Hijos de nuestras decisiones

por Marisol Oviaño

El día que muera no dejará gran cosa tras él.
Apenas una vieja furgoneta, unas guitarras y unas cuantas herramientas que, imagino, se repartirán los amigos más cercanos. O tal vez unos chinos, pues el hombre que vive al filo bien podría morir en China, Taiwán, Camboya o alguno de esos países en los que se pierde largas temporadas. Pero apostaría a que faltan muchos años para que eso suceda y, mientras tanto, no importa el lugar, ni las adversidades, ni los elementos: él siempre sobrevive gracias a su música. A salto de mata y en la mayor austeridad, pero fiel a una libertad extrema que provoca admiración y miedo a partes iguales.

Al viejo macho alfa lo expulsaron de la manada hace más de diez años. Desde entonces no ha dejado de demostrar que calibraron mal sus fuerzas. No sólo no era un hombre acabado, sino que ahora está más vivo que antes. Las dificultades le han vuelto más resistente, más rápido y todavía más listo de lo que era. No fuma, no bebe, no se droga y apenas come; la maquinaria de su cerebro le provee de todo cuanto necesita.

Y aun así es difícil.
Lo peor, el invierno.
Si alguno de sus amigos ricos le invita a navegar de un continente a otro, marinero como es, se enrola sin dudarlo; aunque eso no sucede con la frecuencia que le gustaría. Si no hay barco pero sí dinero para un billete de avión, desaparece en Asia. Y cuando no tiene posibilidad de huir del frío, se repliega a lo más profundo del bosque, para lamerse las heridas y resistir con la energía que su cuerpo ha acumulado durante el verano.

Se amolda entonces al ritmo de la naturaleza; durmiendo mucho y moviéndose poco, lo imprescindible para sobrevivir. Baja a la civilización una vez al mes a comprar comida; sale, motosierra en mano, a buscar leña en los alrededores, recoge piñas… Nada lo distrae de componer y tocar la guitarra a todas horas, y pasa semanas sin hablar con nadie, excepto con ese gato que en todas partes lo adopta y pasa con él el invierno. Durante esta semi hibernación, el hombre que vive al filo no suele dar señales de vida. Excepto en Nochebuena: esté donde esté, nunca olvida felicitarme la Navidad para recordarme que piensa en mí. Para que también yo me sienta menos sola.

Cuando llega el buen tiempo, el misántropo ermitaño muta en perejil de todas las salsas. Carga todas sus cosas en la furgoneta, cierra la cabaña, se coloca esa sonrisa a la que es imposible no sonreír y sale a reclutar a otros lobos perdidos, con el objetivo de poner a la gente a bailar allá por donde pasen.

Si los bolos le traen por mi zona, me llama e intentamos vernos. La mayoría de las veces no lo conseguimos, porque yo no tengo tanta capacidad de improvisación: alumnos, librería, familia… Pero él lo sabe y yo lo sé, de modo que procuramos no frustrarnos cada vez que un plan no sale. Con el tiempo, he aprendido a no echar cuenta de lo que hemos acordado hasta que le veo aparecer. Si conseguimos vernos, bien. Si no, también. Es su libertad lo que lo hace tan atractivo, nunca he querido meterlo en una cajita. Y la libertad extrema tiene estas servidumbres.

De modo que así llevamos unos diez años.
Queriéndonos en la distancia y, a ratos, juntos.
Ni él intenta cambiarme a mí, ni yo intento cambiarle a él.
Decir que envejecemos juntos sería sólo una metáfora piadosa. Pero sí nos estamos viendo envejecer, y entre nosotros hay una grandísima confianza.

Supongo que ambos llevamos demasiado tiempo solos; necesitamos menos literatura y más piel. Estar juntos sin nada ni nadie alrededor, como aquella vez en Zaragoza.

– ¿Te acuerdas de Zaragoza? –me pregunta con ojos golosos.

Hoy por fin, hemos logrado coincidir. Cuando ha llegado, se ha bajado del coche y me ha abrazado con energía juvenil. Nadie diría que tiene casi setenta años. Pero, aunque su trabajo de hombre joven le mantiene joven, el tiempo también pasa por él.

– No soy ni sombra del que fui.
– Tampoco yo -admito antes de confesarle mis inseguridades.

La vejez, como la adolescencia, te convierte en otra persona a la que tienes que acostumbrarte y, lo que es peor, a la que tienen que acostumbrarse los demás. Yo hablo de mis nuevas inseguridades con las amigas, pero él no tiene con quien hacerlo: sólo se relaciona con mujeres jóvenes y mercenarios de la música, la mayoría de la gente sólo conoce su fachada circense.

– De estas cosas sólo puedo hablar contigo -dice poniendo su manota sobre mi manita.

Antes de que viniera, habíamos hablado de que se quedara un par de días por aquí. Pero ha llegado antes de que mi hija se vaya de vacaciones, no podríamos disfrutar de la intimidad que tanto añoramos. Y él no puede retrasarlo: le han salido varios bolos y va a estar todo agosto recorriendo la Península en su furgoneta con unos músicos taiwaneses.

Llevamos años sin disfrutar de un paréntesis, y las horas que hemos pasado juntos se nos han hecho cortas. De modo que antes de que se marche planeamos una pequeña escapada, a dónde sea, aunque tengamos que dormir en la furgoneta. Sin mis hijos, sin asiáticos, sin obligaciones. A los dos nos brillan los ojos imaginándolo, pero él tiene que irse ya.

Le acompaño hasta el coche, nos abrazamos largo rato y nos despedimos prometiéndonos encontrar un par de días para estar juntos.
Pero yo he aprendido a no echar cuenta de lo que hemos acordado, y no me quedo a ver cómo se aleja.
Estas son las vidas que hemos elegido.

