Hipólito, el suicida

por Robert Lozinski

Hipólito, el enfermo de tuberculosis de “El Idiota” de Fiodor Dostoyevski, quiere suicidarse espectacularmente, delante de todos, pero fracasa. Había cargado la pistola pero había olvidado introducir la cápsula*. Todos se ríen de él, de su gesto ridículo. Y aunque su intento de matarse había sido sincero y el fallo se había debido a un descuido al ultimar las preparaciones, como él mismo jura desesperadamente, nadie le cree. Es más, el público se enfada: del público se burlaron.

A nadie le importa lo que siente el joven de 18 años en aquel momento. ¿Cómo va a vivir sus últimas semanas de vida con una vergūenza tan grande: la de haber fracasado en el suicidio? Y lo que es peor todavía, ¿cómo va a soportar esa vergūenza después de morir? ¿Cómo hablarán de él cuando ya no esté presente?

Dostoyevski, condenado en su juventud al fusilamiento por sus ideas reaccionarias, pena conmutada, unos minutos antes de la ejecución, por otra de trabajos forzados, sabía lo que siente un condenado a muerte en los últimos minutos de su existencia. Dedicó a ese pensamiento fragmentos enteros de su obra: la súplica del perdón, el juramento desesperado y solemne a sí mismo, poniendo a la humanidad por testigo: si salgo de esto, seré distinto, no haré mal a nadie, no malgastaré ni un segundo de mi vida en cosas inútiles.

No es el miedo del hombre ante la muerte lo que asusta a Fiodor Mihailovichi, sino el incumplimiento de semejante promesa.

A Hipólito le castiga por intentar arrebatarse a sí mismo la posibilidad de sobrevivir. ¿De curarse acaso, milagrosamente? Suicidándose, el hombre rechaza la oportunidad del milagro. ¿Qué es la vida si no un deseo de aplazar cada vez más la muerte?

*(Cápsula fulminante que inicia la inflamación de la pólvora. En las pistolas antiguas se introducía por separado.)


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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El tonto de las flores

Miguel Pérez de Lema

Con el calor y la escasez de noticias de los periódicos se llenan cada verano de morralla, sexo encubierto, dietas, y tal. Pero entre que el oficio está chungo y hay que calentar la silla todo lo que el cuerpo aguante -otro día hablamos de lo de Cifuentes y las vacaciones optativas- y el hecho de que la epidemia de imbecilidad es un surtidor inagotable de ocurrencias mediáticas, uno no deja de asombrarse cada mañana ojeando titulares.

Hoy ha logrado su minuto de gloria un profesor de algo que anda muy ofendido porque le han echado de un templo por robarle las flores a un muerto. Y ahí que se ha hecho viral y ha entrado toda la peña de Internet a calentarnos la sangre un poco más de lo que corresponde a esta época del año.

La movida es que el templo es la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, y el finado, Franco. (Espacio para la reflexión).

Hace tiempo que venimos diciendo por aquí que en el desastre de la España del XXI, se han unido la crisis económica y la política, para propiciar el matonismo y envilecimiento moral del pueblo español.

Cualquier idiota, azuzado por la descomposición y el sufrimiento -generalmente suelen ser idiotas azuzados por el sufrimiento de otros, los sufridores en estas tierras siempre hemos sido mansos-, se viene arriba y como aquél que puso un revólver en la barra de un puticulb suelta su particular: “esta noche manda mi rabo”.

Poco importa que la chulería sea en forma de referéndum trucho, de comparecencias por plasma, de rodear congresos de los que uno mismo forma parte, o como en el último y chusco incidente, mediante el robo de las flores de un muerto.

Lo bueno, de momento, es que por más que aumentan las demostraciones de chulería, hasta ahora nunca se da de morros un chulo con otro tipo de signo contrario, y se lían a navajazos. Lo malo es que eso ocurre luego en la red, a base de twits, comentarios en las noticias, y blogs, como este mismo.

También hemos dicho en esta casa hace tiempo que la convivencia es imposible, y que lo único que evita que nos partamos la cara cada mañana unos a otros es la indiferencia. Apostamos, ante la cultura de la imbecilidad, por la cultura de la santa indiferencia.

Mientras nos dejen.

