César Vallejo

por Miguel Pérez de Lema
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Vallejo es la estética del hambre. Pasada y muerta la poesía social, real, marxista, sesentaiochista, nos encontramos con un Vallejo que ha quedado vivo, que era más grande que el saco en que entre unos y otros quisieron meterle. Vallejo es la vocación del hambre y del fracaso. Y ahora lo vemos más entre los malditos, que son una estirpe diferente, y más duradera, que los adaptados sociales.

Vallejo llega a París con una moneda de 500 soles en el bolsillo, sin saber una palabra de francés y decidido a morirse de hambre. Va y viene luego del contubernio parisino de izquierdas a la URSS, pasando por la república y el partido comunista español, sin llegar a encajar, buscando siempre el fracaso. Un plan quinquenal bien ejecutado, un obrero sin hambre, un proyecto optimista, son lo peor que le puede pasar a Vallejo, le dejan sin tema, sin recurso, sin poesía. Lo suyo, decimos, es el hambre, el fracaso sublime.
Está, claro, el ciudadano que piensa en medrar, en hacer carrera literaria, con una mujer, un piso y varios trabajos, pero siempre acaba imponiéndose el impulso del mal, la pulsión de la muerte, que le llevan a huir. Vallejo consigue empleos y los dilapida, huye siempre para aumentar su currículo de hambriento. Se va de la fábrica de azúcar, del colegio peruano que dirige, de las colaboraciones en la prensa francesa, de la beca española (aunque una beca española no es sino la rúbrica del hambre). Y se dedica a cuidar su enfermedad y su fracaso. Le operan pronto de una hemorragia intestinal en París y descubre que su poesía es desangrarse en un rincón, doblado de dolor, paupérrimo y durmiendo alguna vez en un banco del que le echan los gendarmes en la alta madrugada. Llevará su enfermedad a cuestas, pesada y necesaria, de la que saca el tono a su poesía, como un violonchelista, que camina sin desprenderse de su instrumento.
Su carrera literaria se desvía de la poesía y muere nada más empezar. Ha publicado una novela social y tiene un éxito pasajero y único, con un ensayo socialista Rusia en 1931, que vende tres ediciones entre meses. Al calor del éxito un editor le hace el encargo de escribir un relato infantil. Vallejo cree que ha empezado su carrera literaria, escribe con entusisamo el relato Paco Yunque y el editor lo rechaza porque es ´demasiado tiste`. Su viuda Georgette ha narrado así como fue el resto de aquel año de fracaso decisivo, 1931, ´En grave situación material Vallejo, para resolver su problema económico, procura colocar Moscú contra Moscú. Rechazado.

Presenta El arte y la revolución. Rechazado.
Presenta otra pieza de teatro, Lock ou. Rechazado.
Propone Rusia contra el segundo plan quinquena. Rechazado`.
Su carrera literaria ha fracasado. Su novela, su ensayo y su teatro, no interesan y Vallejo podrá alejarse hacia su poesía, que tampoco da dinero y tampoco encuentra editor. Lleva desde el año 28 sin publicar, engordando ese terrible cajón del escritor fracasado, donde duermen los inéditos, y escribe que ´ya no puedo con tanto cajón`.

Y sin embargo, Vallejo sí puede y sigue escribiendo. Es el tramo final donde llega al límite de su poesía, que puede que siga hoy siendo el límite de la poesía escrita en español.
Vallejo vive gloriosamente el hambre y la enfermedad del individuo, las suyas, y no canta al porvenir sino a la derrota. Su mejor libro es el último, el de una España republicana terminal y suicida, de héroes que ya sólo pueden morir victoriosamente en el último trecho de la derrota. Bajo ese abrigo Vallejo encuentra la sintonía perfecta.

En el trecho final su poesía se ha hecho transparente, habla de la necesidad de ´dar el mísero toda su miseria` y llega a dar una declaración de principios, cuando canta a ´la audaz servidumbre del fracaso`. Vallejo ha sido audaz sirviendo al fracaso, del que ha obtenido su musa máxima de fiebre y pobreza. Cuando lo ingresan moribundo en el hospital, los médicos le diagnostican una única enfermedad: cansancio. Muere el mismo día de 1938 en que las tropas de Franco llegan al Mediterráneo y cortan en dos la resistencia de la República. Se descubre al final que Vallejo ha muerto de un rebrote del paludismo que había sufrido veinte años atrás, que sólo se explica por su debilidad extrema. Ha estado muriéndose veinte años. Cuando se publican a título póstumo sus quince poemas sobre la guerra española, la República es ya una desbandada de suicidas, de audaces servidores del fracaso.

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