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La irresponsabilidad de Juana

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: el correo

La última vez que hablamos cara a cara, me suplicó con lágrimas en los ojos que no dejara de escribirle. No me dejes olvidar.

En el año que llevábamos separados, había pasado de ser el mejor padre del mundo a ser el peor enemigo de sus hijos: no venía a buscarlos los fines de semana que le correspondía, no los llamaba, no les cogía el teléfono y, cuando se cruzaba con ellos a diario, fingía que no los conocía.

– ¡Si ya no nos quiere, ¿por qué no se va a otro sitio para que dejemos de sufrir?!- gritaba mi hijo de doce años.
– ¡Llama a la Guardia Civil para que le echen de aquí! -me exigía mi pequeña de diez.

Por supuesto, tampoco pasaba la pensión alimenticia. Desde la perspectiva de género, soy una mujer maltratada, una víctima. Y el padre de mis hijos, un maltratador que hacía daño a mis hijos sólo para joderme a mí.

Sin embargo, en las cosas del amor no hay verdades absolutas.
Él sólo era un hombre desarbolado y sin brújula. No actuaba movido por el rencor, sino por la deriva autodestructiva en la que estaba inmerso; estaba tan desesperadamente perdido, que todo lo que hacía o dejaba de hacer le perjudicaba. Y yo sabía que, a su extraviada manera, nos quería.
Pero hacía tanto daño a sus propios hijos, nos abría tantas vías de agua, nos arrastraba tan rápido hasta el fondo, que la compasión era un lujo que no podía permitirme. Y tuve que desatar una odiosa guerra contra él.

No dejes de escribirme, me había dicho.
Y yo le escribía para golpearle, para obligarle a mirarse en el espejo, para que dejara de arrastrarnos al infierno, para proteger a mis hijos… Y, también, para dejar una luz encendida en la oscura noche. Busca dentro de ti, en algún sitio tienes que estar.

Me llevó dos años cortar los cabos que nos ataban al lastre. Entonces él se retiró a su guarida y dejó de ser una amenaza inminente para nosotros.
Pero seguí escribiéndole, para que la desmemoria que tanto temía no acabara con él.
Le contaba cosas de sus hijos y a veces adjuntaba fotografías para que, de alguna manera, los viera crecer. Nunca contestó. Tampoco yo lo necesitaba: sabía por otros que me leía.

Al mismo tiempo, ayudé a nuestros cachorros a comprender que su padre no había dejado de quererlos. A que vieran el abandono paterno como un acto de amor hacia ellos: no podía cuidar de sí mismo y se había alejado para no hacerles más daño. Y cuando él murió hace tres años, pudieron llorar al gran padre que un día fue.

Pero no os dejéis engañar por la literatura, también he sentido rabia y ganas de matar. Durante los años más duros fantaseaba con mandarle unos sicarios que le dieran una paliza y un mensaje de cinco palabras: “Esto va por tus hijos”. Pero eso sólo habría servido para vengarme, no habría solucionado nada. Y, además, si salía mal podría dar conmigo en la cárcel.

Saltarme la ley no era un riesgo que pudiera correr: si me detenían, los niños se quedarían sin padre y sin madre. Cuando tienes que defender a tus hijos del autor de sus días, sopesas mucho las consecuencias que tus actos podrían tener para ellos.
Por eso nunca me he creído la historia de Juana.

Esa carita de máscara griega, ese clínex siempre arrugado cerquita del rimmel corrido, esos bracitos abiertos a lo Jesucristo… Los medios nos la presentaron como la víctima de un monstruo, y cubrían la noticia como si se tratara del desembarco de Normandía. Pero por mucho que ella fingiera llorar en el telediario, yo seguía sin creerme nada. De modo que, curiosa como soy, empecé a investigar.

Francesco y Juana se conocieron en Londres en 2005 (en algunos medios dicen 2007), y cuando ella se quedó embarazada, se trasladaron a Granada. Ella regentaba una tienda ecológica y él cuidaba del hijo de ambos, muy alternativo y feminista todo. No parece que Francesco dé el perfil de machirulo opresor, los tíos de Forocoches lo llamarían planchabragas.

En 2009 Juana se fue de marcha y volvió casi a las seis de la mañana, algo que, según Francesco, era muy habitual. Tuvieron una bronca, ella empezó a romper cosas y, cuando fue a emprenderla con el ordenador, Arcuri forcejeó con ella y le hizo daño. Juana se marchó a urgencias y le puso una denuncia por violencia de género.

El abogado de Francesco le recomendó declararse inocente, pero con la LIVG eso significaba orden de alejamiento durante los meses que tardara en salir el juicio (no olvidemos que su papel en la familia era cuidar del niño); de modo que aceptó declararse culpable. Fue condenado en conformidad por un delito de lesiones en el ámbito familiar (artículo 153.2 y 3 del Código Penal), penado con 3 meses de prisión y un año de alejamiento.

Más tarde, Juana se marcharía unos meses de mochilera con una nueva pareja, y dejó a su hijo al cargo de Arcuri, prueba incontestable de que ella sabía que el niño no corría peligro alguno con su padre. Pero aquella relación no cuajó, y antes de que acabara la orden de alejamiento, Juana y Francesco volvían a estar juntos. En 2012 se fueron a vivir a Italia y tuvieron otro hijo.

