Aunque sea en los recuerdos

por Robert Lozinski

La vi en un cruce. Era jovencísima, casi una niña. De todos los que esperábamos, algo atontecidos, la luz verde del semáforo, parecía la única que tuviera prisa.

Cruzó la calle casi corriendo. Los ojos, expectantes y llenos de ilusión, la guiaban a través de la multitud desocupada, perezosa. Daba la impresión de que sólo ella sabía, con precisión, adónde se dirigía.

Otro cruce. Otro semáforo. La emoción le hizo olvidar un poco la prudencia; un taxista viejo y feo le pitó.

Le vio desde lejos; fumaba tranquilamente.
Un hombre que se sabe amado por una muchacha así, puede permitirse el lujo de fumar tranquilamente mientras la espera.

Al verle, se escondió un poco, detrás de algo, para darle una sorpresa.

El abrazo y el beso fueron breves. Querían mirarse, decirse cosas, hacerse promesas. Promesas de amor sin fin, por supuesto…

Es el principio de su relación, la fase inicial;  de mirarse,  decirse cosas, creer que será para siempre. ¿Se amarán eternamente? Claro que sí. Nada dura más que el amor… Aunque sea en los recuerdos.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

 

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Amor fácil

por Marisol Oviaño

Hoy he comido con el hombre en la sombra en su casa. Y, fiel a nuestras costumbres, me he puesto el mandil en cuanto he soltado el bolso.

No era uno de esos días en los que quedamos por placer, no podía meterme en los fogones con calma, cerveza y buena conversación. Teníamos menos de una hora para hacer la comida y comérnosla, pues a las cuatro sonaría el telefonillo y tendríamos una reunión de trabajo en una mesa en la que todavía quedarían miguitas de pan.

Así que, mientras yo improvisaba con lo que iba encontrando en el frigorífico, él barría el salón. Aunque no le cundía mucho: el teléfono le sonaba cada dos por tres. El hombre en la sombra vive a cámara rápida; en un solo día habla con más gente que yo en una semana, y en una semana tiene más compromisos que yo en todo un año. Por eso yo soy escritora y él jefe de otros escritores y artistas varios. Él vive de reunión en reunión, de canapé en canapé, de país en país, de persona en persona; es un auténtico privilegio formar parte de su biografía.

Siempre que cocino para él procuro hacer de sobra, para que luego no tenga que prepararse la cena. Cuando ha entrado en la cocina a guardar el cepillo y el recogedor, los spaguetti negros ya estaban. Pero él es un tragaldabas y necesitaría comer algo más, de modo que le he hecho unos filetes de pollo y los he tapado con un plato sopero, para que no se le secaran mientras comíamos el primero. Le he dado un último golpe de fuego a los spaguetti, he servido los platos y nos hemos ido a la mesa.

Estábamos terminando de comer cuando ha sonado el portero automático a la vez que el teléfono. Él ha cogido el móvil, y yo he volado con los platos y los cubiertos sucios a la cocina antes de abrir el portal. El hombre en la sombra al fin ha colgado, ha saludado a nuestra socia, ha sacado el postre, ha hecho té y café, que hemos tomado charlando y, después, hemos empezado a trabajar.

Dos horas después ha tenido que echarnos, no recuerdo si tenía una reunión por Skype, un correo urgente o una llamada que no podía esperar. Yo he cogido dos autobuses y, aunque ya había dado la tarde por perdida, he abierto un rato. Después, me he venido a casa; he hecho una cena rapidita y me he tumbado en el sofá a ver una película. Para no pensar.

Los chicos se han ido a la cama mucho antes que yo. Cuando ha acabado  London Boulevard –que me ha gustado bastante por lo original del guión y lo acertado del casting-, he sentido la necesidad de escribir y me he puesto a ello.
Y, de repente, ha sonado un guasap en mi móvil.
Antes de mirarlo, sabía que era el hombre en la sombra.
Efectivamente.
Me ha mandado un mensaje sonoro con voz muy cansada: “Llevo todo el día currando. Después de que os fuerais, he seguido trabajando. Hasta ahora, que lo he dejado porque tengo hambre. Y digo, joder, no tengo nada. Y cuando he entrado en la cocina y he visto tus spaguetti, casi lloro de la emoción. ¡Qué ricos están! Y cuánto amor hay en ellos. Beso”.

