Página del archivo 2

por nidiosniamo

Me cago en la puta.
Juro que si tuviera una pistola le descerrajaría la cabeza de un tiro.

Hace veinte años, mi hermana vivió un año en Munich.
Y, cuando la visité, me sorprendió el rigor de las normas de la comunidad de vecinos.
Ahora que muchos latinos viven en mi bloque y los de los alrededores, lo entiendo.

El tipo al que tengo ganas de matar es un inmigrante latino, trabajador y, muy probablemente, honrado. Lleva una hora y media hablando por teléfono de ordenadores, de megas, de memorias RAM, de precios de teclados, de pantallas… La putada es que lo hace desde su terraza, donde su voz se amplifica hasta oírse en toda la calle. Vive en un piso patera y no quiere hablar dentro por miedo a despertar a los demás. A fin de cuentas, los del piso son sus compatriotas: mejor no dejar dormir a todo el barrio de hijueputas españoles.
Le llamaron a las dos de la madrugada y son más de las tres.

A mí, que estoy escribiendo en mi terraza, me ha cortado el rollo.
Pero no me jode tanto como a la gente que tiene que levantarse a las seis y media o las siete de la mañana.
Si el tío fuera español, hace tiempo que alguien habría gritado: ¡vete a hablar dentro, hijo de puta!
Pero el tipo es inmigrante y nadie se atreve a levantar la voz.
Enciendo un cigarro y me acodo en la terraza, frente a él, mirándole.
Nos separan ¿cinco metros?.
Pero no se digna mirarme ni una sola vez.
Ahora le pasan con su madre.
En su país deben ser las seis de la tarde. La madre está un poco sorda y el tío tiene que hablar todavía más alto.
Alguien cierra una ventana violentamente al grito de ¡gentuza!

Se me terminan de inflar los cojones y le digo: ¿te das cuenta de la hora que es?
Pero él finge no oírme y sigue a lo suyo.
No le da importancia: su familia sólo le llama una vez a la semana.

Lo malo es que en el piso viven diez adultos y otros tantos niños y todas las noches a alguno le llama su madre a las dos, las tres, las cuatro de la mañana.
Y todos ellos, para no molestar a los demás, se salen a hablar a la terraza.
Y hace un calor de justicia, y todo el mundo tiene las ventanas abiertas y no dejan dormir a nadie.

Y yo entiendo su problema horario.
Pero ahora, más que nunca, entiendo a los alemanes.
Aunque a los que tengo ganas de colgar de un árbol es a los putos caseros españoles.

por Tímido Celador

El Guru volvió a coger el porro y le dio la última calada antes de apagarlo.

- Bueno, yo me voy a la cama- dijo levantándose.

Me quedé allí solo mientras la marihuana hacía su trabajo. En el salón de la casita todavía había luz. La Sacerdotisa todavía estaba despierta. Y sola.
Me puse en pie movido por algún mecanismo sexual y fui a ver a Charlie, que estaba de guardia en la planta segunda.
- Voy a salir un rato –dije con una autoridad que me sorprendió a mí mismo-. Cúbreme- añadí con una sonrisa que me llegaba a las orejas.

No le di tiempo a hacer preguntas y bajé las escaleras maravillándome del ruido que mis zuecos de goma hacían en cada escalón. La brisa interpretaba su partitura entre las hojas de los árboles, el verano tocaba a su fin y la naturaleza se me revelaba cómplice en todo su esplendor. Mis pasos sonaban seguros sobre el camino empedrado que lleva a la casita, la Sacerdotisa no tendría opción: en cuanto me abriera la cogería por la cintura, la besaría en la boca y le haría saber que me tocaba llevar las riendas.

Llamé a la puerta con urgencia y sus pasos se encaminaron obedientes hacia mi erección. Pero no abrió Iris, sino Laura. Antes de que yo tuviera tiempo de asimilar el cambio en el guión, ella se arrojó en mis brazos llorando.

- ¡Me voy a Nueva York mañana!

Su cara buscó refugio en mi pecho y el olor de su pelo inundó mis pituitarias. Por primera vez en mi vida no tuve dudas: la abracé. Acaricié su espalda, la obligué a levantar la cara hacia mí y la besé. Después, la cogí en brazos como a una novia y cerré la puerta de una patada.

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En pelotas

22Jul10

por Malvi
Imagen en contexto original: dw-world

Me he pasado el fin de semana en pelotas.
Vuelta y vuelta.
Ahora tomo el sol boca arriba, ahora boca abajo, ahora me tiro al agua, ahora buceo, ahora nado, ahora hago el muerto…

Cuando podía presumir de curvas firmes, me entusiasmaba desnudarme en playas recoletas a altas horas de la noche. Me despojaba de la ropa como si no hubiera mañana, corría hacia el agua salada y me echaba a reír cuando sentía el mar gozando toda mi piel. Entonces desnudarse tenía otro significado: era una ofrenda hacia aquel que acabaría dentro de mí sobre la arena. No era un acto de valentía, sino de generosa vanidad.

