Aquella final del 84

Miguel Pérez de Lema

Los árbitros de negro riguroso, futbolistas con minishorts, vallas tumbadas en el Bernabéu, Clemente en el banquillo del Athletic, y el Barcelona mordiendo el polvo.

La temporada anterior el bueno de Goico, le había triturado la pierna a Maradona entrándole por detrás, y dejando al Barcelona sin su crack desde la cuarta jornada para el resto de la Liga.

El pelusa, lejos de escurrir el bulto, calentó los preliminares de esta final metiéndose con el central rocoso y luego con el míster de Baracaldo. Y que fueran a por él, que los esperaba. En esa época si un tipo como Maradona se metía en una movida, ningún estamento, ni ninguna marca deportiva le cubrían las espaldas. Eran peleas de barrio.

Las cosas no eran como ahora, en esos años Athletic y Barcelona eran rivales, tenían cuentas pendientes, iban a saco y las defensas “al hombre” y el “o pasa el delantero o pasa el balón” y el “toque preventivo en el tobillo” eran moneda corriente. A mi me gustaba aquello aunque es verdad que los del tiqui taca no habrían pasado de juveniles en ese ambiente. Entonces se daba mucho el 0-0, porque además las victorias contaban sólo un punto más que el empate, y había mucho campo embarrado, y mucho futbolista con bigote y nariz torcida. Una cosa austera, sin filigranas, pero quizá el talento aunque brillaba menos, se disfrutaba más.

Un ambiente en el que Maradona tenía que preocuparse de algo más que de contar cuántos goles hacía en cada partido, tenía, primero de todo, que pensar en salir vivo del campo. Luego, ya si eso, venía la genialidad.

En la final del 84 Maradona no rascó bola. El Athletic planteó un partido seco, duro, trabado, y se encontró con un gol a favor. La consigna de Clemente de impedir por lo civil o por lo criminal que Maradona arrancara con el balón controlado, funcionó. Sacudido una y otra vez, a veces antes de recibir el balón, acabó fuera de sí. Y al llegar el pitido final, se armó el belén. Entonces descubrimos que el barrilete cósmico además de ser el mejor futbolista de todos los tiempos era el heredero Bruce Lee.

-Hay que decir aquella final fue una vergüenza y que ahora hay un control del espectáculo que impide que estas cosas pasen.
-Bueno, vale, señora, pero hoy, que se repite la final entre estos equipos, nos acordamos de aquella otra. Y la echamos de menos.

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