Los hijos de Orwell

por Mujer Olmo

En 1984, ciento diez hijos de Orwell decidimos estudiar literatura en la Universidad de Deusto. La revolución inversa. Época de ocio y droga, cuando las drogas no eran de diseño sino un asqueroso líquido en una cucharilla aún más asquerosa y el ocio era sinónimo de desempleo. Tardes de charcos y lluvia y antros, el plan más emocionante era apuntarse a cualquier manifestación. La belleza de las luces de la ría reflejadas en el agua, noches de alcohol sin cinturón de seguridad. Circulo vicioso de lluvia, fuego en el contendor de la basura, gin kas casi sin hielo y hombreras, por lo menos en la margen derecha.

Bilbao era más que gris, olía a lluvia ácida, a acero oxidado, y las nubes se confundían con el humo de las chimeneas. De aquellos tiempos, conservo el gusto por los lugares industriales con sus cristales rotos y el ladrillo caravista, porque también crecía la hierba y, entre los escombros, había margaritas. Fueron también los momentos de mayor emoción y vértigo de mi vida: noches de caladas de canuto y besos en las aceras. Daba igual de qué margen se fuera, no importaba la clase ni la ideología entre los estudiantes de literatura. Bailábamos Kortatu e Itoiz con la ingenuidad con la que solo bailan los futuros poetas.

Alguien en algún lado salió de su invisibilidad para construir el gran Estado vasco. Todo estaba absolutamente polarizado. Todo era demasiado pequeño para no estar centrifugado por la lavadora de aquel momento en el que no existían ni dioses ni hombres en los que creer. Teníamos miedo pero no lo sabíamos. El terrorismo parecía un destino tan inevitable como la lluvia. Hacíamos autostop para ir a la playa en plenas mareas vivas, y cada día había momentos de remolino de gente en la orilla para ver si el ahogado pertenecía a su familia. En un mundo en el que nadie pedía auxilio, no había socorristas.

1984 solo se parecía a la profecia de Orwell en la estética. Y como aún no existía Internet ni la inteligencia artificial, pensábamos que 1984 sólo era una magnífica obra literaria de ciencia ficción. Aún creíamos en la fuerza de la palabra, la lucha y el amor.

Era un mundo móvil pero sin móviles: si te gustaba un tío, te pasabas la tarde esperando en el pasillo de tu casa a que sonara un teléfono que estaba colgado en medio del pasillo y abierto a todas las puertas de tu familia. Si te gustaba una tía era todavía peor: sólo funcionaba con telepatía. Entre los códigos existía la literatura, ciento diez humanos de todos los confines de la provincia se rebelaron decidiendo estudiarla cuando la palabra ya estaba muerta y se estaba resquebrajando lentamente el muro de Berlín.

Cada semana, los piqueteros cerraban el puente de Deusto que daba acceso a la única Universidad vasca en la que se podía estudiar letras puras. Se colocaban con sus pequeñas hogueras y sus pitillos y tiraban piedras a la policía. Años más tarde me di cuenta de por qué las imágenes de palestinos tirando piedras al ejercito israelí me han resultado siempre tan familiares. Si llegabas a entrar en la Universidad era muy difícil tener silla en aquellas aulas atestadas de mentes que buscaban una respuesta diferente: éramos demasiados y del excedente ya se ocupaba el sistema.

Entre las innumerable peroratas de lingüística y gramática generativa, existían profesores que aún sabían ponernos los pelos de punta con Ricardo Tercero y Beowolf. Y, entonces, las palabras escritas en tiempos y lugares antagónicos a nuestro presente caían como un bálsamo en nuestras mentes inquietas, ávidas de las grandes proezas de la literatura; nos convertíamos en publico sobrecogido por las artes dramáticas de quienes transmitían la fuerza de la historia de la humanidad a golpe de poesía.

La literatura era el canon, pero no nos dábamos cuenta. Y había momentos en los que no se oía ni la lluvia, ni las ambulancias ni las bombas, y los autobuses quemados parecían luminarias en aquella oscuridad no exenta de belleza. Cada filólogo es un lector, cada lector un peligro en potencia. ¿Lo sabíamos? ¿Cuantas mentes verdaderamente críticas salen de una promoción de filología? Nos arrolló el boom latinoamericano y nos gustaba la teología de la liberación, incapaces de concebir un mundo sin templos. Las mujeres no teníamos género, instrumento que nos fue concedido mucho más tarde. Hasta quinto de carrera asumimos que la literatura era un señor y que Orwell se había equivocado en su propio futuro literario.

