Una observación

por Robert Lozinski
Fotografía en contexto original: elitedaily
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Un rico puede parecer pobre; de él no se va a reír nadie. Pero de un pobre que se esfuerza por ocultar su condición y no lo consigue… se van a reír todos.

En el liceo de enseñanza secundaria donde doy clases hay chicos de familias ricas y chicos de familias que no lo son. Los chicos ricos hacen a veces ostentación de cierta negligencia en la indumentaria; pueden llevar la camiseta agujereada, el móvil con mil grietas, pero de ellos no se reirá nadie. Los chicos de condición económica modesta, por lo general, visten impecablemente y tienen teléfonos muy bien cuidados, siempre en sus fundas limpias, pero si cometen algún error en su vestimenta, ese error atraerá la atención de los demás. Se burlarán de ellos o les llamarán la atención con comentarios ofensivos.

Cuando se tiene algo en exceso –cualquier cosa: amor, dinero, salud- ese exceso se desprecia. Cuando se tiene lo justo o sólo un poco, ese justo, o ese poco se valora.

Pero no es sólo eso lo que ahora me preocupa. Me preocupa también la prontitud en burlarnos del débil y del pobre. Cuantos más somos los que nos burlamos, mejor nos sentimos. ¿Somos muchos? Entonces tenemos razón.

Al rico y al fuerte se les perdonan los errores más fácilmente que al pobre y al débil. Siempre ha sido así. Por eso el rico los comete y no les tiene miedo: porque tiene quien pagará por ellos.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Entre Lerma y Bilbao

por La mujer lúcida

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Tengo un padre y tengo un hijo. Dos perros que me han enseñado más sobre mi misma que muchos manuales de filosofía. Una persona con quien dormir y despertar es lo más emocionante del día. Una alumna cuyo progreso hoy ha logrado sorprenderme y una flores sobre un nuevo mueble de madera en cuyo salón convivo con proyectos, deudas y poemas. Tengo un nuevo libro en un viejo bolso robado y dos manos que se deslizan sobre el teclado. Frente a mí, hay un paisaje en lluvia que me acerca al mar y ayer recuperé las ganas de luchar. Tengo cincuenta años, unas botas marroquíes y unos vaqueros ajustados. Tengo amigos y enemigos, sueños y galletas londinenses sobre un microondas estropeado. Tengo la sensibilidad de disfrutar de Chopin en la banda sonora de un autobús de provincias. Tengo tanto que sólo he querido contarte este instante. A quién nunca tuve ni tendré; el amor no sabe de pertenencia sino de compartir en este momento efímero y casi perfecto de conciencia y agradecimiento.

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YO MÁS QUE TÚ

por Miguel Pérez de Lema

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-Se veía de venir.
-Pues sí, señora, esto estaba cantado.

La revolución moñoña, la dictadura del chantaje emocional, han estallado. Medio millón de criaturas han salido a las calles de Washington –y hasta unos cuantos por estas latitudes- a poner morritos porque han perdido las elecciones en Estados Unidos y no pueden soportarlo. El “porque yo lo valgo” es ya el agente contracultural más poderoso de la tierra, y va a hacer nuestra vida cada vez un poco más insoportable hasta que les demos absolutamente la razón en todo, y aun así, nos buscarán las vueltas porque no les prestamos suficiente atención.

Todo el tiempo. En todas partes.

-¿En España también?
-Sobre todo en España
-También son ganas.

El cambio de poder en las democracias está organizado de una forma bastante cabal, para que sean las masas las que decidan, y así, evitar la peligrosísima desafección de alguna facción con el resultado. Todos son igualmente convocados a opinar y el resultado es no es el de los ganadores sino el de todos y el elegido lo es por todos.

-¿Hasta por los que votaron en contra?
-Esa es la idea, señora.
-Pues sí que.

Pero en el nuevo mundo de lo orgasmático, emotivo, narcisista y hortera, las cosas funcionan de otra manera. La masa, es decir, una pequeña parte de la población que se amotina en torno a sí misma y monta un selfie de grupo de determinadas proporciones, y se ofrece como masa Premium, ya no responde a la lógica, no se aguanta, su no es no y la mayor prueba de que tienen razón es que la han perdido y a ver quién es el guapo que se lo suelta.

No se puede convivir sin cierto pálpito de miedo, de repulsión, de fastidio, en esta tormenta emocional constante, y no se puede hacer nada para mejorar la convivencia porque la verdad, la razón, la lógica y el juego limpio no pueden hacer más que enfurecer aun más a los auto proclamados como portadores de los auténticos buenos sentimientos.

