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Hasta el final
por artistadesconocida
Fotografía original de Sue Arrowsmith en contemporaryartsociety
El viento sopla desde hace tanto que parece que siempre hayamos caminado encorvados.
Cuando todos duermen calentitos en sus camas, me acompaña en la vigilia. Al otro lado del cristal y sólo para mis ojos, convierte los álamos en mar que no puedo dejar de mirar. Y me yergo y extiendo mis ramas hacia él ofreciéndole la hojarasca muerta de mis miedos.
No hay marcha atrás.
Ya es tarde para ser una persona normal.
Miguel Pérez de Lema
¡Amigos de lo anómalo!
José Ignacio Carmona hará la gran presentación de su nuevo libro en la muy mágica ciudad de Toledo: su hogar y baluarte espiritual. Se promete una velada de máxima intensidad y altura, en la que además del autor, intervendrán: Mario Conde, Antonio Illán y Santos Rodríguez (editor).
Tras la presentación actuará la soprano Gema Scabal acompañada del pianista Gian Paolo Vadurro.
“La España mágica”, según el crítico Juan Eslava Galán es “un libro apasionante y revelador que nos arrastra por el envés de la historia española y se lee como una novela”.
Recuerden, esto es el miércoles 25 de abril, a las 20 h Círculo de Arte de Toledo (Plaza de San Vicente, 2).
De limpieza en la trinchera
(A Sol: por el apoyo logístico y emocional y por las cañas)
Fotografía: bbc

Me duele todo el cuerpo.
He pasado todo el fin de semana haciendo limpieza general en la trinchera proscrita, he subido y bajado mil veces por la escalera de pintor para limpiar libros, reorganizar baldas, colocar volúmenes por temas, cambiar focos, apretar bombillas en casquillos moribundos… Eso sin contar con las decenas de veces que he tenido que agacharme y cargar peso.
Compré este local con la herencia recibida de mi padre un cuarto de hora antes de separarme, para ayudar a quien luego se convertiría en el peor enemigo de mis hijos. Gracias a la kafkiana justicia de este país, durante algún tiempo el cierre estuvo echado a cal y canto y nadie, ni en el enemigo ni nosotros, le sacaba rendimiento alguno. En aquella época,cada vez que teníamos que pasar por delante de aquella persiana metálica, metáfora del padre desaparecido en combate, los niños se cambiaban de acera.
Hace tres años trabajé mucho en él para que dejara de ser un lugar de infaustos recuerdos familiares. Pero yo no podía hacerlo todo sola y una tarde pedí ayuda a mi primogénito, que ese día empezó a metamorfosearse en hombre (artistadesconocida lo contaba aquí) .Destruir para construir fue terapéutico para ambos. También mis amigos Ramiro y Carlos, que trabajaron como cabrones varios días a cambio de cerveza, me ayudaron mucho: ellos son los responsables del original y cálido look de la trinchera.
Y ayer, mientras el Madrid y el Barça se jugaban la mejor liga del mundo en el Camp Nou como si España no estuviera siendo arrastrada hacia el sumidero -necesitamos tanto un poco de ilusión-, yo andaba moviendo trastos para despejar la trastienda. Hasta ahora sólo hacía funciones de trastero, ahora quiero utilizarla para celebrar un mercadillo de libros de segunda mano una vez al mes.
¿Te apuntas?
Se nos van
Miguel Pérez de Lema
Son buenos muchachos -un poco más blandos que nosotros, para mi gusto, si quieres que te diga la verdad, pero con mucha más inteligencia emocional-. Quizá hayan perdido algo de la cólera del país, pero han ganado sensatez.
No sufren.
Son la generación siguiente a la nuestra. Chicos y chicas que se visten o peinan de una forma que nosotros ya no podríamos arriesgar -da igual qué forma- y que miran con más condescendencia que odio este infierno de país que les hemos preparado, o dejado que nos preparen.
Y se nos van.
Sin dar un portazo, sin reproches, sin demasiadas expectativas tampoco.
Se nos van con la con decisión de una alegre pandilla que cambia de garito, porque, simplemente “en esta pista ya no se puede bailar”.
Enamorada del trabajo
En estos tiempos difíciles, me acuerdo mucho de mi padre.
Su vida tenía dos pilares: nosotros y su empresa. Desde que éramos muy niños, nos aleccionó para que trabajáramos en lo que nos gustara. La mayoría de sus amigos odiaban los lunes y soñaban con la jubilación mucho antes de cumplir los cuarenta, y cuando le preguntaban si él también ansiaba el lejano día del retiro, contestaba aliviado: “No, no. Yo soy un enamorado de mi trabajo”.
Tenía 49 años, tres más que yo ahora, cuando su empresa se fue al garete por impagos de las grandes constructoras. Pero nunca le vi rendirse ni pensar en opciones distintas a volver a la lucha. Aunque en aquella época los empresarios cotizaban en el régimen general y tenían derecho a paro, jamás lo cobró. Se lo impedía su dignidad y, quizá, el anarquismo que había mamado desde la cuna. Cualquier mujer habría puesto el grito en el cielo y le habría obligado a hacer la cola para cobrar –entonces había que hacer cola para cobrar-, pero mi madre le apoyó siempre, administró con mano de hierro los escasos ahorros y preservó la dignidad del hombre de la casa.
Cuando mi padre volvió a la batalla, no tenía ni para pagar el material. Pero como su prestigio profesional permanecía intacto y era un hombre muy querido por su honradez y su bonhomía, los clientes corrieron con las primeras facturas. Y volvió a volar, esta vez más alto que nunca.
