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Declaraciones de Mike Prysner, un veterano de la guerra de Irak.

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Integración

04Mar10

por Marisol Oviaño
Al hilo de noticias aparecidas en El Mundo y El País
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Z llegó a España hace quince años. Se quitó el velo, se buscó un trabajo, aprendió español y se divorció de un marido que la pegaba un día sí y otro también.

Desde entonces, no puede entrar en casa de su hermana, que vive a dos calles de ella: el cuñado de Z, camello de hachís, no acepta que haya dejado de llevar velo.
La familia de Marruecos, preocupada por lo que él contaba, se apresuró a buscarle otro hombre, un buen musulmán que nunca había salido de su pueblo. Y Z, que trabajaba de cocinera en un restaurante, se había comprado una casa y vivía divinamente sola, volvió a Marruecos para casarse a regañadientes con un tipo con el que sólo había hablado media hora por teléfono. Le habían asegurado que W era instruido y amable, y en la foto parecía bastante guapo. En el video de la interminable boda de ambos, a pesar del jolgorio que la rodea, Z no es una novia feliz, sino una prisionera.

Su boda tranquilizó a la madre, los hermanos, las hermanas, las tías, los tíos, los primos y las primas, que seguirían con sus vidas en Marruecos; pero no le abrió las puertas de la casa de su hermana, la que vive a dos calles de ella.
W, consciente de que en España sin Z estaría en la miseria (no hablaba español y es demasiado mayor para trabajar en la construcción), permite que su mujer lleve la cabeza descubierta. Sólo le prohíbe que se deje el pelo suelto. Y el cuñado de Z la quiere casada y con velo.

Al poco tiempo de que W llegara, intenté que Z aprendiera a leer y escribir; pero siempre andaba mal de tiempo- casarse le había supuesto trabajar, además, de reponedora en un supermercado – y no podíamos dar clase de una manera regular. W, que había sido maestro en Marruecos, no paraba de preguntarme si no tenía ningún ordenador viejo que pudiera dejarle. Yo acababa de comprar varios portátiles a muy buen precio para trabajar en un proyecto, y le dije que, cuando enseñase a leer y escribir a su mujer, le regalaría uno.

Cuatro años después, Z sigue siendo analfabeta.

- ¿Para qué me he casado yo, Marisol? ¿Eh? ¿Para qué?

por Antonio Santos

La mirada de John Lennon se pierde más allá del jardín y del muro de su mansión, mientras desde la tele de la sala de estar le llega la voz del presentador del noticiario de la BBC:” Les resumimos las noticias más importantes de hoy, lunes 10 de junio de 1968…”
Como es su costumbre en los últimos meses, lleva horas sentado en el porche, abstraído en sus pensamientos. Ha llegado muy alto, ya no tiene que demostrar que es algo más que un pobre huérfano de la clase trabajadora de Liverpool. Ya no necesita pelearse con los chulitos del barrio ni burlarse de las viejecitas y los inválidos para hacer creer a los demás que es un tipo duro.
Sonríe al recordar las palabras de Mimi, su tía y madre adoptiva:
“Nunca te ganarás la vida con tu guitarra”. No sabe cuánto dinero ha ganado hasta ahora, ni se va a preocupar por ello mientras pueda seguir gastando todo lo que quiera.

Coge del cenicero el resto de un porro y se sienta frente al televisor a hacer zapping, otro de sus pasatiempos preferidos. Paul dijo el otro día que tienen que volver a tocar en el escenario o dejarán de ser un grupo. John vuelve a encender el canuto y evoca las interminables giras por ciudades sin nombre, los conciertos en los que costaba trabajo oírse para mantener el ritmo y la afinación por encima del ensordecedor griterío de miles de fans, las huidas disfrazados de policías o escondidos en una furgoneta de catering…la beatlemanía extendiéndose como un pandemia mundial.