El último fin de semana, la cosa era muy distinta.
Para empezar, no había playa, sino piscina; no había hombre joven y enarbolado, sino pandilla de amigos, y no era de noche: hacía un sol de justicia, que es lo que más resalta los defectos. Mi cuerpo ya no podría ser mi herramienta de trabajo, desnudarme ya no es un regalo para los otros: es un placer para mí.

Es lo que tiene envejecer: te vuelves egoísta.
Y, cuando eso evita las marcas del bañador, mola.

por Juan Hoppichler

Tengo muy presente el libro de Luis Racionero Memorias de California, donde recuerda sus años de estudiante en la Costa Oeste. Hay un momento glorioso en el que cuenta que nota algo raro en sus relaciones con los estadounidenses. Es al subir al autobús, dice, al conversar en los bares o en clase, no sabe bien qué es, pero está ahí. Al cabo de un mes o así tiene una epifanía y lo verbaliza: “los americanos no tienen mala leche”. No son como los españoles, con su bilis y esas conversaciones en las que parecen esperar que les des pie para hacer una burla zafia a tu costa, no, aquí hay un respeto casi infantil por el otro.
(-Me gusta el civismo de esta gente- me dice una señora italiana que ya lleva años viviendo aquí- limpian las mierdas de los perros aunque no haya un policía sancionador cerca.
Es otra manera de decirlo.)

Me doy cuenta de que he estado deambulando por esta ciudad vencido por el sueño, el hambre y cierto miedo a hacer nada por estar sin un céntimo. Ahora que duermo y como, empiezo a ser consciente y a moverme más. Me he matriculado en un curso para sacarme los títulos necesarios para estudiar un postgrado aquí – just in case. También estoy saliendo del downtown y me he aventurado en autobús por los suburbios (que allí llamaríamos urbanizaciones): más allá de la comida barata me han horrorizado esos territorios hostiles al peatón donde todo es igual y no hay absolutamente nada que hacer o ver.

Mi primer 4 de Julio ha sido interesante. Cientos de miles de personas nos reunimos en los parques y paseos que hay en torno al río Willamette; vimos los fuegos artificiales y antes de la medianoche, nos volvimos ordenadamente a nuestras casas. Vi cómo quedó la zona una vez la masa se hubo retirado. No había basura, desperfecto alguno, ni ríos de orín por doquier. Curioso pueblo este.

por hijadecristalero

Las mujeres somos muy complicadas.
Podemos pasarnos toda la vida soñando con el Príncipe Azul.
Y un buen día llega, mata al dragón para conquistarnos, caemos rendidas a sus pies, nos pone un castillo y, si nos pilla jóvenes, nos hace unos preciosos hijos.
Todo para que sepamos cuánto nos ama.

Pero, a medida que pase el tiempo, nosotras engordaremos y perderemos nuestro regusto a premio; y él, seguro de tenernos, empezará a encender la tele cada vez que abramos la boca, a asentir con aire distante: lo que tú digas y a preguntarnos ¿has llamado a mi madre?

Y entonces le pondremos los cuernos con el apuesto palafrenero.
O nos apuntaremos a una oenegé.
O a clases de golf.
O nos haremos lipusocciones, estiramientos e injertos.
O nos meteremos en una armadura y saldremos a guerrear.

El otro día, una conocida que lleva tiempo dándole vueltas a la idea de separarse, contaba que su marido es como un hijo más. Yo acabé metiendo mano a las cisternas y haciendo las barbacoas: sabía de qué estaba hablando. Ella reclamaba un “hombre”, y ponía un ejemplo muy ilustrativo: cuando hablaron de las vacaciones, él propuso Formentera y ella Oropesa.

- Y ¿sabes dónde fuimos?- preguntó la futura separada con los ojos llenos de lágrimas- ¡A Oropesa!

Ah, ese John Wayne capaz de callar nuestro parloteo con un beso, cogernos por la cintura, subirnos al caballo como una pluma y llevarnos a donde a él le dé la gana… Cómo puebla nuestras fantasías.
Las mujeres del siglo XXI fantaseamos con hombres que nos sometan porque estamos hartitas de cargar con todo.
Pero si nuestra pareja nos dijera vamos a Formentera por mis cojones, estaría soportando todas las vacaciones nuestro morro y nuestra cantinela: Yo quería ir a Oropesa.

