Putin y el aislamiento de Rusia

por Robert Lozinski

El aislamiento de Rusia es cultural. Los rusos se aíslan de todos también por razones de seguridad geopolítica, de integridad territorial y de pureza espiritual. Todo lector recuerda profundamente la última frase de “El Idiota” de Dostoyevski que dice: “Europa es una pura fantasía y nosotros, en esa Europa, somos también una fantasía”.

¿Por qué quiere Rusia aislarse? Porque el ruso no acepta ninguno de los valores que propone Occidente. Al ruso le basta con lo que tiene: un país enorme, fuerte y rico, aunque muy poca de esa riqueza se encuentre en sus propios bolsillos. El hombre occidental es incapaz de entender el hecho de que se puede estar orgulloso de algo que no aporta beneficios personales.

Vladimir Putin ha ganado las últimas elecciones con el 76% de los votos. Occidente explica esta victoria colosal a su manera: el control total del estado por un solo hombre, la falta de una democracia real.

Conociendo un poco este pueblo, habiendo crecido y habiéndome educado a su lado, podría decir que para un ruso lo ruso es lo más importante. Y Putin lo representa; representa todo lo ruso, todo el espíritu de esta nación. Putin ofrece una imagen de firmeza, la imagen de un líder que sabe lo que hace mientras que la oposición no logra transmitir un mensaje claro. A los liberales en Rusia no los quieren; nunca los han querido demasiado. Con el liberalismo se inició en Rusia, según Dostoyevski, la época sin Dios, la época en que todo estaba permitido. El liberalismo occidental, para el escritor ruso, era fuente de pecado, de desobediencia a la autoridad y de desorden social. Y a Dostoyevski en Rusia se le cree y se le tiene en mucho. Los rusos tienen a sus propios escritores, pensadores, pintores y compositores a los que escuchan, a los que creen y a los que aman. Y tienen asimismo a sus propios santos, a los que adoran. Durante mi último viaje a España con un grupo de alumnos estuvimos en Toledo. Una familia rusa resumía su visita a la Iglesia del Cristo de la Luz con la frase “Kakieta ijnie sveatye”, que en español significaría: “nuestros santos son mejores que los suyos”.

Se habla mucho últimamente del intento de asesinato con un gas venenoso del espía ruso Serguei Skripal y de su hija en Londres. Se acusa de ello a los servicios de inteligencia rusos y al mismo Vladimir Putin. En cualquier país occidental una noticia así provocaría un gran alboroto, pero en Rusia esto no ocurre. Allí nadie cuestiona lo que hacen las fuerzas de seguridad del estado. Y Vladimir Putin representa este estado, es el Presidente-Estado.

Occidente acusa a Putin de desencadenar con su política una nueva guerra fría, lo que hace que las discrepancias entre Rusia y las democracias occidentales parezcan aún más profundas. Y eso asusta a la población, ya que ningún ruso quiere volver al pasado soviético. Putin lo entiende muy bien y sabe que lo que tiene que lograr es ofrecer a los rusos condiciones de vida occidentales en su propio país, y que las promesas de convertir Rusia en una nación independiente y fuerte ya no son suficientes.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Lo injusto como sublimación de lo justo

por Miguel Pérez de Lema


Tener un adolescente en casa sirve. Es durillo pero ilustra y ayuda a tener una perspectiva amplia, flexible, y clemente de las cosas. Por ventura, el adolescente tiene querencia natural por lo progre, esa es su bondad específica, y por lo aprovechado, esa es la tierna cara oscura de toda “ociosa juventud”, que cantara el poeta.

Así las cosas, nos pega en la cara el ladrillazo de la contienda política a cuenta de la prisión permanente revisable, y sobe el ruido mediático en pro de la injusticia que supone relegislar para favorecer a los peores y más peligrosos criminales, se suma el reproche de nuestros adolescentes cercanos, armados de ideas gregarias, que nos juzgan con dureza cuando les avisamos de que la cárcel no es una universidad, y las condenas no son un plazo lo más breve posible para licenciarse, sino una herramienta para castigar el mal. Tanto pecas tanto pagas.

El progresismo necesita llevar el agua a su molino. Pase lo que pase, lo que cuenta no es la realidad, real, concreta, comestible, ni el sentido común. Lo importante es su capacidad para intervenir. Y en este asunto, la justicia, también.

