Un ojo por un croissant

por Robert Lozinski

En el patio de la escuela dos niños jugaban al fútbol con un croissant. Les llamé la atención diciéndoles que aquello era para comerlo y no para patearlo. Uno de ellos me contestó con desdén: “Nos lo vamos a comer después”. Quise decirles algo, explicarles tal vez… pero no lo hice. “Sí, chicos, lo vais a comer”, pensé, no obstante, para mis adentros. Todos terminamos por comernos, tarde o temprano, lo que pisamos, escupimos, ensuciamos.

¿Pero de dónde viene este desprecio por la comida? ¿Cuál sería su origen? ¿La abundacia? ¿La mala calidad de lo que comemos? ¿La falta de hambre, de hambre verdadera, prolongada, enloquecedora?

Seguro que estos niños lo vieron hacer en sus familias. Vieron cómo sus padres tiraban la comida a la bolsa de la basura, cómo en el frigorífico se estropeaban los alimentos, amontonados y olvidados, y que olían mal, cómo los restos del plato, comestible hace poco, se podían transformar en seguida en desperdicios.

Mi abuela me solía decir que en el plato dejo mi fuerza. Eso se les decía a todos los niños. Los niños no preguntaban qué quería decir la expresión. ¿Cómo que se dejaban la fuerza en el plato? Los niños antes no hacían tantas preguntas. Acababan la comida todo serios, decían “gracias”, y se iban a sus cosas.

Sí, el alimento es la fuerza del hombre. Imaginémonos un día sin comer. Imaginémonos una guerra, una hambruna. Tres días sin probar bocado y por un croissant pisoteado seríamos capaces de sacarle un ojo a cualquiera.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Si Podemos no odiase a España

Miguel Pérez de Lema

15m.jpgAlgo salió mal. La alegre muchachada de la Facul de Políticas estuvo cerca, casi lo logra, pero se pasó su oportunidad. Las revoluciones mueren en el descanso, se acomodan, se envilecen, maduran y luego se pudren.

Estuvieron cerca. Jugaron como nunca y perdieron como siempre. Esta vez España tenía ganas, de verdad que España quería una catarsis, un nuevo pacto, una purga del alma porque estaba ahogada en el asco y la miseria. Y allí estaban ellos, oportunos, en el momento y el lugar apropiados, pero fallaron.

Venían demasiado resabiados, cargados de odio y consignas extravagantes, y venían, sobre todo, carentes de España. El gen comunista, y su degradación moderna, con toda su semántica estúpida, su ideología de género, su animalismo, y sus mil frivolidades minoritarias, pudieron más que el verdadero llamado a hacer el nuevo pacto nacional, urgente y necesario, que se respiraba en las calles.

Si venían envenenados de odio a España ¿Cómo creer en su amor por los españoles?

El cáncer comunista, como el odio ultramontano de los cruzados, no cuajó nunca en España. Y esta vez, tampoco. En lugar de ofrecer la concordia y ganarse la verdadera mayoría social del país, la de los que a pesar de todo se sienten España porque España son ellos, se arriscaron en posiciones fáciles de conquistar pero con muy poco valor estratégico para una victoria total, las plazas fortificadas del separatismo.

Enfermos de su odio a España, con la inocencia de desconocer que España es los españoles y su orgullo, no ganaron el amor fraterno de los de abajo con los de en medio y los del norte y el este con el sur y el oeste, construyendo una mayoría amplia, de todos, territorio a territorio, sino que vieron la oportunidad cortoplacista de hacerse fuertes allí donde más acendrada está la enfermedad del odio a España.

Campeones del odio, de la traición, llenos de malos sentimientos, manías, prejuicios, vaguedades, y escaso amor por el trabajo, fueron incapaces de liderar a la mayoría de ciudadanos que se afirman en su vida diaria en la generosidad, el sentido común, el buen vino y el trabajo durísimo.

Y España dijo no.

