50 minutos
por Robert Lozinski
La tregua del recreo ya se ha terminado. Voy por el pasillo con la carpeta de las listas bajo el brazo. Hola, hola. Algunos alumnos saludan, otros me mandan a tomar por culo.
Democracia.
Un enano que corre como un loco choca conmigo y me descarga un cabezazo en el vientre, dejándome sin aliento. Consigo recuperarlo en un par de segundos. Aquí no pide perdón ni la madre que me parió
- ¿Te duele?
- Aparta, tío, que tengo clase.
¡Aguantar! Hago lo que puedo para que no se me note el cabreo. Entro en el aula.
- ¡Hola! ¡HOLA!- repito para que se me oiga.
Chicles, mala leche, están de espaldas y no me hacen ni puto caso. Me darían de hostias si pudieran.
¡Aguantar!
Miro el reloj. 45 minutos, negros como un abismo. Abro la carpeta para pasar lista, mi única arma contra ellos. Empiezo.
- ¿Quién falta hoy?
Me miran con aburrimiento. Ya sé que se cagan en mis muertos (con perdón) pero debo aguantar. En otro centro a un colega antipático le han dado de hostias delante de todos y lo han grabado con el móvil.
La puerta se abre de pronto. En el quicio se paran un alumno y una alumna. Ella está mordiendo un bocata grande como un libro de literatura. Me mira y dice:
- Coño, si el profe ya está aquí.
El alumno le da un empujón. Le da fuerte, para que se entere. El monumental bocadillo vuela por el aire, pesado como un aeroplano, y aterriza sobre el parqué. Jamón, queso fundido, lechuga, mantequilla. En el lugar del impacto queda una mancha pringosa. La alumna se da la vuelta y suelta una bofetada a su compañero ¡plaf! como sólo las chicas lo saben hacer. A lo bestia.
- ¡Qué te pasa, tonta!- chilla histérico el alumno.
A los demás la cosa les pone de buen humor y se ríen.
¡Aguantar!
- Bueno- digo-, no pasa nada. Recojo yo. Id a vuestros sitios y no tardéis más.
Consigo poner un poco de orden.
Miro otra vez la hora. 35 minutos. 15 minutos de la clase ya se han volado. También de mi vida. Escribo en la pizarra “Miguel de Cervantes Saavedra”. Con letras grandes y claras para que se vea bien. Rumores, pedorretas, eructos desde el fondo del estómago, algún que otro ruido de chicle que estalla.
Carnaval.
Me doy la vuelta para ver el panorama que hay a mis espaldas. Una alumna ha sacado un yogur de la mochila y se lo zampa con una cuchara de plástico, slurp, slurp. Me mira por si acaso. Sus ojos tienen la misma expresión vacuna que la res holandesa del embalaje. ¡Cuida ese vocabulario, joder! A otro colega demasiado sensible le fastidiaron la reputación sólo porque se atrevió a llamar “maleducada” a una niña que se puso a pelar una naranja ante sus propias narices. Resultó que era diabética, y su padre le puso una denuncia en los tribunales por eso.
- Qué hambre, ¿no?- digo intentando sonreír para facilitarle la digestión.
¿Es a mí?, me dicen sus ojos vacuos.
Las agujas del reloj indican que me quedan 25 minutos. He llegado a la mitad del río. ¡Aguantar! ¡Seguir nadando!
A mi lado, un alumno se descojona de risa mientras le dibuja al Cervantes de la portada del libro unas gafas de sol, un cigarrillo en la boca y una gorra de béisbol de VERSACE.
Me pilla totalmente por sorpresa.
- ¿Qué haces?- consigo articular.
- Lo he mejorado bastante, ¿no te parece?
Me cago en… ¡Calma!
- Vamos a ver, muchacho, es que este libro vale mucho dinero. Es la donación del Ministerio de Educación de España.
- ¿Misterio de qué? Le pasaré la factura a papi, no te preocupes.