No, todo eso ha acabado para siempre. Él no es como Paul, ya no necesita al público ni a las cámaras. Le basta con seguir compartiendo té y música con ellos en su burbuja. Echa de menos poder salir con Ringo a tomar unas pintas en un pub. Pero ahora son prisioneros de su fama; el precio de ser un beatle: ” I AM HE AS YOU ARE HE, AS YOU ARE ME AND WE ARE ALL TOGETHER “.

La voz de Cynthia interrumpe sus pensamientos: “¿Me escuchas John?”. Ella se ha acostumbrado a sus silencios; conoce su lugar y sabe que nunca entrará en la hermandad beatle. Cree, como John, que no se habrían casado si ella no se hubiese quedado embarazada, y que Julian es el nexo que los mantiene unidos. Desde que se conocieron en el Art College en 1958 se ha volcado en sus papeles de novia, esposa y madre, renunciando a su presunta vocación artística. Aunque tienen ama de llaves, Cynthia hace la comida, la compra y asume la dirección de la casa. Ha hecho planes para iniciar un negocio de ropa con Pattie, la mujer de George, pero no han concretado nada. Se siente resignadamente frustrada.
“Te decía que ha llamado George para decir que no vendrán a cenar”.
“Ya…Sé que está muy ocupado trascribiendo esas partituras que le ha mandado Ravi Sankar”

Y de repente cae en la cuenta de que George es el que menos necesita a los demás. Al principio, todos compartieron la experiencia de la música hindú y del Maharishi como habían hecho con el rock&roll, las drogas o el look; pero Harrison ha encontrado en la India algo más profundo y personal.

Últimamente, John se ha sorprendido más de una vez preguntándose a qué se dedicaría si los Beatles dejasen de existir de repente. Aleja estos incómodos pensamientos y decide subir a su estudio para componer otra canción genial que le justifique ante sí mismo y el mundo.

La palabra fea

03Mar10

por Robert Lozinski
Fotografía en contexto original: Shropshire
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“Abres tu bolso. Hurgas entre libretas y papeles, en busca de la llave. Vas hallando monedas, la cartera, un pene. Desesperas y lo sacudes…”
Esto del pene que hay que sacudir me suena al menos un poco raro. No digo nada y espero con paciencia la traducción.

Se trata de una alumna aplicada y seria que siempre hace sus deberes. Cuando llega a la palabra fea, se para y dirige hacia mí unos ojos suplicantes, el rostro en llamas, muda de vergüenza. Los demás no se enteran de lo que ocurre a su alrededor. La mayoría son unos vagos que frecuentan las clases en su tiempo libre.
Mientras estás leyendo algo te lo vas imaginando. Ocurre sin querer, como si vieras una película. Me pregunto qué habrá descubierto en el bolso de la protagonista esa chica aplicada y seria del séptimo al buscar la palabra en el diccionario.

- Peine- corrijo. Tenías que escribir “peine”. Has copiado mal.
- Ajá.
El rostro de pronto se le ilumina. Ya está. Solucionado.
En el recreo se me acerca para pedir perdón.
- Deberías pedirle perdón a la autora.
Sonrío, claro, para restarle importancia.

—————————
Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

Miguel Pérez de Lema

Ni Fidel Castro ha dicho estas canalladas ante la muerte por huelga de hambre del preso político Orlando Zapata. Pero entre nosotros, viendo los toros desde la barrera, no ha faltado el furioso iluminado que ha tenido que poner voz a lo más sórdido del régimen. ¡Qué buen comisario político nos ha salido para reabrir la checa de Bellas Artes!

46 segundos que van directos a la historia universal de la infamia.

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Pero no podemos quedarnos con este mal sabor de boca y hemos buscado el contraste. La dignidad. La verdad. El valor. La decencia. La breve entrevista que hizo la bloguera disidente cubana Yoani Sánchez -premio Ortega y Gasset de Periodismo Digital en 2008- a la madre de Zapata al conocerse la muerte de su hijo.
Yoani acompaña el vídeo con este texto en su blog:

“Esta tarde, horas después de la muerte de Orlando Zapata Tamayo, Reinaldo y yo pudimos acercarnos a las cercanías del departamento de Medicina Legal en la calle Boyeros.

