Casarse

por Marisol Oviaño

Ayer fui a comer con el hombre en la sombra.

Bajo su ventana estaba teniendo lugar una despedida de soltera. Todas las chicas eran sorprendentemente jóvenes para los tiempos que corren, hoy nadie se casa a esa edad; y pensé que la novia se casaba de penalty. Aunque creo que ya nadie se casa por eso.

– Deja a las muchachas, que disfruten –me riñó el hombre en la sombra cuando me vio cámara en mano, imaginando que utilizaría la foto para algún corrosivo artículo contra el matrimonio.

En julio hará veinte años que me casé.
Y a pesar de que hace seis que me separé, y de que no me volvería a casar ni por todo el oro del mundo, no he olvidado la ilusión de la novia enamorada que fui, y lloraré como una tonta en las bodas de mis hijos, si es que se casan algún día.

Cuando éramos unas niñas, mi padre soñaba con que sus hijas nos casáramos en las Salesas, y me contaba lo bonito que sería: mientras tú subes las escaleras, el fotógrafo te va haciendo fotos, plas, plas, plas , decía llevándose las manos a la cara a modo de cámara; y cuando bajes, igual: plas, plas, plas. Aunque nunca pisaba una iglesia y decía creer en Dios, pero no en los curas, le encantaban las bodas. Y había imaginado para mí una de princesa, probablemente muy similar a la que sueñan las chicas de esta fotografía.

Pero me casé en un juzgado de la sierra de Madrid y llevé un vestidito verde agua, casi minifaldero. Mi padre, genio y figura, se empeñó en que no habría sitio para aparcar en la puerta del juzgado y dejó el coche, sin lacitos ni flores, a quinientos metros. Aunque mi traje no era ni blanco ni largo, mi ramo y la festiva vestimenta de mis padres nos delataban, y los niños me señalaban con el dedo como si me hubieran abandonado en el altar: ¡Mira, una novia!

La boda en sí fue un trámite breve.
El matrimonio duró quince años. De los primeros doce, sólo guardo buenos recuerdos. A pesar de todo lo que nos hicieron pasar nuestros hijos, fuimos inmensamente felices. Y serlo durante tanto tiempo es muy difícil. Y deja huella: todavía hoy tengo la sensación de haber sido una privilegiada por haber disfrutado de un amor que fue apasionado, cómplice y divertido. Los dos últimos años, que fueron un infierno sin culpables, no pesan más en mi balance que toda la felicidad anterior.

Hay gente que considera que un divorcio es un gran fracaso. Hay, incluso, gente que no entiende cómo puedes volver a reírte después de una ruptura matrimonial, y te miran con lástima.

Sin embargo, desde mi punto de vista, que un matrimonio termine no significa un fracaso. Significa que una etapa termina y otra comienza, que la evolución continúa.
Por esa razón sigo pensando que es bueno que la gente se enamore.
Y que, si es valiente, se case sin miedo al futuro.
La vida es hermosa porque mancha.

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