Chalecos amarillos

He estado todo el fin de semana pegada al ordenador, siguiendo lo que estaba sucediendo en Francia. He pasado muchas horas conectada a varias páginas que retransmitían en streaming, he buscado información en la red y he leído todo lo que he podido encontrar. La gente se ha echado a la calle no sólo porque ya no puede más, sino porque, además, sabe que mañana va a poder menos que hoy: la aniquilación de la clase media europea sigue su curso imparable.

Como sufrida remera madre de remeros, mis simpatías están con los gilets jaunes, pero desconfío de una revolución sin líder por varias razones. En primer lugar, porque tengo ya una cierta edad y sé que hasta para organizar una paella entre amigos hace falta un líder. En segundo, porque las movilizaciones descontroladas pueden acabar en anarquía. Y a la anarquía suele suceder la guerra y, después, el restablecimiento del orden por algún régimen autoritario –en el peor de los casos, totalitario–. Una revolución sin líder puede ser, además, secuestrada por cualquiera, como ya sucedió aquí con el 15M. (Ahora mismo, en un alarde de lo que Miguel Pérez de Lema denominaría pisuerguismo, los CDrs que intentan paralizar Cataluña están pidiendo a sus miembros que se pongan el chaleco amarillo). Y la tercera y última de las razones por las que desconfío, es porque estos movimientos pueden estar manejados por el poder en la sombra: en la red hay quien dice que tras esta revuelta está Trump , otros apuntan a Putin. Yo no tengo ni idea, de modo que opino por lo que he visto, por lo que he leído y por lo que, como sufridora autónoma española, siento.

Estamos acostumbrados a ver Francia ardiendo a manos de africanos, pero este movimiento es mayoritariamente blanco. En las calles francesas este fin de semana sólo se manifestaban franceses de pura cepa, paganinis de un Estado del Bienestar que enriquece a los de arriba, mantiene a los improductivos y a los recién llegados y empobrece a la clase media. Tampoco vi las típicas banderas de izquierdas que suelen acompañar a estos movimientos, sólo la francesa y alguna -muy pocas- anarquistas.

En toda Europa lleva años produciéndose un divorcio entre el pueblo y la clase dirigente, que nos distrae hablándonos del sexo de los ángeles, los políticos llevan mucho tiempo lejos de la realidad del currito de a pie. Recuerdo que, en pleno tsunami de la crisis, un ministro socialista nos explicaba que la subida de la luz no era para quejarse, porque apenas nos supondría “un café” al mes. A pesar de que gastaba mucho de nuestro dinero en asesores, el ministro no sabía que muchos miles de españoles llevábamos años sin poder tomar siquiera un café fuera de casa. No comprendía que ese euro que para él no era nada, nosotros tendríamos que restárselo al presupuesto de la comida.

Ahora las cosas están un poquito mejor, pero no lo suficiente: los sueldos son bajos, la vivienda y los suministros esenciales son tan caros que los jóvenes no pueden irse de casa y formar su propia familia, mucha gente sigue sin poder encender la calefacción, el que le echa cojones y monta un negocio para sobrevivir sigue asfixiado por el Estado… El fenómeno de los ciudadanos con trabajo que no ganan suficiente para vivir empezó con la crisis y parece que ha venido para quedarse. No hemos terminado de remontar una recesión y ya está aquí encima otra, que arrasará con lo poco que haya quedado de clase media en Europa.

Lo del sábado no sucedió sólo en París, Burdeos y Toulouse no tenían tanta protección oficial y parecían ciudades en guerra. En Bruselas los chalecos amarillos intentaron asaltar el parlamento europeo, en Rotterdam también hubo alguna manifestación, y no sería extraño que este movimiento empezara a contagiarse por toda Europa.

Los gilets jaunes han convocado de nuevo para el sábado que viene con el objetivo de conseguir la dimisión de Macron. No sabemos cómo acabará esto, pero, en cualquier caso, creo que es una evidencia palmaria de que el Estado del Bienestar europeo ha colapsado. Ayer leí en un foro un comentario que me ha parecido un magnífico resumen de la situación: si le quitas las pagas a los inmigrantes subvencionados, arde París. Si les subes los impuestos a la clase media para mantener el status quo, arde París.
Jaque mate.

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Payaso triste a la puerta del juzgado

por Miguel Pérez de Lema
Fotografía en contexto original: elconfidencial

Se ha constituido en los últimos años un extravagante y poderosísimo sindicato del humor. Una generación de muchachos pizpiretos que ya rondan o superan los 40 y siguen con una estética de bambas y barbita, a los que los youtubers y su púbico desprecian por viejos pero “lagente” de la Sexta, Prisa, Movistar y demás divisiones del nuevo orden consideran el oráculo infalible de lo joven, de lo gamberramente ortodoxo, de lo indiscutiblemente correcto, de lo que hay.

Lo malo es que lo que hay siempre es más.

En lo que hay, cuando te descuidas y crees que lo tienes todo controlado y que lo que hay es sólo lo que tú quieres, surge siempre la grieta de la realidad y se te queda cara de tonto. De payaso triste. Y surge la risa verdadera en el público.

Lo cual que hablamos de la expresión del polifacético y genial caricato Dani Mateo declarando a las puertas del juzgado.

