Imagen en contexto original: cominosworld

La casa, sucia.
El frigorífico, vacío.
El bolsillo, desfondado.
El futuro, incierto.

El corazón, tierra quemada
en la que no volverá a crecer la hierba.

Bienvenido al paraíso del escritor.

por Marisol Oviaño

Dice que por las noches sueña con él.
Ninguna excavadora podía acceder al terreno y él necesitaba la pasta, de modo que se ofreció a hacer el hueco para la piscina con un pico y una pala.

Lleva semanas sacando tierra
cavando diez o doce horas todos los días
de lunes a domingo.
Solo.

Cuando estos días de atrás me despertaba la lluvia a las seis de la mañana, me acurrucaba todavía más en el edredón y lo imaginaba tomándose el primer café y cagándose en la puta.

“Joder, a ver si para de llover, que mojada pesa más”.

Aunque nos conocemos desde hace casi treinta años, yo no me atrevía ni a escribirle.

“Llego a casa reventado, me doy una ducha, me hago la cena y la comida de mañana y caigo muerto en la cama”.

De vez en cuando intercambiamos un par de guasaps. Así él da señales de vida y yo mando aliento desde el campo base, para que no se rinda antes de llegar a la cima del Annapurna .

“El trabajo y la lucha siempre llaman a los mejores (Séneca)”, le digo.
“Estoy q no siento los riñones (Manolo)”, contesta.

Si esto hubiera pasado hace años, habría reunido a la división audiovisual proscrita para hacer un documental sobre su gesta. Pero ya no tenemos dinero ni para gasolina. Y además, probablemente él no se habría prestado a ser un símbolo de la extinta clase media; no considera que haya nada heroico en deslomarse para poner pan en la mesa, sólo quiere ser un hombre normal.

Hoy nos hemos guasapeado y me ha dicho que todavía le falta un metro de profundidad.
“¿Podrías mandarme una foto?”
Me la ha mandado a reñagadientes. .
“Es la primera y la última que hago. Yo miro el agujero y lo único que me da es dolor de espalda”
“Lógico. Pero a mí, que lo veo desde aquí, tu agujero –y tu sacrificio- me inspira mucho”.
“Joder. Si sacas inspiración de un agujero es que eres la leche”.

Y lo dice él, que está sacando tierra con una pala para hacer una piscina.

Miguel Pérez de Lema

El Libro. El Libro se fomenta como si fuera un reconstituyente universal. Nueve de cada diez expertos recomiendan que lea libros. Mas libros: más libres, dicen. Todos con el libro. El libro ha muerto: Viva El Libro. Ponga un libro en su vida. No ya hay caja de ahorros o ayuntamiento que no apoye El Libro. Lo sospechoso de estos mensajes es que nunca dicen de qué libro hablan. Y es que lo importante ya es El Libro en sí, el objeto, el fetiche. Ni mi libro ni tu libro, sino El Libro. Somos fetichistas de El Libro y hemos hecho de él nuestro símbolo. Llegados a este punto de sublimación ¿para qué leerlo?.

Te regalan un libro y debes de alegrarte como si te regalaran un perfume, cuando lo que se supone que hacen al darnos un libro es ponernos en el compromiso de leerlo, decirnos qué tenemos que hacer, meterse en nuestros asuntos. Por suerte, gracias a su transformación en fetiche, esta parte engorrosa se da por olvidada y podemos regalarnos libros unos a otros despreocupadamente, desinteresadamente, sin el menor riesgo de vernos impelidos a conocer su contenido ni de instar a los demás a que hagan lo propio. El Libro es el beso que se echa a volar con la palma de la mano. El Libro es un gesto, una acción, un síntoma de civismo. Es común y es bueno.

El libro ideal debería ser liviano y transparente. Un libro son todos lo libros. Prueba a regalar otro objeto sin elegirlo cuidadosamente y podrás disgustar a tu amigo. Pero con El Libro siempre aciertas. El Libro no pesa, es un ritual mágico porque hemos renegado de la hosca ilustración, que dejó al hombre sin fe, sin esperanza y sin caridad, y nos hemos convertido en supersticiosos felices y beatos sin martirio. El Libro, ese libro único que se promociona y se ensalza, es una participación ganadora, un boleto premiado de antemano porque ha adquirido la esencia angélica de lo completamente accesorio. El pintor Ives Klein se adelantó a nuestro tiempo vendiendo el vacío. Llenó una galería alemana de “sensibilidad de artista”. La sensibilidad se vendía en participaciones de un metro cúbico, acreditándose la propiedad al comprador mediante un documento firmado por el pintor. Sólo se aceptaba el pago en oro.