La salvación no estaba en los proles, nunca lo estuvo.
Tuvieron que pasar muchos años más para dar la razón a aquel gran genio del futuro.
Hoy, en 2019, el propio Orwell se hubiera espantado de su clarividencia.

Publicado en General | Etiquetado , , | 1 Comentario

El piano

por Robert Lozinski

Fotografía en contexto original: blueskyrecording

A los siete u ocho años les dije a mis padres que me gustaba la música y que quería aprender a tocar el piano. Mis padres se asustaron al principio, pero luego se alegraron, ya que veían en eso la posibilidad de una futura carrera para su único hijo.

Tras hacer una prueba —que consistía en repetir con los dedos sobre la tapa de un piano un tamborileo que hacía el profesor—, en la escuela de música me dijeron que tenía talento. Así empezaron mis estudios. Como los había empezado ya un poco mayor, mi dijeron que debía cursar dos años juntos, algo que para un niño con mi talento, no debía suponer problema alguno.

Mis padres me compraron un “Riga”, un trasto muy caro y muy grande pero mi futuro de pianista justificaba claramente aquel gasto. En la escuela de música también cantaba en el coro. Tenía buena voz y en los conciertos de gala me ponían en primera fila para que se me oyera mejor. Me apunté también al grupo de instrumentos de viento, la fanfarria. Me asignaron un puesto de acompañamiento en segunda o tercera fila. El instrumento que yo tocaba tenía que emitir un “pum pa, pum pa” acompasado que, junto con otros “pum pa, pum pa”, formaba la base sobre la que se asentaba la melodía principal.

Sin embargo, mi supuesto talento no me salvó de las torpezas y de los tropiezos que, según dicen, sólo se superan con el trabajo. Para corregir los errores que cometía, mi profesora de piano me cogía el dedo culpable y lo golpeaba varias veces contra la tecla. Las puntas de los dedos, sobre todo en los adolescentes, son lugares sensibles y nerviosos, preparados para roces suaves y tiernos, de modo que el dolor que debía aguantar era bastante fuerte. Al tercer o cuarto año de mi aprendizaje musical envié a la mierda mi talento y dejé de ir a clases de piano. La excusa más frecuente era el dolor de la tripa. Prefería jugar al ping-pong, al baloncesto o a las cartas, fumar y probar el alcohol con mis amigos y compañeros de clase, o bien quedarme en casa sin hacer nada. A mi piano un día le rompí una tecla de un puñetazo.

Por supuesto, mis padres se enteraron de las faltas, pero nunca supieron el porqué.
El único resultado de aquel método de aprendizaje fue una crispación horrible durante los exámenes, un temblor de manos imposible de controlar y un miedo a hablar en público que no se me quitó del todo con los años.

Terminé mis estudios de música con un examen de mi instrumento de viento. Interpreté una partitura especial de “pum pa, pum pa”. Mi profesor, que conocía mi problema, me estuvo animando durante la prueba con sonrisas amistosas.
Por eso le dedico este cuento.

Publicado en General | Etiquetado | Deja un comentario

Mi perspectiva de género

por Marisol Oviaño

El hombre en la sombra me ha mandado un artículo que quiere que lea: ¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos? de Claire Dederer

No es un buen artículo, ni siquiera se centra en el tema.
Empieza hablando de los creadores monstruos que se acostaban con jovencitas —el peor de los pecados, según parece— y acaba hablando de lo difícil que es ser madre y escritora. Por el camino, se despacha a gusto contra Woody Allen, que salió absuelto de todos los cargos que le imputaban. Hay una entrevista muy jugosa a otro hijo de Mia Farrow en la que el muchacho asegura que Woody Allen era un buen hombre y que, en cambio, Mia era un monstruo manipulador y maltratador. Pero eso no lo publicarán en El País, así que os la enlazo yo: el caso woody allen…

Dederer establece paralelismos entre Soon Yi y la Tracy de Manhattan
hasta tal punto que, a pesar de que había sido una de sus películas favoritas, cuando intenta volver a ver Manhattan siente arcadas.