El humor no es lo que promulgan desde sus púlpitos televisivos los miembros de este sutil sindicato, un sindicato sin nombre, sin carnet, pero al que todo el que quiera ganarse el pan con sus chistes tiene que adscribirse y seguir sus consignas sectarias. Al que todo el que quiera reírse sana, lúdica y espontáneamente, tiene que obedecer.

El humor nunca se envilece más que cuando se vuelve propaganda. Porque el humor es, ante todo, la sorpresa, el giro inesperado, la vuelta ridícula de todas las cosas.

Por eso nos ha hecho tanta gracia el número del payaso triste a la puerta del juzgado.

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La Rueda de la SGAE

por Antonio Santos
Fotografía en contexto original: elconfidencial

En junio de 2017, el juez de la Audiencia Nacional Ismael Moreno ordenó la detención de 18 personas por un presunto fraude de 100 millones de euros en derechos de autor, recaudados por la emisión de obras musicales en la franja nocturna de programación de varias cadenas de TV.

Los medios de comunicación dieron amplia cobertura al caso en su momento, y desde entonces no hay noticia sobre la SGAE en la que no se mencione “La Rueda”, que es como bautizaron el presunto fraude. El resultado a día de hoy es que para el gran público la sociedad de gestión y sus socios, con su actual presidente a la cabeza, son los instigadores y beneficiarios de una actividad mafiosa delictiva.

Poco se ha explicado sobre la mecánica del cobro de derechos que la ley reconoce a los autores de la música que utilizan los programas de TV. En horarios de gran audiencia se pagan 1200 euros por minuto, derechos que cobran los autores de las obras de gran éxito (que son las que más se utilizan en esta franja y son mayoritariamente de artistas extranjeros) y sus editoriales, asociadas a las grandes compañías multinacionales.
En horario de baja audiencia la tarifa baja a 40 Euros por minuto.

Las cadenas de TV vieron en esa franja horaria una oportunidad para recuperar parte de sus costes en derechos de autor. La dinámica consiste en firmar contratos por los que el autor de las obras musicales utilizadas cede el 50% de sus derechos a la editorial de la cadena, a cambio de su emisión en programas nocturnos durante un periodo determinado de tiempo. Esta cesión forma parte de los usos y costumbres de la industria musical, y casi todos los artistas y autores firman contratos similares con las editoriales de las compañías discográficas que los fichan.

Durante años, decenas de artistas y autores nacionales de escasa proyección comercial como Enrique Morente, Jorge Pardo, Carmen París, Chano Dominguez o Raimundo Amador, así como otros prácticamente desconocidos para el gran público, de estilos no mayoritarios como el jazz, el folk y el flamenco, han encontrado hueco en estos programas nocturnos, obteniendo pequeñas cuotas de visibilidad y remuneración.
Las migajas del gran banquete de la TV.
Por parte de las cadenas y de los autores, es una estrategia de generación y cobro de derechos absolutamente legal y económicamente razonable.

Pero lo que se ha mostrado a la opinión pública es un relato sesgado sobre prácticas puntuales llevadas a cabo por 18 personas, cuya presunta ilegalidad se extrapola a todo el entramado de la música emitida en la franja de programación nocturna en TV.
La acción judicial y el escándalo mediático han provocado la suspensión de estos programas por parte de las cadenas. Otra puerta cerrada para la música española.

Como en cualquier otra actividad comercial, en esta aparecieron intermediarios. Personas que aprovechando, o su posición como responsables de programación y de las editoriales de las cadenas o sus buenos contactos con estos (probablemente mediante sobornos en algunos casos), ofrecieron a autores y artistas propiciar y gestionar su participación en estos programas a cambio de una comisión.

Como los contratos editoriales de las televisiones exigen el 50% de los derechos al autor, máximo que la ley le permite ceder para la edición promoción y comercialización de sus obras, la única manera de encontrar remuneración para los intermediarios es compartir la autoría de las obras.
Infiero que esos son los “falsos autores” que denuncia el auto judicial como parte de
“una trama para enriquecerse ilegalmente fraguada entre socios de SGAE, empleados de las cadenas de TV e intermediarios”. Se habla de equipos de compositores que retocan levemente obras de dominio público (que por su antigüedad ya no generan derechos de autor) y/o componen obras nuevas de “mala calidad”. Los intermediarios registran las obras en SGAE apareciendo como coautores ellos o familiares y testaferros; después se encargan, en connivencia con los empleados de las cadenas de TV, de que las obras sean contratadas por las editoriales de estas y posteriormente emitidas en los programas nocturnos. Los derechos de autor generados se reparten entre todos los implicados.
A nueve de los detenidos se les acusa de “organización criminal, corrupción en los negocios y estafa”. ¿Estafa? Pero ¿quién es la víctima?

Las televisiones han sido beneficiarias a través de sus editoriales, la SGAE cobró su 14% de gastos de recaudación y gestión, y los autores cobraron sus derechos.
En todo caso las víctimas, a la vez que cómplices, serían los autores y arreglistas verdaderos que aceptaron compartir la autoría de las obras con los intermediarios.
Es obvio que asumieron la mordida sobre su 50% “irrenunciable” por ley, pensando que más vale el 25% de algo que el 50% de nada.

