Selectividad

por Marisol Oviaño

Ocho y media de la mañana.
La casa, al fin, queda en silencio.
La pequeña se ha ido al instituto y el mayor ha salido pitando para casa de un amigo: su madre les llevará a hacer el primer examen de selectividad.
Ayer, mirando los horarios, descubrió que no terminaría hasta las seis de la tarde. Yo intenté recordar si en mi época los exámenes duraban tanto, pero mi memoria apenas guarda un vago recuerdo de aquella prueba a pesar de que la hice dos veces, para subir nota. En mi descargo, los años que han pasado: casi treinta.

Mientras anoche repasábamos todo lo que hoy tendría que llevarse, le expliqué que pasar a la universidad significa algo más que cambiar de aula. Le conté que a partir de ahora su vida empezará a depender, cada vez más, sólo de él. Ningún profesor me pondrá una nota si falta demasiado a clase o si tiene problemas con los compañeros, ya no tendré que firmar boletines de notas ni justificantes, ni iré una vez por trimestre a que su tutor me cuente cómo va.

Ahora que la casa se ha quedado en silencio, pienso en lo mucho que va a cambiar su vida, las nuestras, en los próximos meses.
Creo que lo he preparado para que vuele solo.
Ahora tendré que prepararme yo para verlo volar.

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