Necesitamos mártires

por Marisol Oviaño

burkini

Estoy rabiosamente en contra de la islamización de Europa.
También estoy rabiosamente de acuerdo con las palabras de Valls, Primer Ministro francés: “El ‘burkini’ no es una nueva gama de bañadores, ni una moda. Es la traducción de un proyecto político, de una contrasociedad, fundado en la esclavitud de la mujer”.(elPeriódico)

Y entiendo que algunos municipios de Francia, con los ataques que han sufrido últimamente, prohíban el burkini en las playas. Mi primera reacción fue aplaudir la medida: hoy sólo se ponen el burkini las mujeres musulmanas y dentro de unos años, cuando esas máquinas de parir hayan terminado su trabajo, habrán llenado Europa de hijos de Alá que formarán partidos políticos y ganarán las elecciones. Y no sólo por el tema demográfico: creo que no pocos hombres occidentales hartos del feminismo radical les votarán. Y entonces todas nos bañaremos con burkini por decreto ley.

Pero, después de documentarme y darle muchas vueltas al asunto, no sé si es buena idea prohibirlos. Aunque no tengo ninguna duda de que se trata de un símbolo de la opresión que sufren las mujeres por parte de una ideología que las considera la puerta del infierno (y a los hombres, dicho sea de paso, animales sin ningún control sobre sus instintos); tengo la sensación de que las que se ponen el burkini para ir a la playa son las “modernas”. Las otras, las más conservadoras, no van a la playa. O se meten en el agua cubiertas de pies a cabeza y aguantan con los ropones mojados y llenos de arena todo lo que haga falta.

El burka no pertenece a la tradición islámica, tal y como nos explica Aina Díaz en un magnífico artículo en Infolibre Y el burkini es un invento reciente. Fue diseñado en el 2003 por la australiana de origen libanés Aheda Zanetti . En una entrevista en El Español, dice que lo hizo para que su sobrina pudiera bañarse como las otras niñas, cuya religión desconocemos porque llevaban los mismos bañadores que las niñas católicas, protestantes, budistas, judías o ateas. . En otra entrevista en The Guardian que publica El Diario afirma que lo diseñó para que jugara al vóleibol, . En cualquier caso y a pesar de que Zanetti no está en contra del sometimiento de la mujer al hombre, creo que diseñó el burkini para que las mujeres musulmanas hicieran algo que hasta entonces no podían hacer.

Pero la diseñadora del burkini vive en Australia, un país donde las mujeres son libres de hacer lo que les dé la gana (siempre que no sean musulmanas).  ¿Opinan lo mismo las musulmanas que viven en países islámicos? En un artículo aparecido en El Mundo, varias de ellas aseguran que el burkini es una imposición, e incluso una que supervisa un internado de chicas, asegura: “estas chicas con ‘burkini’ intentan imponer su ley a las jóvenes que no portan el velo, ya que consideran a estas chicas como impías”.

No hace tantos años, cuando las “suecas” llegaban a las playas españolas, el reprimido Juanito español, se relamía con el espectáculo. Pero ponía el grito en el cielo si a su mujer se le ocurría comprarse un bañador que no tapara bien todos sus encantos. Porque la mujer española era “decente”. Y las “suecas”, unas putas. Imaginemos que Juanito español y su mujer hubieran emigrado a un país de “suecas” con buenas playas, Francia, por ejemplo. Y que la policía francesa hubiera multado a la española por llevar un bañador católicamente recatado en lugar de un bikini. ¿Qué habría dicho Juanito español? (ponedle voz de José Luis López Vázquez): “¿Lo ves cómo esto de venir a la playa sólo nos trae problemas? A partir de ahora sólo iremos de excursión al campo. ¡Campo, mucho campo!”.

Por eso, aunque el cuerpo me pide prohibir el burkini, el niqab y demás, no estoy segura de que multar a las mujeres que lo lleven sea lo más inteligente. Para empezar ellas, que ya son víctimas del machismo musulmán, ahora además lo son del enfrentamiento entre el radicalismo islámico y el laicismo occidental. Y después de la primera multa, probablemente el marido les prohibirá ir a la playa. ¿Es eso lo que perseguimos: que las mujeres musulmanas se queden en casa con la pata quebrada, vigilando que sus hijas perpetúen la sumisión?