Si el sentido común nos dice que la prisión permanente revisable, aunque escasa, es la única medida que tenemos para que con los crímenes más graves no se cumplan condenas injustamente breves y desproporcionadas al delito, que además son un peligro porque muchas veces dan al criminal la ocasión de cometer nuevos crímenes, el progresismo se siente en la necesidad de dar una vuelta a esa idea. De intervenirla. Y todos a una se pertrechan de sus miradas de desprecio, sus consignas mediáticas y sus adolescentes reprochadores para extender su chapapote.

El adolescente tiene la sana irresponsabilidad natural del perdón a quien no lo merece, y la programación progresista para defender lo indefendible, para que todos sus posibles errores sean responsabilidad de otro y para que alguien, quien sea, apechugue con los gastos. Y eso le hace, además, mejor persona porque así se lo han dicho. Es un monstruito adorable.

Sería sencillo aceptar que lo justo es lo justo, esto es, penas de cárcel proporcionales a la gravedad de los crímenes que se cometan. Pero eso dejaría al progresismo sin intervenir y llevar la cuestión en la dirección que ellos digan, la que sea, cuanto más arbitraria y descerebrada mejor, así la demostración de poder es más apabullante.

Lo justo y sensato son poca cosa, y lo injusto es su sublimación. Lo injusto es mejor porque se le ha dado una vuelta y viene del lado correcto, del bueno, del lado fetén. Y el que diga lo contrario eunfacita.

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No somos iguales

Hoy, día de la Mujer, volvemos a colgar este vídeo en homenaje a todas aquellas mujeres que están a favor de la igualdad pero que no han sido abducidas por la ideología de género.

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Un niño drogadicto y dos cachorros de puma

por Robert Lozinski

Fotografia en contexto original: dondeviven


Hace poco vi en un documental a un niño jugando con dos cachorros de puma. Hubiera sido una imagen hermosa, casi idílica, si tanto al niño como a los pumillas la humanidad no los hubiera tratado miserablemente: el muchacho era un menor drogadicto y los animalitos se quedaron sin madre porque la habían matado los cazadores furtivos. Los tres, animales y niño, formaban parte de un proyecto de salvación conjunta dirigido por un voluntario que luchaba contra la destrucción total de la selva tropical de Bolivia.

Hay personas en este mundo que dedican su vida a la lucha contra la destrucción de la naturaleza (o de lo que aún queda de ella). Son causas personales cuyo esfuerzo no puede tener éxito porque la mayoría ya no entendemos la necesidad de su existencia. Creemos que es la ciudad la que nos ofrece lo que nos hace falta; creemos que las peras crecen en cajas, que el árbol es sólo un adorno de color verde, que la tierra es una superficie asfaltada, que así debe ser el mundo. Ni se nos ocurre pensar que hay también otros mundos, miles de mundo con seres vivos. No se nos ocurre que, para estos seres, allá donde vivan, la vida también es importante. La que importa es nuestra vida y para disfrutar más, y más, y más de nuestra existencia destruimos las vidas de otros. Entramos a saco, quemando, cortando y matando.

En Bolivia desaparecen a diario decenas de hectáreas de selva tropical junto con los bichos que la habitan. El gobierno mira para otro lado, y a los bolsillos bien grandes de algunos pocos fluyen ríos de pasta. La isla del Madagascar la están quemando para que haya más campo donde pueda pastar el ganado, y árboles tan maravillosos como el baobab ya casi han desaparecido. En Rusia la Taiga siberiana cae bajo las sierras mecánicas, que cortan troncos de pinos seculares de considerable altura como las guadañas cortan los tallos finos de la hierba. En Rumanía las montañas están cuidadosamente rapadas como si de testas se tratase. Las talas se notan desde el espacio como unas heridas abiertas. Las lluvias se llevan hacia abajo la tierra que sepulta las casas de los que no han hecho nada para detener la barbarie.

La irresponsabilidad del hombre no tiene límites; destruye en poco tiempo lo que él no ha creado, lo que sería incapaz de crear y lo que ha tardado millones de años en crearse.

El hombre del documental que me había llamado la atención hablaba con pena de lo que pasaba a su alrededor y de su fracasado proyecto. Con pena pero también con simpatía mezclada con una especie de resignación profética: él ha hecho todo lo que ha podido para prevenirlo. ¿Y tú? ¿Qué has hecho tú?

Porque un niño drogadicto jugando con dos cachorros de puma huérfanos podría ser la imagen perfecta del destino al que vamos: es muy posible que no haya salvación para nadie.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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¿Han empezado ya a matarnos?