-¿Así de mal estamos?
-La verdad es que estamos aun peor.

Estamos en otro punto. No es el momento del conflicto violento, ni de la comedida réplica, ni de los paños calientes, ni de aceptar pequeñas o grandes culpas falsas solo por no liarla. Estamos ya en el tiempo de la autodefensa final, en la ruptura, casi con cariño, con todo lo que nos grita en el oído su reproche demente e infinito.

Ya no escuchamos. No replicamos. Cambiamos silenciosamente de acera y nos rodeamos de aquellos que nos dejen vivir en paz, y a los que deseamos una vida lo más amable y pacífica e independiente de la nuestra que sea posible. Sin comanditas, sin consignas, pero con principios elementales en común. Y cuando llamen a votar, votaremos, siempre, en todas partes. Y a ver quien gana.

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El pavo de la abundancia

por Robert Lozinski

Fotografía en contexto original: Pinterest

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Gordon Ramsay, el famoso cocinero inglés, nos propone para la Nochebuena una receta de pavo relleno, con mantequilla y no sé cuántas cosas más. Cuando ya está casi listo, recubre cuidadosamente el bicho de lonchas de bacon y lo vuelve a meter en el horno donde lo deja una media horita más. Gordon lo llama “Arbol de Navidad”, debido probablemente a la cantidad de ingredientes que utiliza para su preparación y a las franjas de bacon colocadas horizontalmente, que recuerdan las guirnaldas.

Uno solo de todos los ingredientes bastaría para alimentar decentemente a un hambriento y hacerlo feliz: un trocito de pavo, una loncha de jamón con unas pocas cebollitas en aceite, una fina capa de matequilla en una rebanada de pan, una naranja, etcétera.

El pavo del chef británico es indecentemente exagerado. Es el espejo de nuestro modo de vida. El continuo deseo de satisfacer los apetitos ha adormilado los reflejos del sentido común: un fresón no sabe nada sin un baño de nata con azúcar; una manzana no se puede comer si con ella no se ha hecho previamente una tarta; el queso rallado no debe faltar en ningún plato ya bastante rico en otros ingredientes. Todo debe estar súperdulce, megajugoso, extracrujiente. Esto no es comida. Son caprichos estrambóticos de quienes no encuentran ningún placer en lo sencillo.

La felicidad es una sustancia adictiva; queremos que la sensación que nos provoca se repita más, y más, y más. Los tiempos dorados en que vivimos, sin guerras, hambrunas ni éxodos penosos, nos brindan posibilidades materiales que no han existido nunca en la historia europea. Por fin el hombre puede sentirse hombre y no perro callejero. ¿Queremos más? ¿Buscamos acaso la súperfelicidad? Yo no apelo a un sentimiento de culpa. Me pregunto simplemente cuánto nos va a durar la abundancia.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Feliz 2017

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original: binkyabout

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Llegué el martes por la noche de Inglaterra, y desde entonces tengo la sensación de estar pasando unas vacaciones en la trinchera proscrita.

De un año para otro se me olvida que en los días que hay entre Navidad y Nochevieja no se vende un colín. Ni siquiera entra nadie a curiosear o preguntar, si acaso la cartera abre la puerta para leerme nombres de desconocidos por si acaso conozco a alguno y puedo decirle dónde vive. Anteayer, a última hora de la tarde, pasó una alumna a desearme feliz año y estuvimos charlando un rato. El resto del tiempo, soledad y silencio.

Así que aprovecho la quietud del aire, en la que el humo del incienso asciende recto hasta el techo, para hacer realidad el sueño de todo adicto a la lectura: disfrutar de una librería para mí sola. Estoy acabando la magnífica y necesaria Patria,  de Fernando Aramburu
; y leyendo todos los grandes cuentos de Manual de las mujeres de la limpieza , de Lucía Berlín ; os recomiendo ambos vivamente.

Antes de ir a Saffron Walden a pasar la Navidad, llevaba varios fines de semana trabajando febrilmente en un vómito que tiene pinta de ir a convertirse en un libro. Y como estos días no hay movimiento y no tendré clases hasta enero, me estoy permitiendo el lujo de escribir hasta bien entrada la madrugada. Después, me levanto a las 9:15, tomó un té leyendo la prensa, me doy una ducha rápida y regreso a la librería.

Así que por la noche escribo lo que la voz me dicta, y por el día releo y anoto lo que escribí hace semanas, para ir viendo qué estructura voy a darle a todo esto. También estoy viviendo el sueño de todo escritor.