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PIS PRIDE

por Miguel Pérez de Lema

Las cosas son lo que son, y luego, ya si eso, lo que te cuentan. Y además está el cuidado que hay que tener con la pena de excomunión del modernario. Lo cual que hablamos de la movida que se prepara en Madrid -la ciudad con el centro más sucio, hacinado e intransitable de Europa- con lo de las carrozas trotonas de este año, que anuncian que va a ser el recopetín.

Si esto no se hiciera bajo la bandera que lo cobija, podríamos alertar cívicamente a la población del aluvión de meadas que se prepara sobre nuestros portales (hablan de que vendrían hasta 3 millones de personas decididamente resueltas a darlo todo). Pero como el terreno de juego está muy embarrado, nos preparamos para cerrar el pico y apretar los dientes, y esperar que la cosa no sea para tanto. En cualquier caso, nos quedaríamos muy solos porque este punto de vista no existe en la prensa y nadie hablará de nosotros cuando nos levantemos en una ciudad bombardeada por la basura.

Como la bandera en la que se envuelve esta romería del mal gusto es la bandera del bien absoluto, todo lo que ocurra se da por bien venido. Lo cual que a favor, en general, de lo que venga. Pero si nos preguntaran, contaríamos cómo el año pasado tuvimos que remontar a pie un extraordinario charco de orines en la calle Barquillo, a la altura de la Plaza del Rey, y cómo este sucio Madrid amaneció con una resaca de botellón nunca vista. Aquella noche, según entendimos, no regían las normas que prohíben el bebercio público y por las que cascan una multa de euros 600.

Celebrar el reconocimiento de los derechos civiles de cualquier persona que haya estado privada de ellos está bien, es una ocasión alegre y festiva con la que sólo un desalmado puede estar en desacuerdo. Este sería el fondo.

Sobredimensionar la representación una minoría, solapar lo público con lo privado de forma que a fin de cuentas no haya quien se haga responsable de los desperfectos, exhibirse de forma grotesca y animar al poco cívico madrileño a ponerse hasta las patas en la calle, no nos gusta. Esto se refiere a la forma.

A mentes más preclaras corresponderá analizar el camino entre el fondo y la forma de este fenómeno, sus complejos vericuetos, señalar sus trampas y despeñaderos, y sus gozosas regalías. Nosotros, todo lo más, hemos asomado un momento la naricita, con más miedo que vergüenza, para decir que el orgullo y el pis no deberían estar necesariamente vinculados.

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Un ojo por un croissant

por Robert Lozinski

En el patio de la escuela dos niños jugaban al fútbol con un croissant. Les llamé la atención diciéndoles que aquello era para comerlo y no para patearlo. Uno de ellos me contestó con desdén: “Nos lo vamos a comer después”. Quise decirles algo, explicarles tal vez… pero no lo hice. “Sí, chicos, lo vais a comer”, pensé, no obstante, para mis adentros. Todos terminamos por comernos, tarde o temprano, lo que pisamos, escupimos, ensuciamos.

¿Pero de dónde viene este desprecio por la comida? ¿Cuál sería su origen? ¿La abundacia? ¿La mala calidad de lo que comemos? ¿La falta de hambre, de hambre verdadera, prolongada, enloquecedora?

Seguro que estos niños lo vieron hacer en sus familias. Vieron cómo sus padres tiraban la comida a la bolsa de la basura, cómo en el frigorífico se estropeaban los alimentos, amontonados y olvidados, y que olían mal, cómo los restos del plato, comestible hace poco, se podían transformar en seguida en desperdicios.

Mi abuela me solía decir que en el plato dejo mi fuerza. Eso se les decía a todos los niños. Los niños no preguntaban qué quería decir la expresión. ¿Cómo que se dejaban la fuerza en el plato? Los niños antes no hacían tantas preguntas. Acababan la comida todo serios, decían “gracias”, y se iban a sus cosas.

Sí, el alimento es la fuerza del hombre. Imaginémonos un día sin comer. Imaginémonos una guerra, una hambruna. Tres días sin probar bocado y por un croissant pisoteado seríamos capaces de sacarle un ojo a cualquiera.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Si Podemos no odiase a España

Miguel Pérez de Lema

15m.jpgAlgo salió mal. La alegre muchachada de la Facul de Políticas estuvo cerca, casi lo logra, pero se pasó su oportunidad. Las revoluciones mueren en el descanso, se acomodan, se envilecen, maduran y luego se pudren.