Más allá de juicios morales o deontológicos, legalmente el caso es inconsistente.
En tanto en cuanto los implicados hayan registrado las obras de dominio público como obras derivadas o arreglos, registros que generan derechos legalmente, no existiría plagio. Y la mala calidad o la hiperproducción de las nuevas obras no son delitos.
Respecto al montante de la estafa: 100 millones de euros, a 40 euros por minuto equivalen a 2,5 millones de minutos de TV o lo que es lo mismo, 46667 horas de programación nocturna ocupada por un repertorio creado y gestionado por 9 personas…
No parece muy creíble. Como tampoco lo parece los 400 millones del caso SAGA, presunto desfalco del que en junio de 2011 se acusó al consejo de administración de la SGAE presidido por Teddy Bautista y que continúa sub iúdice, sin que los auditores hayan podido detectar de dónde salieron ni a dónde fueron esos millones.

Independientemente del resultado judicial, en ambos casos la SGAE es la víctima en unas batallas que forman parte de la guerra global contra el derecho de autor. Desde que las grandes compañías tecnológicas hicieron de la descarga de música en la red su gran reclamo, ese derecho, que no es otra cosa que el salario de los que hacemos canciones, ha sido objeto de agresivas campañas de desprestigio ante la opinión pública en unos medios de comunicación cautivos de un lobby con una capacidad de inversión en publicidad de más de 500 millones anuales. Enarbolando la bandera de ese nuevo paradigma de “cultura libre y gratuita para todos”, señalan a la SGAE como el enemigo a batir en luchas como la del canon por copia privada, cuya abolición les ha ahorrado 1000 millones de euros a costa de los creadores de sus contenidos. Y el público aplaude mientras paga religiosamente elevadas tarifas de acceso a internet y a las plataformas.
“La rueda” es otra vuelta de tuerca en el garrote alrededor del cuello de la SGAE.

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Instinto de supervivencia

por Marisol Oviaño
PINCHA EL VÍDEO Y ESCUCHA LA MÚSICA MIENTRAS LEES

 

La vida es conflicto.
Cuanto antes lo sepas,
mejor para ti:
no perderás tiempo quejándote,
sino que te armarás para combatir al enemigo.

Tendrás que luchar contra tus hermanos, contra tu madre, contra tu padre,contra tus compañeros del cole, contra los maestros, contra tus amigos, contra tus enemigos, contra tu primer ligue de instituto, contra el que te explota, contra el casero abusón, contra el inquilino moroso, contra tus vecinos, contra tu jefe, contra tus compañeros, contra tus empleados, contra tus proveedores, contra tus clientes, contra el banco, contra el Estado, contra ese tío que siempre lleva el perro suelto, contra esa cerda que deja la basura en el portal, contra la enfermedad, contra el dolor, contra los políticos, contra tu pareja, contra tus hijos.

La vida no es sino un campo de batalla del que,
con suerte,
sólo saldrás herido.

Cuanto antes lo sepas, mejor para ti.
Y para los tuyos.

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Cuando no puedes escribir

A raíz de que me rompiera el hombro izquierdo, he estado un mes sin poder escribir en el ordenador.

¡Hazlo con la derecha!, me decían todos.
Pero escribir es como tocar la guitarra: una mano se encarga de los trastes y otra de las cuerdas. Y cuando mis manos se reparten el teclado y trabajan juntas, veo mis pensamientos reflejados en la pantalla casi mientras se producen. Sin embargo, con una sola  me toca ir parando para buscar la “c”, la “t”, el 5… Han tenido que pasar 52 años para que mi derecha supiera lo que hacía mi izquierda, pero ni por esas: no hay manera de escribir de corrido con cinco dedos. Mientras buscas teclas que creías controlar, el flujo de ideas se corta, la Voz calla y la magia se evapora.

¡Pues escribe a mano!
Lo intenté. Pero como llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, tenía que adoptar unas posturas tan raras, que al final me dolían hasta las caderas. Y bastante sufrimiento me producía ya el hombro.

La literatura ha sido siempre mi arma secreta; no ha habido problema, dificultad o tragedia que no haya superado escribiendo. Pero un tonto accidente doméstico me había dejado sin superpoderes. Y no sólo eso. Además, la recuperación del hombro iba a ser larga, lenta y dolorosa; y tendría que depender de los hijos, de la familia, de los amigos. En cuestión de segundos yo, que soy más independiente que un número primo, me había convertido en una carga para los demás. Y ni siquiera podría escribir para arrancarme la rabia y el mal rollo.

Provengo de una familia en la que las mujeres tienen a gala no necesitar a los demás, eso es de débiles. Mi abuela en mi lugar habría tratado de demostrarnos que podía barrer y fregar toda la casa con un brazo en cabestrillo, porque las de su sangre apretamos los dientes y seguimos empujando. Lo malo es que rechinamos tanto los dientes, nos exigimos tanto a nosotras mismas, que acabamos amasando un mohoso rencor que puede colonizarlo todo.

Yo misma soy un bicho bastante huraño. Pero también pragmático: no podía apretar los dientes y seguir empujando, porque ni siquiera podía ponerme unas bragas. Tenía que pedir ayuda sí o sí. Aunque…¿a quién? Todo el mundo se había ido de vacaciones. Podría llamar a mi hermana o a mi madre, que estaban en el pueblo de nuestros ancestros, y pedirles que vinieran a llevarme al hospital. Sabía, sin ningún género de dudas, que podía contar la familia. Pero era mi primer día de libranza y todavía confiaba en que fuera algo que se curara en poco tiempo, no quería alarmarlos antes de conocer el diagnóstico.