Ojalá el amor fuera siempre tan fácil.

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La duda, la eterna duda

por Robert Lozinski
Fotografía: Bulgakov y Tolstoy
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Cuando decimos que un texto está bien escrito, expresamos una suposición; o tal vez nuestro deseo de que esté bien escrito. Bastaría con enfocar el mismo texto a la luz de otra intrepretación para que perdiera enseguida el encanto que le hemos dado. En uno de los numerosos diálogos de Soldados de Salamina, Antoni Miralles, ex-combatiente de la Guerra Civil Española pregunta al autor (Javier Cercas) “¿Cómo se llamaba aquel novelista americano que entró en París…?”

– Hemingway.
– Hemingway, sí. ¡Menudo payaso!

Se dice que, en cierta ocasión, Lev Tolstoy llamó a su Guerra y Paz: “un ridículo amontonamiento de palabras”.
En la obra de Mijaíl Bulgakov, “Maestro y Margarita”, El Maestro le hace reconocer al poeta loco Bezdomny que los poemas que escribía eran muy malos y le insta a que no escriba ninguno más. El poeta se lo promete.

“No así tiene que ser”, se queja Chejov a través de sus personajes, dándonos a entender continuamente que el camino es otro.

La duda, la eterna duda.

Los escritores suelen sembrar sus obras con indicios de su tormento, de la vanidad de su esfuerzo. Bulgakov, por ejemplo, transforma el procedimiento en un ejercicio literario genial. Otros autores sólo emiten quejas, repetidas a lo largo de páginas enteras; llantos de impotencia.

Durante la escritura lo mejor es no hacerse preguntas si no encuentras respuestas. Lo mejor es limitarse a narrar. Si tienes qué narrar.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Michel Houellebecq: “Los intelectuales abandonan la izquierda”

por Miguel Pérez de Lema

H. profetiza el fin de la dictadura progresista en Francia. Al menos, en el debate de las ideas, esta izquierda reciclada, biencomida y amenazante, no tiene nada más que decir. Apoltronados en los decadentes viejos periódicos, teles, cátedras y direcciones editoriales, son genuinamente reaccionarios y su único discurso es el de la censura y el chantaje emocional a todo el que ose amenazar el statu quo y señalar con el dedo que el rey está desnudo.

H. repasa la decadencia francesa de los últimos 50 años a través del anquilosamiento de la idea y el papel de los “intelectuales” de su país y demuestra que éstos ya no pintan nada, que su espacio lo ha ocupado un reducido grupo de escritores heterodoxos, subversivos, sin pedigrí oficial, que llevan décadas siendo señalados y excomulgados por el poder monopolístico del pensamiento blando.
Para H., el poder no es suficiente para ocultar la verdad y la Francia -Europa- progresista está vencida. Y con ella, sus guardianes oficiales, sus medios caducos y corruptos, y su expresión política. Sin embargo, en nuestra opinión, el cambio es improbable.

Tal como sabemos, el sistema electoral francés está blindado. La posible victoria del FN, la única fuerza al margen de la verdad oficial, en la primera vuelta de las próximas elecciones, se convertiría en el fracaso casi seguro en la segunda, con el amancebamiento del todos contra Le Pen, votando en masa a cualquiera que sea su oponente, sin ninguna convicción más allá que la de evitar el cambio. La de seguir viviendo en un mundo que ya no existe.
¿Quiénes son los reaccionarios?

H. no entra, astutamente, a valorar las perspectivas electorales ni toma partido por ninguna fuerza. Pero explica de forma convincente que el cambio ya se ha producido en el campo de las ideas y que la izquierda ha perdido. Entre la realidad ríspida y deprimente de Francia -Europa- y el discurso del flower power oficial, cada vez más gente asume que su propia percepción es la que cuenta. Sin embargo, nadie se atreve a especular cuándo y cómo el viejo poder, con sus viejas ideas y sus viejos guardianes, serán desplazados. Ni si ese cambio es posible dentro de un sistema de representación ideado para evitarlo.
¿Dónde están los revolucionarios?

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Una observación

por Robert Lozinski
Fotografía en contexto original: elitedaily
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Un rico puede parecer pobre; de él no se va a reír nadie. Pero de un pobre que se esfuerza por ocultar su condición y no lo consigue… se van a reír todos.