Un cordón de hombres de la seguridad de la estado vigilaba el lugar, pero logramos acercarnos a Reina, la madre del fallecido, y hacerle estas preguntas.

Dolor, indignación en nosotros… tristeza y entereza en ella.
Aquí les dejo la grabación, alternativa y sin apenas luz, pero testimonio desgarrador de la angustia de una madre”.

Visiten su blog y sepan qué está pasando de verdad en Cuba:desdecuba

Dos minutos de dignidad.

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Gente triste

02Mar10

por hija de cristalero
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Uno de los mejores amigos de mis hijos se rompió la cadera hace unas semanas. Desde entonces va en silla de ruedas y yo los llevo (a él, su hermano y mis hijos) todas las mañanas al Instituto.
Los municipales se ponen a esa hora a la entrada de la calle para impedir que los padres lleguen hasta la puerta con el coche y colapsen el tráfico. Todos nos conocen ya y nos dejan pasar sin que yo tenga que dar ninguna explicación. Todos, excepto uno, un tipo amargado y resentido que me habla como si fuéramos un grupo de delincuentes a los que no puede enchironar por falta de pruebas. Se le nota demasiado que está deseando empapelarme. Porque sí. Porque le jodo. Porque le caigo mal. Porque no folla bien.

- No puede pasar.
- Ya- sonrío burlona como si no me diera cuenta de que él sabe perfectamente de qué va el tema-. Pero es que llevo un chaval con silla de ruedas.

Me mira como diciendo ¡ay de ti el día que te pille!, agacha la cabeza para mirar con odio a los cuatro adolescentes, que le sonríen con la misma sorna que yo, y se cerciora de que, tras ellos, me cago en la mar, hay una silla de ruedas.
Le miro como diciendo: Venga, alégrame el día. Dame la oportunidad de encabezar una bronca de padres contra vuestra estúpida arrogancia y vuestra mala hostia recaudatoria.

No puede impedirme el paso. No está solo. Sus compañeros me dejan pasar todos los días, y hay demasiados padres cabreados con ellos cerca. Pero, una mañana más, no quiere que me vaya de rositas, tiene que fustigarme con su autoridad antes de hacerse a un lado.

- Pues van bien apretaditos ¿eh?- dice mascullando la rabia- Porque ésos tendrían que venir andando.

Podría explicarle que el chaval vive en un segundo sin ascensor, que yo tengo una hernia entre la 4ª y la 5ª y que necesito a los otros dos tiarrones para que bajen la silla de ruedas por la escalera, la metan y la saquen del maletero, la vuelvan a abrir y la sujeten mientras el lesionado se sienta. Y que la otra es mi hija pequeña y que, como comprenderá, ya que traigo a tres, traigo a cuatro: no voy a dejarla en tierra sólo porque tenga piernas. Pero no lo hago, no tengo por qué darle explicaciones.

Hoy ha sido uno de los últimos días que les he llevado, y hemos vuelto a coincidir con él. Como ya me aburre el tema, no le he dado tiempo a hablar.
- Llevo una silla de ruedas y necesito a esta gente para que la saque y la meta.
Ha vuelto a intentar intimidarnos con el divino poder que le ha sido transferido y ha rechinado los dientes de impotencia.
- Pues van bien apretaditos ¿eh?

Ahí se acaban sus recursos.
Por fortuna, el hijo de mis amigos sólo ha sufrido un accidente, pronto volverá a correr por ahí, y yo no soy su madre. Puedo tomarme el asunto con cachondeíto.
Pero si él tuviera una enfermedad que le impidiera caminar y yo fuera su madre, si el poder me sometiera a esta última humillación cada día, tal vez acabaría explotando, dándole razones para empapelarme.