Espérate un momento. Claire tendrá mi edad y debe de ser una mujer de mundo. ¿De verdad le escandaliza que una chica de diecisiete tenga una relación con un hombre mayor? Dice que es escritora, ¿a los 17 no se sentía atraída por hombres mayores cultos, educados e interesantes?

Yo sí.
Y diría que todas las chicas en algún momento se sienten atraídas por un hombre mayor: un amigo del padre, un profesor, un entrenador… La curiosidad es innata al ser humano, sin ella seguiríamos en las cavernas.

Yo me inicié en la vida con hombres mayores que yo. A mí me aburrían los chicos de mi edad, que no tenían nada que enseñarme y solo sabían hablar de su moto o del último pedo que se habían cogido. Sin embargo, de los hombres hechos y derechos aprendías mucho. Ellos te abrían la puerta al mundo de los adultos, el mundo real. No era solo la experiencia sexual —que también—; eran las conversaciones profundas, los libros que te regalaban, los restaurantes, los pubs de música tranquila, la gente que conocías…

Uno de ellos solía llevarme a una selecta tertulia en el Gijón en la que había apellidos muy importantes, desde escritores a ministros. Yo siempre saludaba, pedía una cerveza y escuchaba en silencio . Sabía que estaba fuera de lugar, que me llevaban allí casi como a un trofeo, y trataba de pasar inadvertida para que nadie señalara la inconveniencia de mi presencia. Una noche, cuando él y yo nos disponíamos a marcharnos, uno de aquellos hombres insignes me guiñó el ojo y le dijo: “¡Además de guapa, inteligente! ¡Cómo escucha!”. Él me miró sonriente: “Le encanta aprender”.

Me enseñó a creer en mí misma y me dio alas.
Pero para Dederer, solo es un monstruo.
Para mí, un maestro generoso.

Publicado en Contra la ideología de género, General | 2 comentarios

Madrugada de verano de un viernes de julio

Aunque las tres de la madrugada, hay gente hablando en voz alta en la calle.
Verano.
El calor aprieta
las ventanas están abiertas
la gente sale
y se despide sin prisa.

Cuando se meten en los coches
y se van,
devuelven a esta calle
su silencio de autopista.
De playa en la que mueren las olas.

Publicado en General | Deja un comentario

El miedo de la escritora

por Marisol Oviaño

Llegas a casa cuando todo el mundo se ha marchado.
Hoy no hay que hacer cenas.
En el salón te han dejado una luz encendida, para que no te tropieces a oscuras con el gato, que también ha cenado. Pero todo está en silencio, el gato no ha salido a recibirte. Mejor, piensas encendiendo el ordenador, así me abro una cerveza y me siento a escribir.

Llevas toda la semana trabajando en la que deseas que sea la última vuelta a Cuestión de supervivencia. Y aprovechando que este viernes no ibas a cambiar el escaparate, has pasado toda la tarde metiendo las últimas correcciones.

Hace unos meses, el hombre en la sombra y tú comisteis en tu casa y, después, bajasteis a la trinchera proscrita. El plan era ver las anotaciones que él había hecho en tu novela. Casi todo lo que sabes de análisis y corrección lo has aprendido de él, su opinión es muy importante para ti.
Pero no sólo por eso.
También es uno de tus mejores amigos y, además, tu socio literario.
La única persona a la que puedes llamar cuando sales de un trance.
La única que podría entender a la escritora y hasta explicarla, porque el cabrón tiene un don para la frase breve, hermosa y contundente.

En Seduciendo a dios te dio cobertura emocional, profesional y capitalista.
Los dos habéis invertido mucho en tu obra pensando que no sería rápido, pero creyendo que algún día recuperaríais el tiempo, el esfuerzo y hasta el dinero.
Por qué no.
Otros peores que vosotros lo han hecho antes.
Y en esta última década habéis aprendido mucho.

Tú, a tener paciencia. Él, a encontrar la palabra precisa para ayudarte.
La última vez que lo intentaste, hace cuatro años, resumió tu fracaso en una frase.
Le falta verdad.
No tuvo que decir nada más, sabías que era cierto.
Y cuando el otro día viste las pocas anotaciones que había hecho en Cuestión de supervivencia, tuviste miedo de preguntar.

—Qué pocas notas, ¿no?
—Sí. Te ha costado muchos años, pero ya lo tienes.

