Corre hacia la luz, Cataluña

por Miguel Pérez de Lema

El poltergeist sedicioso ha arrastrado a todos los catalanes, a los que quieren y a los que no quieren, a su dimensión oscura y suponemos que una buena parte de ellos, como la niña Caroline de la película de Spielberg, están hartos y asustados, deseando volver a casa. Sí, vale, ya sabemos que muchos otros desean habitar en las tinieblas con el monstruo, sus razones tendrán, pero esos ya tienen atención de sobra. Llevamos meses padeciendo sus fenómenos extraños, viendo cómo vuela la vajilla y caen mocos del techo, regalándoles una cobertura mediática obsesiva que aumenta el poder de la oscuridad.

El monstruo se alimenta del miedo y del estado alterado de conciencia que provoca, conviene mantenerse sereno y no dudar de las propias fuerzas, que son muchas, solo hace falta ser consciente de ello.

Ya lo decía la médium de la película: “Ahí, con ella hay una terrible presencia, con mucha ira, con mucha rabia. Nunca había percibido nada igual. No sé lo que se cierne sobre esta casa pero ha sido lo suficientemente fuerte como para adentrarse en este mundo y llevarse a su hija. Consigue mantener a Caroline muy cerca de él y alejada de la luz espectral. Le miente, dice cosas que solo un niño puede comprender. La está utilizando para reprimir a los demás. Para ella es sencillamente otro niño, para nosotros es una bestia. Ahora vamos a buscar a su hija”.

Pues eso, que deberíamos ir a buscar a Caroline. Les diríamos a todos esos ciudadanos que desean volver a casa, que están más hartos que asustados del monstruo, y a los que nadie tiene nunca en cuenta, que vayan hacia la luz.

Que sean valientes y den un paso al frente. “Corre hacia la luz, cielo, mamá está en la luz. Mamá te está esperando en la luz”.

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Anotaciones sobre el árbol de Antón Pávlovichi Chéjov

Con unos calores de más de 40 grados a la sombra, lo único que se agradece en una ciudad recalentada, polvorienta y llena de gases de escape es el frescor de un árbol.

De ese árbol que el hombre ha cortado para calentar su morada, para hacer papel, para fabricar muebles…

Sobre el papel el hombre escribe y luego publica orgullosamente sus ideas, que él cree imperecederas. Mete el mueble en su casa y empieza a llenarlo de trastos que van acumulando polvo. Todo lo que hace el hombre, todo, al final se cubre de polvo, se corrompe y se pudre.

El árbol puede absorber el polvo y transformarlo en oxígeno bueno para respirar. Y eso es algo que las hojas de un libro no pueden hacer. Tampoco podría hacerlo un armario labrado en madera. El árbol puede transformar el calor en aire fresco. Puede cobijar, bajo sus ramas, al caminante fatigado y sudoroso, apaciguarle el ánimo, suavizarle un poco la mala leche.

Pero ese árbol ya no existe porque el hombre lo ha cortado.

Entonces ¿cómo combatiremos el calor? El hombre tiene un invento también para eso: el aire acondicionado. Donde antes había un pequeño bosque, ahora encontramos un inmenso centro comercial. Fuera el calor es insoportable, dentro, por el contrario, se está fresquito. Puedes comer un helado o ver una película en una sala oscura con agujeros en las paredes por donde salen chorros de aire frío.
Tendremos que recubrir todo el planeta de centros comerciales para resguardarnos del calor en veranos que cada vez serán más sofocantes e irrespirables.

Astrov, el médico iluminado de la obra dramática de Chéjov “El Tío Vanea” deplora la paulatina desaparición del bosque bajo el hacha del hombre; vago e ignorante. Una idea flota a lo largo de toda la obra de Chéjov, una idea terrible: los que vivimos ahora seremos responsables de la felicidad –o de la desgracia- de quienes vivan, en el futuro, después de nosotros.