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Don pedro sangre

por Robert Lozinski

Leí La Odisea de Capitán Blood cuando tenía 12 o 13 años. Todo en esta obra es encantador: Peter Blood, elegante y valiente moreno de ojos azules, licenciado en medicina y pirata por obligación; Arabella, hermosa y rica muchacha criolla; las batallas en el mar, los paisajes del Caribe, de la Isla Tortuga, de Maracaibo, Jamaica y Cartagena. Y hasta los piratas, borrachos, andrajosos y siempre pendecieros pero sin miedo al peligro ni a la muerte. Y por supuesto el amor que surge entre Peter y Arabella, sometido a lo largo de la aventura a todo tipo de pruebas, amor que al final acaba, como es lógico, en una resonante boda.

El personaje nefasto, horriblemente representado es el español. Forma una aglomeración estrafalaria de sujetos a cual más sanguinario, miserable y cruel. El español es, en la visión del escritor, ejemplo de canalla, totalmente falto de escrúpulos a la hora de poner en la práctica cualquier vileza, y extremadamente olvidadizo de su promesa o palabra de honor. El relato fluye con una especie de resignación objetiva: ¿qué le vamos a hacer?, así ocurrieron las cosas, así se las hemos contado.

El lector, más o menos informado, podría pensar que el deseo de su autor, Rafael Sabatini, italiano afincado en Inglaterra, fue el de escribir una obra a gusto de la corona británica para mostrar su agradecimiento al país que lo había naturalizado y cuya lengua tanto amaba.
Lo mejor y lo peor de este mundo está en la lengua, nos cuenta el esclavo Esopo en una de sus fábulas más aleccionadoras. Con ella amamos, decimos la verdad, construimos ciudades, persuadimos en nombre de la razón, unimos y alabamos a Dios. Pero también con la lengua odiamos, mentimos, destruimos, blasfemamos y dividimos. Hace 2500 años Esopo, ese esclavo deforme, intuyó la fuerza de la palabra para retorcer la realidad.

¿Retuerce la realidad el escritor Sabatini? ¿Es “Peter Blood”un libro manipulador y propagandístico? De la forma que tiene el escritor de presentar a los españoles, un lector de 12 o 13 años -los que tenía yo cuando leí el libro- deduce en seguida que la nación española, es, en su conjunto, la más bellaca del mundo.

Quien manipula es, sin duda, malo. Quien se deja manipular, es tonto. ¿Pero cómo llamar a quienes han disfrutado del mismo poderío lingüístico y no lo han utilizado para contrarrestar el efecto de la manipulación?
Lamento dos cosas: La primera, no haber aprendido el inglés tan bien como el español y la segunda, tener que lamentarlo. Si España hubiera convertido en ventajas todos los beneficios que le traía la colonización, el mundo entero hablaría hoy tal vez la lengua de Miguel de Cervantes y no la de William Shakespeare, Rafael Sabatini hubiera preferido vivir en España y escribir sus libros en español y el Capitán Blood se llamaría Don Pedro Sangre.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Las raíces del mal

por Miguel Pérez de Lema

Es divertido ver hoy esta conferencia de 1983 del ex agente del KGB fugado a Estados Unidos, Yuri Bezmenov. En esta larga, precisa y convincente explicación sobre “Cómo minar una sociedad desde dentro”, vemos la paradoja del éxito de Occidente sobre  la estrategia de subversión y desmoralización del marxismo soviético, que pocos años después implotó, y el triunfo, décadas más tarde, de esa estrategia soviética que ha disuelto subrepticia e insensiblemente la civilización occidental convirtiéndola en una jaula de grillos neuróticos, narcisistas y degenerados.

Ha tardado, sí. Bastante más de lo que Yuri explica, en enloquecer y desmoralizarse Occidente. No ha sido en el transcurso de una generación sino de al menos dos. Pero lo asombroso, y en eso sí acierta el ex agente del KGB, es la eficacia del mecanismo de desmoralización para seguir avanzando una vez puesto en marcha, por sí mismo, mutando, engordando, delirando cada vez más, incluso después de muerta la pesadilla comunista.