Pero, por otra parte, no podemos ceder ni un milímetro en este asunto. De modo que se me ocurren soluciones más imaginativas. Si estuviera en mi mano legislar, pondría el foco en los hombres. Y cada vez que hubiera una mujer con burkini en la playa o con niqab en la calle, obligaría a toda su familia a asistir, hombres y mujeres por separado, a cursos bien largos sobre los derechos de la mujer, la igualdad de sexos en Europa y los metodos anticonceptivos.  Y a la familia que se negara a asistir al curso, le pondría una multa de miles de euros o, en caso de que estuvieran recibiendo ayudas del Estado, les retiraría las subvenciones. Y, si fueran extranjeros, los expulsaría del país.

A ellas les facilitaría el acceso a las obras de otras mujeres musulmanas que luchan por conseguir la igualdad (las hay). De este modo nos quedaría esperanza de que empezaran a pensar por sí mismas y a asociarse para alcanzar los mismos derechos que los hombres. Y eso sólo pueden hacerlo ellas: la libertad no puede ni regalarse ni imponerse.

Por supuesto, no soy ingenua y sé que lo tendrán muy difícil.  Como decía Inar de Solange en Seduciendo a dios: “…las mujeres han de librar su batalla entre las paredes de la casa familiar, y el enemigo a batir son sus ancestros, sus tradiciones, sus padres, sus familiares, su entorno. Su dios”. Nadie dijo que fuera fácil. Ninguna lucha por la libertad lo ha sido, a las mujeres occidentales nos ha costado sangre, sudor y lágrimas alcanzar la situación que tenemos ahora. Y ahora ni nosotras ni el Estado podemos luchar por las mujeres musulmanas. El Estado puede decretar leyes que las protejan de las exigencias del radicalismo islámico, y nosotras podemos apoyarlas en su lucha, pero son ellas quienes tienen que poner las mártires.

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¿Por qué es tan duro ser mujer en el S XXI? (IX): “Borrando a Papá”

Documental sobre la obstrucción de vínculos familiares y la alienación parental en Argentina. “Borrando a papá” fue censurado en Argentina después de su estreno en cines el 2 de octubre 2014.

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Descansar es necesario

por Marisol Oviaño

mojácar

Domingo, último día de vacaciones.
Me levanto tarde, leo la prensa, me doy un paseíto por el pueblo. Paro en la trinchera proscrita para asegurarme de que mañana no me aguarda ningún desastre como, por ejemplo, una filtración de la piscina que hay un piso más arriba. Compruebo que todo está en orden y emprendo el camino de vuelta a casa.

Como a la ida, me voy encontrando con personas a las que conozco y, aunque saludo con una sonrisa, no me detengo a hablar con ninguna. Ayer estuve todo el día con gente en casa de Cris y lo pasé muy bien, pero hoy no tengo ganas de pegar la hebra con nadie. Para apreciar el ruido, hay que conocer el silencio.

En casa, Alejandro está en su cuarto. Eude se ha ido al centro comercial con una amiga para comprar el regalo del cumpleaños que tienen esta noche. La brisa mueve las hojas de los árboles, entra por la ventana y me agita el pelo como si estuviera escribiendo en la cubierta de un yate. Lo mejor de las vacaciones ha sido regresar y comprobar que sigue gustándome este viejo piso reformado que está en el centro de un jardín. Que amo a quienes comparten la vida conmigo y que sigo amando mi trabajo.

Llevaba cinco años sin desconectar y me hacía mucha falta. Pero no supe cuánto hasta que, la primera noche que pasamos en Mojácar, Cris y yo nos sentamos a tomar una cerveza frente al mar mientras esperábamos mesa para cenar. La terraza del restaurante estaba cerca de donde rompían las olas, y el aire salado nos rizaba el pelo y nos acariciaba la piel. Me sentí tan feliz que se me humedecieron los ojos.