Estuvieron cerca. Jugaron como nunca y perdieron como siempre. Esta vez España tenía ganas, de verdad que España quería una catarsis, un nuevo pacto, una purga del alma porque estaba ahogada en el asco y la miseria. Y allí estaban ellos, oportunos, en el momento y el lugar apropiados, pero fallaron.

Venían demasiado resabiados, cargados de odio y consignas extravagantes, y venían, sobre todo, carentes de España. El gen comunista, y su degradación moderna, con toda su semántica estúpida, su ideología de género, su animalismo, y sus mil frivolidades minoritarias, pudieron más que el verdadero llamado a hacer el nuevo pacto nacional, urgente y necesario, que se respiraba en las calles.

Si venían envenenados de odio a España ¿Cómo creer en su amor por los españoles?

El cáncer comunista, como el odio ultramontano de los cruzados, no cuajó nunca en España. Y esta vez, tampoco. En lugar de ofrecer la concordia y ganarse la verdadera mayoría social del país, la de los que a pesar de todo se sienten España porque España son ellos, se arriscaron en posiciones fáciles de conquistar pero con muy poco valor estratégico para una victoria total, las plazas fortificadas del separatismo.

Enfermos de su odio a España, con la inocencia de desconocer que España es los españoles y su orgullo, no ganaron el amor fraterno de los de abajo con los de en medio y los del norte y el este con el sur y el oeste, construyendo una mayoría amplia, de todos, territorio a territorio, sino que vieron la oportunidad cortoplacista de hacerse fuertes allí donde más acendrada está la enfermedad del odio a España.

Campeones del odio, de la traición, llenos de malos sentimientos, manías, prejuicios, vaguedades, y escaso amor por el trabajo, fueron incapaces de liderar a la mayoría de ciudadanos que se afirman en su vida diaria en la generosidad, el sentido común, el buen vino y el trabajo durísimo.

Y España dijo no.

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Don pedro sangre

por Robert Lozinski

Leí La Odisea de Capitán Blood cuando tenía 12 o 13 años. Todo en esta obra es encantador: Peter Blood, elegante y valiente moreno de ojos azules, licenciado en medicina y pirata por obligación; Arabella, hermosa y rica muchacha criolla; las batallas en el mar, los paisajes del Caribe, de la Isla Tortuga, de Maracaibo, Jamaica y Cartagena. Y hasta los piratas, borrachos, andrajosos y siempre pendecieros pero sin miedo al peligro ni a la muerte. Y por supuesto el amor que surge entre Peter y Arabella, sometido a lo largo de la aventura a todo tipo de pruebas, amor que al final acaba, como es lógico, en una resonante boda.

El personaje nefasto, horriblemente representado es el español. Forma una aglomeración estrafalaria de sujetos a cual más sanguinario, miserable y cruel. El español es, en la visión del escritor, ejemplo de canalla, totalmente falto de escrúpulos a la hora de poner en la práctica cualquier vileza, y extremadamente olvidadizo de su promesa o palabra de honor. El relato fluye con una especie de resignación objetiva: ¿qué le vamos a hacer?, así ocurrieron las cosas, así se las hemos contado.

El lector, más o menos informado, podría pensar que el deseo de su autor, Rafael Sabatini, italiano afincado en Inglaterra, fue el de escribir una obra a gusto de la corona británica para mostrar su agradecimiento al país que lo había naturalizado y cuya lengua tanto amaba.
Lo mejor y lo peor de este mundo está en la lengua, nos cuenta el esclavo Esopo en una de sus fábulas más aleccionadoras. Con ella amamos, decimos la verdad, construimos ciudades, persuadimos en nombre de la razón, unimos y alabamos a Dios. Pero también con la lengua odiamos, mentimos, destruimos, blasfemamos y dividimos. Hace 2500 años Esopo, ese esclavo deforme, intuyó la fuerza de la palabra para retorcer la realidad.

¿Retuerce la realidad el escritor Sabatini? ¿Es “Peter Blood”un libro manipulador y propagandístico? De la forma que tiene el escritor de presentar a los españoles, un lector de 12 o 13 años -los que tenía yo cuando leí el libro- deduce en seguida que la nación española, es, en su conjunto, la más bellaca del mundo.