Lo absurdo de todo esto es que esta táctica del Golpe de Estado viene a cuajar cuando ya no hay Unión Soviética a la que acogerse, no hay comisarios políticos ni títeres políticos que, como Yuri explica, en la fase final, tomen el control, ajusticien a los tontos útiles e impongan su nuevo orden.

Nadie ha ganado, todo se ha destruido, como en una guerra termonuclear invisible, y lo único cierto es que la convivencia en Occidente, una vez perdidos sus valores y sumida en un caos acelerado de frivolidad intransigente, demagógica y boba, se ha vuelto insoportable.

A ver si al final, para recuperar los viejos valores occidentales nos vamos a tener que ir a Rusia.
Qué raro todo.
Todo mal.
(Véanlo)

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Aunque sea en los recuerdos

por Robert Lozinski

La vi en un cruce. Era jovencísima, casi una niña. De todos los que esperábamos, algo atontecidos, la luz verde del semáforo, parecía la única que tuviera prisa.

Cruzó la calle casi corriendo. Los ojos, expectantes y llenos de ilusión, la guiaban a través de la multitud desocupada, perezosa. Daba la impresión de que sólo ella sabía, con precisión, adónde se dirigía.

Otro cruce. Otro semáforo. La emoción le hizo olvidar un poco la prudencia; un taxista viejo y feo le pitó.

Le vio desde lejos; fumaba tranquilamente.
Un hombre que se sabe amado por una muchacha así, puede permitirse el lujo de fumar tranquilamente mientras la espera.

Al verle, se escondió un poco, detrás de algo, para darle una sorpresa.

El abrazo y el beso fueron breves. Querían mirarse, decirse cosas, hacerse promesas. Promesas de amor sin fin, por supuesto…

Es el principio de su relación, la fase inicial;  de mirarse,  decirse cosas, creer que será para siempre. ¿Se amarán eternamente? Claro que sí. Nada dura más que el amor… Aunque sea en los recuerdos.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

 

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Amor fácil

por Marisol Oviaño

Hoy he comido con el hombre en la sombra en su casa. Y, fiel a nuestras costumbres, me he puesto el mandil en cuanto he soltado el bolso.

No era uno de esos días en los que quedamos por placer, no podía meterme en los fogones con calma, cerveza y buena conversación. Teníamos menos de una hora para hacer la comida y comérnosla, pues a las cuatro sonaría el telefonillo y tendríamos una reunión de trabajo en una mesa en la que todavía quedarían miguitas de pan.

Así que, mientras yo improvisaba con lo que iba encontrando en el frigorífico, él barría el salón. Aunque no le cundía mucho: el teléfono le sonaba cada dos por tres. El hombre en la sombra vive a cámara rápida; en un solo día habla con más gente que yo en una semana, y en una semana tiene más compromisos que yo en todo un año. Por eso yo soy escritora y él jefe de otros escritores y artistas varios. Él vive de reunión en reunión, de canapé en canapé, de país en país, de persona en persona; es un auténtico privilegio formar parte de su biografía.

Siempre que cocino para él procuro hacer de sobra, para que luego no tenga que prepararse la cena. Cuando ha entrado en la cocina a guardar el cepillo y el recogedor, los spaguetti negros ya estaban. Pero él es un tragaldabas y necesitaría comer algo más, de modo que le he hecho unos filetes de pollo y los he tapado con un plato sopero, para que no se le secaran mientras comíamos el primero. Le he dado un último golpe de fuego a los spaguetti, he servido los platos y nos hemos ido a la mesa.

Estábamos terminando de comer cuando ha sonado el portero automático a la vez que el teléfono. Él ha cogido el móvil, y yo he volado con los platos y los cubiertos sucios a la cocina antes de abrir el portal. El hombre en la sombra al fin ha colgado, ha saludado a nuestra socia, ha sacado el postre, ha hecho té y café, que hemos tomado charlando y, después, hemos empezado a trabajar.