El viaje a Mojácar con Cris ha sido una experiencia inolvidable. Nos hemos reído muchísimo, hemos hablado todos los días hasta las cinco y media de la madrugada; hemos pasado muchas horas en silencio en una playa salvaje y remota, cada una a su bola porque para eso está el mar: para abandonarse a él. Hemos disfrutado como obreros de esas cervezas heladas, que sacábamos de la neverita cuando acabábamos el arduo trabajo de montar el cuartel general con una lona y unos vientos. Hemos sacado el máximo partido a las paellas del todavía más remoto chiringuito que había una playa más allá. Nos hemos divertido incluso cuando fuimos a comprar sillas de playa y nos atendió un joven y cómico matrimonio chino. Hemos funcionado como un equipo, Cris cargaba con casi todo el peso y yo contaba chistes, e hice una ensaladilla rusa que nunca acabamos de comernos. No sólo han sido unas felices vacaciones, también una intensa prueba que nuestra amistad ha superado sin esfuerzo, quizá porque nos conocemos y nos queremos tanto que casi podemos leernos el pensamiento. Todo fluyó entre nosotras de manera natural, como hace años, cuando estábamos a todas horas juntas. Gracias por esos días, Cris.

Tras la costa de Almería, puse rumbo a la casa que mi madre tiene en el pueblo.
nogal

Nunca antes había ido sola, sin hermanos, cuñado, sobrinos o madre. Se oían los pájaros, los burros que rebuznaban a lo lejos, algún gallo, el viento entre las hojas del gran nogal del jardín. No había mejor lugar para pensar todo lo que tenía que pensar. Allí podría darle vueltas a la cabeza durante horas. Y, además, también estaban pasando esos días de agosto en el pueblo mis primas, sus maridos, sus hijos, y cuatro de mis tíos, lo que me ofrecía la oportunidad de hacer algo de vida familiar a la hora del aperitivo o por la noche, durante las fiestas. Sentía curiosidad por descubrir cómo sería relacionarme con todos ellos sin mi madre y sin mi hermana, que son quienes suelen marcar las pautas sociales, pues yo apenas voy por  Pradosegar. Y fuera de allí, coincido poco con esa rama de la familia, que es la que más frecuento.

Mi hijo Alejandro había venido conmigo, pero era una compañía muy cómoda: pasaba mucho tiempo leyendo, tocando la guitarra o jugando con el móvil; no interrumpía el flujo de mis pensamientos. Pero yo no quería estar sentada todo el día leyendo o escribiendo, necesitaba ocuparme en alguna tarea física que me hiciera sudar pero no me provocara un infarto. Y no me apetecía andar, hacía demasiado calor para pasear por los caminos polvorientos.

Justo antes de irse a México, mi madre había solado la parte de atrás del jardín. Tuvo unas diferencias con el encargado, y éste se marchó sin haber quitado los restos de cemento. De modo que me puse manos a la obra; así daría una alegría a mi madre y, por otro lado, terminaría de limpiar el atranco mental que ya había empezado a diluirse en Mojácar. Dediqué varias horas diarias a quitar la película de cemento que afeaba el patio y las aceras. Primero con manguera, luego con fregona, luego con cepillo, luego con vinagre, luego con vinagre, agua hirviendo y cepillo de raíces. Me sentía como el doctor Bacterio experimentando en su laboratorio. Y cuando frotaba y frotaba con el cepillo de raíces –con mango-, pensaba en que esa había sido la vida de mi abuela cuando sólo tenía doce años de edad: frotar y frotar para otros a cambio de un plato de comida y un jergón. Cuando al final de cada sesión de limpieza cogía la manguera para rematar el trabajo, sentía que aquella arenilla que el agua arrastraba hacia al sumidero había salido de mí. A los dos días de llegar allí, los pensamientos volvieron a fluir como arroyos.

Cuando Alejandro y yo nos cansábamos de estar solos, salíamos a tomar algo con las primas y demás familia; ¡es tan agradable esa complicidad que hay entre quienes han crecido juntos! “Tienes que venir más a menudo”, me decía mi prima Maricarmen, que va al pueblo todos los fines de semana. Pero no pude prometerle nada; cada vez que voy pienso que volveré pronto, pero luego la vida me enreda en mil asuntos más.