Hoy tampoco espero que vaya a venir nadie por aquí, todo el mundo anda atareado con los preparativos de Nochevieja. A mí sólo me falta comprar un poco de salmón ahumado, algún queso rico y un paté, que cogeré cuando cierre y vaya a por el pan. Esta noche encenderé la chimenea, cenaré con mis hijos, tomaré las uvas con ellos y, cuando se vayan a sus respectivas fiestas, yo celebraré la mía sentándome a escribir.

Feliz 2017 a todos.

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Feliz Navidad

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Mientras escribo estas líneas, una joven reina Isabel me observa casi sonriente desde un billete de diez libras. La mesa está revuelta y he dejado las esterlinas ahí, de cualquier manera, porque el dinero extranjero no parece dinero de verdad. Aunque éste tiene tacto y sonido de papel. No como el euro, que parece de una tela mil veces lavada. Ni siquiera cuando está nuevecito suena a verdadero papel; simple y sencillamente se desliza más suavemente entre las manos, como cartas de una baraja recién desprecintada.

Tampoco los colores de las libras me resultan familiares, pálidos como si una niebla cocainómana los hubiera desgastado a lametazos. Anaranjados desvaídos, violetas elegantes, grises que no necesitan adjetivos. Sólo tengo billetes de diez y de veinte, no sé de qué colores serán los demás: soy la única española de mi generación que no ha puesto pie en suelo inglés.
“¿No has estado en Inglaterra?”, se admiraban mis coetáneos con la misma compasión que si les hubiera dicho que no sabía leer. Y yo contestaba lo  que Lola Flores cuando le preguntaban lo mismo.: “¡Y que Dios no lo consienta!”

Pero esta vez Dios no sólo lo ha consentido, sino que ha dispuesto mi viaje: mañana volaré a la Pérfida Albión para celebrar el nacimiento del Hijo. La Navidad es una fecha que reúne a las familias, incluso a las que jamás van a misa, y la nuestra estaba dispersa. La parte más ruidosa se fue a Cambridge hace un año, en el que los solterones (mi hermano y yo), los solteros (mis hijos) y la viuda (mamá) hemos disfrutado de comidas tranquilas y sobremesas en las que quien quería se podía quedar dormido en el sofá.

Sin embargo, no acabábamos a acostumbrarnos a tanto silencio. Todos echábamos de menos a esos cabroncetes ruidosos, y a sus padres, que seguramente ya no serán los mismos que cuando se fueron: la belleza de la vida radica en su perpetuo cambio. Y raritos como somos, decidimos darle la vuelta al anuncio del turrón; en lugar de esperar a que los expatriados vuelvan a casa por Navidad, seremos nosotros los que volaremos hacia ellos dentro de unas horas, la abuela invita.

Ella lleva allí varios días para dirigir el desembarco y nos manda guasaps para ponernos nerviosos. Mi hermana llama por el guasap para preguntar: “¿Estáis nerviosos?”. Ambas son viajeras profesionales y con frecuencia se cachondean de mí por mi aversión a los aeropuertos y la humillación que conllevan; supongo que imaginan que estoy atacada.

Pero la verdad es que no me he puesto nerviosa por nada.
En cuanto lleguemos al Adolfo Suárez me convertiré en Paco Martínez Soria y dejaré que mis hijos se encarguen de todo. Lo haré incluso en el aeropuerto de llegada, en el que me parapetaré tras ellos como si no hubiera estudiado unos cuantos años en el Instituto Británico. Así averiguaré in situ su nivel de inglés y comprobaré cómo se manejan en el gran mundo. Y allí nos estarán esperando, sólo tendré que subirme al coche y pegar la cara a la ventanilla para acostumbrarme al nuevo paisaje.
En estos días, no pienso ocuparme de nada.
Excepto de jugar con los sobrinillos, ayudar en la cocina, disfrutar de esas largas sobremesas que tanto nos gustan, hacer un poco de turismo, comprar alguna cosilla para comprobar que esas libras que hay sobre la mesa son dinero de verdad, y disfrutar del calor familiar en la tierra de Dickens. Que para eso está la Navidad.
Felices fiestas a todos.

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Coma etílico en Arroyo Culebro

 

11595-92058.jpgMiguel Pérez de Lema

Somos tan viejos como para haber visto el walking dead de los 80/90 por las calles de Madrid, dando emoción a las plazas de Chueca y Malasaña, y creando un escenario de pesadilla en los barrios extremos, las ciudades dormitorio, los trenes de cercanías, los pasillos del metro, los parques y jardines, y finalmente, los tanatorios.