 

Miguel Pérez de Lema

Convendría saberlo. Sería bueno que alguien lanzara un bando donde se dijera claramente que el baile ha empezado.

La alarma, en mi caso, saltó cuando una estudiante de periodismo de 20 años al ver la noticia del fallecimiento de Víctor Laínez, lo justificó afirmando que “era un nazi”. La estudiante no sabía nada de Víctor Laínez, el de los tirantes, pero lleva dos años asistiendo casi a diario a la Universidad Autónoma de Madrid, donde se “oyen cosas” y eso parece suficiente para haberse contagiado del virus del odio, la autosuficiencia, y la maldad.

Víctor Laínez no era un nazi.

Víctor Laínez era ese hombrecillo pintoresco que deambula por todos los cascos viejos de las viejas ciudades, un poco vencido, un poco borracho, un poco excéntrico, que no se metía con nadie y daba color al vecindario. A Víctor Laínez lo mataron por la espalda. Le tumbaron de un golpe mortal por la espalda, y por si acaso, le patearon luego la cabeza en el suelo.

Es muy probable que el proyecto fallido de ser humano que lo asesinó estuviese convencido de que era un nazi que merecía morir porque llevaba unos tirantes con unos colores prohibidos. Los colores de la bandera española. A esto hemos llegado.

Un país donde un extranjero deja paralítico a un policía y se hace un falso documental para desacreditar a la justicia y a la policía y ensalzar al criminal, con apoyo de políticos y periodistas, y donde ese mismo extranjero ejecuta después a un paisano por llevar la bandera nacional, y las estudiantes de 20 años lo justifican, es un país en el que uno tiene que preguntarse si todavía es posible la concordia.

Lo prudente sería tratar este asunto con falsa inocencia y no trazar la línea que conecta los puntos sobre el papel y que dibuja el camino hacia el horror. Hacer como que no llevamos años soportando el discurso del odio, lamentando el adoctrinamiento de unos jóvenes a los que previamente se ha embrutecido, viendo venir a los trepas del odio. Sí, miremos hacia otra parte. Incidentes aislados. Algo habría hecho…

Pero en el fondo no podemos dejar de hacernos la pregunta. En serio. ¿Han empezado ya a matarnos?

 

 

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Los lobos buenos

por Loopy De Loop

Milán Kundera define coqueteo como “promesa de coito sin garantía de cumplimiento”. Algo de eso hubo en un episodio de mi historial como músico de Rock&Roll.

Tocábamos a trío el viernes y el sábado en un pub durante las fiestas de Logroño. La primera noche, el teclista y yo decidimos reservar energías para el concierto del sábado y, prudentes, nos volvimos al hotel en el que compartíamos habitación. No hizo lo mismo el batería, que se fue de marcha con un grupo de fans. No supimos más de él hasta las cuatro de la tarde del día siguiente; el teclista y yo nos disponíamos a echar una siesta después de una buena degustación de gastronomía riojana, cuando nuestro compañero irrumpió en el dormitorio acompañado de dos preciosas y jóvenes gemelas.

Los tres mostraban síntomas de haber empalmado la noche y el día con copas, rayas y/o otras sustancias. Y tras una breve y confusa presentación, propuso que continuáramos la fiesta todos juntos. En nuestro modesto hotel no había ni minibar ni servicio de habitaciones, y cuando nos recuperamos de la sorpresa inicial, bajé a buscar unas copas. Animados por ellas, el teclista y yo fuimos entrando en calor a la par que subía la temperatura ambiente. Hasta tal punto, que una de las gemelas acabó revolcándose con el batería en una cama, mientras en la otra nos preparábamos para lo que prometía convertirse en un menáge a trois.

Pero, de repente, su hermana interrumpió la faena con el batería para recriminarle su indecencia, tratándola de puta por montárselo con dos tíos a la vez. Cuando se enzarzaron en un demencial “y tu más” en ropa interior, se esfumó de golpe la sensación de estar haciendo realidad una de mis recurrentes fantasías eróticas. .
Me vestí sintiéndome manipulado, frustrado y cabreado, y salí de la habitación mientras en mi cabeza resonaba la versión cañí de la elegante definición de Kundera: “calientapollas”. Calificación que se corroboró cuando mis colegas reconocieron que ninguno de los dos había consumado.

El teclista había convencido a su pareja de buscar intimidad en la habitación del batería, que estaba vacía. Pero cuando estaban desnudos y en la cama, la chica mantuvo una actitud tan pasiva – mi amigo la atribuyó al cansancio y la resaca-, que la libido de él se vino abajo.