Algunos días después que nosotros, llegaron mi hermana, su marido y sus hijos. En enero se fueron a pasar una temporada en Inglaterra y, aunque a los dos adultos les hemos visto cuando venían a Madrid por trabajo, hacía más de medio año que no veíamos a los niños. La casa se llenó de bullicio, alegría y alguna que otra pataleta, del sonido de la vida que bulle, y Alejandro y yo dejamos de ser ermitaños para volver a ser felices miembros del clan. Cenábamos bajo el centenario nogal gracias a un ingenio lamparil que había ideado mi cuñado, y yo ponía sobre la mesa unas velas en un par de botes de mermelada. Si hubiéramos sido más delgados, habríamos parecido protagonistas de alguna película francesa. Desde luego hablamos tanto como hablan los franceses en ellas: una de las mejores cosas de nuestra familia es que nos encantan las sobremesas. Sólo faltó que hubiéramos coincidido con mi madre, que seguía en México, y Paco, que andaba pedaleando por Inglaterra.

Y, tras convivir estrechamente con el clan tres días, regresé a esta casa para ir aterrizando poco a poco en la realidad. El hombre en la sombra me llamó el mismo día que llegué, y el trabajo comenzó a infiltrarse poco a poco en los últimos días de semivacaciones. Pero como este necesitado descanso que he disfrutado estas semanas me ha despejado la mente, hemos ido solucionando los problemas que se presentaban, y afrontamos la vuelta al cole con la ilusión que siempre me provocan la toma de decisiones y los nuevos o renovados proyectos.

Mañana lunes (hoy, cuando leáis esto), volveré a abrir la trinchera proscrita.
Espero que hayáis disfrutado de unas buenas vacaciones. Y si no lo habéis hecho, hacedlo. Descansar es necesario.

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Minutos musicales: Lydia Kavina y su Theremin

Debussy en el espacio profundo.

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¿Dónde está el feminismo cuando Europa lo necesita?

por Marisol Oviaño

sumisión de la mujer

Europa está siendo atacada por dos ideologías a cual más dañina: el islam, que está por encima de las leyes de los hombres, y la ideología de género, que ídem.

Mientras en nuestras calles hay cada día más mujeres con velo, las feministas de cabecera, esas que viven de nuestros impuestos, no tienen tiempo de darse cuenta porque están muy ocupadas en su guerra contra la biología (tener un aparato reproductor femenino o masculino es sólo una cuestión cultural que nos ha impuesto el heteropatriarcado), inventando chorradas como los “micromachismos” y castrando la poca virilidad que le quede a nuestros hombres.

Mientras en nuestras calles mueren a diario pacíficos ciudadanos al grito de Allahu Akbar, los grandes medios de comunicación insisten en su cruzada contra el hombre y lanzan campañas en las que se recuerda a nuestras adolescentes que si su novio -también adolescente y empanao- se mosquea porque salga con otro amigo, es violencia de género. Pero jamás he oído que digan: si tu familia te obliga a ponerte el velo, si tu familia no quiere que aprendas a leer y escribir, si tu familia no te deja que salgas sola a la calle, si tu familia te obliga a dejar el instituto para ayudar en casa, si tu familia concierta tu matrimonio, si tu familia te obliga a ir tres pasos por detrás de tu marido, es violencia de género: denúncialo.

Con todo lo que nos gastamos en asesores, observatorios de igualdad de género y otras zarandajas, nadie parece haberse dado cuenta de que una de las principales razones por las que los musulmanes no se integran, es porque la mayoría de sus mujeres se quedan en casa pariendo como conejas. Ellas tienen más y más hijos, y los occidentales, que como mucho podemos permitirnos uno o dos hijos, sufragamos con nuestros impuestos ayudas sociales, becas de comedor, becas de libros, sanidad, pisos de protección oficial… Todo lo que haga falta para conseguir que se integren.

Sin embargo, lo poco que se haya conseguido con la educación pública, sufrirá una involución cuando a la hija le venga la regla y la saquen del instituto para que ayude en casa y aprenda a ser una buena esposa musulmana. Incluso tal vez concierten su boda con un hombre que está esperando en su país un matrimonio que le proporcione papeles para estar aquí y una mujer que sea su esclava. Al hijo le dejaran salir un poco más, incluso tener relaciones sexuales con jóvenes infieles, pero también el acabará casándose con la prima del pueblo, que es analfabeta.

Y esa pobre analfabeta llegará a Europa sin conocer a nadie, e inmediatamente caerá en las redes de la suegra que, en el mejor de los casos, chapurreará el idioma en el que los infieles hemos educado sus hijos. Y la suegra y todas sus amigas vigilarán de cerca que la recién llegada sea una buena esposa musulmana. De ese modo perpetuarán en tierra europea las costumbres que han impedido a sus países de origen subirse al tren de la modernidad, la igualdad de sexos, la democracia y la separación entre religión y Estado.