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Tauromaquia crepuscular

El toreo, es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, principalmente por una falsa educación pedagógica que nos han dado y que ha sido los hombres de la generación de los primeros en rechazar. Creo que los toros en la fiesta más culta que hay hoy en el mundo. Es el drama puro, en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y su mejor bilis. Es el único sitio adonde se va con la seguridad de la muerte rodeada de la más deslumbrante belleza. ¿Cuál sería la primavera española, de nuestra sangre y de nuestra lengua si dejando de sonar los clarines dramáticos de la corrida?
Federico García Lorca

 

Miguel Pérez de Lema

Entre los fraudes esenciales de nuestro tiempo se extienden por España el chapapote de la falsa tolerancia y la impostura del multiculturalismo. Basta leer lo que se escribe, ver lo que se emite, o escuchar lo que se dice en la calle, para cerciorarse de que quienes se proclaman defensores de estas ideas son habitualmente ejemplares puros del viejo energumenismo ibérico. Su proyecto no ha sido nunca el del respeto a los demás, sino el de socavar unos códigos, una cultura, una forma de vivir, para imponer cualquier otra cosa –incluso ninguna cosa- y en ese cambio, ejecutar su objetivo: mandar.

Ahora le ha tocado a la tauromaquia, y la supuesta hiper sensibilidad del nuevo orden ha decidido liquidar el último rito del mundo antiguo. La tolerancia no rige para este arte, el multiculturalismo excluye de su paradigma este ejemplo sublime de cultura. Y usted se calla.

Con la fácil que sería dejar caer serenamente el crepúsculo de la tauromaquia, hasta que se agote su última luz. Porque la fiesta, el rito, el arte de los toros, camina inevitablemente, por sí mismo, hacia su desaparición. Sin embargo, los tolerantes no pueden tolerar su muerte natural, necesitan ser ellos los que lo descabellen, anotarse el triunfo, llevarse el trofeo de la nueva nada y salir a hombros por la puerta grande del poder.

La tauromaquia camina inevitablemente hacia su final, porque es incompatible con el espíritu de nuestro tiempo. Un tiempo de banalidad, sentimentalismo, ignorancia y simulacro no puede comprender, ni participar de la verdad pura de los toros.

En este último rito mediterráneo de la sangre y la muerte sacrificial del animal totémico, todo es absoluta, definitiva, trágicamente verdadero. Valores perdidos para nuestro final de civilización, en el que necesitamos estragarnos de cualquier estímulo artificial para eludir nuestra propia agonía.

Nada más muerto que esta época sin conocimiento de la muerte, con su pudor infantil ante la verdad de la muerte y falsas ideas gregarias acerca de la vida. Hemos talado nuestro árbol familiar y arrancado sus raíces, somos incapaces de comunicarnos con la honda cultura de esa danza de los símbolos elementales y la lucha por la vida que es la tauromaquia.

Cando en Barcelona cerraron la Plaza de las Arenas tuvieron que respetar el valor histórico del edificio: dejaron en pie la fachada, pero vaciaron el interior y metieron dentro centro comercial. Los cansados dioses paganos, los arquetipos, las viejas raíces del hombre, se desvanecieron espantados por el monoteísmo contemporáneo del dinero.

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Carta abierta a las madres de los terroristas de Ripoll

Vosotras, que vais vestidas como si nunca hubierais salido de vuestro pueblo, sois inocentes.
Vosotras, que lleváis la cabeza tapada para no desatar la lujuria de los hombres, sois una víctima más.
Vosotras, que aunque lleváis muchos años viviendo aquí no habláis una palabra de español (ni de catalán), no sabíais nada.
La culpa es del imán, que les lavó el cerebro.

Supongo que el dolor por la pérdida de un hijo es universal y, como madre, podría entender vuestro duelo. Pero también como madre cuestiono la educación que habéis dado a vuestros hijos. Si el mío estuviera en su lugar, no pensaría que la culpa es del imán, sino mía, por no haber sabido educarlo. Tarde o temprano, todos los seres humanos nos encontramos con personas locas, fanáticas, malas… seguirlos o darles la espalda, sólo depende de cada uno de nosotros. Ser madre es mucho más que parir un hijo, y otro, y otro, y otro y otro y los que vengan; ser madre es, sobre todo, prepararlos para la vida.

