De paseo con la comandante, 2
por Sargento Asuvera
Fotografía en contexto original: networkcreators

La Comandante y yo pasamos junto al pobre de espíritu.
Hubo un tiempo en que ella se detenía de vez en cuando a charlar con él.
- Dios no me escucha- se lamentaba hace años.
Ha seguido lamentándose de su suerte aferrado a la misma esquina en la que extiende a diario una mano suplicante. Sólo recoge monedas, migajas de los bolsillos de otros, nunca el gran éxito que pide una y otra vez a Dios.
Hacía tiempo que ella no le veía. Y sintió lástima de sus zapatos rotos, su tetrabrik de vino, su gabardina insuficiente a pesar de la capa de grasa y mugre. Le acercó una taza de caldo con la que calentarse las manos y el estómago y se detuvo a ofrecerle el calor de su corazón.
- Dios no me escucha.
- Eso no es cierto.
- ¿Cómo que no es cierto? ¿Es que no me ves?
- Sí, te veo. Te veo desde hace muchos años. ¿Tú me ves a mí?
La miró sin comprender. A fuerza de despertar compasión, ya no tiene ojos para el sufrimiento de los demás.
- ¿Crees que a mí Dios me escucha?
- Pues claro- dijo él cuadrándose burlonamente.
- Es decir, a mí Dios me hace caso.
- A ti sí.
- A ti no.
- No, a mí no ¡mírame!
- ¿Sabes cuál es el problema?
- ¿Cuál?
- Que Dios te escucha. Y te habla. Pero tú no le prestas oídos.
- Ya- resopló él
- Y como yo le escucho, yo puedo darte una taza de caldo. Como tú no le escuchas, sólo puedes esperar caridad.
- ¿Y qué te dice?
- Lo mismo que a ti: Lucha.



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