Ella cuenta que allí vivió un infierno de malos tratos, pero no hay ninguna prueba de ello. No puso ninguna denuncia en Italia, los clientes del alojamiento rural que regentaban decían que se les veía muy felices, los psicólogos que han examinado a los niños no han visto ningún indicio de que hayan sufrido maltrato o hayan visto maltratar a su madre… Este no es un dato baladí, pues a un psicólogo le resulta relativamente fácil detectar cuando un niño es víctima o testigo de malos tratos. Cuando mi hija tenía 12 años sentía tanta rabia hacia su padre, que la llevé a una psicóloga para que la ayudara a librarse del rencor que la estaba envenenando. En una de las sesiones, la terapeuta le pidió que imaginara que una silla era su padre y le dijera todo lo que quisiera. Pues, bien, la niña ni siquiera tuvo valor para levantar la cabeza y mirar a la silla. Porque esas son las cosas que hacen los niños que sufren algún tipo de maltrato.

Pero, a pesar de que no había pruebas que avalaran la versión de Juana, los medios seguían diciendo que Francesco la torturaba, nos contaron que el hijo mayor se había interpuesto entre ella y su padre para que no la pegara más, nos hablaron de “miedo insuperable” (que también aparece en el caso de la Manada), estuvieron en todas las concentraciones del “Juana está en mi casa”… Las feministas escribieron el guión y sacaron a la gente a la calle, Juana interpretó su papel y los medios echaron toda la leña que pudieron a la hoguera de Francesco Arcuri, quien, según he leído, ha interpuesto querellas contra las anarosas de España.

Probablemente a Juana Rivas le haya pasado lo que a muchas mujeres: el marido y la vida que implicaba estar con él, se le quedaron pequeños. Probablemente empezaría a asfixiarse. Como me asfixiaba yo.

Pero las decisiones que había tomado en los últimos años le ponían difícil separarse: no tenía más medio de vida que trabajar con su pareja, estaba en un país extranjero, sus hijos estaban escolarizados allí… No le habría resultado fácil que la Justicia le permitiera sacar a los niños de Italia. Y, probablemente, cuando llegó a Granada comentaría su situación con las amigas feministas, que debieron decirle: “Eso está hecho, déjanos a nosotras”.

A mí, que he vivido el sufrimiento de mis hijos por el abandono de su padre, me resultan odiosas las mujeres que hacen todo lo que pueden por privar a los niños de la figura paterna. Pero comprendo la lógica por la que Juana volvió a denunciar a su pareja por un maltrato imaginario, pues es lo que muchas  hacen para conseguir ventajas en el divorcio. De hecho, se ha convertido en una estrategia habitual de muchos abogados, especialmente los que trabajan a la sombra de asociaciones feministas. Que, no olvidemos, viven de las subvenciones: cuantas más denuncias, más dinero y poder para ellas.

Pero ellas sabían que todavía no habían conseguido su objetivo, esto es, que la palabra de una mujer baste para condenar a un hombre de por vida. Y como corrían el riesgo de que la Justicia no les diese la razón -Juana no tenía ni una sola prueba del presunto maltrato-, “la madre de Maracena” vilipendió a Francesco ante las cámaras, arropada por asociaciones feministas que desde entonces no han dejado de agitar la calle para influir en la opinión pública y obtener -eso creían- una sentencia favorable. Y, aconsejada por ellas, desobedeció las órdenes judiciales que la obligaban a entregar a los niños y cometió delito de sustracción de menores. Es decir, se saltó la ley.

Juana Rivas no pensó un solo momento en las consecuencias que aquello podría tener para sus hijos. Metafóricamente hablando, llamó a los sicarios.
Y la han pillado.

http://www.elmundo.es/andalucia/2018/07/28/5b5b6c96e5fdeacc628b4598.html

https://www.mateobuenoabogado.com/blog/arcuri/

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Conversación bajo el eclipse

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: elespectador

Todavía no era de noche cuando hemos cerrado nuestros respectivos chiringuitos y nos hemos ido a tomar una caña.

Es la nuestra una de esas amistades que la vida te regala cuando menos te lo esperas, a una edad en la que te has llevado tantos palos que ya no te fías de nadie. Pero, aunque somos muy distintas, tenemos tantas cosas en común que era inevitable que acabáramos hablando de esto, lo otro y lo de más allá.

Estamos divorciadas, tenemos dos hijos cada una, más o menos de la misma edad; nuestros exmaridos murieron hace tres años, somos autónomas y peleamos con Hacienda, proveedores, distribuidores, clientes y la Seguridad Social; somos huérfanas de padre, ambas tenemos madres que son “ídolas” de nuestros hijos, y a las dos la vida nos ha enseñado que estamos vivos aquí y ahora. Mañana no sabemos.

Así que nos hemos ido a tomar unas cañas a una terraza bajo el eclipse.
Mientras la luna estaba en el probador, hemos hablado de sexo.
De cómo lo vivimos nosotras.
De cómo lo viven nuestras amigas.
De cómo debieron de vivirlo nuestras madres.
De cómo lo estarán viviendo nuestras hijas.
De cuánto nos gustan los hombres así, en general.

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Shorts

por Loopy De Loop
Fotografía en contexto original: laverdad.es

Entrar en el Metro de Madrid me hace sentir como un zorro en un gallinero.
Como el lobo Denis tras la mordedura del mago de Siam.

Para deleite de mi vista y mi imaginación, un rebaño de potenciales presas hormiguea por andenes, escaleras y vagones, Con ojo experto, elijo a una de las usuarias de esa bendita tendencia de moda: el short. Con aire distraído, me coloco justo detrás de una presunta lolita con un modelo míni que deja una generosa porción de terso melocotón a la vista y la sigo escaleras mecánicas arriba, disfrutando de una panorámica que eleva mi libido a niveles de hace cuarenta años.

Entro en el vagón y me siento frente a ella para tener una visión de conjunto mientras simulo mirar la pantalla de mi móvil. Morena, melena ondulada con brillos de henna, boca golosa; bajo la camiseta de tirantes, sin sujetador, peras de agua, “caídas hacia arriba” cantaban Los Toreros Muertos. De color miel los ojos, fijos en la pantalla del móvil en el que teclea al ritmo de la cumbia electrónica que escapa de los auriculares.