Ni mis hijos ni prácticamente ninguno de mis amigos estaban aquí. Siempre quedaba la posibilidad de llamar al 112 como una loca de los gatos, y que fueran unos desconocidos quienes me pusieran las bragas y me echaran algo por encima para bajar a la ambulancia. Demasiado humillante. Demasiado triste. Y la mujer que ama a los perros estaba aquí.

Hace muchos años ella y yo éramos uña y carne y nos veíamos prácticamente a diario, pero aquella amistad era demasiado apasionada y terminó explotando. A partir de entonces, cada una siguió viviendo como si la otra no existiera; pero cuando nos cruzábamos en el pueblo, nos saludábamos con una sonrisa. Supongo que en parte para demostrarle a la otra que te iba fenomenal sin ella, y en parte porque seguíamos queriéndonos.

Un buen día, hará casi dos años, nos cruzamos en la zona peatonal, nos dijimos “Hola” mirándonos a los ojos y ambas detuvimos la marcha. Una preguntó a la otra “Bueno, ¿y tú qué tal?”, y estuvimos charlando un rato. A las dos semanas, me la encontré en una terraza comiendo con su hija y me senté a tomar algo con ellas, poco después se pasó por la trinchera para ver si me apetecía tomar una caña… A pesar de todas las barbaridades con las que doce años antes habíamos dinamitado nuestra amistad, nadie parecía haber elaborado una lista de reproches ni había factura alguna que pagar. Volver a ser amigas ha sido muy fácil.

Pero una cosa es tomar una caña de vez en cuando y ,otra, llamar a alguien para pedirle que te lleve a un hospital. ¿Estaba nuestra recobrada amistad en ese punto? Bueno, pensé, esta llamada me sacará de dudas.

– Hola, ¿qué haces?
– Pues me has pillado justo antes de meterme en la ducha, que tengo un día de locos. Tengo que hacer la compra porque mañana vienen quince personas a comer, tengo que hacer la comida para hoy y salir zumbando porque a las cuatro tengo que estar en el aeropuerto para buscar a mi hija, después tengo que cocinar para la fiesta de mañana… ¿Por?
– Uf… Ya veo que tienes mucho lío. Es que me he caído en la bañera y me duele muchísimo el hombro.
– Voy para allá. ¿Puedes esperar a que me duche?

No sólo me llevó al hospital. También me ayudó a vestirme los siguientes días, cuando pasaba a buscarme para que fuera a su casa a comer, y me ha llevado a rayos y consulta todas las veces que ha hecho falta. Romperme el hombro ha sido como ese cuento japonés en el que el joven hijo de un campesino se cae del caballo y se rompe las dos piernas. ¡Qué mala suerte haberte roto las piernas! le decía todo el mundo. Pero al final resulta que el muchacho se libra de ir a la guerra por tener las dos piernas rotas, y todos en el pueblo dijeron: ¡Qué buena suerte haberte roto las piernas!

Si no me hubiera roto el hombro, la mujer que ama a los perros y yo no tendríamos ahora esta certeza afectiva. Tampoco mi hijo habría tenido oportunidad de demostrarme cuánto me quiere, y mi hija y yo no habríamos pasado grandes ratos cocinando; ambos han reaccionado con adultos y todos lo hemos llevado con buen humor. Si no me hubiera roto el hombro, mi hermana y mi cuñado no habrían venido a buscarme, y él no me habría ganado con ese atril con sujeción de libro que llevó para mi estancia en el pueblo. Si no me hubiera roto el hombro, mi sobrinillo pequeño no me habría partido la carne, ni mi madre me habría duchado y lavado el pelo como cuando era una niña. Si no me hubiera roto el hombro, Patricia – y también Teresa- no llevarían varias semanas sacando y metiendo la mesa de libros proscritos dos veces al día, y Cris y Jose no habrían tenido venido hasta aquí a prestarnos un coche para que Alejandro me llevara a la revisión.

Romperte un hombro es una putada.
Pero es una ocasión como cualquier otra de demostrar tu fragilidad a los otros y dejarte querer.

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Pedro Fácil

por Miguel Pérez de Lema
Fotografía en contexto original: twitter

Entre las idolatrías de nuestro tiempo ninguna es tan poderosa como el culto a la belleza. Estamos tan rodeados de iconos que apenas nos damos cuenta de su poder. Es fácil salirse de una religión, pero es mucho más difícil que la religión salga de uno. Y resulta que sí, que estamos hechos para adorar, que somos una máquina hecha para buscar a Dios, a cualquier clase de ideal, y que ahora que no creemos en nada concreto nos sometemos sutilmente al ideal olímpico, mazado, frotable y cardiosaludable del guapismo.

Lo cual que hablamos de Pedro Sánchez.

La facilidad con la que esta criatura ha llegado a su situación actual es asombrosa. Si fuéramos verdaderos paganos podríamos pensar en un elegido de los dioses, y esperar de él un recorrido heroico detrás de su destino, lleno de pruebas y un final ejemplarizante, pero como hijos de una civilización pueril estamos un escalón más bajo, en el puro animismo. En Dysney/Men´s Health/Pornotube.

Pedro Sánchez es un muñeco al que hemos transferido poderes sobrenaturales (como el ejecutivo en una nación al borde del suicidio, entrampada con una timba de prestamistas que puede contagiar su ruina a toda Europa si deja de pagar sus deudas) y le adoramos no por ser quién es sino por lo que parece. Un galán. Un Apolo. Un cipote con patas.

