Extrañas familias en tiempos difíciles

por Marisol Oviaño

El hombre que vive al filo desayuna con nosotras.
Alejandro ya ha desayunado por su cuenta y está estudiando en su cuarto.
He hecho té, y después de sentarnos decidimos tomarlo frío. Como Eude está sacando la mermelada del frigo, le pido que me pase una bandeja de hielos. Entonces se acerca por detrás con una risita gamberra y me la pone en la espalda.

– Qué suerte tener una familia –dice él con nostalgia de la suya.

Le ayudo a bajar las guitarras al coche y allí, a la sombra de los álamos, nos demoramos hablando y abrazándonos. Él ha quedado primero con un cliente y después con sus hijos, a los que hace meses que no ve. Los míos llevan seis años sin ver a su padre, que está a veinte kilómetros de aquí. El hombre que vive al filo ha tenido que irse a vivir lejos, y hace seis horas en coche cada vez que quiere ver a los suyos.

Y, aunque no quiero que se vaya, aunque desearía cocinar para él y cuidarlo un poco, aunque daría lo que fuera para que se quedara a cuidarme, me despego de él y le dejo marchar.

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