Dos horas después ha tenido que echarnos, no recuerdo si tenía una reunión por Skype, un correo urgente o una llamada que no podía esperar. Yo he cogido dos autobuses y, aunque ya había dado la tarde por perdida, he abierto un rato. Después, me he venido a casa; he hecho una cena rapidita y me he tumbado en el sofá a ver una película. Para no pensar.

Los chicos se han ido a la cama mucho antes que yo. Cuando ha acabado  London Boulevard –que me ha gustado bastante por lo original del guión y lo acertado del casting-, he sentido la necesidad de escribir y me he puesto a ello.
Y, de repente, ha sonado un guasap en mi móvil.
Antes de mirarlo, sabía que era el hombre en la sombra.
Efectivamente.
Me ha mandado un mensaje sonoro con voz muy cansada: “Llevo todo el día currando. Después de que os fuerais, he seguido trabajando. Hasta ahora, que lo he dejado porque tengo hambre. Y digo, joder, no tengo nada. Y cuando he entrado en la cocina y he visto tus spaguetti, casi lloro de la emoción. ¡Qué ricos están! Y cuánto amor hay en ellos. Beso”.

Ojalá el amor fuera siempre tan fácil.

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La duda, la eterna duda

por Robert Lozinski
Fotografía: Bulgakov y Tolstoy
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Cuando decimos que un texto está bien escrito, expresamos una suposición; o tal vez nuestro deseo de que esté bien escrito. Bastaría con enfocar el mismo texto a la luz de otra intrepretación para que perdiera enseguida el encanto que le hemos dado. En uno de los numerosos diálogos de Soldados de Salamina, Antoni Miralles, ex-combatiente de la Guerra Civil Española pregunta al autor (Javier Cercas) “¿Cómo se llamaba aquel novelista americano que entró en París…?”

– Hemingway.
– Hemingway, sí. ¡Menudo payaso!

Se dice que, en cierta ocasión, Lev Tolstoy llamó a su Guerra y Paz: “un ridículo amontonamiento de palabras”.
En la obra de Mijaíl Bulgakov, “Maestro y Margarita”, El Maestro le hace reconocer al poeta loco Bezdomny que los poemas que escribía eran muy malos y le insta a que no escriba ninguno más. El poeta se lo promete.

“No así tiene que ser”, se queja Chejov a través de sus personajes, dándonos a entender continuamente que el camino es otro.

La duda, la eterna duda.

Los escritores suelen sembrar sus obras con indicios de su tormento, de la vanidad de su esfuerzo. Bulgakov, por ejemplo, transforma el procedimiento en un ejercicio literario genial. Otros autores sólo emiten quejas, repetidas a lo largo de páginas enteras; llantos de impotencia.

Durante la escritura lo mejor es no hacerse preguntas si no encuentras respuestas. Lo mejor es limitarse a narrar. Si tienes qué narrar.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Michel Houellebecq: “Los intelectuales abandonan la izquierda”

por Miguel Pérez de Lema

H. profetiza el fin de la dictadura progresista en Francia. Al menos, en el debate de las ideas, esta izquierda reciclada, biencomida y amenazante, no tiene nada más que decir. Apoltronados en los decadentes viejos periódicos, teles, cátedras y direcciones editoriales, son genuinamente reaccionarios y su único discurso es el de la censura y el chantaje emocional a todo el que ose amenazar el statu quo y señalar con el dedo que el rey está desnudo.

H. repasa la decadencia francesa de los últimos 50 años a través del anquilosamiento de la idea y el papel de los “intelectuales” de su país y demuestra que éstos ya no pintan nada, que su espacio lo ha ocupado un reducido grupo de escritores heterodoxos, subversivos, sin pedigrí oficial, que llevan décadas siendo señalados y excomulgados por el poder monopolístico del pensamiento blando.
Para H., el poder no es suficiente para ocultar la verdad y la Francia -Europa- progresista está vencida. Y con ella, sus guardianes oficiales, sus medios caducos y corruptos, y su expresión política. Sin embargo, en nuestra opinión, el cambio es improbable.