El héroe clásico acaba mal pero ver su sufrimiento purifica al pueblo con la catarsis. Pero el Sánchez hiperreal que vemos en la pantalla no es un ser humano sometido a los enojosos procesos y decadencia de la carne. Pero tampoco un héroe, sino un ídolo kitsch que ni siente ni padece, que sonríe sin sentir ni transmitir ninguna emoción, y que si algún día lo viéramos llorar sería para comérselo.

Sánchez, en tanto hombre que encarna lo adorable, no puede acabar mal, porque siempre caerá de pie y ocupará un sitio en otro escaparate cuando el que hoy ocupa no sea más que humo y ceniza, ni su caída nos enseñaría nada.

Seremos nosotros, al adorarle, los que sufriremos las consecuencias de nuestra confusión. Por nuestra culpa, por nuestra grandísima culpa.

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Hoy votan los suecos

por Marisol Oviaño

Y todo apunta a que el partido “Demócratas suecos”, radicalmente contrarios a la inmigración descontrolada, podría ser la segunda o incluso la primera fuerza más votada.

El número de musulmanes crece a tal ritmo en Suecia que ya hay quien dice que el país tal y como lo conocíamos, pronto desaparecerá. Pero tal vez la inmigración musulmana sólo sea la gota que colma el vaso que empezó a llenarse en los años 70, gracias a una ingeniería social que se propuso crear una sociedad de individuos que no dependieran de la familia.

Mientras esperamos los resultados del recuento, os propongo este documental. Tras verlo, no he podido evitar pensar en el manifiesto del visionario asesino noruego Anders Behring Breivik (el responsable de la matanza de Utoya), que afirmaba que cuando el Estado sustituye a la familia, el hombre resulta prescindible.

Artículos relacionados con la crisis de la socialdemocracia nórdica:
Leyendo una declaración de independencia

Si no lo hacía…

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Rispidismo

por Miguel Pérez de Lema
Imagen en contexto original: eqvm

Las chicas parecen enfadadas. Tienen 20 años y todas las gracias del cielo las adornan. Pero su gesto es displicente, su mirada dura, su apariencia desaliñada, sus hábitos insanos y su conversación soez. Parecen mineros galeses preparando una huelga. ¿Qué puede incomodarlas?

Estas princesas de la era virtual y del supuesto neo feminismo desconocen casi todo lo que existe excepto su propia incomodidad, quizá por eso son tan tajantes repitiendo consignas para darse un poco de aplomo, sin lograrlo, y corren el riesgo de acabar siendo neuróticas abraza árboles, gritonas de pelo azul, funcionarias despóticas, adoradoras de gatos castrados, o cualquier otra extravagancia solitaria, fea y triste.

Pero todavía no. Aun están en un punto de equilibrio natural perfecto en el que su permanente rabieta y su actitud desagradable solo les añade aun más encanto, más riesgo, y más poder de atracción.

Y sin embargo sufren. Sienten que algo no va bien dentro de sus almas y no les parece que vaya a mejorar. ¿Y si el problema estuviera en otra parte?

Estas princesas ríspidas están militando, sin tampoco saberlo, en un movimiento diferente al feminismo, lo femenino en ellas es claro y potente y no necesita más reivindicación que la luz del sol para someter a sus vasallos. Ellas en lo que están combatiendo es en el rispidismo.

Hacen del mal gesto una estética completa y puede que algunas de ellas no se den cuenta a tiempo de que, como les dijo Claudel, en tanto que jóvenes “tiene el deber de la alegría”. Cuando su edad sea el doble de la que tiene hoy, la mitad de ellas estarán en manos de la industria farmacéutica y seguirán sin haber comprendido nada.

Pero por ventura la otra mitad, posiblemente, llegaran a la madurez habiendo comprendido que el conflicto que las atormentaba no era con el padre sino con la madre, y una vez que lo asuman se convertirán en mujeres extraordinarias.

Esto es lo que uno comprende, casi con estupor, haciendo una relectura actual de la clasificación de conflictos psicológicos femeninos elaborada por Jung en los años 50.

Entre los 4 tipos de complejos maternos de las hijas, Jung destaca el de “la defensa contra la madre”. Y afirma que “su lema es cualquier cosa con tal de que no sea como mi madre. (…) Una hija así sabe bien qué es lo que no quiere pero en general no tiene ninguna idea clara respecto de su propio destino. (…) Todos los procesos instintivos tienen que hacer frente a inesperadas dificultades: o la sexualidad no funciona, o no quiere tener hijos, o los deberes maternos le resultan insoportables o la exigencia de la vida matrimonial en común le provocan impaciencia e irritación. (…) La madre como familia o clan provoca fuertes resistencias o falta de interés respecto de todo lo que se llama familia, comunidad, sociedad, convención y cualquier otra cosa por el estilo. La resistencia a la madre como útero se manifiesta a menudo en los trastornos en la menstruación, dificultades en la concepción, horror frente al embarazo, hemorragias durante el embarazo, partos prematuros, vómitos durante el embarazo y otros fenómenos semejantes. La madre como materia ocasiona impaciencia con los objetos, torpeza en el manejo de herramientas y de vajilla y también descuido y falta de gusto en el vestir. De esta defensa contra la madre resulta a veces un espontáneo desarrollo de la inteligencia que tiene por fin crear una esfera en la cual no aparezca la madre. Este desarrollo es el resultado de necesidades propias y no se hace en consideración al hombre a quien se quiere impresionar o al que se trata de atraer con el espejismo de la camaradería espiritual; su fin es destruir el poder de la madre por la crítica intelectual y el conocimiento superior o mostrarle todas las tonterías y faltas que comete y todos los claros que presenta su cultura. Junto con el desarrollo de la inteligencia van tomando perfil las características masculinas en general. (…) En tanto fenómeno patológico esta mujer es una compañera desagradable, exigente y poco satisfactoria, puesto todos sus esfuerzos consisten en resistirse frente a todo lo que surge de la causa natural primera. Pero en ningún lugar está escrito que la creciente experiencia vital no pueda enseñarle algo mejor y que en consecuencia comience por abandonar la lucha contra la madre en el sentido personal y estrecho. En el mejor caso será enemiga de todo lo oscuro, confuso, ambiguo. Atenderá en cambio a lo seguro, claro, racional y lo pondrá en primer plano. Superará a su hermana en objetividad y su juicio será más independiente de la pasión. Puede convertirse en amiga, hermana y consejera competente de su marido. Para ello la capacitan sobre todo sus aspiraciones masculinas, gracias a las cuales puede tener para la individualidad del hombre una comprensión humana y situada más allá de todo erotismo. Entre todas las formas de complejo femenino de lo materno esta es la que mejores probabilidades tiene de hacer algo exitoso de su matrimonio en la segunda mitad de su vida.