Entonces archivaste el documento en la carpeta correspondiente y lo has dejado dormir varios meses.
Hasta hace unos días.
Hoy te has quedado en la trinchera proscrita metiendo correcciones hasta las diez de la noche. En un par de horas has llegado a la página cien. Te queda muy poco y quieres dosificártelo. Así que has apagado y te has subido a casa.
Hoy no hay que hacer cenas.
Ahora toca disfrutar del vértigo.
El miedo vendrá después.

Publicado en General, Literatura | Etiquetado , , | 1 Comentario

La generación perdida. Los españoles ganan lo mismo que hace 20 años

por Miguel Pérez de Lema

Mejor no pensar mucho en estas cosas, porque corre uno el riesgo de acabar disparando desde una azotea. Pequeño hombre blanco, querida empoderada cuarentona, os han robado la vida y no os habéis coscado. Sois la generación del fin del mundo, emparedada entre dos siglos, entre dos civilizaciones, entre una época de esplendor inigualable y otra de posibles delicias automáticas que si llegan, os pillará demasiado viejos y asqueados para disfrutarla.

En 1998, cuando erais jóvenes -ya no lo sois, hace mucho tiempo que no lo sois, la mayoría de vosotros ni siquiera sois conscientes de esto-, cuando erais alegres muchachos pro europeos que habíais cumplido con vuestros estudios, os emparejabais,  encontrabais vuestros primeros curritos, los salarios no eran ninguna bicoca pero todavía os daban para pensar en llevar una vida apañadita. El plan era empezar desde abajo y confiar en ir mejorando. Sonaba creíble porque el cotarro había funcionado así hasta que llegó vuestro turno.

Pues bien, queridos merluzos, hoy, esos salarios son exactamente iguales. No habéis prosperado ni cien pavos en 20 años.

Pero esperad, que en realidad es peor. En estos 20 años, habéis dejado de usar pesetas para adaptaros a la moneda alemana –a la que llamaron euro para despistar a los panolis como vosotros-, y habéis aprendido a disfrutar del lujo de tener los mismos precios que el país más rico de Europa. El café pasó de costaros100 pesetas a costaros un euro. Os lo explico más claro: el coste de la vida subió un 66% y vuestro salario nada, parguelas.

Por si queréis saberlo, el salario de ellos, los verdaderos europeos, ya era mucho más alto en 1998, ha aumentado un 15% en este tiempo, y sus precios han subido mucho menos que los vuestros. Bang, en tu cara.

Vale vale, ya lo sé, muchos de vosotros vais a venir con que a vosotros os ha ido bien y habéis prosperado. Que sois funcionarios o lo que sea. Pero sabed que estáis encadenados a un muerto y os vais a pudrir con él. Pensad que si el dato de 0 crecimiento es la media, por cada euro de más que habéis ganado, otro panoli de vuestra generación lo tenido que perder, y os han subido los impuestos para cubrir lo que él no cubre, y más que os los van a subir. Y a eso hay que añadir el asco, el malestar, la peste que os rodea. El auténtico bienestar, la paz de espíritu, es vivir en un país en que los demás también están a salvo, pero vais a convivir para siempre con la cochambre. La pobreza deprime y enferma, pero mata demasiado lentamente.

Así que dejad un rato el Tinderdeloscojones y atended a lo que se viene. Se os viene más presión, más soledad, más ruina y nada de compasión. Porque si creéis que lo peor ha pasado sois tan tontos que os merecéis lo que os va a pasar. Sabed, criaturas, que no sólo no habéis prosperado sino que para manteneros en la farsa vuestro país se ha entrampado hasta el cuello de deudas que son para siempre, una pella que va impedir cualquier posibilidad de que algún día, tal como os prometieron, la vida sea sencilla, amable, cómoda, europea. Y el que os diga lo contrario solo puede empeorar el panorama, joder lo que a duras penas funciona, acelerar para meter al país en Mad Max. Estáis en el horno y cualquier intento de escapar sólo puede ayudar a subir la temperatura.

Cuando os jubiléis, esto es, cuando seáis demasiado viejos para seguir siendo útiles, lo haréis en condiciones miserables porque vuestra generación es una maldita plaga y no habéis sido capaces de engendrar la siguiente en la cantidad necesaria para que os sustituyan en el remo.