En el liceo de enseñanza secundaria donde doy clases hay chicos de familias ricas y chicos de familias que no lo son. Los chicos ricos hacen a veces ostentación de cierta negligencia en la indumentaria; pueden llevar la camiseta agujereada, el móvil con mil grietas, pero de ellos no se reirá nadie. Los chicos de condición económica modesta, por lo general, visten impecablemente y tienen teléfonos muy bien cuidados, siempre en sus fundas limpias, pero si cometen algún error en su vestimenta, ese error atraerá la atención de los demás. Se burlarán de ellos o les llamarán la atención con comentarios ofensivos.

Cuando se tiene algo en exceso –cualquier cosa: amor, dinero, salud- ese exceso se desprecia. Cuando se tiene lo justo o sólo un poco, ese justo, o ese poco se valora.

Pero no es sólo eso lo que ahora me preocupa. Me preocupa también la prontitud en burlarnos del débil y del pobre. Cuantos más somos los que nos burlamos, mejor nos sentimos. ¿Somos muchos? Entonces tenemos razón.

Al rico y al fuerte se les perdonan los errores más fácilmente que al pobre y al débil. Siempre ha sido así. Por eso el rico los comete y no les tiene miedo: porque tiene quien pagará por ellos.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Entre Lerma y Bilbao

por La mujer lúcida

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Tengo un padre y tengo un hijo. Dos perros que me han enseñado más sobre mi misma que muchos manuales de filosofía. Una persona con quien dormir y despertar es lo más emocionante del día. Una alumna cuyo progreso hoy ha logrado sorprenderme y una flores sobre un nuevo mueble de madera en cuyo salón convivo con proyectos, deudas y poemas. Tengo un nuevo libro en un viejo bolso robado y dos manos que se deslizan sobre el teclado. Frente a mí, hay un paisaje en lluvia que me acerca al mar y ayer recuperé las ganas de luchar. Tengo cincuenta años, unas botas marroquíes y unos vaqueros ajustados. Tengo amigos y enemigos, sueños y galletas londinenses sobre un microondas estropeado. Tengo la sensibilidad de disfrutar de Chopin en la banda sonora de un autobús de provincias. Tengo tanto que sólo he querido contarte este instante. A quién nunca tuve ni tendré; el amor no sabe de pertenencia sino de compartir en este momento efímero y casi perfecto de conciencia y agradecimiento.

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YO MÁS QUE TÚ

por Miguel Pérez de Lema

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-Se veía de venir.
-Pues sí, señora, esto estaba cantado.

La revolución moñoña, la dictadura del chantaje emocional, han estallado. Medio millón de criaturas han salido a las calles de Washington –y hasta unos cuantos por estas latitudes- a poner morritos porque han perdido las elecciones en Estados Unidos y no pueden soportarlo. El “porque yo lo valgo” es ya el agente contracultural más poderoso de la tierra, y va a hacer nuestra vida cada vez un poco más insoportable hasta que les demos absolutamente la razón en todo, y aun así, nos buscarán las vueltas porque no les prestamos suficiente atención.

Todo el tiempo. En todas partes.

-¿En España también?
-Sobre todo en España
-También son ganas.

El cambio de poder en las democracias está organizado de una forma bastante cabal, para que sean las masas las que decidan, y así, evitar la peligrosísima desafección de alguna facción con el resultado. Todos son igualmente convocados a opinar y el resultado es no es el de los ganadores sino el de todos y el elegido lo es por todos.

-¿Hasta por los que votaron en contra?
-Esa es la idea, señora.
-Pues sí que.

Pero en el nuevo mundo de lo orgasmático, emotivo, narcisista y hortera, las cosas funcionan de otra manera. La masa, es decir, una pequeña parte de la población que se amotina en torno a sí misma y monta un selfie de grupo de determinadas proporciones, y se ofrece como masa Premium, ya no responde a la lógica, no se aguanta, su no es no y la mayor prueba de que tienen razón es que la han perdido y a ver quién es el guapo que se lo suelta.

No se puede convivir sin cierto pálpito de miedo, de repulsión, de fastidio, en esta tormenta emocional constante, y no se puede hacer nada para mejorar la convivencia porque la verdad, la razón, la lógica y el juego limpio no pueden hacer más que enfurecer aun más a los auto proclamados como portadores de los auténticos buenos sentimientos.