Seamos serias, señoras.
Dale una oportunidad a tu vaquero, deja que te someta, relájate y disfruta del cambio de planes.
Pero, si en Formentera descubres que sigues metiendo mano a las cisternas y haciendo las barbacoas, vuelve a casa en el primer avión.
No te quedes a hacerle la vida imposible.
El amor trata de hacer feliz al otro y de que el otro te haga feliz a ti.
Lo demás son cosas del Ministerio de Igualdad.

Miguel Pérez de Lema

La gata está como loca con el celo. ¡Qué manera de protestar!

No cabe la menor duda de que sabe lo que quiere. A lo mejor los humanos deberíamos ser así. Se ahorraría mucho en psiquiatras, y no veríamos esas caras de amargura que vemos a cada paso.

También sería un espectáculo de lo más excitante ver salir a los balcones a hermosas mujeres poniendo el culo en pompa y berreando por un hombre que las calme, como hace la gata llamando a los de su especie.

Se sabría a que atenerse en todo momento.

¡Cómo grita la gata otra vez! Parece mentira que una cosa tan pequeña pueda tener tanta fuerza en los pulmones. Bajo a comprar leche, y la escucho por la escalera, y un poco, incluso, al salir a la calle.

Qué reconfortante la idea de escuchar a una mujer haciendo lo mismo.

(Imagen en su contexto original en: www.bamkapow.com)

Portland (1)

14Jul10

Por Juan Hoppichler
Fotografía en contexto original: powell´s

En Portland llama la atención la cantidad de indigentes que se ven por las calles. Pregunto por ahí y me dicen que hay varios motivos: 1) La presencia de muchas instituciones benéficas que ayudan a los desfavorecidos y acaban suponiendo un efecto llamada; 2)el clima relativamente benigno por estas fechas; y 3) la Costa Oeste es la meta final de todos los diletantes e inconformistas del país, que sobre todo van a California, pero también eligen Oregón como destino más viable económicamente.

Los desahuciados son una presencia importante en mi día a día: me muevo entre ellos. No he calculado bien el dinero y el finiquito no acaba de llegar a mi cuenta. Estoy en un hostel del centro, compartiendo habitación con tres tipos tatuados que creo que acaban de salir de la cárcel. Me gustaría poder plantearlo como algo cómico, pero la verdad es que no es nada agradable. Trato de llegar lo más tarde posible para que encontralos dormidos. Además casi no tengo dinero para comida, así que sobrevivo tragando junk food-que es con lo que aquí se alimentan los pobres (carne en tiras, burritos,… y de ahí la obesidad). Paso el tiempo en algún parque o en la biblioteca, viendo las misma caras de perdedores que tampoco tienen donde ir.
Lo aguanto porque es cuestión de días que me hagan el ingreso. Se supone.

Como guía de la ciudad estoy utilizando Fugitivos y refugiados de Chuck Palaniuk.
La verdad es que Portland se deja domar. No es especialmente grande-el downtown al menos- y todo lo que pueda tener de interesante se concentra en unas pocas millas cuadradas. A diferencia de otras ciudades americanas, esta se puede patear.

Mi sitio favorito hasta el momento es Powell´s, una especie de enorme almacén reconvertido en librería de segunda mano. Tiene una cantina donde el café es asqueroso, pero los baños están limpios, algo que agradezco al compararlo con el de mi hostel.

por Tímido Celador

Hoy estoy de noche.
La planta está tranquila, pero el Guru no está en su habitación. La terraza del fondo del pasillo está abierta, y me dirijo hacia ella con una sonrisa en los labios: es el sagrado altar en el que la Sacerdotisa me regaló una noche inolvidable.

El olor a marihuana me confirma que no ando errado. El Guru tiene la vista clavada más allá de los árboles, más allá de los arbustos, donde se supone que está la casita. Mi entrada en escena no le distrae de su observación, y reparo en que, a pesar de lo frondoso que está el jardín este año, se entreven las luces encendidas del salón de la casita.

- Hacía mucho tiempo que no teníamos visita ¿Quién está allí?- pregunto para que repare en mi presencia.
No contesta y me tiende el porro. Y, por primera vez en mi vida, acepto. Aunque no sé muy bien qué hacer con él. No sé si quiero darle una calada. Me siento a su lado con el canuto entre el pulgar y el índice: el colmo de la virilidad, vaya.

- Están nuestras dos mujeres: Iris y Laura.

Su respuesta me pone tan nervioso que, sin darme cuenta de lo que hago, me llevo el porro a los labios y doy una gran calada que me parte el pecho. Empiezo a toser con violencia, pero ni siquiera eso me consigue una mirada del Guru; y no me arredro: estoy harto de ser un principiante. Cuando la tos me da una tregua, doy una segunda calada.

- No fumes más, esta maría es muy potente y tú no estás acostumbrado- dice quitándomelo con delicadeza.
- Pero ¿qué hacen allí las dos juntas?