Faltará gente para manteneros, y además los mejor preparados llevan años largándose de esta pesadilla y muchos más seguirán haciéndolo, y los que vienen de fuera ocupan trabajos de mierda con salarios de risa que cotizan al Estado unaputamierda.

El sistema del bienestar habrá nacido y muerto en una sola generación, la de vuestros padres, y no la habréis catado. Pedazo de subnormales.

Publicado en General | Etiquetado , , | 1 Comentario

Compañeros

por Marisol Oviaño

Hacía tiempo que  no pasábamos un rato las dos solas, pues casi siempre nos vemos por inercias familiares que reúnen a más gente. Y en principio, hoy iba a ser una de esas ocasiones, pues venía a comer a casa con sus nietos y conmigo.

Pero  tras una breve sobremesa, Eude se ha retirado a sus aposentos. Y su hermano jugaba al fútbol a las cinco. Así que, cuando mamá y yo nos hemos quedado solas, hemos quitado el mantel de la mesa y nos hemos mandado mudar a los sofás, donde hemos hablado largo y tendido. De los achaques y la vejez, del colectivismo y la ambición individual, de mi madrina —que se cayó la semana pasada—, de que mi bambú tiene veinte años y está hecho un asquito —¿cuántos años vive un bambú que compras en el chino?— y de que ella no puede tener plantas en la terraza porque se le achicharran. Cuando se ha marchado, he sentido la imperiosa necesidad de bajar a la trinchera proscrita a escribir sobre todo lo que he aprendido ella.

Siempre tuvo claras sus prioridades: nosotros y nuestro padre. Sin embargo, podría haberse limitado a hacer lo que casi todas las mujeres de su generación: cuidar de los niños y la casa y tomar el café con las amigas. Pero esos zapatos le quedaban pequeños.

Si me calzo los míos de niña, la veo haciendo siempre cosas que las otras madres no hacían: estudiaba, aprendía inglés, hacía régimen, iba al gimnasio, llevaba pantalones vaqueros y, a veces, fumaba.  La recuerdo yendo a sus clases del PPO, estudiando con apuntes de varias de carpetas, haciendo ejercicios de mecanografía, pidiéndome que le hiciera un dictado para la taquigrafía… Más tarde, ella acabaría trabajando con mi padre, y fue entonces cuando ascendimos en la escala social. Pero nunca dejó de interpretar el papel de matriarca.

Papá era el único que se libraba de las tareas de la casa, y para mamá habría sido fácil seguir la inercia y propiciar que mi hermano no participara en las labores “femeninas”. Pero impuso que todos los hijos nos hiciéramos la cama, ayudáramos a recoger la cocina y a adecentar el jardín. Yo sólo recuerdo un asunto en el que estableciera diferencia entre las chicas y el único chico: cuando éramos pequeños y pasábamos el verano en la sierra, a la hora de la siesta nosotras teníamos que aprender a coser y él no; a él le ponían a leer. (Nosotras éramos grandes lectoras, pero el benjamín entonces parecía sentir alergia por la lectura). Y realmente no puedo verlo como una discriminación, sino como un regalo: ¡la de veces que habré salvado ropa gracias a que ella me enseñó a coser!

A los tres se nos exigía que sacáramos buenas notas, y a todos se nos alentó a estudiar una carrera. Pero mi hermano, además de por las aspiraciones de nuestra madre —que nos afectaban a todos por igual—, se veía presionado por la ambición de nuestro padre, que le consideraba su heredero natural en la empresa. La construcción era —y sigue siendo— un mundo de hombres; a papá nunca se le habría pasado por la cabeza aprovechar nuestras vacaciones escolares para llevarnos a Silvia o a mí a la fábrica y las obras. De los tres, sólo Paco tenía esa carga. Por ser hombre.

La vida de los hombres no es tan fácil como las feministas radicales la pintan. La vida no es fácil. Nunca. Para nadie. Por eso buscamos alguien que nos complemente y que trabaje codo con codo con nosotros para construir nuestro lugar en el mundo. Y, para que eso funcione, ambas partes tienen que saber cuál es su función en la familia, hasta dónde se puede negociar y cuándo es mejor ceder. La pareja no es un campo de batalla, sino una alianza.