Hay mujeres musulmanas que quieren integrarse, que aprenden el idioma de acogida, que aprenden a leer y escribir, que quieren tener un trabajo, prosperar, integrarse. Pero la integración es difícil cuando eso supone enfrentarte a tu entorno más cercano y cuando ni siquiera las feministas más recalcitrantes reparan en ti. Sin embargo, es a ellas a quienes tenemos que apoyar si queremos que sus hijos dejen de matarnos.

Y como parece que los políticos europeos no saben cómo atajar el problema que tenemos en la entrañas de Europa, ahí van una serie de medidas que habría que implantar con carácter de urgencia:

– Supeditar las ayudas sociales a que las mujeres musulmanas asistan a clases de alfabetización, de español. de derechos de la mujer y de control de la natalidad.
– Limitar las ayudas sociales a musulmanes a un número determinado de hijos (si tienes más de dos, será porque te lo puedes permitir)
– Retirar toda ayuda social a quienes sacan a sus hijas del instituto en cuanto les viene la regla
– Becar a las alumnas más brillantes para que estudien en la universidad

En resumen, que Europa deje de ser un paraíso para el musulmán medieval.

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Borrell vs Junqueras

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Sehnsucht

reyfernando

Miguel Pérez de Lema

Del renacimiento al barroco, o más ampliamente, del clasicismo al romanticismo. En el movimiento pendular de la historia, tras el paréntesis de la nada posmoderna, hemos terminado el impulso racional y vamos adentrándonos, de forma uniformemente acelerada en el territorio de lo mítico, lo espiritual y lo impredecible.

Lo cual que vuelve el romanticismo.

En español no tenemos una palabra como la alemana “sehnsucht”. Ni la gallega “morriña” ni la pessoana “saudade” son suficientes, ni por supuesto nuestra escueta “nostalgia” ni la desprestigiada “melancolía”. El “sehnsucht” se suele explicar como “la nostalgia de lo no vivido”. Aunque es algo más porque implica deseo. Viene a ser la sensación de tristeza por el deseo insatisfecho de no haber conocido algo lejano, un sentimiento imposible de satisfacer porque el objeto de deseo ya no existe o incluso más a menudo porque nunca existió y es un espacio ideal en el que el deseante sitúa aquello que añora, o que cree añorar pues en realidad nunca lo tuvo ni lo perdió.

Cuando Houellebecq cierra su novela “Sumisión” afirmando que el protagonista, tras convertirse al islam: “no extrañaría nada”, está concluyendo un proceso romántico de “vuelta a los orígenes”. Su protagonista, desencacajado en la agonía final de Occidente, no tiene nada real que echar de menos del mundo que termina y detesta. Y cree encontrar en los valores tradicionales musulmanes un consuelo a su pérdida de sentido de la vida, recuperando “algo similar a lo que tuvo su padre” en la primera mitad del siglo XX. Una suma de ilusiones románticas que solo pueden lleva a una desilusión mayor.

El protagonista, a lo largo de la novela, experimenta el “sehnsucht” por el cristianismo, e incluso ingresa en un monasterio, pero concluye que ese deseo es inalcanzable. El cristianismo no puede volver y en su lugar se impone una versión más joven y fértil, con voluntad de poder. Por supuesto la novela es una provocación y no hay nada de proselitismo islamista en ella. Es sólo la última bala de todo el cargador que H. ha venido vaciando sobre Europa, su último aviso, porque como todo cínico en el fondo aun espera una reacción aunque se empeña en demostrar que es imposible.

