Veteranía

por Marisol Oviaño

veteranía (2)

Quienes tenemos ya una cierta edad sabemos que la vida duele, mancha, cansa y desgasta. Pero no nacimos sabiéndolo, hemos llegado a esa certeza después de haber sobrevivido a muchas batallas; somos veteranos.

Hace unos días, dos jóvenes recién salidos de la adolescencia se vieron envueltos en un serio problema de adultos. Y, calzándose las botas de su mayoría de edad, intentaron resolverlo entre hombres, sin ayuda de ningún adulto. Yo era el único veterano que tenían cerca y sabía que ellos dos solos no podrían, pero me hice a un lado y dejé que intentaran resolverlo por su cuenta.

Quisieron solucionarlo todo por guasap, que es el medio por el que los niños arreglan sus pequeñas diferencias. Pero no se enfrentaban a un problema de patio de recreo, sino a las graves consecuencias de la irresponsabilidad de ambos; y la distorsión del mensaje que acarrea el guasap se convirtió en una dificultad añadida. Deberíais quedar para hablarlo, insinué. Pero la generación de los móviles, los iPods y el twitter cree que dar la cara es cosa del pasado.

Tal y como era lógico que ocurriera, el guasap no sólo resultó inútil: además estuvo a punto de sabotear todas las buenas intenciones, y la escalada de desencuentros fue en aumento. Mientras ellos tecleaban furiosamente, yo me preparaba para el rescate.

Los dos eran responsables del lío en el que se habían metido. Pero en un primer momento, uno de ellos había asumido el papel de mártir y pretendía cargar con toda las consecuencias; y el otro, encantado, exigía salir inmaculado, como si nunca hubiera estado en el lugar de los hechos. Pero era imposible llevar a la práctica aquella solución imaginaria. Y se vieron en un callejón sin salida.
Había llegado la hora de intervenir.

Hablé con el mártir y le expliqué que la crucifixión hay que ganársela, no se le regala a cualquiera que cargue con estúpidas culpas que no le corresponden; que una cosa es ser bueno y honrado y otra muy distinta, ser gilipollas. Sabía que con ello provocaría que el otro reaccionase, pues al verse solo comprendería que también necesitaba hablar con algún veterano.
Y así fue.
Al día siguiente vino a verme a la trinchera proscrita con la marca de la preocupación en la cara. Le hablé de responsabilidades que él ni siquiera sabía que tenía, le demostré lo ilusorio de su planteamiento y le di a elegir entre un abanico de acciones realistas, en las que él también cargaría con el castigo que la vida acaba de propinarles. Me dolía ser yo quien lo bajara a tierra. Pero a cambio fui testigo del momento en que, aguantando las lágrimas de rabia como un jabato, comprendió la realidad de las cosas y decidió afrontarlas.

Los dos han asumido como hombres su parte de responsabilidad.
Ahora luchan hombro con hombro para solucionar el problema.
Pronto serán veteranos.

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Una respuesta a Veteranía

  1. Malkmus dijo:

    Por algo se empieza.

    ojalá hubiera más veteranos conscientes de serlo, con ánimo de ayudar a los reclutas, y con ayudar me refiero a actitudes como la tuya, no la típica y cada vez más extendida actitud de negación de “mi hijo no ha sido”, “es que le tienen manía”, “han sido las malas compañías…” etc.

    Si no enseñamos a nuestros vástagos a asumir las consecuencias de sus actos, nunca serán adultos, porque yo creo que adulto no te haces tú, la vida te hace serlo.

    ¡Ánimo!.

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