Una bolita de papel me da en la cara y cae a mis pies. La cojo del suelo. “El próximo recreo en el cuarto de baño. Hoy llevo preservativo”. No creo que sea yo el destinatario. Miro alrededor buscando al culpable, pero llego tarde. Dos alumnos de la primera fila empiezan a insultarse. ¡Pelea! Lo estoy oliendo y me voy acercando. Los demás se olvidan de sus propias burradas y los van animando con gritos de guerra. Venga. Dale. Rómpele. Arráncale. Cabrón. Por mi madre que te parto los huevos. Intento separarlos, procurando que no me den también a mí.
10 minutos.
Esto es el caos. Algunos lo están grabando con el móvil. Me compongo con un gesto maquinal la camisa para quedar bien. Sé que voy a salir en Youtube.
Toca el timbre.
Me siento pisoteado como si me hubieran pasado por encima muchos pares de botas camperas. Al salir me doy cuenta de que no les he dado ninguna tarea.
Junto a la ventana me está esperando un señor calvo y con gafas. Me mira con ceño fruncido.
- Soy el padre de una alumna suya. La semana pasada le puso un 4. ¿No le parece que es usted demasiado exigente? Mi hija estuvo al borde de un ataque. Me voy a quejar donde corresponde. Me va a oír usted.
Siento que pierdo las fuerzas. Hace unos días dieron una noticia horrible: una alumna se suicidó. Tras una investigación superflua, los periodistas decidieron que lo hizo por culpa de las malas notas que le había puesto un colega muy despótico.
- Tranquilo- le digo al padre preocupado-. Si lo desea, le cambio el 4 por un 10. No puedo hacer más.
El hombre me mira como si viera caer las Torres Gemelas.
- Yo no pretendía eso. Yo sólo quería…
Ya no oigo lo que dice. He echado a correr escaleras arriba No quiero saber nada más. Tengo 10 minutos de tregua hasta la clase siguiente. De estar tranquilo. De vida.
—————————
Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena



Realmente me aterra la vida del docente “aterrado “en “democracia” no se debería pagar tanto precio humillante.Se nota como un ritmo de cámara lenta que avanza x la destrucción de lo “básicamente” placentero,inigualable, que es la decisión de hacer o dedicarnos a lo que nos gusta en libertad.¿tanta inercia sin sentido es necesaria? ¿se aborta la creatividad desde todos los lugares?.¿Se acabará la “especie” de los maestros , trás la embestida de un circunstancial “enano” y un osado caricaturista del “Cervantes”???.Nunca hubiera elegido ser docente, pero x Dios que “los que sí” no prescriban justo en “Democracia”.Susana (una mujer argentina)
Quienes siguen este blog, saben que somos partidarios de la disciplina, que es una herramienta que sirve, en contra de lo que cree la gran mayoría de los políticamente correctos, para hacer al hombre libre.
Y hombre libre es aquel que ama lo que hace porque hace lo que ama.
Y para ser libre hace falta mucha disciplina. Hacer muchas horas de dedos en la guitarra, entrenar hasta que te sangren los pies, leer hasta que se te caigan las pestañas, romper lienzos hasta que se te parta el alma, estudiar Derecho Romano hasta las cinco de la mañana, trabajar cuando otros salen, ser pobre cuando otros medran… Todos los niños quieren ser Cristiano Ronaldo. Pero ninguno quiere someterse a su sacrificio. Porque no saben lo que es. Sacrificio para ellos significa dinero: papá y mamá se sacrifican por ellos trabajando y a cambio, en lugar de darles una educación les dan dinero, cosas: chalets, consolas, motos, viajes…
El video que has mandado para ilustrar el artículo es muy parecido a los videos que cuelgan los niños españoles. Curiosa la asociación de ideas: Rumanía, como España, es un país que salió de una dictadura. Ya lo dices tú en tu artículo: Democracia. Aunque yo creo que el problema no es tanto la democracia como la gilipollez: querer ser rico, querer ser guapo, querer ser joven, querer ser igual que los idiotas de la tele… ¿De qué sirve matarte a trabajar si al final todo el mundo te conoce como el padre del gilipollas cuyo culo conocen de uno a otro confín de la tierra gracias a Youtube?