-¿Así de mal estamos?
-La verdad es que estamos aun peor.

Estamos en otro punto. No es el momento del conflicto violento, ni de la comedida réplica, ni de los paños calientes, ni de aceptar pequeñas o grandes culpas falsas solo por no liarla. Estamos ya en el tiempo de la autodefensa final, en la ruptura, casi con cariño, con todo lo que nos grita en el oído su reproche demente e infinito.

Ya no escuchamos. No replicamos. Cambiamos silenciosamente de acera y nos rodeamos de aquellos que nos dejen vivir en paz, y a los que deseamos una vida lo más amable y pacífica e independiente de la nuestra que sea posible. Sin comanditas, sin consignas, pero con principios elementales en común. Y cuando llamen a votar, votaremos, siempre, en todas partes. Y a ver quien gana.

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El pavo de la abundancia

por Robert Lozinski

Fotografía en contexto original: Pinterest

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Gordon Ramsay, el famoso cocinero inglés, nos propone para la Nochebuena una receta de pavo relleno, con mantequilla y no sé cuántas cosas más. Cuando ya está casi listo, recubre cuidadosamente el bicho de lonchas de bacon y lo vuelve a meter en el horno donde lo deja una media horita más. Gordon lo llama “Arbol de Navidad”, debido probablemente a la cantidad de ingredientes que utiliza para su preparación y a las franjas de bacon colocadas horizontalmente, que recuerdan las guirnaldas.

Uno solo de todos los ingredientes bastaría para alimentar decentemente a un hambriento y hacerlo feliz: un trocito de pavo, una loncha de jamón con unas pocas cebollitas en aceite, una fina capa de matequilla en una rebanada de pan, una naranja, etcétera.

El pavo del chef británico es indecentemente exagerado. Es el espejo de nuestro modo de vida. El continuo deseo de satisfacer los apetitos ha adormilado los reflejos del sentido común: un fresón no sabe nada sin un baño de nata con azúcar; una manzana no se puede comer si con ella no se ha hecho previamente una tarta; el queso rallado no debe faltar en ningún plato ya bastante rico en otros ingredientes. Todo debe estar súperdulce, megajugoso, extracrujiente. Esto no es comida. Son caprichos estrambóticos de quienes no encuentran ningún placer en lo sencillo.

La felicidad es una sustancia adictiva; queremos que la sensación que nos provoca se repita más, y más, y más. Los tiempos dorados en que vivimos, sin guerras, hambrunas ni éxodos penosos, nos brindan posibilidades materiales que no han existido nunca en la historia europea. Por fin el hombre puede sentirse hombre y no perro callejero. ¿Queremos más? ¿Buscamos acaso la súperfelicidad? Yo no apelo a un sentimiento de culpa. Me pregunto simplemente cuánto nos va a durar la abundancia.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Feliz 2017

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: binkyabout

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Llegué el martes por la noche de Inglaterra, y desde entonces tengo la sensación de estar pasando unas vacaciones en la trinchera proscrita.

De un año para otro se me olvida que en los días que hay entre Navidad y Nochevieja no se vende un colín. Ni siquiera entra nadie a curiosear o preguntar, si acaso la cartera abre la puerta para leerme nombres de desconocidos por si acaso conozco a alguno y puedo decirle dónde vive. Anteayer, a última hora de la tarde, pasó una alumna a desearme feliz año y estuvimos charlando un rato. El resto del tiempo, soledad y silencio.

Así que aprovecho la quietud del aire, en la que el humo del incienso asciende recto hasta el techo, para hacer realidad el sueño de todo adicto a la lectura: disfrutar de una librería para mí sola. Estoy acabando la magnífica y necesaria Patria,  de Fernando Aramburu
; y leyendo todos los grandes cuentos de Manual de las mujeres de la limpieza , de Lucía Berlín ; os recomiendo ambos vivamente.

Antes de ir a Saffron Walden a pasar la Navidad, llevaba varios fines de semana trabajando febrilmente en un vómito que tiene pinta de ir a convertirse en un libro. Y como estos días no hay movimiento y no tendré clases hasta enero, me estoy permitiendo el lujo de escribir hasta bien entrada la madrugada. Después, me levanto a las 9:15, tomó un té leyendo la prensa, me doy una ducha rápida y regreso a la librería.