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Hijos de nuestras decisiones

por Marisol Oviaño

El día que muera no dejará gran cosa tras él.
Apenas una vieja furgoneta, unas guitarras y unas cuantas herramientas que, imagino, se repartirán los amigos más cercanos. O tal vez unos chinos, pues el hombre que vive al filo bien podría morir en China, Taiwán, Camboya o alguno de esos países en los que se pierde largas temporadas. Pero apostaría a que faltan muchos años para que eso suceda y, mientras tanto, no importa el lugar, ni las adversidades, ni los elementos: él siempre sobrevive gracias a su música. A salto de mata y en la mayor austeridad, pero fiel a una libertad extrema que provoca admiración y miedo a partes iguales.

Al viejo macho alfa lo expulsaron de la manada hace más de diez años. Desde entonces no ha dejado de demostrar que calibraron mal sus fuerzas. No sólo no era un hombre acabado, sino que ahora está más vivo que antes. Las dificultades le han vuelto más resistente, más rápido y todavía más listo de lo que era. No fuma, no bebe, no se droga y apenas come; la maquinaria de su cerebro le provee de todo cuanto necesita.

Y aun así es difícil.
Lo peor, el invierno.
Si alguno de sus amigos ricos le invita a navegar de un continente a otro, marinero como es, se enrola sin dudarlo; aunque eso no sucede con la frecuencia que le gustaría. Si no hay barco pero sí dinero para un billete de avión, desaparece en Asia. Y cuando no tiene posibilidad de huir del frío, se repliega a lo más profundo del bosque, para lamerse las heridas y resistir con la energía que su cuerpo ha acumulado durante el verano.

Se amolda entonces al ritmo de la naturaleza; durmiendo mucho y moviéndose poco, lo imprescindible para sobrevivir. Baja a la civilización una vez al mes a comprar comida; sale, motosierra en mano, a buscar leña en los alrededores, recoge piñas… Nada lo distrae de componer y tocar la guitarra a todas horas, y pasa semanas sin hablar con nadie, excepto con ese gato que en todas partes lo adopta y pasa con él el invierno. Durante esta semi hibernación, el hombre que vive al filo no suele dar señales de vida. Excepto en Nochebuena: esté donde esté, nunca olvida felicitarme la Navidad para recordarme que piensa en mí. Para que también yo me sienta menos sola.

Cuando llega el buen tiempo, el misántropo ermitaño muta en perejil de todas las salsas. Carga todas sus cosas en la furgoneta, cierra la cabaña, se coloca esa sonrisa a la que es imposible no sonreír y sale a reclutar a otros lobos perdidos, con el objetivo de poner a la gente a bailar allá por donde pasen.

Si los bolos le traen por mi zona, me llama e intentamos vernos. La mayoría de las veces no lo conseguimos, porque yo no tengo tanta capacidad de improvisación: alumnos, librería, familia… Pero él lo sabe y yo lo sé, de modo que procuramos no frustrarnos cada vez que un plan no sale. Con el tiempo, he aprendido a no echar cuenta de lo que hemos acordado hasta que le veo aparecer. Si conseguimos vernos, bien. Si no, también. Es su libertad lo que lo hace tan atractivo, nunca he querido meterlo en una cajita. Y la libertad extrema tiene estas servidumbres.

De modo que así llevamos unos diez años.
Queriéndonos en la distancia y, a ratos, juntos.
Ni él intenta cambiarme a mí, ni yo intento cambiarle a él.
Decir que envejecemos juntos sería sólo una metáfora piadosa. Pero sí nos estamos viendo envejecer, y entre nosotros hay una grandísima confianza.

Supongo que ambos llevamos demasiado tiempo solos; necesitamos menos literatura y más piel. Estar juntos sin nada ni nadie alrededor, como aquella vez en Zaragoza.

– ¿Te acuerdas de Zaragoza? –me pregunta con ojos golosos.

Hoy por fin, hemos logrado coincidir. Cuando ha llegado, se ha bajado del coche y me ha abrazado con energía juvenil. Nadie diría que tiene casi setenta años. Pero, aunque su trabajo de hombre joven le mantiene joven, el tiempo también pasa por él.