Quien manipula es, sin duda, malo. Quien se deja manipular, es tonto. ¿Pero cómo llamar a quienes han disfrutado del mismo poderío lingüístico y no lo han utilizado para contrarrestar el efecto de la manipulación?
Lamento dos cosas: La primera, no haber aprendido el inglés tan bien como el español y la segunda, tener que lamentarlo. Si España hubiera convertido en ventajas todos los beneficios que le traía la colonización, el mundo entero hablaría hoy tal vez la lengua de Miguel de Cervantes y no la de William Shakespeare, Rafael Sabatini hubiera preferido vivir en España y escribir sus libros en español y el Capitán Blood se llamaría Don Pedro Sangre.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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Las raíces del mal

por Miguel Pérez de Lema

Es divertido ver hoy esta conferencia de 1983 del ex agente del KGB fugado a Estados Unidos, Yuri Bezmenov. En esta larga, precisa y convincente explicación sobre “Cómo minar una sociedad desde dentro”, vemos la paradoja del éxito de Occidente sobre  la estrategia de subversión y desmoralización del marxismo soviético, que pocos años después implotó, y el triunfo, décadas más tarde, de esa estrategia soviética que ha disuelto subrepticia e insensiblemente la civilización occidental convirtiéndola en una jaula de grillos neuróticos, narcisistas y degenerados.

Ha tardado, sí. Bastante más de lo que Yuri explica, en enloquecer y desmoralizarse Occidente. No ha sido en el transcurso de una generación sino de al menos dos. Pero lo asombroso, y en eso sí acierta el ex agente del KGB, es la eficacia del mecanismo de desmoralización para seguir avanzando una vez puesto en marcha, por sí mismo, mutando, engordando, delirando cada vez más, incluso después de muerta la pesadilla comunista.

Lo absurdo de todo esto es que esta táctica del Golpe de Estado viene a cuajar cuando ya no hay Unión Soviética a la que acogerse, no hay comisarios políticos ni títeres políticos que, como Yuri explica, en la fase final, tomen el control, ajusticien a los tontos útiles e impongan su nuevo orden.

Nadie ha ganado, todo se ha destruido, como en una guerra termonuclear invisible, y lo único cierto es que la convivencia en Occidente, una vez perdidos sus valores y sumida en un caos acelerado de frivolidad intransigente, demagógica y boba, se ha vuelto insoportable.

A ver si al final, para recuperar los viejos valores occidentales nos vamos a tener que ir a Rusia.
Qué raro todo.
Todo mal.
(Véanlo)

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Aunque sea en los recuerdos

por Robert Lozinski

La vi en un cruce. Era jovencísima, casi una niña. De todos los que esperábamos, algo atontecidos, la luz verde del semáforo, parecía la única que tuviera prisa.

Cruzó la calle casi corriendo. Los ojos, expectantes y llenos de ilusión, la guiaban a través de la multitud desocupada, perezosa. Daba la impresión de que sólo ella sabía, con precisión, adónde se dirigía.

Otro cruce. Otro semáforo. La emoción le hizo olvidar un poco la prudencia; un taxista viejo y feo le pitó.

Le vio desde lejos; fumaba tranquilamente.
Un hombre que se sabe amado por una muchacha así, puede permitirse el lujo de fumar tranquilamente mientras la espera.

Al verle, se escondió un poco, detrás de algo, para darle una sorpresa.

El abrazo y el beso fueron breves. Querían mirarse, decirse cosas, hacerse promesas. Promesas de amor sin fin, por supuesto…

Es el principio de su relación, la fase inicial;  de mirarse,  decirse cosas, creer que será para siempre. ¿Se amarán eternamente? Claro que sí. Nada dura más que el amor… Aunque sea en los recuerdos.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

 

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Amor fácil

por Marisol Oviaño

Hoy he comido con el hombre en la sombra en su casa. Y, fiel a nuestras costumbres, me he puesto el mandil en cuanto he soltado el bolso.

No era uno de esos días en los que quedamos por placer, no podía meterme en los fogones con calma, cerveza y buena conversación. Teníamos menos de una hora para hacer la comida y comérnosla, pues a las cuatro sonaría el telefonillo y tendríamos una reunión de trabajo en una mesa en la que todavía quedarían miguitas de pan.