Dicen los vecinos de Ripoll que vuestros hijos estaban muy integrados en el pueblo. Pero viéndoos a vosotras, que necesitáis traductores, me pregunto qué clase de integración puede darse cuando occidente se queda cada día al otro lado de la puerta. Sé que muchas habéis tenido una vida dura, muchas de vosotras ni siquiera fuisteis al colegio y algunas no sabréis ni leer ni escribir; no lo teníais fácil. Tampoco vuestros hijos, porque ¿cómo podríais prepararlos para que se integren en un mundo que vosotras no habéis querido conocer? ¿Cómo podéis prepararlos para el futuro, si seguís encerradas en los ancestrales límites de vuestra aldea aun estando a miles de kilómetros de ella? Vosotras habéis pasado por Europa, pero Europa no ha pasado por vosotras.

Os veo llorar en televisión y me pregunto cómo es posible que unas mujeres que han consagrado su vida a la familia, no se hayan dado cuenta de que sus hijos habían cambiado de costumbres; cómo, con los antecedentes de anteriores atentados, no pensasteis en ningún momento que ese repentino fervor religioso de vuestros hijos encubría algo más. La culpa es del imán, decís. Sin embargo, nadie os impuso que abdicaseis de vuestras responsabilidades y delegarais la educación de vuestros hijos en manos de un ex presidario. Probablemente, preferíais que estuvieran con él antes que saliendo por ahí con españoles. No sé si sois las madres más negligentes del mundo, o si estáis secretamente orgullosas de vuestros cachorros. A fin de cuentas, ellos han muerto para expandir por todo el orbe la moral que vosotras defendéis en vuestras casas. Si el imán no hubiera pasado por allí y vuestros hijos estuvieran vivos, ¿les habrías dejado que se emparejaran con quienes quisieran, o les habríais buscado en vuestra aldea una buena y sumisa mujer musulmana?

Para muchas de vosotras ya es tarde: vuestros hijos ya están muertos o huidos.
Además, nunca podríais leer esto sin alguien que os lo tradujera.
Pero quizá tú, que me estás leyendo porque te has tomado la molestia de aprender español, tengas dudas que no te atrevas a manifestar delante de tu madre, tu suegra, tu cuñada, tus primas. Quizá tengas curiosidad por conocer el mundo, por integrarte y ser un miembro útil a la sociedad que te ha acogido. Quizá para ti no tenga sentido parir una y otra vez hijos que enviar al matadero, quizá también sueñes con algo mejor para ellos y te estés preguntando en qué os estáis equivocando.

Seguir callada y agachar la cabeza sólo traerá desgracia.
Pero seguro que cerca de ti hay otra mujer que se está haciendo las mismas preguntas, sólo hace falta que una de las dos hable de ello con la otra para que os pongáis en marcha. Será difícil y os sentiréis solas; incluso puede ser peligroso.

Pero o iniciáis la revolución vosotras para que vuestros hijos tengan un futuro y todos podamos vivir en paz, o no nos dejaréis más remedio que empezar a combatiros casa por casa y retiraros todas las ayudas.

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El horror

Miguel Pérez de Lema

El polifacético artista Miguel Bosé ha subido a su Instagram  la imagen sobre estas líneas (https://www.instagram.com/p/BS7BTpljHyh/),  con el pie de foto “Disfrutando con mis hijos de #Disneyland el #LugarMásFelizdelMundo os lo recomiendo! Una pasada!!!”, que según leo en El Español es la forma de hacer publicidad encubierta para que el Magic Kingdom le pague bajo mano los gastos del disfrute.

Según la misma fuente, alguien quiso también rentabilizar la visita de nuestra estrella al #LugarMásFeliz delMundo  y realizó por su cuenta algunas fotos más de la familia, con las que le estaría extorsionando.