Y cuando miro a mi madre, que supo luchar por sus derechos sin dejar de cuidar de los suyos, comprendo cuán alejado de la realidad está el feminismo actual, que nunca habla del amor. La nueva ola feminista pretende convertir las diferencias entre hombres y mujeres en agravios contra la mujer y, por supuesto, considera la maternidad como un lastre con el que los hombres nos castigan. Como si la mayoría de nosotras no sintiéramos la necesidad de tener hijos a los que amar.

Ser madre es difícil, sí, y cuando los niños son pequeños, puedes sentirse fagocitada por ellos, ¡que me lo digan a mí! Las responsabilidades de la maternidad no terminan ni cuando los hijos son adultos, pero es en ella donde reside nuestro verdadero poder: todos necesitamos el amor incondicional de una madre. Sin él, siempre tendremos miedo a volar.

Además, nos coloca en un lugar preeminente en la familia, desde la que extenderemos redes afectivas que lleguen más allá de las paredes de la casa: los abuelos, los primos, los tíos, los sobrinos, los cuñados, los padres de los compañeros de colegio de nuestros hijos, los amigos… Nuestra facilidad para crear vínculos con otros nos diferencia de los hombres. ¿Por qué habríamos de renunciar a ella?

Por eso no entiendo un feminismo que, en lugar de trabajar para mejorar la complementariedad entre hombres y mujeres, pretende obligar a la mujer a usurpar el papel del hombre incluso aun cuando ella no quiera.

No me interesa un movimiento que demoniza al otro sexo, porque he crecido en una familia en la que todo el mundo desempeñaba su papel y he tenido una madre trabajadora, madre y compañera de su hombre.
De ella aprendí a ser independiente, sí.
Pero, sobre todo, a ser yo también refugio de los míos.

Publicado en Contra la ideología de género, General | Etiquetado , , , | Deja un comentario

La píldora roja

por Marisol Oviaño
(El título, tanto de este artículo como del documental que hay al final, viene de la película Matrix, cuando a Neo se le da a elegir entre tomar una de dos píldoras. La azul le permitirá olvidar lo sucedido y permanecer en la realidad virtual de la Matrix, la roja lo liberará de ella y lo conducirá al mundo real).

Mi hija y ella se conocen desde el instituto y están madurando juntas. Es decir, en todos estos años se han divertido, han compartido problemas y confidencias, se han apoyado la una a la otra en situaciones difíciles, se han peleado, se han gritado, se han colgado el teléfono, han quedado para hacer las paces, se han vuelto a abrazar… Las mujeres ya sabéis a qué me refiero. A los hombres os sonará a chino: somos afortunadamente diferentes.

La habíamos invitado a cenar tortilla de patata en casa, y llegó cuando estaba cuajándola. Cada vez que la veo, celebro la radiante belleza de su juventud. Alta y rubia, tiene un tipazo, unas interminables piernas y una guapura muy simpática, con personalidad. Y, además, es inteligente. No era primera vez, ni será la última, que compartíamos una tortilla y una buena charla.

— Puedes estar bien orgullosa de mí —dijo cuando nos levantábamos de la mesa y se disponía a coger el abrigo—, que me he leído un libro.

Las nuevas generaciones de mujeres llegan a los 25 con un abultado currículum fiestero, viajero y sexual, pero con poca capacidad de análisis. El sistema educativo, ese que las adoctrina para que se echen a la calle a repetir consignas sindicales, no les ha enseñado a pensar. Y la velocidad y omnipresencia de las nuevas tecnologías —que las mantienen continuamente conectadas al ruido— dejan poco espacio para la reflexión individual. Casi ninguna lee, las pocas que lo hacen suelen decantarse por novelas entretenidas; y ni siquiera las poquísimas que lo hacen porque sienten la necesidad de aprender se salen del carrilito mainstream marcado por Twitter, Instagram y el telediario que ven mientras cenan. Así, ninguna se da cuenta de que hay algo raro en que sea el Gobierno —y sus asociaciones afines— quien las llame a participar en una huelga feminista. Ahora bastan muy pocas palabras para activar a la juventud, que, por biología, es revolucionaria. Y en la revolución vamos todos cantando cogiditos de la mano, pero no se tolera la disidencia.

—¡Ah! ¿Sí? —pregunté agradablemente sorprendida: siempre he pensado que era una pena que ella, con su potencial, no invirtiera más en amueblar el cerebro—. ¿Qué libro has leído?
—El de Leticia Dolera.