Una de las falacias más extendidas de nuestro tiempo es la idea de la aceleración histórica. Si miramos de cerca las cosas, nuestro tiempo no va tan rápido como nos dicen, a no ser que creamos que el paso de iPhone de su versión 2 a la 3, o de la 4 a 5, son hitos históricos como la caída de Constantinopla. No, nuestro tiempo, el tiempo del fin de Occidente, es sensiblemente más corto que los mil años de la Edad Media pero también es un proceso bastante largo. De la montaña incomprensible de Heidegger sólo he sacado la conclusión de que al genio le preocupaba esta pérdida del sentido de la vida, de “la cosa”, y se remontaba a la época de su abuelo tonelero en el S. XVIII, que suponía era más o menos “cuando se jodió el Perú”. En algún momento, parece entenderse en “Ser y tiempo”, las personas de Europa dejaron de ser un todo único y armónico con su ser y su entorno, empezaron a conocer algo más que su aldea, y nació el vértigo de la posibilidad -y más tarde la obligación moral- de elegir su individualidad en un supermercado inabarcable de experiencias, simulacros, novedades, conquistas y decepciones.

Aquí y ahora. Estamos atrapados y no tenemos un plan de fuga. No tenemos ni talento, ni imaginación para idear el siguiente escenario, mientras vemos que este se está cayendo a pedazos. Ese es quizá el único consenso de nuestra época. En este punto, no es extraño que resurja con fuerza la nostalgia de lo no vivido, el escape imaginario hacia tiempos idealmente mejores y espacios legendarios, cuando todo, imaginariamente, estaba en orden.

El pasado nacional, mítico,  se ofrece como un consuelo en todos los países de Europa, reforzado, como en H., con una vaga idea de cristianismo continental. En todos los países, menos en España. Tan cruel es nuestra historia que ni eso tenemos. Si H. utiliza en su novela el ejemplo del escritor Huysmans en busca de un pasado de redención y epifanía -aunque acaba descartándolo-, aquí releemos a Menéndez Pelayo y nos produce risa, si bien es muy posible que tuviera razón con aquello de  “España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas”. Pero no es nostalgia sino pura ironía posmoderna lo que nos produce.

Estamos, por nuestro atraso histórico, demasiado cerca del catolicismo como para tener nostalgia de él. Y con él, de la vuelta al nacionalismo, del que ha ido de la mano hasta hace muy poco tiempo, y con el que sigue asociado cada vez más vagamente, con más pudor, como representaciones fantasmales de dos fuerzas condenadas a diluirse, sin verdadero aliento vital.

El nacionalismo y el catolicismo -cierta forma de nacionalcatolicismo- es para nosotros un pasado tan real, cercano, tan lleno de referentes concretos, que no sirve para trabar mito idealizable. Nuestra situación, por tanto, es peor, más desesperada que la europea y quizá, por nuestra historia contemporánea, nuestra nostalgia fingida se refugia hoy en lo que no fue, en el ideal republicano fracasado en sus primeros balbuceos y hasta en el comunismo, que por suerte no conocimos. Justo cuando Occidente parece estar al final de ese camino, aquí hay quien quiere descubrirlo. Siempre seremos diferentes.

Europa está empezando, desde los márgenes más grotescos de Internet, pero con creciente popularidad a explorar la nostalgia del no vivido cristianismo medieval. Un loco como Breivik no es cualquier loco sino un loco romántico europeo que encarna la locura concreta del momento concreto, y su referente ideal, su”sehnsucht”, es la Edad Media cristiana resistente a la invasión y a la decadencia moral. Una versión ultraviolenta y sin el dinero ni el buen gusto del bueno de Luis II de Baviera, que en el salón del trono de su castillo demente de Neuschwanstein, dedicado a los mitos románticos sobre la Edad Media de Wagner, hizo pintar un gran fresco con los principales reyes cristianos en batalla contra los musulmanes. Como nota curiosa podemos decir que Fernando el Católico está situado en el centro de esa escena, pero eso no nos sirve de nada. Fernando el Católico era un facha.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Por qué es tan duro ser mujer en el S XXI? (VIII): Ni periscope ni hostias

Miguel Pérez de Lema

Intentando entrar en la lógica contemporánea y sintiendo afinidad generacional por esta buena señora, no hallamos consuelo. No hay nada que hacer, todo está perdido. La cosas son así y la inercia del medio es infinitamente más fuerte que los brotes de indignación. Por tanto, si a las chicas les divierte ver unas pollas aleatorias ¿quién es la madre para entrometerse? ¿Qué va a conseguir?

¿Para qué tanto sufrimiento?

La chicas, tras un rato de disgusto, jotía, volverán a su carrusel de pollas, los chicos dejarán comentarios a favor de la tribu juvenil y carcajadas en versales JAJAJAJAJAJAJAHAJAJA. Y el mundo seguirá descomponiéndose.