Así que por la noche escribo lo que la voz me dicta, y por el día releo y anoto lo que escribí hace semanas, para ir viendo qué estructura voy a darle a todo esto. También estoy viviendo el sueño de todo escritor.

Hoy tampoco espero que vaya a venir nadie por aquí, todo el mundo anda atareado con los preparativos de Nochevieja. A mí sólo me falta comprar un poco de salmón ahumado, algún queso rico y un paté, que cogeré cuando cierre y vaya a por el pan. Esta noche encenderé la chimenea, cenaré con mis hijos, tomaré las uvas con ellos y, cuando se vayan a sus respectivas fiestas, yo celebraré la mía sentándome a escribir.

Feliz 2017 a todos.

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Feliz Navidad

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Mientras escribo estas líneas, una joven reina Isabel me observa casi sonriente desde un billete de diez libras. La mesa está revuelta y he dejado las esterlinas ahí, de cualquier manera, porque el dinero extranjero no parece dinero de verdad. Aunque éste tiene tacto y sonido de papel. No como el euro, que parece de una tela mil veces lavada. Ni siquiera cuando está nuevecito suena a verdadero papel; simple y sencillamente se desliza más suavemente entre las manos, como cartas de una baraja recién desprecintada.

Tampoco los colores de las libras me resultan familiares, pálidos como si una niebla cocainómana los hubiera desgastado a lametazos. Anaranjados desvaídos, violetas elegantes, grises que no necesitan adjetivos. Sólo tengo billetes de diez y de veinte, no sé de qué colores serán los demás: soy la única española de mi generación que no ha puesto pie en suelo inglés.
“¿No has estado en Inglaterra?”, se admiraban mis coetáneos con la misma compasión que si les hubiera dicho que no sabía leer. Y yo contestaba lo  que Lola Flores cuando le preguntaban lo mismo.: “¡Y que Dios no lo consienta!”

Pero esta vez Dios no sólo lo ha consentido, sino que ha dispuesto mi viaje: mañana volaré a la Pérfida Albión para celebrar el nacimiento del Hijo. La Navidad es una fecha que reúne a las familias, incluso a las que jamás van a misa, y la nuestra estaba dispersa. La parte más ruidosa se fue a Cambridge hace un año, en el que los solterones (mi hermano y yo), los solteros (mis hijos) y la viuda (mamá) hemos disfrutado de comidas tranquilas y sobremesas en las que quien quería se podía quedar dormido en el sofá.

Sin embargo, no acabábamos a acostumbrarnos a tanto silencio. Todos echábamos de menos a esos cabroncetes ruidosos, y a sus padres, que seguramente ya no serán los mismos que cuando se fueron: la belleza de la vida radica en su perpetuo cambio. Y raritos como somos, decidimos darle la vuelta al anuncio del turrón; en lugar de esperar a que los expatriados vuelvan a casa por Navidad, seremos nosotros los que volaremos hacia ellos dentro de unas horas, la abuela invita.

Ella lleva allí varios días para dirigir el desembarco y nos manda guasaps para ponernos nerviosos. Mi hermana llama por el guasap para preguntar: “¿Estáis nerviosos?”. Ambas son viajeras profesionales y con frecuencia se cachondean de mí por mi aversión a los aeropuertos y la humillación que conllevan; supongo que imaginan que estoy atacada.

Pero la verdad es que no me he puesto nerviosa por nada.
En cuanto lleguemos al Adolfo Suárez me convertiré en Paco Martínez Soria y dejaré que mis hijos se encarguen de todo. Lo haré incluso en el aeropuerto de llegada, en el que me parapetaré tras ellos como si no hubiera estudiado unos cuantos años en el Instituto Británico. Así averiguaré in situ su nivel de inglés y comprobaré cómo se manejan en el gran mundo. Y allí nos estarán esperando, sólo tendré que subirme al coche y pegar la cara a la ventanilla para acostumbrarme al nuevo paisaje.
En estos días, no pienso ocuparme de nada.
Excepto de jugar con los sobrinillos, ayudar en la cocina, disfrutar de esas largas sobremesas que tanto nos gustan, hacer un poco de turismo, comprar alguna cosilla para comprobar que esas libras que hay sobre la mesa son dinero de verdad, y disfrutar del calor familiar en la tierra de Dickens. Que para eso está la Navidad.
Felices fiestas a todos.

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