Recordando en estos días lo que pudo haber sido algo más que otra anécdota de sexo, droga y rock&roll, intuyo que, más allá de que el alcohol y los estimulantes inhibieran en ellas la impronta maternal sobre “lo que buscan todos los hombres”,
había también en su actitud algo de la fascinación, mezcla de miedo y atracción, que todos sentimos al borde de un precipicio. Y también algo del morbo de la transgresión.

De manera insensata exploraron sus límites, se asomaron al lado salvaje poniéndose a prueba a sí mismas… y a nosotros.
Tuvieron suerte: éramos lobos buenos.

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Porkeyolovalgo

Miguel Pérez de Lema

¿Vienen estas chicas feministas de segunda generación y su feismo descarnado y obvio a superar de una vez para siempre el misterio sinuoso de lo femenino? En absoluto. Su precaria y escasa contribución es la contraria. Añadir más confusión, más inaprensibilidad, más misterio, más estupor a lo femenino, aunque probablemente no lo sepan.

Porque lo femenino es siempre algo más, es todo lo que digamos sobre ello más otra cosa, y sobre todo es esa otra cosa. Es lo oscuro de la concavidad, que desaparece cuando se ilumina. Es el silencio que se rompe cuando se nombra. Es lo sólido y lo líquido, pero esencialmente es lo gaseoso.

Y ahora, también, quiere ser lo soez.

Pero mucho cuidado con querer atrapar este pez con las manos. Puede presentarse con esta forma de hoy, con el pelo sucio, atrozmente limitado, pero en esta forma de lo femenino está también, inevitablemente, la intuición de todo lo demás, su hueco, su posibilidad y todas las tentaciones del mundo.

Vemos claro que acatar lo que proclama este feminismo borde no supondría concederle ni el principio de lo que pide, por no hablar de lo que desea, que es el primer y último misterio de la creación ¿qué quieren las mujeres?

Algo sabemos con certeza, quieren atención. Pero la atención a lo femenino, nuevamente, no tiene códigos estables, ni normas clarificadoras. Es siempre un juego con reglas nuevas. Por eso decimos que esto de ahora, bien mirado, no es sino una nueva mano de la eterna partida, quizá la jugada más compleja y llena de ocultas sutilezas de ese ser femenino que se obstina en desear al mismo tiempo y con la misma fuerza una cosa y su contraria.

Cómo no ver, serpenteando agazapadas por debajo de la máscara, las mismas inseguridades, la misma llamada de atención, ni sentir, en otro tono, esos infrasonidos con los que lo femenino necesita enloquecer al mundo y perpetuar la especie.

Ahora, lo nuevo para estas chicas airadas parece que es el descubrimiento del coño. Lo femenino reducido a la casquería, la parte por el todo. La simplificación definitiva. Pero cuidado con creer que atendiendo a las consignas se obtendrá alguna clave válida. Todo lo contrario. Una capa más de maquillaje, un velo más en la danza de los siete velos, un nuevo vericueto en el laberinto.

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Intentando comprender España, 1

En estos días de tribulaciones, buscamos en las palabras de quienes nos precedieron algo que nos ayude a comprender España. Os pego un extracto de San Camilo, 1936, de Camilo José Cela:

“Tu tío Jerónimo cree en las tres virtudes teologales, sí hijo, yo tengo fe en la vida, esperanza en la muerte y caridad con el hombre que buena falta le hace, también tengo caridad con España, aunque no siempre se la merezca, pese a todo hay que ser patriota, sobrino, fíjate que no digo nacionalista, la patria es más permanente que la nación, también más natural y flexible, las patrias fueron inventadas por el Sumo Hacedor, las naciones son una creación de los hombres, las patrias tienen una lengua con la que cantar y árboles y ríos, las naciones tienen una lengua para promulgar decretos y tienen también instituciones con las que aherrojar al hombre y ametralladoras para defender las instituciones, a ti te veo muy descreído, sobrino, y eso no me gusta, hay que creer en algo para no sentirse jamás demasiado huérfano, ¿Por qué no crees en las tres virtudes teologales?, te aseguro que son el único brasero que tenemos los españoles para evitar que los demás nos hielen el corazón, ¿te acuerdas de los versos de aquellos versos de Machado?, españolito que viene al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas han de helarte el corazón, tú tienes veinte años, sobrino, es un crimen helar el corazón a los mozos de veinte años, debéis resistiros, debéis levantar bandera de rebeldía y calentar vuestro propio corazón, piensa en lo que te digo, tu tío Jerónimo habla con la voz opaca y emocionada, a veces tu tío Jerónimo es muy sentimental, haz examen de conciencia, siéntate a los pies de la cama y haz examen de conciencia, tú te has ido quedando sin fe, sin esperanza y sin caridad, nunca tuviste mucha fe, mucha esperanza ni mucha caridad, pero ahora tienes menos todavía, a ti te ha costado mucho trabajo llegar a vivir veinte años, mucho esfuerzo, empezaste a morirte a los pocos días de nacer, pero aún no te has muerto, es muy esforzada tu actitud, muy agotadora, quizá no hayas tenido otra posibilidad, la muerte no es una posibilidad, es una certeza que puede precipitarse pero no es una posibilidad, la vida en cambio es una posibilidad, sólo una posibilidad y no una certeza, la vida es posible pero jamás cierta, en cualquier instante puede estrangularse e incluso no producirse, pregúntaselo a Toisha, los faisanes y los machos de perdiz rompen los huevos a picotazos para que a la hembra no se le quite el celo, tú te estás convencido de que cuando te salga la primera cana (a lo mejor te mueres antes de que te salga la primera cana) debes pegarte un tiro en la cabeza o despeñarte por un acantilado de la costa de tu país, es una idea absolutamente lógica que no te preocupa demasiado, también admites la posibilidad de que llegado ese momento te rías y te tiñas las canas, depende de numerosos factores todos ellos ajenos a tu voluntad, los españoles tenemos que cuidarnos del propio español que llevamos dentro, Ganivet dice que los españoles vivimos en perpetua guerra civil, Dámaso Rioja es lector asiduo de Ganivet, se lo sabe de memoria, Ganivet tiene razón pero tú te atreves a ir aún más lejos, los españoles vivimos en permanentes guerras civiles, en plural, todos contra todos, pero también en inhóspita guerra civil con nosotros mismos y con nuestro lacerado y doliente corazón por campo de batalla, los españoles debemos vigilar al propio español que llevamos dentro para que no nos degüelle mientras dormimos y él vela como un lobo al acecho, tu tío Jerónimo no cree en el fuego, en esto no parece español, si sobrino el español es pirómano porque quiere borrar todo vestigio de su pasado, toda crónica de su presente y toda esperanza en el porvenir, ¿toda crónica de su presente y toda esperanza en su porvenir también?, sí, a lo mejor todavía más que todo vestigio de su pasado, el español se avergüenza de su pasado pero teme a su presente y se desentiende de su porvenir, por eso cree en el fuego sobre todas las cosas y lleva un Torquemada en el corazón, el español no cree en Dios cree en el fuego, en Dios no cree más que en tanto y cuanto le da argumentos y licencias para prender la hoguera, Torquemada tampoco creía en Dios, sobrino, aunque la gente suela admitir que sí, mi amigo el poeta Mandolo Sandoval bien claro dice en los dos últimos versos de su soneto «A un intransigente» que en España siempre se gobierna con una tea encendida en la mano, con gorro frigio o monacal capucha siempre está en el gobierno Torquemada, en el gobierno y fuera del gobierno al español lo que le gusta es pegar fuego a España y a los españoles, lo primero que tenemos que hacer los españoles es no arder, después ya veremos, debes tener fe en la vida, sobrino, y esperanza en la muerte, la fe y la esperanza son dos virtudes que se condicionan recíprocamente, recuerda las palabras de Unamuno, no creemos sino lo que esperamos y no esperamos sino lo que creemos, a la cabeza del español hay que darle la vuelta como a un calcetín, sino creemos en la vida, ¿para qué esperamos la muerte?, si no esperamos la muerte, entiende lo que quiero decirte, si no esperamos la muerte con esperanza, ¿cómo vamos a creer en la vida?, empieza por creer en algo, sobrino, y te sentirás más reconfortado, es un crimen demasiado fácil helar el corazón y la cabeza a los mozos de veinte años, basta con prohibirles todo lo que la vida pueda tener de placentero, basta con vaciarles la cabeza o con insuflarles en la cabeza ideas mesiánicas, es lo mismo, los mozos de veinte años , es lo mismo, los mozos de veinte años estáis deseando helaros, os pesa todo demasiado, la vida, la cabeza y el corazón os pesan demasiado, no estáis todavía duchos en la resistencia de la carne y del espíritu y veis la muerte como lo que no es, una liberación, niégate a vivir la vida de los demás, sobrino, niégate a morir la muerte de los demás y no eches leña a la devastadora hoguera de los demás ni soples en su rescoldo, yo soy viejo y estoy ya muy derrotado y solitario pero marcho por el camino de la muerte con la esperanza de que la muerte acabe negándole la razón a todos los Torquemadas de gorro frigio, o de monacal capucha, (…)”.

