la misma postura con la pierna estirada para evitar un trombo, no podía sentarse en el sillón y ser el centro de la fiesta. Y al final pasó lo inevitable: sus amigos, llevados por la inercia y la inexperiencia de la juventud, acabaron haciendo una tertulia al margen de su cama, riéndose y hablando de las fiestas y barbacoas a las que Eude no podría asistir. No había ninguna maldad en ello, no eran conscientes de que le estaban diciendo “la vida sigue sin ti”. Sólo yo me daba cuenta de que mi niña se estaba aguantando las ganas de llorar; de modo que pasándome por el forro la corrección política, entre bromas pero inflexible, les agradecí la visita y los eché de allí.

No estuvimos mucho tiempo solas. A pesar de que los hombres de la familia son completamente inútiles en estas situaciones, las tres: mi madre, mi hija y yo, agradecimos que mi hermano y mi hijo aparecieran por allí a la hora de comer. Por razones que desconozco, su presencia es paliativa.

Por la tarde hubo más visitas. Mi madre, que había sido la primera en llegar y había estado todo el tiempo a nuestro servicio, también fue la última en marcharse. Se quedó hasta que yo bajé a comprarme un sándwich para cenar y fumarme el que sería el último cigarro del día.

Ni Eude ni yo dormimos gran cosa, cuando amaneció estábamos agotadas.
Pero mi incansable madre llegó a las 8:30 con un desayuno de lujo que ambas devoramos con alegría (el del hospital se quedó en la bandeja sin tocar). Eude se levantó, estuvo un rato en el sillón, la ayudé a ducharse y se sentó a guasapear con sus amigos mientras esperábamos que le dieran el alta, todo parecía ir sobre ruedas.

El médico llegó a eso de las 12:00. Discutí con él sobre las fechas de la próxima consulta, llegamos a un acuerdo y nos dio el alta para que nos marcháramos.

En cuanto salió por la puerta, Eude se puso blanca como la pared y dijo que tenía ganas de vomitar. Mi madre, la pobre, pensó que era culpa suya por haberle llevado una napolitana de chocolate. Yo sólo pensé que acababan de hurgarle en el cerebro y me cagué en el puto Dios, con mayúsculas.

– Llama a las enfermeras –dije.

En estas situaciones funcionamos como la tripulación de un submarino: yo ostento la veteranía en hijos moribundos, los de mi madre sólo han estado ingresados en un hospital para parir; nadie discute mis órdenes. Aunque, ahora me doy cuenta, cometí el error de llevar a la niña al baño cuando debería haberla obligado a sentarse.

Entonces Eude empezó a convulsionar, los ojos comenzaron a moverse de forma rara antes de quedarse en blanco y, a pesar de que intenté sujetarla con todas mis fuerzas, se desplomó y acabamos las dos en el suelo.

– ¡¡¡Mamá!!! –aullé.

Mi madre salió corriendo al pasillo gritando “¡Auxilio!”, y en cuestión de segundos un ejército de enfermeras se hizo cargo de mi hija con una rapidísima eficiencia digna de medalla.

– Tranquila, parece que sólo es un bajón de tensión.

Eude abrió los ojos un momento, respondió débilmente a las preguntas que le hicieron y cayó en un profundo sueño, reparador para ella y sumamente angustioso para mi madre y para mí. Sólo había sido un bajón de tensión salvaje, sólo eso. Pero yo había sentido que mi niña estaba muriendo entre mis brazos. Y todavía en estado de shock, mientras Eude dormía, le tocaba el cuello cada dos minutos para cerciorarme de que tenía pulso.

También mi madre se había llevado el susto de su vida, pero me sentí muy orgullosa de que no se hubiera dejado llevar por el pánico y hubiera corrido a buscar ayuda. Otras en su lugar se habrían quedado paralizadas sin saber qué hacer. Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, mamá.

Cuando me convencí de que Eude sólo estaba durmiendo, le dije a mi madre que bajaba a fumar. Y, ya en la calle, me pegué una buena llorera.

La bajada de tensión retrasó el alta unas cuantas horas, en las que nos visitaron la mejor amiga de Eude –esta visita sí que le hizo mucho bien- y nuestra querida Cris. Salimos del hospital con el tiempo justo de que yo pasara por casa a darme una ducha antes de ir a la trinchera proscrita a dar una clase nocturna. En mi mundo no existen las bajas por enfermedad ni los días de permiso por asuntos personales, mi vida es una guerra sin cuartel.

La abuela se quedó en casa mientras yo trabajaba, y aprovechó para planchar y regañar a Alejandro por no haber recogido la cocina en los dos días que nosotras habíamos faltado. Cuando llegué a las diez de la noche, Eude nos miró burlona a mi madre y a mí y nos dijo:

– Pues esto sólo era una prueba diagnóstica. Preparaos para la intervención de verdad.

(La semana que viene, más).


Muchas gracias a todos los que habéis rezado, puesto velas, mandado energía positiva, etc. Sois tantos que no he podido responder a todas las llamadas y guasaps como merecíais. Muchas gracias por estar ahí.


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Esta entrada fue publicada en Familia, General, Lecciones de la vida, Morirse no duele, pero molesta y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a guerra sin cuartel

  1. Ariadna dijo:

    Os deseo mucho más ánimo y os envío mil abrazos fuertes

  2. Ines dijo:

    Tu artículo hace magia de una putada, expresa corazón, sangre y fuerza.
    Valientes las dos

  3. elena dijo:

    Mucha fuerza. Podréis con ello, como otras veces. Un abrazo

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