La inocencia, el desarraigo, el gañanismo y el abandono de aquellos años llevó a la drogaína a media generación, según el relato mítico ochentero. Pero ahora, pasado el rito del sacrificio, ya somos modernos certificados, europeos championlig y “eso” no puede volver a ocurrir. Los jóvenes son menos estúpidos, hacen deporte, hablan idiomas y están a salvo. Porque todo es mejor ahora. Ahora, todo es el recopetín con güifi y blutuz.

Lo cual que el otro día una niña de 13 ha entrado en coma etílico en un parque del cosmopolita barrio de Arroyo Culebro. Los medios mediáticos dicen que esto pasa porque hay unos chinos muy malos que venden alcohol a los menores.

-Y no pagan impuestos, que me lo ha dicho mi nuera.

-Pudiera ser, señora.

La noticia se suma a la muerte de otra niña botellonera un mes antes en un descampado, y habría que empezar a preguntarse qué pasa para que estas criaturas se metan estos pasotes. Las que entran en coma etílico salen en Anarosa pero es de suponer que contamos con otros miles de preadolescentes que también soplan como un minero galés pero tienen más suerte o un hígado más curtido, y van librando.

-La niña se había bebido una entera botella de ron.

-Sí, señora, de eso estamos hablando.

Lo que sí tenemos y no teníamos en los 80/90 es todo un ejército de cuchipandas para la protección de la chavalería, a nivel municipal, provincial, autonómico, estatal y europeo, más toda clase de asociados sinanimodelucro, que suman decenas de miles de efectivos, con sus despachos climatizados, que hacen posters, dan charlas, y están como muy en el tema de la cosa pueril. Así que, por ese lado, estamos cubiertos.

Pero sigue habiendo, parece que sigue habiendo, una vuelta al brutalismo, al desarraigo, a la estupidez, y a lo mejor una parte de esta generación ha empezado el camino del suicidio colectivo sin que nos demos cuenta, ni le importe a nadie mientras no salga en Anarosa. Ya no es la atroz heroína, por suerte, ahora es el alcohol de alta graduación, un millón de veces más abundante y disponible.

-Apañados estamos.

-Usted lo ha dicho.

 

 

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Las putas deciden

por Robert Lozinski

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Arrogarse el derecho de actuar en nombre de la creación es una soberbia propia de todos los seres vivos, incluido el hombre, que puede matar sin esfuerzo como hace cualquier animal salvaje. Parece ser que, entre todos los derechos que hemos creado para defendernos los unos de los otros, se encuentra también el derecho de matar.

En “Unforgiven” el personaje que interpreta Clint Eastwood dice que quitándole la vida a un hombre le quitas todo lo que tiene y todo lo que pueda tener. William Munny, un matón arrepentido, se estremece ante la muerte, ante la muerte que corta el hilo de una vida. Ante la muerte que corta una vida que puede generar la vida; el hombre al que matas ya no podrá hacer ninguna de estas cosas: enamorarse, tener hijos, construir una casa, plantar un árbol… Porque esta sería, en definitiva, la misión del ser humano: hacer todo lo posible para que la vida dure.

William Munny, malo por excelencia, que ha practicado el mal con sus peores formas, tiembla asustado ante la cadena de destrucción que él mismo ha creado. Pero eso no le impide ir a matar otra vez a dos hijos de puta que habían marcado a navajazos el rostro de una prostituta, y a vengar en otros cinco o seis la muerte de su único amigo. Sí, lo hace por dinero, pero lo hace también por sacar de la pobreza a sus dos hijos y porque reconoce la maldad más despreciable. Y también porque está preparado para recibir idéntico castigo.

¿Cómo juzgar a William Munny? ¿Arrogante acaso? ¿Le corresponde a él decidir qué vida debe continuar y cuál debe terminar?

Mientras se va alejando, cabalgando en su caballo blanco bajo una terrible lluvia, nadie se atreve a dispararle por la espalda. Las prostitutas, mujeres sin héroes masculinos, le persiguen con la mirada llena de estupor y de admiración, como a un auténtico héroe.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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¿Por qué Trump?

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Miguel Pérez de Lema

A medida que fue avanzando la campaña electoral americana, a España nos llegaba la propaganda clintoniana y nuestros opinadores profesionales competían por ver quien arrugaba más el hociquito y se ponía más digno a favor de Hillary Clinton, con argumentos tan sólidos como que era mejor porque era mujer, como si su chantaje emocional pudiera impedir lo que cada día parecía más inevitable.