Tal como sabemos, el sistema electoral francés está blindado. La posible victoria del FN, la única fuerza al margen de la verdad oficial, en la primera vuelta de las próximas elecciones, se convertiría en el fracaso casi seguro en la segunda, con el amancebamiento del todos contra Le Pen, votando en masa a cualquiera que sea su oponente, sin ninguna convicción más allá que la de evitar el cambio. La de seguir viviendo en un mundo que ya no existe.
¿Quiénes son los reaccionarios?

H. no entra, astutamente, a valorar las perspectivas electorales ni toma partido por ninguna fuerza. Pero explica de forma convincente que el cambio ya se ha producido en el campo de las ideas y que la izquierda ha perdido. Entre la realidad ríspida y deprimente de Francia -Europa- y el discurso del flower power oficial, cada vez más gente asume que su propia percepción es la que cuenta. Sin embargo, nadie se atreve a especular cuándo y cómo el viejo poder, con sus viejas ideas y sus viejos guardianes, serán desplazados. Ni si ese cambio es posible dentro de un sistema de representación ideado para evitarlo.
¿Dónde están los revolucionarios?

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Una observación

por Robert Lozinski
Fotografía en contexto original: elitedaily
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Un rico puede parecer pobre; de él no se va a reír nadie. Pero de un pobre que se esfuerza por ocultar su condición y no lo consigue… se van a reír todos.

En el liceo de enseñanza secundaria donde doy clases hay chicos de familias ricas y chicos de familias que no lo son. Los chicos ricos hacen a veces ostentación de cierta negligencia en la indumentaria; pueden llevar la camiseta agujereada, el móvil con mil grietas, pero de ellos no se reirá nadie. Los chicos de condición económica modesta, por lo general, visten impecablemente y tienen teléfonos muy bien cuidados, siempre en sus fundas limpias, pero si cometen algún error en su vestimenta, ese error atraerá la atención de los demás. Se burlarán de ellos o les llamarán la atención con comentarios ofensivos.

Cuando se tiene algo en exceso –cualquier cosa: amor, dinero, salud- ese exceso se desprecia. Cuando se tiene lo justo o sólo un poco, ese justo, o ese poco se valora.

Pero no es sólo eso lo que ahora me preocupa. Me preocupa también la prontitud en burlarnos del débil y del pobre. Cuantos más somos los que nos burlamos, mejor nos sentimos. ¿Somos muchos? Entonces tenemos razón.

Al rico y al fuerte se les perdonan los errores más fácilmente que al pobre y al débil. Siempre ha sido así. Por eso el rico los comete y no les tiene miedo: porque tiene quien pagará por ellos.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Entre Lerma y Bilbao

por La mujer lúcida

lucida

Tengo un padre y tengo un hijo. Dos perros que me han enseñado más sobre mi misma que muchos manuales de filosofía. Una persona con quien dormir y despertar es lo más emocionante del día. Una alumna cuyo progreso hoy ha logrado sorprenderme y una flores sobre un nuevo mueble de madera en cuyo salón convivo con proyectos, deudas y poemas. Tengo un nuevo libro en un viejo bolso robado y dos manos que se deslizan sobre el teclado. Frente a mí, hay un paisaje en lluvia que me acerca al mar y ayer recuperé las ganas de luchar. Tengo cincuenta años, unas botas marroquíes y unos vaqueros ajustados. Tengo amigos y enemigos, sueños y galletas londinenses sobre un microondas estropeado. Tengo la sensibilidad de disfrutar de Chopin en la banda sonora de un autobús de provincias. Tengo tanto que sólo he querido contarte este instante. A quién nunca tuve ni tendré; el amor no sabe de pertenencia sino de compartir en este momento efímero y casi perfecto de conciencia y agradecimiento.

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