Y todo lo habría provocado una silla de ruedas. No unos esquíes en un deportivo, ni un yate tras el Mercedes, ni una felación en un coche oficial.
Este abuso de autoridad lo está provocando una silla de ruedas en un coche del montón.

por Tímido Celador

El camarero ha dejado dos cañas bien tiradas ante nosotros y hemos brindado “por nosotros”; aunque creo que ella no estaba pensando en lo mismo que yo. Cuando le he dicho el nombre completo del Guru, me ha besado en los labios por la emoción, sin darse cuenta. No había sexo en ese beso que yo atesoraré siempre.

- Y ¿te ha dado permiso para que vaya a verle? ¿De verdad?

Aunque puedo presumir de tener una relación más o menos íntima con él, no sabía que había sido un hombre tan importante para la historia de la música de este país. Los nombres de artistas que Laura me recita con ojos brillantes, me son totalmente ajenos. Mis padres sólo oían copla y a mí sólo me interesa el jazz de músicos muertos.

Había pensado invitarla a cenar, pero el teléfono no para de sonarle y oigo que queda con unos amigos –pintores, escultores, actores, arquitectos, gente así- dentro de quince minutos en un restaurante cercano.

- Vente si quieres.

Pero yo sólo soy celador. Carezco de glamour intelectual, de empuje, de estética personal y de ambición. No tengo fabulosas historias que contar. En común con sus amigos sólo tendría la vanidad: no quiero que piense que yo no tengo plan.

- Me encantaría, pero he quedado yo también.

Cuando salimos a la calle, me da dos besos apurados: llega tarde.
Quedamos en vernos en la residencia.
Camino del aparcamiento, mi sombra me hace un corte de mangas.

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por Sargento Asuvera
Imagen en contexto original: antibuda
Más que palabras

Recojo a la Comandante en una sucia, fría y chorreante calle. Tiene cara de cansancio. Arranco. Echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos, como siempre que regresa de predicar en el desierto. Pero no tarda en sentarse y mirar por la ventanilla con una sonrisa que conozco bien: las semillas acaban floreciendo incluso en las dunas más áridas.
Enciende un cigarro, me mira por el retrovisor, la miro, da una profunda calada y se recuesta en el respaldo.
Aguardo el milagro de su verbo.
Que se derrama sobre mí mientras sus ojos descansan la mirada en el paisaje:

“La realidad es algo maleable.
Quienes trabajamos con palabras, sabemos por dónde se cargan. Sabemos cómo hacer que los demás las acepten como suyas aunque contradigan lo que les llega a la retina. Sabemos, incluso, esquivar su trayectoria.
Pero, sobre todo, sabemos poner nombre a las cosas.

Escuchamos a los hombres.
Escuchamos a las mujeres.
A los niños
los ancianos
los ateos
los religiosos
los políticos
la prensa
los alternativos.

Un hombre queda retratado por sus palabras.
Y no por lo que cuentan, sino por lo que ocultan.
Nunca vayas al frente con reclutas que siempre se lamenten, que siempre encuentren culpables y que sólo esperen recibir.
Elige a aquellos que sean capaces de aprender de sus errores.
Al mando de tus hombres, nunca escuches largas justificaciones. Exige brevedad, frases cortas, como: Me equivoqué, Sargento.
Porque en la guerra sólo sirven dos palabras:
Sí y no.
Victoria y derrota.
Vida o muerte”.

Apaga el cigarro.
Nos salimos de la curva.
Y regresamos a nuestro universo de unos y ceros.

Miguel Pérez de Lema

Conozco esa mirada azul fría, esa presencia rubia implacable/impecable, y esa graciosa lengua de trapo del hombre blanco cuando habla nuestro idioma y nos pone en nuestro sitio: camareritos de Europa, desastre sin remedio y súbditos sumisos de todos los poderes. Empezando por el poder azul y rubio del hombre blanco -no, nosotros no somos blancos, somos mestizos, somos la revuelta camada de una promiscua perra callejera, mil leches le decían en mi pueblo a esa raza que era la suma de todas las razas-.

Sé cómo nos ven, más arriba de los Pirineos -Dios mío, estamos volviendo a hablar de más allá de los Pirineos-, sé su añejo veredicto sobre nuestra desastrada soberbia: “Soberbio como un andrajoso español” es frase hecha de la cultura popular anglosajona desde el S XVI.