Vemos en todo esto que El Libro nos ensalza. Un concejal siempre parece más alto si se fotografía junto a El Libro. El Libro hace a la mujer más bella, al hombre más egregio, al cadáver más alegórico. A las personas que pergeñan las campañas a favor de El Libro no les preocupa que la gente lea más libros, quizá ni siquiera desean que la gente posea más libros. Lo que les preocupa en el fondo es la salvación de su propia alma y por eso asocian su sello al de un bien en sí mismo como El Libro. Hay que visitar a los enfermos desahuciados en los hospitales, regalar caramelos a los niños, desear paz y felicidad a tus conciudadanos y dar una muestra de que eres una parte de las potencias positivas del universo uniendo tu sello al de El Libro. Cualquier libro. El Libro y basta.

Si las personas que pergeñan estas campañas tuvieran el propósito de convencernos para que leyéramos más libros harían lo contrario de lo que hacen. Pongan un cartel de 30 metros cuadrados sobre la fachada de un edificio céntrico con la portada de un libro –de cualquier libro- y la frase: “No lea este libro”, y la gente correrá en estampida a buscarlo. Si la frase dijera “Este libro provoca cáncer”, no habría imprentas suficientes para satisfacer la demanda .

El Libro es pues un signo estético, es abstracto y conceptual, es la belleza de la forma, y todo debe acompañarlo. El Libro en su proceso debe ir arropado por bellas acciones que lo ensalcen, que lo honren. Y así, es honroso pagar a un pobre desgraciado para que escriba un libro y no lo firme. Pagar a un pobre desgraciado para que escriba pero no firme un libro no es un acto cruel, sino un arreglo de las imperfecciones de la naturaleza. La persona que pondrá luego su firma tiene muchas más condiciones para que El Libro sea un hermoso acontecer. El pobre desgraciado que escribe y no firma carece habitualmente de la donosura, la voz timbrada y el vestuario apropiado para representarlo y el contenido, como prueban los próceres del arte contemporáneo, es sólo contingente, mientras que el contenedor es lo verdaderamente necesario.

Algunos desaprensivos dicen hacer listas en función del contenido de los libros y esos sí debieran de ser reprendidos. Al final del año sacan una lista en la que eligen, por ejemplo, las 10 mejores novelas. Es una falacia. Nadie puede leer todas las novelas, ni siquiera la mayoría de las novelas, ni aún un porcentaje relevante de ellas.

“Las 10 mejores novelas que nosotros hemos leído” sería un encabezamiento más honesto para esa lista pero tampoco sería cierto, pues en la lista de cada de uno de los que votan es seguro que aparece algún título que muchos de los demás votantes no han leído. Lo que se intenta explicar con esto es que el criterio es inversamente proporcional al número de publicaciones, y que éstas siguen una progresión geométrica que ha hecho matemáticamente imposible que los críticos sepan de qué están hablando. La sabiduría popular ya previene del peligro de que los árboles te impidan ver el bosque. Y Platón nos explicó mucho antes que vivíamos confinados en una caverna. Ante este panorama, El Libro es lo que nos queda. El Libro, ese Libro, nuestro Libro, el de todos y quien esté “libro” de culpa que tire la primera piedra, ponga una vida en su libro, y con la compra de dos libros El Libro de regalo, yo he venido aquí a hablar de mi libro.

El Libro como suposición, El Libro como grimorio, El Libro como amuleto. Sólo nos queda dar un paso más en la deconstrucción de nuestra sensibilidad y llegar por fin a la consumación del símbolo, al ideal del analfabetismo por decreto, al hombre contenedor.

(Fotos: retronaut.com)

por Marisol Oviaño
Fotografía en contexto original englishrussia

Ahora puedes hacerlo. Es el programa del 20 de mayo. La voz proscrita sale a partir del minuto 47. Pero si tienes inquietudes, probablemente te interese el programa completo: Universo Audio

por Robert Lozinski
Fotografía original: sp.rian

Nos quisieron hacer entender que no sólo del pan vive el hombre y lograron justo lo contrario.
En las tiendas comunistas no había mucho que comprar. A un occidental se le pondrían los pelos de punta ante tamaña pobreza. Solamente lo más básico; leche, pan, conservas en lata –buenísimas, por cierto, de las que ahora ya no se hacen- y no me acuerdo si también carne. Cada hogar, en cambio, funcionaba como una pequeña empresa. De alimentos, de ropa, de todo, hasta de coches. Según donde tuvieran su empleo los miembros del clan. Si en alimentación, había carne, huevos y mantequilla a discreción para toda la familia. Si en un almacén de prendas y zapatos, solucionado, pues, el problema de la guardarropa. Si en un taller mecánico, se le veía al dueño de la casa salir un día a bordo de un camión que había ido creciendo poquito a poco dentro de su propio garaje. Al médico podías ir con una docena de huevos en la bolsa. El profesor enseñaba feliz física cuántica a cambio de un kilo y medio de requesón casero.
Autosuficientes y contentos de la vida. ¿Desempleo? ¿Qué, coño, era eso?

Pero a la vez escépticos. Sabían que no debían esperar nada del partido, que cada uno es cada uno y se las debe arreglar solito para no morirse de hambre. Es la respuesta a la pregunta que me he hecho muchas veces desde que somos libres y tenemos el derecho a cabrearnos contra los gobiernos que nos conducen ahora: ¿por qué rumanos, moldavos y otros pueblos ex comunistas no protestan? Acostumbrados a no esperar nada de nadie, saben que manifestándose pierden su tiempo, tiempo que les hace falta para ganarse el bocado.