Acecho con impunidad su afán digital. Me siento a su lado y, con sonrisa desvalida de analfabeto tecnológico, le pregunto si sería tan amable de instalarme en mi nuevo Iphone la aplicación Spotify (que acabo de desinstalar). Un poco contrariada dice, vale, y comienza a manipular mi terminal con aire de suficiencia. La distancia corta me permite aspirar su olor, mezcla de colonia floral y sudor hormonado. A los pocos minutos me devuelve el teléfono. Ya lo tienes. Cara de asombro y eterno agradecimiento por mi parte. Entonces ella se levanta.

-¡Ah, tú también bajas en ésta! ¿Me dejas que te invite a algo por tu asistencia técnica? ¿Un café, un helado, una horchata…? Está a punto de negarse cuando mi mirada directa a los ojos, algo a lo que no está acostumbrada, despierta su curiosidad. Acepta. Entramos en el Starbucks y exclama mirándome los pies: ¡Llevas unas All Star!
Le digo que es el mismo modelo que usaba en los 60 y se ríe. Mientras ocupamos una mesa, me pregunta con un guiño si en los 60 Converse fabricaba modelos para bebés.
No sé, contesto, en mayo del 68 yo era universitario.
No pareces tan vie…mayor, dice sorprendida.
Es gracias a mis genes: a mi madre y a mí nos tomaban por hermanos.
Tienes mejor tipo que mi padre, observa, un cuarentón que no tiene tiempo de ir al gimnasio.
Yo tampoco voy, pero hago 20 minutos diarios de ejercicios Hiit en casa.
¡Vaya, un yayo-fit!, exclama entre divertida y apurada por si me ofendo.
No entro al trapo. ¿Qué te pido?
Frappuccino de mango para ella y café etíope para mí.
En la cola pienso en los salvajes de la burundanga. A mí no me pone una zombi.
Vuelvo a la mesa con las bebidas, deja de pulsar el móvil y dispara.
¿Estás casado? Viudo, miento, ¿no te vas de vacaciones?
Me cuenta que ella y una amiga están a la caza de vuelos baratos a Ibiza en Internet.
Necesitarás el permiso de tus padres…
¡Que estoy en segundo de periodismo!, protesta. 18, calculo. Legal.
¿Y tú?
Desde que murió mi mujer viajo poco porque no me gusta hacerlo solo. Por cierto, me recuerdas a ella cuando era mi novia.
Dejo de mentir y me tiro a la piscina de miel en sus ojos.
Me encantaría ir de viaje contigo.
Alarma, risas.
Estás loco.
En el destino que elijas, suite de 5 estrellas con dos dormitorios. Todos los gastos por mi cuenta.
¿Qué tendría que hacer?, pregunta con recelo.
Portarte como una amiga cariñosa que comparte mis placeres de vacaciones.
¿Con derecho a roce?
Si te apeteciera (ya haré yo que te apetezca, pienso); ya sabes: sólo sí es sí.
Mientras valora mentalmente pros y contras, le echo más carne al asador.
Como supongo que te gustará la marcha de fiestas y discotecas, que yo sólo aguanto un rato, podrías quedarte alguna noche después de que yo me vuelva al hotel; si ligas y el chico me gusta, podrías invitarlo a nuestra suite.
¿Eres bisexual?
No, voyeur.

“Próxima estación Moncloa correspondencia con línea tres…”
La mía.
Salgo del vagón dejando a la chica abducida por su terminal. Me acerco a las escaleras mecánicas ojeando otro short tras el que colocarme. Stairway to heaven.

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Domestofobia: avanzando en la destrucción del hombre

por Marisol Oviaño

(Las negritas que he puesto en los extractos del artículo de Barbijaputa son mías)

En su afán por dejar al hombre sin refugio, el feminismo subvencionado ya está estableciendo el próximo objetivo: convertir en maltratadores a los hombres que NO pegan a sus mujeres. Incluso lo han bautizado con uno de esos rimbombantes nombres con los que van imponiéndonos su neolengua: domestofobia.

La victimización de la mujer no tiene fin porque la estrategia es muy efectiva: convierten todas las diferencias entre hombres y mujeres en agresión a la mujer. Y la táctica resulta infalible, pues tienen a su servicio a la inmensa mayoría de los medios. Así, casi todas las semanas introducen términos y conceptos nuevos en nuestras vidas: sororidad, micromachismo, heteropatriarcado, manspreading

Pronto empezaremos a oír hablar de la domestofobia: las altavozas del NWO ya han empezado a inyectar el concepto en nuestros inconscientes. Así lo hace, por ejemplo, este artículo de Barbijaputa sobre sexo doméstico. En un tono entre guasón y amenazador, medio en serio medio en broma, podría estar anticipando qué cosas acabarán considerándose violencia de género.

Barbijaputa, ese ángel que cuida y da voz a todas las mujeres, nos cuenta que infinidad de chicas jóvenes le preguntan: “¿cuántas veces es lo normal acostarte con tu novio?” (que debe ser lo que preguntan las beatas a sus confesores). Y, como es un ser de luz, intenta dar respuesta a tan compleja pregunta.

Ella/él/elle siempre utiliza un tono de mujer de vuelta de todo. Sin embargo, leyéndola tengo la sensación de estar ante alguien que no sólo no conoce el placer, sino que siente una profunda repugnancia por el sexo. (Mientras escribo estas líneas, la palabra pecado me sobrevuela como un helicóptero de la policía de la moral).

