Alf, de Alfonso

por Robert Lozinski
Imagen en contexto original: spanish.ruvr.ru

– Me ha gustado mucho España –dice Anatoli con cierta nostalgia-. Volvería. Aún hablo por teléfono con mi patrón. Pero mucho me temo que él esté peor que yo.

En el pueblo hay pocas casas como la suya. De sus padres heredó una casucha vieja, a punto de venirse abajo. Con el dinero que había ganado la “modernizó”, como le gusta decir, y ahora tiene de todo: gas, agua corriente fría y caliente, antena por satélite, internet.

– Cuando me fui –dice-, apenas sabía hacer nada. Pero la construcción iba tan bien y la necesidad de mano de obra era tan grande que no me fue muy difícil encontrar trabajo. Un día Javier, el patrón, me preguntó si entendía de electricidad. Le dije que sí. Me miró extrañado. “¿Pero vosotros, los moldavos, sabéis hacer de todo, coño?” La verdad es que de electricidad no tenía yo ni puta idea.

El recuerdo le hace sonreír. Me echa aguardiente de la casa en la copa y brindamos por la suerte.

– Busqué un compañero que había sido electricista e hicimos nuestra propia brigada. Hacíamos chalets de principio a fin. Javier se iba haciendo rico y a nosotros nos pagaba de puta madre. Buena persona Javier. Pero un día se acabó. Ya no vendía nada y el capital que había ido acumulando lo había invertido. Total, quedarme ya no tenía sentido. Hice mis maletas y me vine a casa. Aquí tengo tierras, vacas, cerdos, aves, coche y una casa bonita.

– ¿Por qué no te casas?

– ¿Casarme? ¿Yo? No tío. Las tías de ahora no quieren trabajar.

Se oyen ladridos. Se disculpa y sale.

– Es Alf –dice cuando regresa.

Tiene en la mano una jarra de vino fresco. Hace mucho calor y la jarra está cubierta de gotitas de agua.

– Me iría a Moscú –dice después de llenar los vasos-. Pero, come, por Dios.

Ha preparado un delicioso asado de cordero al horno y polenta con queso añejo de oveja.

– En Moscú es donde se construye ahora. En todo el mundo hay crisis pero allí no.

– ¿Y por qué no te vas?

– Por Alf.

Alf era su perrito. Le faltaba un ojo. Lo llamó así porque quería un nombre más europeo –el el pueblo todos son Sharik, Belka o Strelka- y que le recordara España. Alf, de Alfonso.

– Tenemos problemas con el milano y los cuervos. El milano rapta los polluelos y se los lleva y los cuervos bajan al corral y se comen el pienso. A los polluelos los golpean con los picos y me los matan los cabrones. Creen que los granos son para ellos solos. Alf ahuyentaba a todos, al milano y a los cuervos. Hacía tan bien su trabajo que yo estaba tranquilo y podía dedicarme a otras cosas. Un día me lo encontré tendido en un charco de sangre sin un ojo. Los cuervos habían bajado al corral y lo habían atacado. Dicen que tienen buena memoria los malditos y aguardan el momento para vengarse. A partir de entonces cuido de toda la granja y de Alf también. Al pobrecillo ya no le queda mucho tiempo. Está viejo. Cuando se muera, partiré para Moscú.

El verano pasado me enteré de que Anatoli se había ido. O sea que Alf… Alf, de Alfonso.

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Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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