San Camilo, 1936, Camilo José Cela

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Corre hacia la luz, Cataluña

por Miguel Pérez de Lema

El poltergeist sedicioso ha arrastrado a todos los catalanes, a los que quieren y a los que no quieren, a su dimensión oscura y suponemos que una buena parte de ellos, como la niña Caroline de la película de Spielberg, están hartos y asustados, deseando volver a casa. Sí, vale, ya sabemos que muchos otros desean habitar en las tinieblas con el monstruo, sus razones tendrán, pero esos ya tienen atención de sobra. Llevamos meses padeciendo sus fenómenos extraños, viendo cómo vuela la vajilla y caen mocos del techo, regalándoles una cobertura mediática obsesiva que aumenta el poder de la oscuridad.

El monstruo se alimenta del miedo y del estado alterado de conciencia que provoca, conviene mantenerse sereno y no dudar de las propias fuerzas, que son muchas, solo hace falta ser consciente de ello.

Ya lo decía la médium de la película: “Ahí, con ella hay una terrible presencia, con mucha ira, con mucha rabia. Nunca había percibido nada igual. No sé lo que se cierne sobre esta casa pero ha sido lo suficientemente fuerte como para adentrarse en este mundo y llevarse a su hija. Consigue mantener a Caroline muy cerca de él y alejada de la luz espectral. Le miente, dice cosas que solo un niño puede comprender. La está utilizando para reprimir a los demás. Para ella es sencillamente otro niño, para nosotros es una bestia. Ahora vamos a buscar a su hija”.

Pues eso, que deberíamos ir a buscar a Caroline. Les diríamos a todos esos ciudadanos que desean volver a casa, que están más hartos que asustados del monstruo, y a los que nadie tiene nunca en cuenta, que vayan hacia la luz.

Que sean valientes y den un paso al frente. “Corre hacia la luz, cielo, mamá está en la luz. Mamá te está esperando en la luz”.

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Anotaciones sobre el árbol de Antón Pávlovichi Chéjov

Con unos calores de más de 40 grados a la sombra, lo único que se agradece en una ciudad recalentada, polvorienta y llena de gases de escape es el frescor de un árbol.

De ese árbol que el hombre ha cortado para calentar su morada, para hacer papel, para fabricar muebles…

Sobre el papel el hombre escribe y luego publica orgullosamente sus ideas, que él cree imperecederas. Mete el mueble en su casa y empieza a llenarlo de trastos que van acumulando polvo. Todo lo que hace el hombre, todo, al final se cubre de polvo, se corrompe y se pudre.

El árbol puede absorber el polvo y transformarlo en oxígeno bueno para respirar. Y eso es algo que las hojas de un libro no pueden hacer. Tampoco podría hacerlo un armario labrado en madera. El árbol puede transformar el calor en aire fresco. Puede cobijar, bajo sus ramas, al caminante fatigado y sudoroso, apaciguarle el ánimo, suavizarle un poco la mala leche.

Pero ese árbol ya no existe porque el hombre lo ha cortado.

Entonces ¿cómo combatiremos el calor? El hombre tiene un invento también para eso: el aire acondicionado. Donde antes había un pequeño bosque, ahora encontramos un inmenso centro comercial. Fuera el calor es insoportable, dentro, por el contrario, se está fresquito. Puedes comer un helado o ver una película en una sala oscura con agujeros en las paredes por donde salen chorros de aire frío.
Tendremos que recubrir todo el planeta de centros comerciales para resguardarnos del calor en veranos que cada vez serán más sofocantes e irrespirables.

Astrov, el médico iluminado de la obra dramática de Chéjov “El Tío Vanea” deplora la paulatina desaparición del bosque bajo el hacha del hombre; vago e ignorante. Una idea flota a lo largo de toda la obra de Chéjov, una idea terrible: los que vivimos ahora seremos responsables de la felicidad –o de la desgracia- de quienes vivan, en el futuro, después de nosotros.

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