Esta Elena Francis del empoderamiento pontifica sobre el sexo desde la ignorancia y obviando que es un tema en el que intervienen, como mínimo, dos personas. Y le dice a las chicas jóvenes que no hay que tener en cuenta al hombre:

El hombre no tiene más necesidad que la mujer de mantener relaciones sexuales por ser hombre.

La guerra contra el hombre y la familia es, también, la guerra contra la biología. Y Barbijaputa no sólo niega las diferencias biológicas entre los sexos, sino que despoja al hombre de toda humanidad y lo convierte en un despiadado opresor que no pide más sexo porque tenga necesidades diferentes a las nuestras, sino porque el sexo es su arma para tenernos bajo su bota.

Muchos hombres, en especial estos que presionan y hacen sentir mal a sus compañeras por no decir sí cada vez que ellos quieren, entienden el sexo como un método de control y una forma también de reafirmar su masculinidad. Da igual que en una semana no hayan sentido deseo, en sus cabezas suena la alarma de “Eh, ha pasado una semana y yo no he follado”. Alerta: masculinidad en peligro e interés de sus parejas en ellos en declive… y aquí viene la presión.

No sé con qué clase de amebas se relacionará esta mujer/mujero/mujere, pero yo no conozco ningún hombre que no se excite al menos una vez al día: el bamboleo de una chica joven con minifalda y tacones, el escote de la interventora del banco, la melena de la de contabilidad… O el poderío del culo del albañil, el pechazo del mensajero, la barriga peluda del nuevo en el gimnasio…  En todo lo que escribe, Barbijaputa pone en evidencia que no sabe cómo “funcionan” los hombres. Y, lo que es peor, tampoco le interesa. El hombre no tiene sentimientos ni necesidades distintas de las nuestras, sólo quiere hacernos daño. Hay que acabar con él.

Yo, que debo de tener más experiencia de la vida que Barbijaputa, explicaría a las jóvenes que los dos sexos son diferentes. Para empezar, a ellos les resulta mucho más difícil que a nosotras mantener relaciones sexuales, porque las mujeres somos más selectivas. En cambio, ellos necesitan menos para disfrutar; a nosotras nos lleva un tiempo de aprendizaje encontrarle la gracia al asunto. A mí, por ejemplo, de jovencita no me gustaban los chicos de mi edad, porque sabían todavía menos que yo, eran torpes y no aprendía nada de ellos. En cambio, los mayores me trataban con delicadeza y me enseñaban a disfrutar de cada momento.

Yo no podría responder de manera universal a la pregunta de “¿cuántas veces es lo normal acostarte con tu novio?”, porque hay tantas respuestas como personas. A lo mejor tu novio es un enfermo que quiere hacerlo diez veces al día, o a lo mejor tú te pones muy tensa cada vez que os vais a la cama y deberías decirle que vaya despacito y que te enseñe, o a lo mejor eres frígida.

Pero Barbijaputa no se para en detalles. Si no te apetece acostarte con tu novio, la culpa es de él.

Muchas de las chicas y mujeres que siguen enredadas en ese no saber o no entender, que piensan que tienen un problema con el sexo (no así sus parejas, claro), que creen que pueden ser frígidas por la presión a la que son sometidas, sólo tiene un problema: su pareja.

Y es este párrafo el que me hace sospechar que la insistencia de los hombres para mantener relaciones sexuales, e incluso el mero intento de tratar de hablar con la novia para ver cuál es el problema, algún día podría ser constitutiva de delito:

Caras largas ante un no, resoplidos, silencios incómodos en el “mejor” de los casos. Cargar con culpas a la mujer, conversaciones tensas donde se pone el foco del “problema” en ella, que es la que no quiere, violencia psicológica o física en el peor de los casos. Porque muchos hombres “solucionan” este conflicto presionando hasta que consiguen lo que quieren, es decir, muchos acaban violando a sus parejas.

Así las mujeres ya no tendrán que fingir dolor de cabeza, bastará con que amenacen a su novio con ir a denunciarlo al cuartelillo. A fin de cuentas, según dice, el sexo no tiene ninguna importancia en la vida de pareja:

Rechazar mantener relaciones una o veinte veces jamás debe convertir ese momento en un conflicto en la pareja.

O, mejor dicho: sólo la tiene para él.

Y si lo crea, si un hombre se pone tenso, o siente su ego machito dañado, el problema lo tiene él, no ella. Que el sexo sea la vara de medir de muchos hombres para valorar sus relaciones sentimentales es no saber mantener relaciones sanas e igualitarias.

Y cierra este edificante artículo reclutando jóvenes confusas e inexpertas para enviarlas a luchar contra el hombre:

Es vital que todas abracemos el feminismo para dejar de ponernos a nosotras mismas como foco del conflicto, y empecemos a problematizar las conductas de los hombres que entienden el sexo como controles rutinarios de su poder y de su masculinidad.

Su nula empatía hacia el hombre le impide plantearse que a ellos les resultaría muy fácil hacer lo mismo; esto es, convertir las diferencias entre hombre y mujer  en agravios al hombre. Así, la falta de deseo de algunas mujeres podría ser vista como una herramienta de ellas para someterlos, y  ellos podrían  empezar a problematizar las conductas de las mujeres que entienden el sexo como controles rutinarios de su poder y de su feminidad.

Llamadme loca, pero a mí todo esto me suena no sólo a linchamiento del hombre por ser hombre, sino a pura demonización de las relaciones sexuales. Empezaron a hablándonos de la cultura de la violación, y mucho me temo que no tardarán en subir un peldaño más y empezar a arengarnos contra la cultura de la penetración.