Sobre todo esto no tengo nada que decir.

El impacto de la imagen ya es demasiado estupefaciente como para superarla con ingeniosidades.  El #LugarMásFelizdelMundo. La familia -el concepto, la resignificación-, esos bracitos alzados de las criaturas (todas vestidas igual) señalando como un pelotón de fusilamiento a ese señor mayor con cara de haber dormido mal los últimos treinta años, los gorritos personalizados, el castillo de pega al fondo como compleja metáfora de nuestro tiempo, esa sonrisa como del más allá . El horror, el horror…

 

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Escribiendo al pasado

para Ubeube
Imagen en contexto original es.quora

Él está tumbado en su jardín, mirando las estrellas.
Se fumaría un cigarro,
pero lo dejó hace años.
De buena gana se pondría una copa,
pero los médicos le tienen prohibido el alcohol.
Y su mujer reserva el sexo
para los días especiales.
De modo que sigue tumbado en su jardín, mirando las estrellas.
Echando de menos la juventud,
cuando lo mejor estaba por venir.

Pero lo mejor quedó hace mucho tiempo atrás. Y es hacia allí a dónde mira cuando contempla el firmamento. Le han quitado todo: el tabaco, el alcohol, el sexo, la emoción… pero hay una droga que no podrán quitarle: el pasado.
Y, a pesar de la hora, siente la necesidad de ponerle un WhatsApp.

****************

Bip,bip.
Ella acaba de encender el ordenador para sentarse a pasar la vida a limpio.
“Escribir” es el verbo que la resume desde que tenía siete años. Si no fuera por sus dos hijos, la literatura sería la única razón de su existencia.

Mientras espera a que el ordenador cargue, coge el móvil para leer el mensaje que acaba de llegarle. Y cuando ve el nombre que late en la pantalla de su móvil, sonríe agradecida; como cuando los hombres le decían sonriendo: ay, qué peligro tienes.

Pero de eso hace treinta años, y ahora es completamente inofensiva. Por la calle los niños se dirigen a ella como señora, los adolescentes le calibran las tetas con la mirada obligados por la biología, y para los hombres de su edad ya no es una mujer. Sólo algunos jubilados, quizá por las cataratas, posan sobre ella ojos de domador.
Ya nadie la hace sonreír, tal vez por eso esté perdiendo la alegría.

Pero eso él no lo sabe.
Tampoco importa, porque no es a la mujer cincuentona a quien él escribe, sino a su antigua novia de la juventud. A aquella apasionada chavala de belleza exótica que, con el paso del tiempo, ha ascendido en su olimpo personal al trono de diosa del sexo.

****************

No es la primera vez que él la escribe.
Empezó  hace siete u ocho  años con un inocente WhatsApp. Llegaron a estar tan enganchados a aquellos mensajes, que no les quedó más remedio que volver a verse. Abrieron un paréntesis en sus vidas y él hizo cien kilómetros y pasó a buscarla para llevarla a una habitación de hotel, a la que subieron abrazados. Sus cuerpos se reconocieron como si sólo juntos estuvieran completos, y durante un puñado de horas se lo hicieron y se lo contaron todo, como si fueran novios a los que una fuerza mayor hubiera separado veinticinco años antes.

En realidad era él quien la había dejado a ella. Pero eso carecía de importancia, si no hubiera sido él, habría sido ella; su noviazgo habría terminado abruptamente tarde o temprano. Funcionaban como máquinas de precisión en la cama, pero fuera de ella chocaban sistemáticamente y ambos sufrían.

Tal vez por eso aquel encuentro prohibido fue delicioso. Y tras convertir la fantasía en realidad, cerraron paréntesis y cada uno regresó a su mundo.