Como terapia de choque, tal vez, podríamos imaginar a una madre que coge, va, se pone y dice, “anda chiqui dame eso, que yo también quiero verlo”. La madre se sentaría entre las adolescentes mirando a la cámara y su imagen vergonzante para las adolescentes saldría en el Periscope, jotía, mientras comparte con ellas una buena sesión de visionado de pollas aleatorias en familia. Quizá las muchachas sentirían un mal rollo que lo flipas, tía, quizá sintiesen por un momento la existencia de la raya entre el bien y el mal, quizá la psicología inversa ganase una de sus últimas batallas. Aunque lo dudamos.

 

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Escohotado

Un rato de charla con uno de los mayores pensadores españoles.

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¿Por qué es tan duro ser mujer en el S XXI? (VII) Jennifer says

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Jennifer Aniston Says:

Sobre por qué las mujeres no estarán incompletas si deciden no ser madres:

“Durante el último mes se han gastado una cantidad desproporcionada de recursos en la prensa intentando descubrir si estoy o no embarazada (por millonésima vez… pero quién cuenta ya). Todo esto apunta a la perpetuación de esa noción en la que una mujer es una especie de ser incompleto, fracasado o infeliz si no está casada y con hijos. […] Lo que quiero decir es esto: “Estamos completas con o sin pareja, con o sin hijos. Tenemos que decidir por nosotras mismas lo que es la belleza respecto a nuestros cuerpos. Esa una decisión que nos atañe únicamente a nosotras. Tomemos esa decisión por nosotras mismas y por las mújeres jovenes de este mundo que nos ven como ejemplos. Tomémosla de forma consciente, alejadas del ruido de los tabloides. No necesitamos estar casadas o ser madres para sentirnos completas. Nosotras determinamos nuestro propio ‘y vivió feliz para siempre’.”

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Sobre la sufrida presión social de verse obligada a convertirse en madre:

“Sí, puede que algún día me convierta en madre, y si lo hago, seré la primera en hacéroslo saber. Pero no persigo la maternidad porque me sienta incompleta de alguna manera, algo que la cultura de las noticias de celebrities quiere hacernos creer. Me niego a sentir que  ‘valgo menos’ porque mi cuerpo cambie de forma, me haya comido una hamburguesa o sea fotografiada desde un ángulo estrambótico que lleve a dos conclusiones o ‘embarazada’ o ‘gorda’. Por no mencionar lo incómodo que es cuando te felicitan amigos, compañeros de trabajo y extraños por una supuesto y ficticio embarazo (lo que me suele pasar una docena de veces al día)”.

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Sobre por qué no hay que tomarse a la ligera a los tabloides:

“¿Está embarazada? ¿Está comiendo demasiado? ¿Se ha echado a perder? ¿Está su matrimonio a la deriva porque las cámaras han detectado una ‘imperfección’ física? Solía decirme a mí misma que los tabloides eran como unos cómics, que no me los tenía que tomar en serio, sólo eran un culebrón a seguir para distraerse, pero no me lo puedo decir más porque he sufrido de primera mano el acoso y cosificación de estos medios durante décadas y reflejan la visión deformada de cómo calculamos la valía de una mujer. […] Tenemos que decidir qué compramos, y puede que algún día los tabloides estarán forzados a ver el mundo desde una perspectiva diferente, con una visión más humanizada en la que los consumidores hayan dejado de comprar esta mierda”.

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Sobre la visión de las mujeres en los medios:

“El escrutinio y cosificación que ponemos sobre las mujeres es absurdo y perturbador. La manera en la que me retratan los medios es sólo un reflejo de cómo vemos y representamos a las mujeres en general, midiéndolas continuamente contra un estándar de belleza deformada”.

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Sobre la imposición de la delgadez a la que las mujeres se ven sometidas desde que son niñas:

“El mensaje de que las niñas no serán guapas a no ser que estén increíblemente delgadas, de que no merecen nuestra atención a menos que sean una supermodelo o una actriz en la portada de una revista es un mensaje que todos compramos. Este condicionante es algo que arrastran las niñas hasta su madurez. Usamos las noticias de celebrities para perpetuar este sistema que deshumaniza la visión de las mujeres, centrándose únicamente en su apariencia”.

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