– No soy ni sombra del que fui.
– Tampoco yo -admito antes de confesarle mis inseguridades.

La vejez, como la adolescencia, te convierte en otra persona a la que tienes que acostumbrarte y, lo que es peor, a la que tienen que acostumbrarse los demás. Yo hablo de mis nuevas inseguridades con las amigas, pero él no tiene con quien hacerlo: sólo se relaciona con mujeres jóvenes y mercenarios de la música, la mayoría de la gente sólo conoce su fachada circense.

– De estas cosas sólo puedo hablar contigo -dice poniendo su manota sobre mi manita.

Antes de que viniera, habíamos hablado de que se quedara un par de días por aquí. Pero ha llegado antes de que mi hija se vaya de vacaciones, no podríamos disfrutar de la intimidad que tanto añoramos. Y él no puede retrasarlo: le han salido varios bolos y va a estar todo agosto recorriendo la Península en su furgoneta con unos músicos taiwaneses.

Llevamos años sin disfrutar de un paréntesis, y las horas que hemos pasado juntos se nos han hecho cortas. De modo que antes de que se marche planeamos una pequeña escapada, a dónde sea, aunque tengamos que dormir en la furgoneta. Sin mis hijos, sin asiáticos, sin obligaciones. A los dos nos brillan los ojos imaginándolo, pero él tiene que irse ya.

Le acompaño hasta el coche, nos abrazamos largo rato y nos despedimos prometiéndonos encontrar un par de días para estar juntos.
Pero yo he aprendido a no echar cuenta de lo que hemos acordado, y no me quedo a ver cómo se aleja.
Estas son las vidas que hemos elegido.

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La irresponsabilidad de Juana

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: el correo

La última vez que hablamos cara a cara, me suplicó con lágrimas en los ojos que no dejara de escribirle. No me dejes olvidar.

En el año que llevábamos separados, había pasado de ser el mejor padre del mundo a ser el peor enemigo de sus hijos: no venía a buscarlos los fines de semana que le correspondía, no los llamaba, no les cogía el teléfono y, cuando se cruzaba con ellos a diario, fingía que no los conocía.

– ¡Si ya no nos quiere, ¿por qué no se va a otro sitio para que dejemos de sufrir?!- gritaba mi hijo de doce años.
– ¡Llama a la Guardia Civil para que le echen de aquí! -me exigía mi pequeña de diez.

Por supuesto, tampoco pasaba la pensión alimenticia. Desde la perspectiva de género, soy una mujer maltratada, una víctima. Y el padre de mis hijos, un maltratador que hacía daño a mis hijos sólo para joderme a mí.

Sin embargo, en las cosas del amor no hay verdades absolutas.
Él sólo era un hombre desarbolado y sin brújula. No actuaba movido por el rencor, sino por la deriva autodestructiva en la que estaba inmerso; estaba tan desesperadamente perdido, que todo lo que hacía o dejaba de hacer le perjudicaba. Y yo sabía que, a su extraviada manera, nos quería.
Pero hacía tanto daño a sus propios hijos, nos abría tantas vías de agua, nos arrastraba tan rápido hasta el fondo, que la compasión era un lujo que no podía permitirme. Y tuve que desatar una odiosa guerra contra él.

No dejes de escribirme, me había dicho.
Y yo le escribía para golpearle, para obligarle a mirarse en el espejo, para que dejara de arrastrarnos al infierno, para proteger a mis hijos… Y, también, para dejar una luz encendida en la oscura noche. Busca dentro de ti, en algún sitio tienes que estar.

Me llevó dos años cortar los cabos que nos ataban al lastre. Entonces él se retiró a su guarida y dejó de ser una amenaza inminente para nosotros.
Pero seguí escribiéndole, para que la desmemoria que tanto temía no acabara con él.
Le contaba cosas de sus hijos y a veces adjuntaba fotografías para que, de alguna manera, los viera crecer. Nunca contestó. Tampoco yo lo necesitaba: sabía por otros que me leía.

Al mismo tiempo, ayudé a nuestros cachorros a comprender que su padre no había dejado de quererlos. A que vieran el abandono paterno como un acto de amor hacia ellos: no podía cuidar de sí mismo y se había alejado para no hacerles más daño. Y cuando él murió hace tres años, pudieron llorar al gran padre que un día fue.

Pero no os dejéis engañar por la literatura, también he sentido rabia y ganas de matar. Durante los años más duros fantaseaba con mandarle unos sicarios que le dieran una paliza y un mensaje de cinco palabras: “Esto va por tus hijos”. Pero eso sólo habría servido para vengarme, no habría solucionado nada. Y, además, si salía mal podría dar conmigo en la cárcel.

Saltarme la ley no era un riesgo que pudiera correr: si me detenían, los niños se quedarían sin padre y sin madre. Cuando tienes que defender a tus hijos del autor de sus días, sopesas mucho las consecuencias que tus actos podrían tener para ellos.
Por eso nunca me he creído la historia de Juana.

Esa carita de máscara griega, ese clínex siempre arrugado cerquita del rimmel corrido, esos bracitos abiertos a lo Jesucristo… Los medios nos la presentaron como la víctima de un monstruo, y cubrían la noticia como si se tratara del desembarco de Normandía. Pero por mucho que ella fingiera llorar en el telediario, yo seguía sin creerme nada. De modo que, curiosa como soy, empecé a investigar.