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Una mamada consigue más que mil madres histéricas detrás de una pancarta

por Marisol Oviaño
(El titular de este artículo es una cita de Inar de Solange en Seduciendo a dios)

Fotografías en contexto original: navarra

Algunos sólo verán en estas imágenes una performance pacífica y festiva de mujeres que luchan por sus derechos.
Yo sólo veo al Santo Oficio.
O al Daesh.
A algo que volverá a encerrarnos a las mujeres bajo siete llaves, con lo que nos ha costado llegar hasta aquí…


(Podéis ver todas las fotos pinchando aquí)

Veo a estas mujeres empoderadas, airadas y disuasorias y me pregunto si no han aprendido nada de la revolución sexual. Vestirse de negro, cubrirse la cara, enarbolar antorchas, tocar el tambor, colgar carteles amenazantes, humillar un muñeco masculino… ¿El propósito es atraer hombres a la causa o acojonarlos?

Yo diría que lo segundo. No se me ocurre mejor manera de alejar a los hombres que intentar conquistarlos dando miedo como hombres (pero sin tener su fuerza física). Y las mentes pensantes de la ideología de género lo saben; el objetivo no es atraerlos a la causa, sino convertirlos en el enemigo.

Estas alegres muchachas van a conseguir que los hombres no se atrevan a tocarnos ni con un palo. Y todas acabaremos como estas mujeres de Bilbao, que se han casado consigo mismas.
¿Es esto lo que queremos la mayoría de hombres y mujeres?

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Tras la libertad condicional de la manada

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: tribunavalladolid

A raíz de la puesta en libertad provisional de la manada, las feministas vocingleras y subvencionadas han vuelto a poner en marcha su maquinaria de destrucción y han sacado a sus huestes a la calle. De comparsas, muchas mujeres de buena voluntad que creen lo que les han contado: que a una pobre niña la violaron un guardia civil, un militar y otros tres maromos. Que los cabrones de los jueces les han puesto en libertad porque resulta que, también, la Justicia española es patriarcal. Y que mañana cinco hombres te violan a ti o a tu hija y a los violadores no les pasará nada.

Los de la manada han estado casi dos años en la cárcel y, hasta que hable el Supremo, están condenados a nueve; a eso las feministas lo llaman impunidad. Probablemente sólo se verían desagraviadas si los quemáramos vivos en un auto de fe en plaza pública. Pero como saben que todavía no es el momento, han desatado en Sevilla una caza del hombre al más puro estilo de las películas de viejo oeste americano.

Si eres mujer y no quieres que la jauría te ladre, tienes que estar de acuerdo en que la culpa de todo es del hombre y, en consecuencia, unirte a la cacería. Pero yo no sólo no estoy de acuerdo, sino que, además, creo que esta histeria colectiva nos impide ver el problema de fondo que hay tras este caso: la educación que están recibiendo nuestros jóvenes.

No hay más que ver la barriada sevillana de la que salieron los cinco tenores para saber que no han estudiado en caros colegios privados, y que en sus casas no debe de haber un solo libro. Probablemente sean hijos de ese sistema educativo en el que se ha despojado al profesor de toda autoridad; en el que la disciplina, el esfuerzo, la constancia y las buenas maneras han sido proscritos por fascistas. Este sistema educativo que les adoctrina en un yolovalguismo en el que sólo hay derechos y ninguna obligación, les pinta la vida como una feria del hedonismo y les promete que el sexo sólo es una actividad lúdica que no tiene consecuencias.

¿Y la muchacha, que vive en uno de los pueblos con la renta per cápita más alta de España, qué educación ha recibido? ¿Nadie le previno nunca sobre los peligros de la noche, el alcohol, las drogas y los desconocidos? Probablemente no. Cuando mi hija tenía 14 años, en nuestra casa se quedaron a pasar la noche muchas de sus amigas. Y casi ninguna madre (o padre) llamaba para, primero, preguntar si a mí me parecía bien el plan y, segundo, para asegurarse de que la niña no iba a estar toda la noche en la calle. Los padres no tenían ningún control sobre ellas. Tampoco sobre los hijos.

Así que, como madre, me pregunto: ¿qué les han enseñado sus padres a los seis protagonistas de este caso? ¿Qué ejemplo han visto en sus casas? Aunque soy consciente de que en estos tiempos, en los que los jóvenes están 24 horas al día conectados a las redes, quizá el ejemplo paterno tenga menos peso que antes. Entre otras cosas porque todo el mundo, papá y mamá también, está conectado a su pantallita y nadie habla con los otros miembros de la familia.

El otro día había un escalofriante artículo en El Mundo sobre la facilidad con la que los niños acceden al porno, ya se habla de la generación pornonativa. El porno funciona como todas las drogas: al principio una dosis te lleva al séptimo cielo, pero al final necesitas estar poniéndote todo el día simplemente para no sentirte mal. Y si eres consumidor de porno desde pequeño, difícilmente podrás mantener relaciones emocionales sanas con los demás.

Los medios de comunicación, especialmente los que se llenan con los bolsillos con telebasura, no son ajenos a esta degradación, pues ellos colaboran intensivamente a convertir el sexo en un producto de consumo más. Es reseñable que precisamente esas cadenas sean las que más azuzan el feminismo radical contra sus propios telespectadores. Porque…¿cuál creéis que debe ser el programa favorito de los miembros de la manada? ¿Las películas europeas de la 2 o HMyV de Tele5?

Los demás medios tampoco están libres de pecado, pues todos dedican una sección a propagar la buena nueva de la ideología de género. Todos dan un eco desmesurado a cada posible caso de agresión sexual, como en el caso de la chica que ha sido presuntamente violada en la noche de San Juan . El objetivo es el acoso y derribo del hombre, y ningún medio pone el dedo en la llaga, ninguno se pregunta qué hace una niña de 15 años a las cuatro y media de la mañana en la playa. Sé que habrá quien tergiverse mis palabras y diga que yo estoy afirmando que las chicas que estén en la calle de madrugada merecen ser violadas. Pero sólo estoy diciendo algo de sentido común: una madrugada de alcohol y drogas no es el lugar más indicado para un adolescente de quince años, me da igual que sea hombre o mujer.