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Robert Lozinski es autor de La ruleta chechena

¡Viva el amor!

20may13

Miguel Pérez de Lema

Para el paseante de la web, es un raro placer encontrar sitios tan llenos de material estupefaciente como http://www.retronaut.com/

Por muy merluzo que uno sea, es imposible no encontrar la imagen que realce una idea -incluso propia- en este contenedor arbitrario que recopila cienes y cienes de carpetas de fotos insólitas, memorables, chuscas, históricas, artísticas, y gratuitas. Un inagotable suministro de combustible para el ejercicio de la ensoñación y la dulce nostalgia de lo no vivido. Lo raro, lo cómico, lo hiperreal, lo tan normal que es extraordinario, un verdadero aleph fotográfico.

Es altamente adictivo. Para mi, Retronaut es un hallazgo tan feliz y le tengo un amor tan intenso como el que se deduce de este hombre por su compañera (imagen, claro, sacada de retronaut.com).

A pasarlo bien.

Mi trabajo consiste en convertir todo cuanto me rodea en información, soy un parásito de la realidad, y cuanta más información analizo, menos comprendo cómo las mujeres occidentales siguen siendo engañadas. No sé a quién se le ocurrió la idea de forrarse haciéndolas adelgazar, pero desde luego debía ser un mesías muy misógino. Veo a todas mis amigas matándose a dietas, aunque pierdan el lustre de la sonrisa, el brillo de los ojos. Y no doy crédito. Como si los hombres fueran exigentes. Una cosa es que admiren un buen cuerpo, como quien se deleita con una puesta de sol, y otra que tomen medidas antes de empalmarse. En todas las ciudades del mundo hay prostitutas viejas, feas, sucias, yonquies, con sida. Si los hombres fueran tan exigentes como las mujeres occidentales creen, todas las putas serían modelos de pasarela”. Inar de Solange en Seduciendo a dios

—–
por Marisol Oviaño

De jovencita me llamaba la atención que muchas chicas, guapas y atractivas, perdieran el tiempo lamentándose de que su nariz era demasiado grande (justo lo que daba personalidad a su cara), su pelo demasiado rizado (marco perfecto para sus facciones suaves) y su tripa demasiado redondita (muy sensual).

Yo me miraba en el espejo y no me encontraba un pero.
Podría haberme quejado de mis orejas demasiado despegadas, o de mi discreto trasero, que pasaba desapercibido frente a la rotundidad de mis tetas; o de mi poca estatura. Pero no perdí mucho tiempo pensando en lo que nunca podría ser: rubia, alta y esbelta. La vida me enseñó pronto que no debía fiarme de lo que pudiera ver en el espejo, y mi percepción de mí misma empezó a depender de lo que veía en las miradas de los demás.

Las mujeres suelen ser demasiado autocríticas, y la presión social para que se mantengan jóvenes y hermosas hace que muchas de ellas vivan en una auténtica paranoia, en la que el tiempo es el enemigo implacable. Las vemos pasar por el quirófano y recauchutarse una y otra vez. Pagan a los cirujanos para que borren lo que la experiencia ha ido dibujando en sus pieles y, a fuerza de borrar y borrar, acaban teniendo rostros sin expresión, páginas en blanco iguales unas a otras.

Aunque a los hombres suele sucederles lo contrario -auténticos callos malayos se mueven como si fueran más guapos que un billete de quinientos-, la presión social también está empezando a afectarlos: muchos ya se tiñen, se depilan, van al gimnasio más de lo conveniente y algunos, hasta se operan.

¿Se habrían operado si antes hubieran pasado por este ejercicio que propone -un diez a su equipo creativo-la compañía Dove?

por mujerabasedebien

Si me necesitas, búscame y cambia “woman” por “man”:
vivo en el solo de guitarra de esta canción.

Blesa

17may13

Fortaleza

15may13

por nidiosniamo

Mañana de grandes decisiones: ¿qué prefiero que me corten, el gas o el teléfono?
Necesito el teléfono (internet y tal) para trabajar. El gas es sólo un lujo capitalista, eso de cocinar y ducharse con agua caliente es de personas decadentes. No tengo más que mirar quienes se sientan en los consejos de dirección de las empresas energéticas para saber quién se lleva gran parte de la miseria que gano.

La verdad es que hoy no tengo mucho que decidir: ni de coña tengo para pagar el recibo del gas. Y además, ahora puedo sobrevivir sin agua caliente durante una temporada, cocinaré con una placa eléctrica y no necesitaré la calefacción hasta noviembre.

La primera vez que el banco devolvió un recibo me estresé mucho. Ahora trampear se ha convertido en mi modus vivendi, me he acostumbrado a sobrevivir con lo mínimo imprescindible.

Cada día que pasa soy un poco más fuerte.
Un poco más peligroso, señor politico.


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