Levanta una mano para que me calle y ladea la cabeza como un perro de presa que hubiera oído algo sospechoso. En el silencio de esta noche de agosto nos llegan las voces de las dos mujeres como un murmullo lejano e ininteligible. Oímos un coche que arranca y no tardamos en ver las luces del utilitario de Laura cruzando el jardín, rumbo a la verja, que se abre automáticamente.

- Ahí va…Rumbo a Nueva York- dice como si pensara en voz alta.
No entiendo nada y le quito el porro de las manos para darle otra calada. Esta vez mis pulmones aguantan como los de un hombre.
- Pero ¿qué tiene que ver la Sacerdotisa en todo esto?
Por primera vez desde que he llegado, me mira con los ojos semicerrados, como si le costara enfocarme o no entendiera la pregunta.
- ¿Iris?
- Sí, Iris.

Se encoge de hombros, como si yo hubiera hecho una pregunta de respuesta obvia.

- Ella es la que consigue las becas.

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por Rodolfo Naró
Fotografía en contexto original: contralacensura

Con discreción le pidió que se fuera. Era un chico que acompañaba a Mario Velázquez y, por supuesto, no estaba enterado de quién mandaba en esa casa, sin dudarlo empujó a un gato al suelo y se sentó al pie de la cama. Al ver la escena me quedé helado. Monsiváis ni siquiera se incorporó, con su irónica puntualidad le pidió que se marchara.

Todos los sábados nos reuníamos un grupo de amigos en San Simón 58 de la Portales, a ver películas clásicas, a escuchar jazz, a conversar entre poemas de Villaurrutia o rimas de José Alfredo. Invariablemente las reuniones terminaban en su cuarto, alrededor de la cama, con Carlos recostado. La cabecera de caoba tenía ya un desgaste redondo, de tantos años de leer, corregir, comer, conversar y dormitar en esa misma posición. Detestaba el teléfono, que a cualquier hora repicaba en el buró, contestaba antes del tercer timbrazo y en muchas ocasiones, negándose a sí mismo imitaba la voz de su tía. Los sillones de la sala, el comedor, su estudio, parecían inexistentes, veinte mil libros se apilaban por todos lados. Quizá serían más, algunas veces lo escuché aumentar la cifra mientras escribía con uno de los bolígrafos Paper Mate que compraba por docenas. Recuerdo sus manos de cirujano, suaves y precisas, con un eterno curita en la última falange del dedo medio, para evitar el callo que se forma de tanto apoyar la pluma.

Carlos vivía rodeado de objetos, miniaturas, luchadores en escala, periódicos, revistas, antigüedades que compraba en el bazar de la Zona Rosa, al que teníamos que llegar temprano para evitar que otro marchante le ganara un grabado de Leopoldo Méndez o un desnudo, burdo y simple, de Manuel Rodríguez Lozano, de quien se consideraba su mayor coleccionista. La rutina era la misma cada sábado: después del bazar desayunábamos en el Auseba, y cuando lo cerraron nos mudamos al Vips de Hamburgo, donde pronto supieron su platillo favorito: enchiladas cottage.

Tampoco vivía solo. Además de compartir la casa con sus tíos, hermanos de su madre, convivía con doce gatos, apóstoles de su cariño. Eran ellos quienes realmente gobernaban San Simón. Merodeaban por los rincones, saltaban a su escritorio mientras él escribía, agazapados lo miraban trabajar o se dormían en su regazo. Comían de su mano, se adoraban como una gran familia. En las noches, Carlos salía al patio de la casa para meterlos a dormir. No cerraba la puerta hasta que todos estuvieran a salvo. Los llamaba por su nombre: Siniestro Chocorrol, Nana Nina Ricci, Rosa Luz Emburgo, Ansia de Militancia, Eva Siva, Ale Vosía, Fetiche de Peluche, Lalito Montemayor, Post Moderna, Fray Gatolomé de las Bardas y Vecino, un gato que se ganó el alias porque vivía en la casa de al lado hasta que se mudó con Monsiváis. Pronto se hizo el mejor amigo de Mito Genial, su consentido, un gatito pardo que llegó enfermo a su jardín, el mismo día en que el secretario de Hacienda, Pedro Azpe Armella, declaraba que la pobreza en México era un “mito genial”. El mismo gato que aquel amigo de Mario Velázquez había echado de la cama para poder sentarse. Mito Genial era la niña de sus ojos. Le llevaba regalos de cada uno de sus viajes, le leía para hacerlo dormir y le enseñaba el abecedario hasta el cansancio. “Usted es un gato malo, porque no me habla”. Muchas veces escuché a Carlos decirle con enfado mientras lo tenía recostado en su pecho, convencido de que pronto le respondería.

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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Su novela El orden infinito, fue finalista del Premio Planeta 2006.


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Libro Seduciendo a Dios

 

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