********************

Quizás él había esperado que aquella experiencia  actuase como vacuna, pero no había surgido efecto. Se sorprendía a cualquier hora del día pensando en ella, empalmándose mientras le devoraban los remordimientos de conciencia. Yo no soy un hombre infiel, no soy de esos que le ponen los cuernos a su mujer, le escribió sabiendo que ella entendería la lucha que estaba manteniendo consigo mismo.

Y ella la entendía: es imposible estar en dos sitios al mismo tiempo.
Hablas conmigo más de tres horas todos los días. ¿De verdad crees que le eres fiel a tu mujer?
Ella no tenía ningún conflicto, era libre y quería seguir siéndolo. Había disfrutado con el reencuentro y le habría encantado repetir ; habría sido estupendo poder contar con unos brazos en los que refugiarse de tarde en tarde, pero no añoraba el pasado ni renegaba de la libertad. No necesitaba más emociones, su vida ya era lo suficientemente intensa.

Un mes más tarde, comprendió que aquellas largas conversaciones en las que él siempre acababa intentando tener sexo telefónico que ella no necesitaba, podían durar toda la vida. De modo que empezó a mostrarse menos receptiva y más ocupada, sin tiempo para hablar. Los mensajes empezaron a distanciarse mucho. Días, semanas, meses.

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Ambos sabían que, por mucho tiempo que pasase, si uno enviaba un Hola el otro, tal vez no de manera inmediata, contestaría: Hola. Él rompió un silencio de muchos meses para contarle que había empezado a acostarse con otras mujeres que vivían cerca de su casa, amas de casa aburridas. Mujeres tan casadas como él. Hum, creo que te he devuelto la autoestima, dijo ella. Después estuvieron casi un año sin hablar, y ella, preocupada por su silencio y su salud, le envió un mensaje para preguntarle qué tal. Él le contó entonces todos los límites que se estaba saltando.

Hará un año y medio de su última conversación.
Entonces parecía que él había vuelto al redil del buen marido.
Y ella abre el mensaje que él le ha enviado cuando estaba mirando las estrellas:

No se muy bien el motivo, pero llevo todo el santísimo día pensando en ti.
Buenas noches y perdona por la hora pero te lo tenia que decir.

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Ensayo general

por Madre sin hijos

De vuelta del aeropuerto, paro en el pueblo para comprar el pan.
Los pocos comercios que abren en domingo acaban de levantar el cierre, y hay poca gente por la calle. Sólo los madrugadores, esa raza.

A pesar de que anoche no durmió nadie aquí, el gato sale a recibirme sin dramatismos.
Me pongo el vestidito de andar por casa, cojo una cocacola, enciendo el ordenador y siento vértigo. Por primera en once años, durante un mes podré hacer lo que quiera.

Lo que quiera.

Hija lleva un mes fuera de casa, está haciendo prácticas en las Islas Afortunadas y tiene contrato hasta septiembre. Es su primer contacto con el mundo laboral, el paso casi definitivo hacia la vida adulta y, de momento, parece haberse adaptado bien y estar disfrutando de la experiencia. Hijo estará ahora mismo volando hacia la Pérfida Albión: tiene dos carreras y un buen currículum de prácticas, pero necesita  reforzar su inglés.

Nunca hemos estado tanto tiempo separados.
Ni tan dispersos:
ellos están a 3.000 kilómetros el uno del otro
como si hubieran salido despedidos por una onda expansiva.

El gato y yo, que nos hemos quedado aquí para defender el castillo, estamos prácticamente equidistantes de ambos: de Fuerteventura a Madrid hay 1640 kilómetros, y de ahí a Liverpool, 1445. Ni pensándolo aposta nos habría quedado tan metafórico.

Ya habían salido antes al extranjero sin mí, pero de vacaciones y con amigos. Es la primera vez que habrán de desenvolverse solos en un entorno desconocido, la primera vez que todo lo concerniente a su supervivencia dependerá única y exclusivamente de sí mismos. Quizá ellos todavía no, pero yo soy consciente de que estamos ante un hito familiar; a la vuelta del verano, ninguno seremos los mismos de antes.