Así que, mientras yo improvisaba con lo que iba encontrando en el frigorífico, él barría el salón. Aunque no le cundía mucho: el teléfono le sonaba cada dos por tres. El hombre en la sombra vive a cámara rápida; en un solo día habla con más gente que yo en una semana, y en una semana tiene más compromisos que yo en todo un año. Por eso yo soy escritora y él jefe de otros escritores y artistas varios. Él vive de reunión en reunión, de canapé en canapé, de país en país, de persona en persona; es un auténtico privilegio formar parte de su biografía.

Siempre que cocino para él procuro hacer de sobra, para que luego no tenga que prepararse la cena. Cuando ha entrado en la cocina a guardar el cepillo y el recogedor, los spaguetti negros ya estaban. Pero él es un tragaldabas y necesitaría comer algo más, de modo que le he hecho unos filetes de pollo y los he tapado con un plato sopero, para que no se le secaran mientras comíamos el primero. Le he dado un último golpe de fuego a los spaguetti, he servido los platos y nos hemos ido a la mesa.

Estábamos terminando de comer cuando ha sonado el portero automático a la vez que el teléfono. Él ha cogido el móvil, y yo he volado con los platos y los cubiertos sucios a la cocina antes de abrir el portal. El hombre en la sombra al fin ha colgado, ha saludado a nuestra socia, ha sacado el postre, ha hecho té y café, que hemos tomado charlando y, después, hemos empezado a trabajar.

Dos horas después ha tenido que echarnos, no recuerdo si tenía una reunión por Skype, un correo urgente o una llamada que no podía esperar. Yo he cogido dos autobuses y, aunque ya había dado la tarde por perdida, he abierto un rato. Después, me he venido a casa; he hecho una cena rapidita y me he tumbado en el sofá a ver una película. Para no pensar.

Los chicos se han ido a la cama mucho antes que yo. Cuando ha acabado  London Boulevard –que me ha gustado bastante por lo original del guión y lo acertado del casting-, he sentido la necesidad de escribir y me he puesto a ello.
Y, de repente, ha sonado un guasap en mi móvil.
Antes de mirarlo, sabía que era el hombre en la sombra.
Efectivamente.
Me ha mandado un mensaje sonoro con voz muy cansada: “Llevo todo el día currando. Después de que os fuerais, he seguido trabajando. Hasta ahora, que lo he dejado porque tengo hambre. Y digo, joder, no tengo nada. Y cuando he entrado en la cocina y he visto tus spaguetti, casi lloro de la emoción. ¡Qué ricos están! Y cuánto amor hay en ellos. Beso”.

Ojalá el amor fuera siempre tan fácil.

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La duda, la eterna duda

por Robert Lozinski
Fotografía: Bulgakov y Tolstoy
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Cuando decimos que un texto está bien escrito, expresamos una suposición; o tal vez nuestro deseo de que esté bien escrito. Bastaría con enfocar el mismo texto a la luz de otra intrepretación para que perdiera enseguida el encanto que le hemos dado. En uno de los numerosos diálogos de Soldados de Salamina, Antoni Miralles, ex-combatiente de la Guerra Civil Española pregunta al autor (Javier Cercas) “¿Cómo se llamaba aquel novelista americano que entró en París…?”

– Hemingway.
– Hemingway, sí. ¡Menudo payaso!

Se dice que, en cierta ocasión, Lev Tolstoy llamó a su Guerra y Paz: “un ridículo amontonamiento de palabras”.
En la obra de Mijaíl Bulgakov, “Maestro y Margarita”, El Maestro le hace reconocer al poeta loco Bezdomny que los poemas que escribía eran muy malos y le insta a que no escriba ninguno más. El poeta se lo promete.

“No así tiene que ser”, se queja Chejov a través de sus personajes, dándonos a entender continuamente que el camino es otro.

La duda, la eterna duda.

Los escritores suelen sembrar sus obras con indicios de su tormento, de la vanidad de su esfuerzo. Bulgakov, por ejemplo, transforma el procedimiento en un ejercicio literario genial. Otros autores sólo emiten quejas, repetidas a lo largo de páginas enteras; llantos de impotencia.

Durante la escritura lo mejor es no hacerse preguntas si no encuentras respuestas. Lo mejor es limitarse a narrar. Si tienes qué narrar.


Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

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