La educación pública tampoco es que ayude demasiado. Hace un par de años años di unos cursos de redacción eficaz en el instituto de mis hijos. Los profesores habían seleccionado a 12 alumnos, todos ellos buenos estudiantes que tenían problemas para expresarse por escrito. Me sorprendió descubrir que la mayoría creían que el aborto está recogido en la Declaración de los Derechos Humanos y, lo que más preocupó, que algunos sólo lo veían con un método anticonceptivo más. ¿Si me quedo embarazada? Pues aborto y solucionado.

Así que tenemos la tormenta perfecta: padres que no educan a sus hijos, acceso al porno desde la infancia, medios de comunicación que banalizan el sexo y un sistema educativo que no funciona. Pero quienes hoy se rompen las vestiduras por este caso no quieren que hablemos de qué tipo de sociedad estamos construyendo: hacerlo supondría admitir que el sistema educativo que ellos han promovido es un fracaso y que hay que rehacerlo de arriba abajo. Pero os apuesto lo que queráis a que se limitarán a proponer más horas de formación de perspectiva de género en la educación pública, como ya lo están pidiendo para los jueces.

Echarle la culpa al hombre no sólo es lo más fácil. Es, además, lo único que garantiza que las asociaciones feministas vuelvan a hacer caja. Que esta histeria colectiva no nos haga olvidar que, detrás, hay un inmenso negocio que sólo beneficia a una minoría de mujeres -las que viven de ello- y nos perjudica a todos.

 

Ver artículo anterior: Tras leer la sentencia de la manada
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En defensa del hombre

por Marisol Oviaño


 

Rebosa masculinidad.
Llegó a mi guasap hace un par de días y, desde entonces, con la excusa de escribir este artículo, lo habré visto cinco o seis veces.
Llamadme rara: después de 13 años de durísima monoparentalidad, todavía me gustan los hombres. A pesar de que creo que ya no le gusto a ninguno.

Soy la prueba viviente de que se puede sacar una familia adelante sin padre, pero no es una opción que recomiende. Os aseguro que a casi ninguna mujer le gustaría vivir como yo. Voy a la peluquería dos o tres veces al año, jamás salgo de vacaciones, no puedo permitirme el lujo de ir a comer con los amigos salvo que me inviten, no sé lo que es ir de compras, discuto con el casero, con el inquilino, con la agencia tributaria, con la seguridad social, con el banco, con los proveedores, atiendo a los clientes, diseño el producto, lo produzco, organizo las campañas de marketing, doy clase, corrijo deberes, escucho a mis alumnos adolescentes, limpio el escaparate, hago la compra, cocino, plancho y, por supuesto, hago todo lo que puedo para que mis hijos reciban su dosis de amor incondicional. O, como diría mi amiga Carmen, amor infinito.

Cuando la familia corre a cargo de uno solo, todo es mucho más difícil. Porque te toca asumir todos los roles y no tienes hombro en el que apoyarte, ni mano que te acaricie. Sin embargo, yo no puedo quejarme, porque soy una privilegiada: amo mi profesión, mis hijos estudian, trabajan y colaboran en las tareas y los gastos de la casa y, cuando entre todos no llegamos, la abuela nos rescata. Nos mantenemos a flote gracias a la red familiar.

Como divorciada sin pensión, cumplo todos los requisitos para tener sitio reservado en la primera fila de las manifestaciones de feministas subvencionadas. Y, sin embargo, cuando las veo gritando a las puertas de los juzgados, siendo todas Juana, siento el pánico cerval de quien ve pasar a galope a los bárbaros que acabarán con la civilización.

El hombre no es el enemigo a batir.
El hombre es el compañero con el que construir esa organización sin la que no sobreviviríamos: la familia. El individuo sin familia está inerme ante el Estado totalitario y la igualmente totalitaria multinacional. El individuo sin familia está solo en su habitación de hospital y no tiene quién dé de comer a su perrito, que morirá de hambre en su minipiso.

Pero hacia eso vamos.
A una sociedad en la que hombres y mujeres sean enemigos y todos vivamos solos, sin más propósito en la vida que trabajar y consumir.
Por eso no puedo entender este feminismo que no lucha para que las mujeres lo tengamos más fácil, sino para que los hombres lo tengan más difícil.
No puedo entender un feminismo que va contra la biología y se niega a aceptar que hombres y mujeres somos complementarios.
No puedo entender un feminismo que no sólo no ayuda a las mujeres en lo que realmente necesitamos, sino que, además, detrae recursos de nuestros impuestos para sembrar la cizaña entre nosotras y los hombres.
No puedo entender un feminismo cuyo objetivo es el acoso y derribo de la familia.
No entiendo un feminismo que no lleve la maternidad como bandera.

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Una llamada perdida

por Robert Lozinski

Fotografía en contexto original: as

Nicușor se tiró sonámbulo por la ventana de su piso en una cuarta planta. Las ramas de un árbol atenuaron su caída y le salvaron de la muerte.

Había combatido en las tropas internacionales de Angola. Su vida había corrido peligro muchas veces: habría podido pisar una mina, contraer malaria, ser mordido por bichos venenosos o haberse encontrado en el camino de una bala perdida. Pero, a pesar de todo, estaba contento porque recibía un buen sueldo y en Bucarest tenía una esposa joven y bella a quien recordaba con cariño y con la ilusión de que ella también le echara de menos.