Señor, llévame pronto. Hay jóvenes del precariado que se dejan el dinero en engordar la máquina que acabará destruyéndolas. Porque todo esto no va de feminismo o machismo, ni de izquierdas o derechas, va de supervivencia. Pero no tuve tiempo de desarrollar la idea.

—Podías recomendarme alguna autora feminista.
—Uf, feminismo… Podría recomendarte a algunas autoras, pero no te gustarían.
—¿Por qué no?
—Porque están contra el feminismo que os están metiendo en la cabeza.
—¿Pero por qué? Feminismo es igualdad —dijo sonriendo como si la sola enunciación de esa frase fuera estupefaciente.

Me habría gustado hablar tranquilamente, pero antes de que pudiera hilar dos frases, comenzó a gritarme. Me sorprendió tanto aquella agresividad —impropia de ella, pero aprendida del feminismo radical—, que yo también respondí a gritos. Mal hecho, se supone que la veteranía es un grado y yo, además, me gano la vida enseñando a los otros a ver lo que no pueden o no quieren ver.

Ella sólo tenía el argumentario oficial para defender su postura y, además, no se lo sabía muy bien; lógico: la gente normal no tiene tiempo de andar leyendo, investigando y rascando en la superficie para ver qué hay detrás. Pero asusta ver hasta qué punto la ideología de género se está extendiendo como una mancha de aceite entre las mujeres: el hombre es malo por naturaleza, en España la violación no es delito (¡!) y las mujeres no tenemos los mismos derechos que los hombres, no existen las denuncias falsas… Incluso creen que las diferencias biológicas entre hombres y mujeres son imposiciones del heteropatriarcado.

Lo bueno es que no resulta muy difícil mostrar el sinsentido y las contradicciones de toda esta histeria subvencionada. Ella negaba que los hombres tengan una sexualidad diferente a la de las mujeres, pero, al mismo tiempo, afirmaba que la violación no es sólo que un desconocido te asalte en un portal, sino también que tu marido se ponga pesadito cuando tú no tienes ganas de sexo.

—Pero, ¿no habíamos quedado en que la sexualidad entre hombres y mujeres no es diferente? Y, si no es diferente, ¿por qué son siempre ellos los que quieren más sexo y nosotras las que no tenemos ganas? Pues porque somos diferentes.

Por fin conseguíamos llevar la conversación a un tono más pausado, y yo empecé a explicarle que este feminismo de nueva ola ha convertido las diferencias entre hombres y mujeres en agravios a la mujer, ha magnificado las necesidades de ellas hasta convertirlas en derechos inalienables que aniquilan los derechos de ellos, ha obviado las necesidades de los hombres y no tiene en cuenta ni un solo aspecto positivo de la masculinidad. Pero entonces le sonó el teléfono y tuvo que marcharse. Sentí que nuestra charla se hubiera visto interrumpida tan abruptamente, y nos dimos un buen abrazo de despedida.

—Me encanta discutir —sonrió.
—A mí también —admití.

Al final, se marchó sin que le recomendara ningún libro.
Y creo que, en el fondo, ella quiere aprender.
Pero para aprender hay que tener la mente abierta. Si miras por un solo ojo, sólo tendrás una visión parcial.
Empezaremos por algo facilito:

Publicado en Contra la ideología de género, General | Etiquetado , , , , | 1 Comentario

Escaparate

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: studioescaparatismo

En los veinte metros que separan mi casa de la trinchera proscrita, la inclemente ventisca me ha llenado de nieve los cristales de las gafas. Entro y cierro la puerta corriendo. La ira de Dios queda al otro lado del cristal, y me recorre una corriente de placer; como cuando de niña jugaba al escondite y me ponía salvo tocando la pared y gritando “¡Casa!”.

En la calle hace un frío que encoge los pulmones, seguro que hoy no viene nadie por aquí.
Mejor.
Quiero cambiar el escaparate, y antes tengo que terminar de picotear los libros que han llegado esta semana.

El proceso por el que determinados títulos acaban expuestos a ojos de los viandantes, es largo y laborioso. Hacer el pedido me lleva varios días: busco información en suplementos culturales, en blogs literarios y en páginas marginales de críticos furibundos; leo los capítulos que cuelgan algunas editoriales y y también visito la sección de novedades de las distribuidoras.