También para mí esta repentina soledad es una experiencia inexplorada.
No sólo no hay nadie en casa, sino que es agosto: muchos amigos están fuera y rara vez sonará el teléfono invitando a barbacoas. Tendré que luchar contra mi tendencia al hurañismo y hacer por salir a relacionarme con otros seres humanos. Que yo soy capaz de tirarme un mes entero sin salir de casa leyendo, escribiendo, viendo la tele, navegando, bajando a la calle sólo a por cocacolas, cervezas y tomates…

Antes de irse, Hijo temía que sin él reinaría el desorden. Yo, sin embargo, temía que a su vuelta encontrara mi cadáver parcialmente devorado por el gato y descubriera que nadie me había echado en falta. Ya se sabe que soy muy ermitaña y muy rara.

Escritora.

Y tengo plan de escribir, por supuesto.
Pero no voy a encerrarme a cal y canto. Quiero salir a tomar algo, o invitar a alguien a comer en casa, o propiciar encuentros entre viejos amigos, por ejemplo. No quiero ir a buscar a mis hijos al aeropuerto con la desesperación de un perrito atado a la puerta de la panadería.

Ellos están probando sus alas. Y yo tengo que aprender a vivir sola, para que cuando abandonen definitivamente el nido, nada lastre su vuelo.

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Hipólito, el suicida

por Robert Lozinski

Hipólito, el enfermo de tuberculosis de “El Idiota” de Fiodor Dostoyevski, quiere suicidarse espectacularmente, delante de todos, pero fracasa. Había cargado la pistola pero había olvidado introducir la cápsula*. Todos se ríen de él, de su gesto ridículo. Y aunque su intento de matarse había sido sincero y el fallo se había debido a un descuido al ultimar las preparaciones, como él mismo jura desesperadamente, nadie le cree. Es más, el público se enfada: del público se burlaron.

A nadie le importa lo que siente el joven de 18 años en aquel momento. ¿Cómo va a vivir sus últimas semanas de vida con una vergūenza tan grande: la de haber fracasado en el suicidio? Y lo que es peor todavía, ¿cómo va a soportar esa vergūenza después de morir? ¿Cómo hablarán de él cuando ya no esté presente?

Dostoyevski, condenado en su juventud al fusilamiento por sus ideas reaccionarias, pena conmutada, unos minutos antes de la ejecución, por otra de trabajos forzados, sabía lo que siente un condenado a muerte en los últimos minutos de su existencia. Dedicó a ese pensamiento fragmentos enteros de su obra: la súplica del perdón, el juramento desesperado y solemne a sí mismo, poniendo a la humanidad por testigo: si salgo de esto, seré distinto, no haré mal a nadie, no malgastaré ni un segundo de mi vida en cosas inútiles.

No es el miedo del hombre ante la muerte lo que asusta a Fiodor Mihailovichi, sino el incumplimiento de semejante promesa.

A Hipólito le castiga por intentar arrebatarse a sí mismo la posibilidad de sobrevivir. ¿De curarse acaso, milagrosamente? Suicidándose, el hombre rechaza la oportunidad del milagro. ¿Qué es la vida si no un deseo de aplazar cada vez más la muerte?

*(Cápsula fulminante que inicia la inflamación de la pólvora. En las pistolas antiguas se introducía por separado.)


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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El tonto de las flores

Miguel Pérez de Lema

Con el calor y la escasez de noticias de los periódicos se llenan cada verano de morralla, sexo encubierto, dietas, y tal. Pero entre que el oficio está chungo y hay que calentar la silla todo lo que el cuerpo aguante -otro día hablamos de lo de Cifuentes y las vacaciones optativas- y el hecho de que la epidemia de imbecilidad es un surtidor inagotable de ocurrencias mediáticas, uno no deja de asombrarse cada mañana ojeando titulares.

Hoy ha logrado su minuto de gloria un profesor de algo que anda muy ofendido porque le han echado de un templo por robarle las flores a un muerto. Y ahí que se ha hecho viral y ha entrado toda la peña de Internet a calentarnos la sangre un poco más de lo que corresponde a esta época del año.