Hoy yo me miro en él, que nunca buscó culpables, sino soluciones.
Necesitaría una novela para explicar las diferencias que hay entre su caso y el mío.
Pero, como él, creo en lo que hago y veo que todo el mundo me ayuda en lo que puede, quizá porque necesitemos gente que ama su trabajo.
Como él, no puedo ni quiero rendirme.
La extraña familia
de una súbdita
Fotografía en contexto original: estrelladigital
Siempre se han esforzado en hacernos creer que son una familia normalita de clase media alta: el rey tan campechano, los niños tan rubios, la reina tan antipática… Pero en cuanto tienen problemas de salud, demuestran que no tienen ni idea de cómo funcionan las familias normales, esas a las que ningún fotógrafo espera cuando entran y salen del hospital.
Cuando un abuelo se rompe la cadera, lo normal es que alguien se quede con él cada noche, incluso aunque esté en una clínica privada: a veces la mujer, a veces los hijos, a veces los nietos (si son suficientemente mayores). En las familias normales nos organizamos para que el convaleciente nunca esté solo. Incluso hay divorciados que acuden al hospital a visitar a su ex cuando la situación es grave. Pero la reina, que sigue casada con el rey aunque habitualmente viva en Londres, no se ha movido de Grecia. A ella el rey, plim. Y, por extensión, a ella España y los españoles, plim también.
Tampoco podemos decir que los hijos hayan demostrado un amor filial envidiable. Ni van todos los días, ni están demasiado rato. Parece que se ha partido la cadera algún antiguo y jubilado empleado de la Casa Real al que han de visitar por compromiso. Pero resulta que es su padre. Que se la ha partido haciendo el panoli, sí. Que no tiene edad de jugar a hacerse el machote, sí. Que ha metido la pata hasta el fondo, sí. Pero no deja de ser su padre. A lo mejor a Cristina le habría gustado quedarse con él pero, claro, con los líos que tiene su marido con la justicia, cualquiera se acerca por este país.
Y podríamos entender que todos estén muy enfadados con el rey porque ha puesto en peligro las habichuelas de todos. Pero ¿y Froilán? (por mucho que se empeñen la reina, la infanta y los medios pelotas en llamarle Felipe, ese niño será siempre Froilán. Salvo que demuestre lo contrario) ¿Qué castigo merece Froilán?
Vemos a su regia madre rodeada de fotógrafos cuando llega a “visitarlo”. A un niño que se ha pegado un tiro en el pie. ¿No duerme con él, como haría cualquier madre, sabiendo que sólo será por unos días? Cualquier mujer que trabaje diez horas diarias se organizaría mejor. Y no creo que el problema de la infanta sea que no tenga con quien dejar a los otros niños, o niño, no sé cuántos son –con Marichalar no ¿eh? Mejor con el servicio-, ni que en Mapfre no le den unos días para cuidar de su hijo.
Cuando vemos cuánto se preocupan por los que se supone que son sus seres queridos, una se pregunta: si tan poco les importan su padre y sus hijos ¿qué cabe esperar que les importe su pueblo?
Al final va a resultar que tienen sangre azul de verdad. A la roja la tiñen los sentimientos.
(Y cuando dijo roja, me refiero a sangre roja de verdad. Que no sé quién me da más miedo, si esta familia o los que agitan la bandera republicana cada vez que salen a la calle)
Quien canta su mal espanta
Cuando era tan pequeña que todavía no iba al colegio, mi madre y la mujer del socio de mi padre –que tuvo cuatro hijos varones- iban juntas a la compra. Y para vergüenza de mi mamma, la otra me subía en el mostrador de cada puesto y me ponía a cantar. Lo sé porque me lo han contado, yo no me acuerdo de nada; pero conociéndome como conozco, seguro que me encantaba ser la estrella del mercado.
En la adolescencia iba con la guitarra a todas partes y componía mis propias canciones, llegué a tener una gran carpeta con unas doscientas letras, que hoy lamento haber tirado a la basura. Y a los veintitrés años, me enamoré del padre de mis hijos la noche que sacó una guitarra del maletero de su coche y se puso a tocar. Cantar es una de las pocas cosas que echo de menos del matrimonio.
Desde que nuestros caminos se separaron, sólo he cantado en casas de amigos músicos, durante fiestas de cumpleaños a las que también estuviera invitado el hombre que vive al filo. Él considera que la música es un medio para hacer que los demás lleguen a la catarsis, y siempre convencía al anfitrión de que le dejara montar el equipo y un pequeño escenario para que quien quisiera pudiera cantar.
Ahora nadie está para fiestas. Nos hacemos viejos, todos andamos económicamente asfixiados y el hombre que vive al filo se ha echado al monte. Ya no hay quien cante.
El viernes pasado unos amigos improvisaron una cena en su casa. Y tras el postre, el anfitrión sacó una vieja guitarra y se la dio a otro de nuestros músicos de cabecera. Al principio empezamos a cantar tímidamente, bajito y con cuidado de no desafinar. No era una fiesta, no había micrófonos ni amplificadores, y ni siquiera habíamos bebido más de la cuenta. Pero poco a poco fuimos perdiendo el miedo al ridículo y acabamos desmelenándonos como dios manda, alcanzando una catarsis que nos dejó como nuevos.
En estos tiempos que corren, todos necesitamos esos ratitos de liberación que nos cargan las pilas. Pero no siempre hay un guitarrista cerca. En ese caso, pon tu disco favorito a todo volumen y canta, canta hasta quedarte sin pulmones.















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