Los colegios están para amueblar las cabecitas, pero éstas tienen que venir cimentadas de casa.
Claro que el problema no es la democracia, sino la falta de cualquier posibilidad de control. La palabra “disciplina” ha desparecido casi por completo de nuestro vocabulario. Un término fascista, políticamente incorrecto.
Pues no hay que tener miedo a las palabras. Disciplina es algo que te ayuda a sobrevivir cuando no te queda más. Te hace levantarte de la cama, ponerte a escribir cuando te han rechazado 50 manuscritos ( lo digo por experiencia), o ir a trabajar con un jefe que te da arcadas ( aqui no tengo experiencia porque siemper he sido autónoma) pintarte los labios cuando ya no tienes ganas de nada y seguir. La disciplina nos hace libres estoy de acuerdo con Marisol y creo que es una buena herramienta que enseñar a nuestros hijos, no para joderlos sino para ayudarlos a crecer. Y a ser libres.
Lo politicamente incorrecto es un invento calvinista anglosajón que son los mas fachas de todos. las palabras no son buenas ni malas.
Inés, al hilo de tu comentario, pego aquí el link a un video muy bueno y muy divertido sobre el lenguaje políticamente correcto, que Miguel colgó hace un año y pico. Para todos aquellos que se lo perdieron en su día: http://proscritosblog.com/2008/08/07/lenguaje-blando-mentes-podridas/
He aquí el ejemplo de la obra más bella de los padres: estos maravillosos hijos.
No entiendo cómo la gente que no sabe ser padre/madre se empeña en tener hijos que se conviertan en engendros como los de la muestra. ¿Por qué no se comprarán una muñeca a pilas que miccione y defeque? o una muñeca hinchable siempre dispuesta a regalar orgasmos masculinos.
Y qué me decís de los chavales. Qué valientes. ¡Seguro que se autodenominan punkis!
En el universo, no hay acto, por minúsculo que sea, que no tenga consecuencia.
Esto es una ley física.
No es contra estos chavales convertidos en energúmenos contra los que hay que actuar. Es contra los padres. Si cada vez que los hijos meten la gamba los padres tuvieran que pagar al estado un dineral (que tanto dolor produce, además de dejar el bolsillo en carne viva), y esto es un mero ejemplo, seguro que los padres sabrían como tratar a sus lindos cachorros, a los genes de sus genes, a su inminente inmortalidad.
Pero mientras la necedad siga siendo el rumbo de estos cretinos convertidos en padres por pura cuestión biológica, mientras estas mentes simples sigan regalando TODO a esos frankesteines tan gallitos como analfabetos, seguirá la sociedad zozobrando en el caos.
No sé qué es peor, si la ignorancia o la estupidez.
¿Y dónde se consigue el carné de padre/madre? ¿Podría funcionar también el sistema de pérdida o acumulación de puntos?
Al final todo se reduce a culpar a otros: si el niño suspende es por el profesor y si es un cabrón es por la sociedad, lo que justifica que deje de estudiar, no quiera trabajar y se convierta en politoxicómano.
Lo peor es que no tengo muy claro dónde puede estar la esperanza (esa que sólo se pierde al final). La situación de los docentes es terrible, pero si creen que ya lo han visto todo se pueden dar un paseo por las urgencias de cualquier hospital. Detrás de cada adolescente borracho y drogado hay unos padres con ganas de partirle la cara a alguien: y no precisamente a su hijo.
En respuesta a Carmen K.; si la ignorancia se acompaña de precaución, la prefiero a la estupidez.
Magnífico articulo, felicidades! Muy real, transmite toda la angustia que viven los profesores en las aulas, auténticos campos de combate, según me cuenta un amigo, profesor como tú. También en España hay alumnos que zurran a los profesores, no creas. Lo malo es que nadie se atreve a decirlo en público (o a escribir sobre ello).