La movida es que el templo es la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, y el finado, Franco. (Espacio para la reflexión).

Hace tiempo que venimos diciendo por aquí que en el desastre de la España del XXI, se han unido la crisis económica y la política, para propiciar el matonismo y envilecimiento moral del pueblo español.

Cualquier idiota, azuzado por la descomposición y el sufrimiento -generalmente suelen ser idiotas azuzados por el sufrimiento de otros, los sufridores en estas tierras siempre hemos sido mansos-, se viene arriba y como aquél que puso un revólver en la barra de un puticulb suelta su particular: “esta noche manda mi rabo”.

Poco importa que la chulería sea en forma de referéndum trucho, de comparecencias por plasma, de rodear congresos de los que uno mismo forma parte, o como en el último y chusco incidente, mediante el robo de las flores de un muerto.

Lo bueno, de momento, es que por más que aumentan las demostraciones de chulería, hasta ahora nunca se da de morros un chulo con otro tipo de signo contrario, y se lían a navajazos. Lo malo es que eso ocurre luego en la red, a base de twits, comentarios en las noticias, y blogs, como este mismo.

También hemos dicho en esta casa hace tiempo que la convivencia es imposible, y que lo único que evita que nos partamos la cara cada mañana unos a otros es la indiferencia. Apostamos, ante la cultura de la imbecilidad, por la cultura de la santa indiferencia.

Mientras nos dejen.

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PIS PRIDE

por Miguel Pérez de Lema

Las cosas son lo que son, y luego, ya si eso, lo que te cuentan. Y además está el cuidado que hay que tener con la pena de excomunión del modernario. Lo cual que hablamos de la movida que se prepara en Madrid -la ciudad con el centro más sucio, hacinado e intransitable de Europa- con lo de las carrozas trotonas de este año, que anuncian que va a ser el recopetín.

Si esto no se hiciera bajo la bandera que lo cobija, podríamos alertar cívicamente a la población del aluvión de meadas que se prepara sobre nuestros portales (hablan de que vendrían hasta 3 millones de personas decididamente resueltas a darlo todo). Pero como el terreno de juego está muy embarrado, nos preparamos para cerrar el pico y apretar los dientes, y esperar que la cosa no sea para tanto. En cualquier caso, nos quedaríamos muy solos porque este punto de vista no existe en la prensa y nadie hablará de nosotros cuando nos levantemos en una ciudad bombardeada por la basura.

Como la bandera en la que se envuelve esta romería del mal gusto es la bandera del bien absoluto, todo lo que ocurra se da por bien venido. Lo cual que a favor, en general, de lo que venga. Pero si nos preguntaran, contaríamos cómo el año pasado tuvimos que remontar a pie un extraordinario charco de orines en la calle Barquillo, a la altura de la Plaza del Rey, y cómo este sucio Madrid amaneció con una resaca de botellón nunca vista. Aquella noche, según entendimos, no regían las normas que prohíben el bebercio público y por las que cascan una multa de euros 600.

Celebrar el reconocimiento de los derechos civiles de cualquier persona que haya estado privada de ellos está bien, es una ocasión alegre y festiva con la que sólo un desalmado puede estar en desacuerdo. Este sería el fondo.

Sobredimensionar la representación una minoría, solapar lo público con lo privado de forma que a fin de cuentas no haya quien se haga responsable de los desperfectos, exhibirse de forma grotesca y animar al poco cívico madrileño a ponerse hasta las patas en la calle, no nos gusta. Esto se refiere a la forma.

A mentes más preclaras corresponderá analizar el camino entre el fondo y la forma de este fenómeno, sus complejos vericuetos, señalar sus trampas y despeñaderos, y sus gozosas regalías. Nosotros, todo lo más, hemos asomado un momento la naricita, con más miedo que vergüenza, para decir que el orgullo y el pis no deberían estar necesariamente vinculados.

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