Francesco y Juana se conocieron en Londres en 2005 (en algunos medios dicen 2007), y cuando ella se quedó embarazada, se trasladaron a Granada. Ella regentaba una tienda ecológica y él cuidaba del hijo de ambos, muy alternativo y feminista todo. No parece que Francesco dé el perfil de machirulo opresor, los tíos de Forocoches lo llamarían planchabragas.

En 2009 Juana se fue de marcha y volvió casi a las seis de la mañana, algo que, según Francesco, era muy habitual. Tuvieron una bronca, ella empezó a romper cosas y, cuando fue a emprenderla con el ordenador, Arcuri forcejeó con ella y le hizo daño. Juana se marchó a urgencias y le puso una denuncia por violencia de género.

El abogado de Francesco le recomendó declararse inocente, pero con la LIVG eso significaba orden de alejamiento durante los meses que tardara en salir el juicio (no olvidemos que su papel en la familia era cuidar del niño); de modo que aceptó declararse culpable. Fue condenado en conformidad por un delito de lesiones en el ámbito familiar (artículo 153.2 y 3 del Código Penal), penado con 3 meses de prisión y un año de alejamiento.

Más tarde, Juana se marcharía unos meses de mochilera con una nueva pareja, y dejó a su hijo al cargo de Arcuri, prueba incontestable de que ella sabía que el niño no corría peligro alguno con su padre. Pero aquella relación no cuajó, y antes de que acabara la orden de alejamiento, Juana y Francesco volvían a estar juntos. En 2012 se fueron a vivir a Italia y tuvieron otro hijo.

Ella cuenta que allí vivió un infierno de malos tratos, pero no hay ninguna prueba de ello. No puso ninguna denuncia en Italia, los clientes del alojamiento rural que regentaban decían que se les veía muy felices, los psicólogos que han examinado a los niños no han visto ningún indicio de que hayan sufrido maltrato o hayan visto maltratar a su madre… Este no es un dato baladí, pues a un psicólogo le resulta relativamente fácil detectar cuando un niño es víctima o testigo de malos tratos. Cuando mi hija tenía 12 años sentía tanta rabia hacia su padre, que la llevé a una psicóloga para que la ayudara a librarse del rencor que la estaba envenenando. En una de las sesiones, la terapeuta le pidió que imaginara que una silla era su padre y le dijera todo lo que quisiera. Pues, bien, la niña ni siquiera tuvo valor para levantar la cabeza y mirar a la silla. Porque esas son las cosas que hacen los niños que sufren algún tipo de maltrato.

Pero, a pesar de que no había pruebas que avalaran la versión de Juana, los medios seguían diciendo que Francesco la torturaba, nos contaron que el hijo mayor se había interpuesto entre ella y su padre para que no la pegara más, nos hablaron de “miedo insuperable” (que también aparece en el caso de la Manada), estuvieron en todas las concentraciones del “Juana está en mi casa”… Las feministas escribieron el guión y sacaron a la gente a la calle, Juana interpretó su papel y los medios echaron toda la leña que pudieron a la hoguera de Francesco Arcuri, quien, según he leído, ha interpuesto querellas contra las anarosas de España.

Probablemente a Juana Rivas le haya pasado lo que a muchas mujeres: el marido y la vida que implicaba estar con él, se le quedaron pequeños. Probablemente empezaría a asfixiarse. Como me asfixiaba yo.

Pero las decisiones que había tomado en los últimos años le ponían difícil separarse: no tenía más medio de vida que trabajar con su pareja, estaba en un país extranjero, sus hijos estaban escolarizados allí… No le habría resultado fácil que la Justicia le permitiera sacar a los niños de Italia. Y, probablemente, cuando llegó a Granada comentaría su situación con las amigas feministas, que debieron decirle: “Eso está hecho, déjanos a nosotras”.

A mí, que he vivido el sufrimiento de mis hijos por el abandono de su padre, me resultan odiosas las mujeres que hacen todo lo que pueden por privar a los niños de la figura paterna. Pero comprendo la lógica por la que Juana volvió a denunciar a su pareja por un maltrato imaginario, pues es lo que muchas  hacen para conseguir ventajas en el divorcio. De hecho, se ha convertido en una estrategia habitual de muchos abogados, especialmente los que trabajan a la sombra de asociaciones feministas. Que, no olvidemos, viven de las subvenciones: cuantas más denuncias, más dinero y poder para ellas.

Pero ellas sabían que todavía no habían conseguido su objetivo, esto es, que la palabra de una mujer baste para condenar a un hombre de por vida. Y como corrían el riesgo de que la Justicia no les diese la razón -Juana no tenía ni una sola prueba del presunto maltrato-, “la madre de Maracena” vilipendió a Francesco ante las cámaras, arropada por asociaciones feministas que desde entonces no han dejado de agitar la calle para influir en la opinión pública y obtener -eso creían- una sentencia favorable. Y, aconsejada por ellas, desobedeció las órdenes judiciales que la obligaban a entregar a los niños y cometió delito de sustracción de menores. Es decir, se saltó la ley.

Juana Rivas no pensó un solo momento en las consecuencias que aquello podría tener para sus hijos. Metafóricamente hablando, llamó a los sicarios.
Y la han pillado.

http://www.elmundo.es/andalucia/2018/07/28/5b5b6c96e5fdeacc628b4598.html

https://www.mateobuenoabogado.com/blog/arcuri/

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