Su madre le había dado un consejo muy sabio: que el dinero que ganaba se lo enviase a ella. Sin embargo, Nicușor, muy joven, muy enamorado y muy orgulloso de su condición de soldado, prefirió mandárselo a la mujer que amaba, que en aquellas circunstancias de sangre, desesperación y muerte debía parecerle especialmente hermosa. Pero la muchacha recibía esos miles de dólares y se gastaba hasta el último céntimo en pasarlo bien en compañía de otros hombres.

Nicușor se enteró de todo y se volvió loco. Y a su regreso a casa lo ingresaron en el Hospital Militar. Su locura recibió el nombre científico de depresión severa o algo así.

Como todo fármaco moderno, la medicina que debía tomar tenía efectos secundarios y podía provocar pensamientos suicidas. Es decir que podia matarse de repente, sin desearlo de verdad, sin habérselo propuesto nunca antes, como hizo aquella noche. No llegó a matarse en aquel intento frustrado de volar como los pájaros sino que se golpeó la cabeza, que ya tenía bastante dañada, se rompió en trocitos la pierna izquierda y se fracturó un brazo. Y cuando recobró la lucidez, no podía explicarse qué había pasado, ni por qué.

Su cama estaba al lado de la mía y por las noches, avergonzado y disculpándose mil veces, me pedía ayuda para cualquier cosa, sobre todo cuando llamaba a la enfermera y ella no venía a limpiarle y a meterle otro calmante más fuerte que el anterior. Pero ya no había calmante más fuerte, sencillamente porque no se había inventado. Salvo la propia muerte, claro.

Una noche me dijo que le gustaban con locura las savarinas (es decir babá al ron) y que al salir del hospital lo primero que haría, sería comerse unas cuantas. Más tarde le trasladaron a otra planta. A mí me operaron, en otro hospital, y me dieron el alta. No he vuelto a verlo desde entonces.

Llegaron las vacaciones y, como hago todos los años, me fui a Moldova para pasar el mes de agosto con mis padres. A finales del verano vi una llamada perdida en mi teléfono. Era de Nicușor. Pero no le llamé. Preferí olvidarme de todo lo que me recordaba mi propia enfermedad.

Han pasado ya cuatro años y aún me siento incómodo. Me siento incómodo por no haberle llamado, por no haber hablado con él. Me he quedado con esa duda y me molesta no haberla resuelto: ¿por qué me habría llamado? ¿Qué quería decirme? Para tranquilizarme preferí pensar, con el egoísmo de la esperanza –todo lo bueno que deseamos a otros, en realidad lo esperamos para nosotros mismos- que me habría llamado para decirme que se había curado. Y para invitarme a disfrutar juntos las savarinas que tanto le gustaban.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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La hoguera de las vanidades y el hotelito

por Miguel Pérez de Lema

Recordamos que Savonarola agitó la Italia del Renacimiento clamando contra la corrupción y la opulencia, convocando a sus seguidores a arrojar a la “hoguera de las vanidades” los objetos de lujo, y que al final fue él quien acabó purificado en las llamas de la inquisición.

Pablo Iglesias no tendrá un fin tan espantoso pero tampoco recordado dentro de 500 años como un ejemplo de rectitud moral. Pertenece a otra categoría, más leve, más contemporánea, la de los simuladores. Su vida pública será más larga que la del monje furioso, pero su recuerdo será tibio, y breve, en consonancia con los tiempos que corren.

Todo Pablo Iglesias es un juego de “como si”. Un actor. Puede que bastante bueno. Pero que nunca ha comido lentejas con chorizo sin chorizo, ni ha tenido que elegir entre pagar la luz o quitarse de cualquier otra cosa, casi tan necesaria. Me parece probable incluso que nunca haya intimado con una de esas personas que se acuestan con ganas de que nunca amanezca.

Culparle de ello es una imbecilidad en la que no sabríamos caer, pero confundir la representación con la realidad es igual de estúpido. Para Pablo Iglesias, que no es estúpido, no existe un conflicto real entre lo que representa y lo que en realidad es, porque tiene plena consciencia de que son dos cosas diferentes. Y no puede aceptar la idea de que para los demás sí exista el conflicto.

Pablo Iglesias podría haber irrumpido con el mismo discurso que empleó, sin disfraz, sin actuación, pero probablemente no habría tenido éxito. Disfrazarse de pobre para representar a los pobres con mayor credibilidad es una mentira útil, que retrata al comediante, pero quizá retrata más al público que asiste a la comedia cuando esa comedia es la vida real. Su propia vida.

Pablo Iglesias podría haberse presentado como quien de verdad es, una persona afortunada, miembro de pleno derecho la clase media, y futuro heredero de una pequeña fortuna inmobiliaria, que no obstante defiende los intereses de los menos favorecidos que él. Pero ¿habría funcionado?

Deberíamos preguntarnos por cómo son sus seguidores. ¿Cuántos de ellos son clase media acomodada como él, cuántos son pobres y viven la realidad de la ficción que él representa, y finalmente, cuántos son como él y se disfrazan igual que él? De los tres tipos de seguidores, los últimos, los que tienen una identificación plena con su líder, puede que sean los más recalcitrantes.

El problema, no obstante, existe. Cuando el comediante no sólo se disfraza de pobre sino que desacredita a los que son igual que él, pero no se disfrazan, y finalmente se le cae la máscara, se produce un extraordinario efecto dramático.

No sabemos cómo acabará Pablo Iglesias. Pero sí sabemos que Savonarola no se compró un hotelito.

Todo se pierde. Todo el mundo, al final, te acaba decepcionando.

Solo los niños están a salvo de esta verdad, que dolorosamente acaban aprendiendo con los años. Bueno, no sólo los niños, también los idiotas, pero estos nunca aprenden.

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