ganas de matar aumentando.10: Don Ernesto, el de la bicicleta

Miguel Pérez de Lema

Por supuesto que son los andaluces con su voto los que sostienen la PSOE andaluza en el poder, y que es ese conservadurismo el mayor motor de su pobreza. Por supuesto que existe la cultura de la peoná, de la chapu mientras cobro el paro, de la molicie victimista, y del bolivarianismo ful. Por su puesto que la miseria a la que se está llegando se agrava por la resistencia al cambio y favorece la corrupción y el compadreo.

Por supuesto que los hijos de los que mandan y reparten no pasan hambre.

Pero donde hay un niño que no come y sale una iniciativa para darle de comer, no cabe más que apoyarla. Que quiten todo, si hace falta, menos eso.

Don Ernesto, el de la bicicleta, es el desalmado del año. Enhorabuena, maestro, de esta lo hacen a usted ministro.

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Esta sección toma su título de una célebre frase de Homer Simpson. No se trata, pues, de un deseo real de matar, sino tan sólo de una expresión posmoderna e inofensiva de malestar y frustración. A esta sección traeremos los estupores audiovisuales que, aun en el marasmo y la idiocia de este final de partida, todavía consigan agitarnos como últimas luces sinápticas que estimulen nuestro cerebro zombificado. Que nos provoquen ganas -posmodernas y figuradas- de salir a la calle y matar a alguien.

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3 respuestas a ganas de matar aumentando.10: Don Ernesto, el de la bicicleta

  1. Ariadna dijo:

    Este esel más listo de su portal, y se le nota

  2. Marisol dijo:

    Al final, entre toda esta patulea van a conseguir volvernos rojos.
    Joder, qué poca sensibilidad. Pandilla de psicópatas.

  3. M.r. Triumph dijo:

    EL SEÑOR LECTER EN EL CENTRO COMERCIAL

    Hace algún tiempo, encontrándome sentado en un velador de un centro comercial del noroeste de Madrid los vi aparecer. Andaba yo reposando y distrayendo la vista con los magníficos ejemplares de fauna ibérica que por estos lugares pasean cuando, como he dicho anteriormente, los vi aparecer por las puertas automáticas. Eran un par de familias con su ristra de vástagos perfectamente maleducados, todos muy guapos, con sus pantaloncitos cortos y sus polos impolutos. Las madres eran esbeltas y muy rubias, los padres muy altos y fornidos, con bellos cortes de pelo (siempre he apreciado un corte de pelo de buena calidad) y ropas bonitas y de marcas nobles, resueltas sobre sus cuerpos con la alegre despreocupación de la ropa deportiva.
    Pasaron junto a mi velador y alguien del entorno salió a su encuentro para saludarles:
    “¡señores Sáenz de Buruaga, qué placer verles por aquí!”. El tal Buruaga tenía la pátina de la gente con cierta celebridad, así que busqué rápidamente su nombre en mi IPAD y de inmediato salió su foto al frente de un programa de televisión. No pude por menos que seguir observándolos, tan bellos, tan brillantes; con esos hijos tan hermosos, tan tiernos… tan jugosos. Debo confesar que me abrieron el apetito.

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