Uno ha viajado algo y ha estrechado esas manos, y ha sentido esa pequeña relajación, esa suficiencia del hombre rubio cuando escucha la palabra España. Sí, hay que temer al hombre blanco, sus razones razonadas, sus ciencias exactas y sus sentencias de seguro cumplimiento, y la recta trayectoria de su espada de fuego con la que puede fulminarnos, ya que no hemos sido capaces de aprender nada de él, ni siquiera a temerlo.

Y el domingo, a votar al cacique.

Y luego, otra siesta.

¡Y que vivan las caenas!

Entrevista a Jonathan Tepper en el programa Singulars, de TV3.
(Parte 1 de 5)

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por Paco Oviaño
Motorista de plastilina: Eude
vespa

Me llama la atención el silencio con el que se ha recibido el artículo del periodista Vicente Verdú, publicado hace ya unos días en el País, cuando parecía que estaba cargado de polémica. Este artículo se titula Pintar sin pintura, en referencia a lo que hacen los artistas actuales más punteros. De hecho, alguno describe así su labor.

El periodista nos habla con claridad, contundencia y lleno de sentido común sobre el arte contemporáneo, las galerías que lo exponen y sus críticos. Da voz a un sentir general. Intenta responder a la pregunta de por qué las galerías están siempre vacías. O de otra manera, por qué el público se siente lejos del arte contemporáneo.

Arguye que este mercado, al que define como intrigante y especulador, está de espaldas a la gente. Que no hay quien entienda los escritos de los críticos. En eso coincido con él, siempre me ha asombrado lo abstrusas que me resultan las páginas dedicadas al arte de un suplemento cultural de cualquier periódico. ¿Por qué se puede entender una crítica de una obra de teatro, de un libro o de una película y sin embargo de una exposición de arte contemporáneo no? Además, hay que señalar que dichas críticas suelen ser, con rigurosa constancia, de eventos organizados en las galerías del “prestigioso grupo galerista Consorcio”.

Parece ser, viene a decir Verdú, que no interesa más que el artista innovador que innova a la hora de elegir los materiales con los que trabaja ¿es que acaso no hay otra manera de innovar? La figura del pintor artesano, intelectual, laborioso, con su pincel, paleta y caballete, es algo arcaico, molesto y aburrido. Una ordinariez, que diría algún galerista.

Estoy totalmente de acuerdo con Verdú en casi todo lo que expone, la única pega que pondría a su artículo es que debería haber escrito más veces eso de “(con excepciones)” porque hay artistas, galerías y críticos que se salvan del rapapolvo.

Curiosamente, los únicos que se han sentido aludidos y que han comentado algo al respecto han sido los del misterioso y desconocido Instituto del Arte Contemporáneo. Será que bajo ese techo conviven críticos y galeristas. Rápidamente contestaron con una patética carta al director en la que vienen casi a pedir que no se deje opinar, en los llamados artículos de opinión, a gente no esté tan enteradilla del mundo del arte como ellos. Como si el arte fuese un campo acotado en el que hay que pedir una licencia para andar y disfrutar por él.

Dicen, literalmente, que escritos como el de Verdú, “destruyen los esfuerzos de los profesionales (ellos mismos) para mantener una comunicación positiva con la sociedad”. Yo me imagino a los críticos, a la vuelta de su visita a la galería de turno, sudando tinta china (con la que luego deben escribir) sobre el folio para darse a entender, para explicarnos qué es aquello que han visto tan sublime, y que de tan profundo, resulta inextricable. Quizá hubiera que darle al personal de dicho instituto algún cursito de escritura. A ver si alguno, accidentalmente, lee esto y se pone en contacto con Proscritos. Ganaríamos todos: ellos, que podrían realmente comunicarse, así serían un poco menos esforzados y tendrían más sentido del humor; el público, porque de una vez por todas podríamos entender el arte moderno; y Proscritos, por un motivo obvio y pecuniario.


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Libro Seduciendo a Dios

 

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