Aquí, desde la casi absoluta ignorancia, hicimos un poco de risa sobre Trump, (https://proscritosblog.com/2016/06/01/cartman-trump-y-la-neurosis/) y advertimos sobre su eficaz -y temible- identificación con el depauperado hombre blanco de la América profunda, y resulta que sí, que el tío lo ha conseguido.

Lo que más nos puede interesar de este fenómeno es lo que ya hemos venido observando y comentando, la evidencia de que la gente está harta de la hipocresía y de los profesionales del poder que se levantan cada mañana pensando en cómo atornillarse un poco más en su posición y han traicionado a sus votantes. Hillary es el poder, la corrupción, el inmovilismo, el globalismo, y la mentira, y tiene sus homólogos en todos los partidos tradicionales de todas las democracias occidentales. Y su derrota ante una persona tan extravagante es la derrota de todo el entramado corrupto y mentiroso que ha llevado poco a poco a millones de personas al desarraigo en sus propias casas.

Lo que pase ahora no lo sabe nadie. Probablemente, Trump, se moderará y se irá adaptando al cargo y a sus peajes, porque una cosa es llegar al gobierno y otra llegar al poder. Pero esta primera victoria de la resistencia -por muy loca y repulsiva que ésta sea- puede ser decisiva para que en Europa -descontando, claro, España, donde siempre hace buen tiempo y somos tan felices- los movimientos contra la oligarquía comiencen a ganar elecciones y a formar gobiernos.

En esta casa venimos hablando de esta tendencia (https://proscritosblog.com/2016/05/04/la-vuelta-de-las-naciones/) que parece que se confirma. Y seguimos opinando que “los nacionalismos han identificado “lo reprimido” en la mente colectiva de Europa, y se han ganado para millones de personas el arquetipo del libertador. De aquel que les da la razón, les reconoce que efectivamente existen esos problemas que les decían que no existían, y que se puede estar en contra de ciertos dogmas de fe, sobre todo cuando esos dogmas de fe propician el hundimiento económico y enervan la tensión social”.

Por muy peligroso que eso pueda llegar a ser, e incluso si estos gobiernos fracasan, el cambio parece saludable. A lo mejor, a partir de ahora, cuesta un poco más tomarle el pelo a la gente, esa gente que vota.

 

 

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Un hombre feliz

por Robert Lozinski
Fotografía en contexto original: BBC
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Una vida a la carrera. ¿Y para qué?

El otro día un conocido me contó que en las vacaciones de verano estuvo en seis lugares distintos y que ya está pensando dónde pasar la Navidad. Yo estuve sólo en uno y tuve que callar un poco avergonzado.

En el pueblo donde yo nací vivía un hombre llamado Dragan. Vivió más de 70 años, nunca había ido al médico, fumaba mucho, hablaba poco y en tono amistoso. Lo recuerdo siempre vestido con la misma ropa, tanto en verano como en invierno: botas altas de goma, pantalones, americana gris, camisa y gorra. En invierno cubría su cuerpo esquelético con un abrigo largo y no demasiado grueso. Bebía mucho, se emborrachaba y a veces dormía a la intemperie. Lo único que había hecho durante toda su vida fue llevar a su vaquilla al campo. Dragan vivió sus más de 70 años lentamente. ¡Qué largos eran sus días de verano! Viendo pastar tranquilamente a su vaquilla, fumando un cigarrillo de vez en cuando, echando la siestecita a la sombra. Un hombre sin planes ni ambiciones. Un hombre listo. ¿Para qué correr si el mismo fin nos espera a todos? Por eso nunca estuvo enfermo.

Nosotros vivimos corriendo. Lo consumimos todo a gran velocidad; alimentos que no alimentan, televisión que entontece, internet que no se apaga nunca, horas y horas de conversaciones telefónicas sin decir gran cosa, encuentros con amigos que no nos satisfacen espiritualmente, vacaciones que no relajan, trabajo que no nos gusta. En este consumo sin freno nos consumimos a nosotros mismos, nos hacemos viejos, enfermamos y llegamos a la estación de la amargura y de la decepción. Lo único que nos haría sonreír involuntariamente sería contemplar un gato lamiéndose las patas. Daríamos mucho para alargar ese instante. El gato lamiéndose las patas es la eternidad que hemos perdido. Dragan, viendo pastar su vaquilla vivió dentro de esa eternidad que, en su caso, duró más de 70 años. Sí, un hombre feliz.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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