Cuando al fin llegan las cajas, invierto un buen rato en cotejar su contenido con el albarán y en dar de alta cada libro en el sistema, trabajo aburrido donde los haya. Después empieza lo bueno, las horas que dedico a picotearlos para terminar de hacerme una idea, y para buscar un párrafo significativo. Cuando lo encuentro, lo copio en el ordenador con una letra grande, añado el título y el autor, meto todo el texto en un recuadro, lo imprimo, lo recorto, lo pongo sobre un trozo de cartulina que haga de marco, y lo pego en el cristal del escaparate.

– Eso es tu valor añadido -dijo un día el hombre en la sombra.
No sé si lo será, sólo sé que es un currazo.

Por suerte, hoy la ventisca mantiene a la gente en sus casas y puedo disfrutar del picoteo con tranquilidad. Con música suave, envuelta en el olor del incienso, concediendo a cada libro la oportunidad de atraparme.

El viento sigue enseñoreándose de esta noche desapacible que, en realidad, sólo es el final de la tarde. Por la calle sólo pasa la gente que va a la Farmacia, para la que este tiempo es sinónimo de temporada alta. A las ocho y media, Mili pasa a despedirse.

—No ha entrado nadie en toda la tarde —me dice con ese gesto tan rubio suyo—. Me voy a casa, que estoy agotada. Nos vemos mañana.

Si me apuro y me quedo hasta las diez, puede que me dé tiempo a todo.
Pero minutos después de que Mili se haya ido, la puerta se abre y da paso a una mujer que conozco. Entonces sé que hoy cerraré sin haber montado el escaparate.

Publicado en General | 1 Comentario

Conversación entre un moro ateo y una católica no practicante en el día del Señor

por Marisol Oviaño

Me gusta bajar los domingos a por el pan, el ambiente en el pueblo es totalmente distinto al del resto de la semana. Es el día de las caras nuevas: las de quienes viven en las urbanizaciones de las afueras y trabajan en Madrid, las de los que se acaban de instalar en el pueblo y sólo conocen los bares de la zona peatonal, las de los forasteros que han venido a pasar el día aquí… Las terrazas suelen estar llenas de familias con niños y la gente está más relajada y parece feliz, como si sólo fuéramos figuración de una comedia romántica. Da gusto andar entre tanto buen rollo.

Pero hoy estoy un poco griposa y mis hijos comen fuera, no faltan ingredientes para una gran comida, solo tengo que ir a por el pan; así que limito mi paseíto dominical a los cincuenta metros que me separan de “La infanteña”. A pesar de que sólo es la una, ya no les quedan barras normales, y pido una de candeal relamiéndome: son mi vicio, pero demasiado caras para comerlas a diario. A la vuelta, paso por la trinchera proscrita para encender el radiador del aula como hago todos los domingos. (Quienes me leéis, ya sabéis que paso las tardes dominicales escribiendo aquí).

Cuando estoy cerrando la puerta, me encuentro en la calle con H., que viene de comprar el pan como buen jubilado. Asiste a uno de mis talleres desde hace un par de años y, aunque cuando hablamos de política siempre discrepamos, nos llevamos muy bien: ambos somos amantes del buen vino y tenemos sentido del humor. Él, además, una luminosa sonrisa, que enciende cuando me uno a sus pasos.

— ¿Qué? —sonrío guasona a modo de saludo— ¿Ya te han mandado a hacer la compra?
Con idéntica guasa, H. levanta los dos brazos, para que quede constancia de las bolsas que carga.
—¡Y mi mujer en el campo, dando un paseo!
—Para que luego se quejen las feministas.
—La mía, encima, tiene un marido moro —dice desorbitando los ojos de manera cómica—. ¡La que liarían si me vieran en mi pueblo!
—Bueno, convengamos que tú no eres un moro típico —contesto sacando las llaves de mi portal—. Si todos fueran como tú, otro gallo nos cantaría.

Los dos nos echamos a reír y nos despedimos.
Y ahora, mientras cuajo una tortilla de alcachofas, pienso en las ironías de la vida.
Tiene gracia que sea un moro ateo el que me esté ayudando, sin saberlo, a recobrar una astillita de fe en el ser humano.

Publicado en Contra la ideología de género, General | Deja un comentario